8) La flor al final del sendero

Ligas a las partes anteriores:

A) Aclaraciones y detalles del tema
0) Prólogo
1) Explorando terrenos desconocidos
2) Jugando con fuego
3) Tempestad y calma
4) ¿Será o no será?
5) Carrusel
6) En la entrada del campo floral
7) Las espinas de la flor

A punto de terminar la serie. Pónganse cómodos porque, como de costumbre, es una lectura larga. Espero que les agrade.

Decisiones

Es sumamente difícil tomar una decisión que no nada más te afecta a ti, sino que también a otras personas a tu alrededor. Tienes que evaluar todo lo bueno y lo malo, deliberar para entender qué es lo mejor para ti y, una vez decidido, disfrutar los beneficios y afrontar las consecuencias que tus acciones traen consigo.

No quería equivocarme, ni ser muy precipitado. Había mucho que tomar en cuenta, tanto bueno como malo, y quería estar completamente seguro de que lo que decidiera sería la mejor opción para ambos; yo podría seguir con mis cosas de la universidad y ella podría darle toda la prioridad que su trabajo le exigía. No, ella nunca me movió voluntariamente a segundo plano (sus acciones lo demostraban), pero lamentablemente la mayor parte del tiempo estaba en ese plano y no estaba seguro de que eso era lo que en ese momento quería.

La relación siguió sin cambios durante el tiempo en el que ponía mis ideas en orden: tenía momentos mágicos, pero sentía que no eran equitativos. Cuando la pasaba bien, mi mente se clarificaba y la esperanza llenaba mi ser, pero cuando me sentía relegado, los pensamientos eran negros, sombríos, que me hacían vislumbrar un futuro otra vez solo. ¿Miedo? Claro que sí, pero tontamente me consolaba pensando que sabía manejar mi soledad. No obstante, noté que aunque mis pensamientos fluctuaban entre alegría y tristeza, había un sentimiento especial que no cambiaba: cualquiera que fuera mi estado de ánimo, siempre estaba pensando en si ella se sentiría bien, si la estaba pasando bien, en lo que ella podría estar pensando, en lo que la forma en la que las cosas se habían estado dando desde hace tiempo le afectaba. En resumen: ella y su bienestar. Incluso en los momentos en los que pasaba por mi mente darle colofón a todo esto, lo único que tenía claro es que lo que sentía era real y que la incertidumbre que cargaba en ese momento era por la situación, por la diferencia de culturas, y no porque dudara de lo que sentía o que ella me hiciera sentir menos a propósito.

Era hora de poner todo en la balanza y ver si me iba a aventar a seguirle, sabiendo perfectamente las consecuencias, o si mejor dejaba todo por la paz y buscaba otro camino.

Durante el periodo que llevábamos, habíamos aprendido mucho el uno del otro; ella, en especial, había aprendido a ver mis pasatiempos como simplemente eso: pasatiempos, y no una manera de vivir. En concreto: Emi relacionaba cualquier tipo de animación o videojuego con cultura “otaku”, especialmente si era algún título de los “no aprobados” por la sociedad japonesa para poder ser vistos sin considerar “otaku” o “maníaco” a los que lo hacían. Obviamente no hay una “lista oficial” de esos títulos, pero cuando vives en Japón por cierto tiempo comienzas a darte cuenta de qué series o manga puedes hablar y ser “socialmente aceptado”. Algunos ejemplos:

  • Sazae-san. Sip, perfecto. Todo mundo la ve.
  • Gundam. Bueno, no todos la ven, pero al menos es súper conocida, y hasta se puede decir que parte de la cultura japonesa contemporánea.
  • Trabajo de Ghibli. Sí, perfectamente pasable.
  • Evangelion. Eres otaku, pero se te pasa porque todos hablan de Eva.
  • Attack on Titan. Súper bien. Todos platican de ella.
  • Naruto. Ya estás más del lado otaku.
  • Aa Megami Sama. Eres un otaku de verdad, de esos de “hueso colorado”.
  • Sailor Moon. Eso es de niñas, ¿por qué lo ves? Seguro eres un pervertido.
  • Algo de CLAMP. ¿Y ésas quiénes son? = Otaku. Algunos las ubican porque sus obras se han transmitido en la NHK.

Emi también había jugado videojuegos, pero solo los “mainstream”; de niña jugó mucho Donkey Kong Country, y está relativamente familiarizada con los personajes icónicos de Nintendo, pero si se trata de juegos estilo Metal Gear Solid o algo más elaborado, ya era mucho para ella.

Todo el comportamiento anterior había comenzado a cambiar, y ella simplemente consideraba que era nada más una forma de pasar el tiempo, no algo del otro mundo.

Yo aprendí también a tolerar a personas que beben alcohol. Si hay algo que me molestaba mucho de una persona, fuera hombre o mujer, es que bebiera; no tenía nada en contra de los bebedores ocasionales o sociales, pero ciertas situaciones dentro y fuera de la familia me hacían relacionar alcohol con problemas bastante pesados. En resumen, tenía una muy mala imagen al respecto. En cambio, gracias a Emi aprendí que muchas cosas en Japón se mueven gracias al alcohol y a las “necesarias” reuniones para tomar; ella misma tenía que asistir como parte de su trabajo, además de que en sí le gustaba beber. Mentiría si dijera que fue un proceso fácil, y muchas veces llegué a discutir con ella por mi prejuicio hacia las bebidas alcohólicas, sin ningún otro motivo para hacerlo.

Ciertamente la situación laboral, aunada con otros detalles culturales, hacía que no llevara la relación que habría querido, pero fuera de eso, no tenía queja; todo lo contrario: estaba con alguien que me veía por lo que era, que me criticaba, pero intentaba entenderme y darme mi lugar aun cuando era casi humanamente imposible hacerlo bajo toda la presión que cargaba. No obstante, era sincero conmigo mismo: esos momentos eran únicos, inolvidables, sí, pero estar siempre en el mismo círculo me dolía, y me preguntaba cómo serían las cosas si ella no estuviera tan presionada. Lejos estaban ya esos primeros 6 meses, y más que nunca los añoraba.

Por supuesto que hablo nada más de mi lado, pero ella también se sentía atrapada entre el trabajo y su vida personal, incluyéndome a mí, y seguramente se sentó a pensar si valía la pena seguir llevando una relación dentro de una vida que, siendo sinceros, no lo permitía, o al menos no de la forma en la que alguien como yo esperaría: varias veces que discutimos, ella me hacía hincapié en que si la relación fuera con un japonés, el problema no sería tan fuerte, no queriendo decir que yo exageraba, sino que para un japonés eso sería una relación relativamente normal, más si el implicado estaba también en el ámbito educativo.

El proceso de adaptación era obviamente recíproco, y para ninguno de los dos era nada fácil.

No recuerdo realmente cuánto tiempo estuve deliberando qué hacer, pero sí que no fueron nada más unos días, aunque tampoco fueron meses. Lo que sí me sorprendió fue que, después de haber pensado todo detenidamente y de haber estado en una posición en la que no podía ser prioridad en su vida, no sentía que tuviera una razón de peso para terminar las cosas. Suena increíble, pero los pocos momentos que teníamos realmente para nosotros me hacían ver la situación como una especie de “bache” en el camino, un obstáculo que debía de superar si pensaba en algo serio más adelante. El hecho de que ella intentara siempre darme mi lugar y me hiciera sentir especial, era lo que me mantenía a flote; si ella hubiera dedicado siempre todas sus fuerzas al trabajo, incluyendo sus pocos tiempos libres, yo habría terminado todo sin pensar tanto.

Al fin, después de un tiempo, y por increíble que parezca después de todo lo acaecido, la decisión estaba tomada: seguiría con la relación y le echaría ganas (sería paciente); si ésta terminaba, iba a tronar en algún momento, y nada que pudiera hacer lo impediría.

Sinceramente, no fue nada fácil aguantar mientras Emi seguía en su trabajo. Huelga decir que no mucho cambió durante el resto del año, pero mi actitud no era tanto de “hmm… otra vez lo mismo”, sino de “seguro algo bueno viene”. Ciertamente algunas veces pensaba que me estaba engañando a mí mismo, pero tanto los problemas que tenía en la universidad como el tiempo de calidad que pasaba con ella, hacían que todo se sintiera menos pesado que antes.

El tiempo transcurrió, y llegó otra vez la época en la que las escuelas le llamarían a Emi para decidir cómo y dónde sería su trabajo el año siguiente. Aunque nunca lo mencioné, éste para mí era el parteaguas de la relación. Por mucho que me hubiera esforzado y sido paciente, pensar en estar un año más así estaba fuera de la jugada, y más aún porque al parecer ese ciclo se repetiría cada año. En resumen: no iba a ser sano para ninguno de los dos. Sin embargo, y como lo mencioné antes, yo no quería ser un obstáculo en su vida, menos cuando está viviendo su sueño, y ésa era la razón por la que con ella no me ponía en el plan “trabajo o tú”, aunque en mi interior eso era prácticamente un hecho. No había perdido las esperanzas, pero sentía muy pesado vislumbrar cómo podría haber un cambio dentro del ciclo en el que estábamos metidos.

Fue aquí donde, a pesar de la rutina, de los problemas y del vacío que a veces sentía, haber sido paciente comenzaba a verse como una buena decisión:

Sin que yo mencionara nada, Emi comenzó a declinar ofertas de trabajo de tiempo completo; primero de la escuela donde había laborado durante los 2 ciclos anteriores, y después de otras que también necesitaban a alguien para la materia de japonés. ¿La razón? Aunque su instinto la llamaba a seguir intentando subir de rango como profesora y a convivir con los alumnos, se dio cuenta (gracias a mi influencia) de que realmente solo vivía para trabajar y que no tenía tiempo para hacer nada de lo que le gustaba. El trabajo le gustaba y disfrutaba lo que hacía, pero era lo único que hacía. Además, ella comenzó a ver, y hacerme ver, un patrón constante en el mundo de los profesores en Japón: muchos estaban solteros, divorciados, o si estaban casados, el tiempo que pasaban con su familia era muy limitado por todas las obligaciones que su posición les imponía, especialmente cuando ya tienes cierto número de años ejerciendo (recordar que en Japón es más importante el número de años en un lugar que tu experiencia y habilidad). Independientemente de lo que pudiera pasar con nosotros, ella no se quería ver en una situación así, y se había dado cuenta, gracias a la interacción conmigo y con la comunidad latina, que podía haber otras opciones.

Emi había decidido regresar a su patrón de profesora de medio tiempo en 2 escuelas, una por la mañana y una por la noche. Suena como si iba a estar mucho más ocupada, pero gracias a que no tenía que hacerse cargo de ningún club, sus obligaciones se reducían a dar clases, crear y calificar exámenes, y orientar a los alumnos en caso de ser requerido.

Yo no podía creer lo que estaba sucediendo: aquellos nostálgicos primeros 6 meses que estuvimos, y que eran a lo que me había aferrado para seguir ahí, se caracterizaron porque Emi tenía dos trabajos, pero siempre tenía tiempo libre, y ni decir de los fines de semana libres. El hecho de que volviera a ese patrón era, para mí, un indicio de que las cosas probablemente cambiarían.

En efecto, Emi logró obtener los 2 puestos esperados, lo que significaba que, en teoría, las cosas entre nosotros iban a mejorar.

Después de eso, yo me gradué del doctorado y una empresa “start-up” ubicada en Iizuka (y hasta eso, justo enfrente de la universidad) me había contratado. Mi visa era de trabajo ahora y estaría en Japón por tiempo indefinido. Era una época de muchos cambios.

La transición

Las cosas entre Emi y yo comenzaron a mejorar. El manejo del tiempo nos permitía pasar más tiempo juntos y convivir justo como lo habíamos hecho cuando recién habíamos comenzado a salir. Obviamente no todo era perfecto, y había discusiones, enojos y desacuerdos, especialmente por la diferencia cultural.

Ella comentaba que, por una parte, sí extrañaba estar por completo en el ambiente escolar, porque le gustaba su trabajo, le gustaba enseñar y dedicarse a sus alumnos, pero por otra estaba consciente de que eso no debería ser la totalidad de su vida, y lamentaba que los profesores en Japón tuvieran que sacrificar su vida por su profesión.

Yo también había notado, desde que estaba con Emi, que muchas profesoras que conocía gracias a mi trabajo de enseñar inglés en escuelas primarias, estaban sorprendentemente solteras, y algunas hasta dejadas (en el sentido de que ya no se arreglaban tanto); recuerdo que en más de una escuela, y en repetidas ocasiones, los mismos alumnos (de 4to. 5to. o 6to. año de primaria) decían en voz alta que yo debería ser el novio de la maestra porque “nadie más la iba a recoger” (sus palabras tal cual) y “como que a la maestra yo no le parecía mal partido”. En más de una de esas ocasiones me percaté de que algunas maestras se sonrojaban por lo que los alumnos decían, pero no negaban nada. Muchas de esas maestras se caían de bonitas, y rondaban entre los 23 y 30 años. Como hombre, me parecía increíble que no tuvieran novio, mucho menos estar casadas, pero entendía que su profesión les exigía mucho, aunque los profesores de primaria no sufren tanto como los de grados superiores. Al parecer, y según me contaban las mismas profesoras, su única opción para no quedarse solteras era tener una relación con alguien de su misma profesión, que entendiera (y de ser posible, compartiera) las responsabilidades que ésta les imponía, puesto que casarse con alguien que no fuera profesor era difícil, pero más lo era intentar crear una familia cuando se tienen tantas cosas que hacer, y lo que muchas optaban por hacer en esos casos era renunciar al trabajo y dedicarse al hogar, que dicho sea de paso, en Japón es extremadamente bien visto, porque refleja el “compromiso” que tiene la mujer como pilar de la familia.

Haber obtenido el título de doctor (que venía incluido en un gansito) implicaba que ya no podría vivir en las casas para estudiantes que el gobierno de Iizuka había remodelado. Eran, en pocas palabras, una bendición, porque la renta era barata, había espacio para 2 carros por casa, totalmente gratis, todos los vecinos eran extranjeros (por aquello de hacer mucho ruido por la noche) y hasta un pequeño parque teníamos al lado. Mudarme significaba más gastos, y también alejarme de la gente que me rodeaba y con la que había entablado una relación de amistad bastante sólida, pero como mi trabajo iba a estar prácticamente en el mismo lugar, busqué lugares cercanos. Al fin y al cabo, estar en Iizuka implicaba tener carro, por lo que en sí podía buscar otros lugares, pero estando ya acostumbrado al área donde había vivido casi desde que llegué (el primer departamento estaba como a 15 minutos caminando), me quería quedar por ahí. Para mi fortuna, encontré un lugar a escasos minutos de la casa actual, y curiosamente era al lado de donde mi buen amigo hondureño había vivido durante algún tiempo. El lugar era amplio, la renta relativamente barata y estaba cerca; había visto otro par de casas en otros puntos de la ciudad, y aunque una de ellas me había convencido porque el uso del agua era gratuito, al final me quedé con la anteriormente mencionada.

Lo curioso de la mudanza no era en sí el lugar o si la casa estaba chica o grande, sino el hecho de que, aunque no vivíamos juntos, la opinión de Emi contaba para la decisión del lugar y para el amueblado del lugar. Mientras vivía en las casas para estudiantes, Emi había comenzado a llevarse ropa y herramientas de trabajo para tenerlas a la mano, pero generalmente no se quedaba a dormir en la casa, además de que estábamos en la situación de que casi no tenía tiempo. No obstante, ahora con su cambio de ritmo de trabajo, pasaríamos más tiempo juntos, y eso significaba que vendría a la casa más seguido.

Comenzó mi etapa laboral en el país del sol naciente: las cosas con Emi estaban relativamente bien, y yo sentía una especie de balance que antes no tenía. Ella no vivía conmigo, pero poco a poco comenzaba a pasar más tiempo en casa, a hacer de comer o cenar, y a traer consigo varias de sus pertenencias. De los 7 días de la semana ella pasaba 3 o 4 en la casa, y el resto regresaba con su familia. Nunca hubo una plática formal de “vamos a vivir juntos”, pero parecía que poco a poco a eso llegaríamos.

De los mexicanos en Japón, a esa casa fueron a visitarme, si mal no recuerdo, solamente 3: Gisela, Felipe y Jorge, aunque este último radicaba también en Iizuka). Mariana, una mexicana radicada en Mérida, también se lanzó hasta Iizuka cuando vino de vacaciones y se quedó también por unos días. Creo que a Felipe no le tocó ver esa vez a Emi, pero Gisela y Mariana sí la conocieron, e incluso salieron a pasear. Y siempre que venían visitas, Emi optaba por quedarse con su familia para que éstas tuvieran más espacio y se sintieran más cómodas.

Si de por sí vivir en Kyushu hace que la gente no quiera ir a visitarte, estar en un lugar como Iizuka tampoco ayudaba mucho, pero la gente que venía era siempre bien recibida y a mí me alegraba mucho que me visitaran.

México

En 2009, tenía 3 años de no haber regresado a México de vacaciones. Ya siendo doctor, quería enseñarle a mis papás mi título, y aprovechar para atascarme de comida mexicana, por lo que, desde antes de ingresar a la empresa, había hablado con el dueño para decirle que tenía planes de regresar a México a fin de año, por espacio de dos semanas. Sorpresivamente, el dueño me dijo que sí, y que apoyaba y respetaba mucho mi decisión de ir a presentarle el título a mis papás.

El viaje tenía también otro punto interesante: no iría solo. El plan era viajar con Emi, lo que para ella sería la primera vez que saldría de Japón. A ella le encantaba la idea de salir del país y conocer otros lugares, pero había un punto importante que cubrir antes de comenzar siquiera a hacer planes: tenía que conocer a su familia.

Hasta este momento, yo solamente conocía de la familia de Emi por las cosas que ella me contaba: sabía que tenía un hermano, y a qué se dedicaban los papás. Sin embargo, y como es costumbre en Japón, los hijos no presentan a las parejas sino hasta que la relación llega a un punto en donde es sólida y se tienen planes para casarse. Esos planes no estaban en mi agenda todavía, pero no tenía miedo de que la familia me conociera ni que supieran que estaba saliendo con su hija, sobre todo porque planeaba llevarla de paseo a México a principios de año. No obstante, aquí no era nada más de llegar un día sin avisar, decir “¡Hola señores y hermano desconocido! Aquí nomás para saludarlos y decirles que soy el novio de su hija y que planeamos ir a México en diciembre. Ningún problema, ¿verdad?”. Ya parece… Estamos hablando del campo japonés, y por tanto, de una familia totalmente tradicionalista, y su hija estaba con un extranjero. Según me contaba Emi, el verdadero problema sería obtener la aprobación de la mamá; el papá era mucho más relajado y estaba segura que no habría problema, y el hermano solamente se opondría si no me conocía antes de conocer a su mamá.

Había que diseñar un plan… o mejor dicho, Emi tenía que diseñar un plan. Ver a su mamá sin haber hecho algunos movimientos tácticos parecía una muy mala opción, por lo que ella decidió que teníamos que tener “aliados”, y la mejor opción era su hermano.

Paso 1: El hermano

Conozcan nuevamente a Ryo. ¿Nuevamente? En efecto. No es la primera vez que aparece en el blog . Él ya sabía que su hermana estaba saliendo con un mexicano, pero nunca nos habíamos conocido. Según Emi, lo teníamos que tener de nuestro para “apelar” en caso de que la mamá no nos diera el visto bueno.

No hubo que hacer nada complicado: Emi organizó una cena en uno de los mejores restaurantes de comida mexicana en Japón y ahí nos conoceríamos, platicaríamos, y trataríamos de convencerlo de estar con nosotros para cuando llegara el momento de conocer a la mamá. Todo sonaba muy bien.

Llegado el día, nos encontramos en Fukuoka y nos dirigimos al mencionado lugar. El ambiente y la comida (gloriosos tacos al pastor) ayudaron mucho a establecer el ambiente de la conversación, la cual ocurrió sin mayores complicaciones. Ryo mencionó que él no veía problema en que yo fuera extranjero, pero que quizá a su mamá podría incomodarle un poco; sin embargo, él conocía a su familia y sabía por qué Emi había planeado que primero lo conociera a él, así que sin pedirle directamente que fuera nuestro soporte en caso necesario, él mencionó que lo sería. ¡Bien!

Paso 2: La mamá

El plan comenzó a crearse desde que Ryo se puso de nuestro lado. Necesitábamos lo siguiente:

  • Que fuera en fin de semana para que Ryo pudiera estar presente.
  • Reservar un buen restaurante de la comida favorita de la señora.
  • Tenía que ir de traje.
  • Tenía que memorizar un par de frases que decirle cuando me la presentaran.

No estaba nervioso por el encuentro en sí, pero sí lo estaba por toda la parafernalia que teníamos que hacer para obtener el visto bueno. Recuerden que no era que iba a pedir la mano de su hija, simplemente me iba a presentar, decirle que era su novio, y que planeábamos ir a México a fin de año… pero con todo esto de preparativos, planes y discursos, parecía que ya me iba a comprometer.

Emi reservó un restaurante de comida japonesa en Fukuoka; un lugar tradicional, bonito, con mesas en cuartos individuales con tatami, y obviamente no tan barato… pero bueno, era necesario. Ryo iría por su mamá y la llevaría directamente al lugar. Yo iría vistiendo mi mejor traje, y le había preguntado a Emi si su mamá se molestaría si le regalaba un ramo de flores, a lo que me respondió que todo lo contrario, ya que nadie le regalaba flores y era un gesto que seguramente agradecería. Los japoneses solamente regalan flores el día de la madre, en cumpleaños y aniversarios. Los detalles de una flor un día cualquiera son prácticamente inexistentes, y muchas japonesas comentan que les gusta eso de los extranjeros.

El día llegó. Un domingo con buen clima. El plan era que Emi y yo llegáramos primero y después Ryo y la mamá entraran después. Yo iba vistiendo lo acordado y con un gran ramo de flores. No había preparado nada que decir, porque sentía que no había necesidad; era una presentación y como tal la iba a manejar. Emi solo me recordaba que su mamá era el obstáculo más grande, y que la primera vez que la viera era la más importante, pero después de eso no habría ningún problema.

Llegamos al lugar, entramos al cuarto que habíamos reservado, y unos 15 minutos después llegaron las personas restantes. Esperaba que la reacción de su mamá fuera más grande al enterarse que yo no era japonés, pero no fue así. Me presenté, le di el ramo de flores, y procedimos a sentarnos a conversar mientras comíamos.

Ustedes saben que las mamás tienen ese extraño súper poder para darse cuenta de las cosas que los hijos les ocultan; la mamá de Emi no era la excepción, pues intuía que su hija estaba saliendo con un extranjero, y para ser sincero, no era difícil pensar eso al ver que seguido ella llegaba con detallitos, flores o similares, cosas que un japonés promedio generalmente no hace. La idea de la mamá era más bien conocerme personalmente, saber qué hacía y ya, sin importarle que fuera de la nacionalidad que fuera, ya que su hija pasaba la mitad del tiempo conmigo.

El encuentro fue mucho más relajado de lo que esperaba. Le platiqué sobre México, sobre cómo había llegado a Japón, a Iizuka, lo que había hecho en la universidad y cómo había conocido a su hija. Después de eso Ryo también mencionó algunas cosas de las que platicamos cuando lo conocí, intentando darme puntos, y la mamá entendió todo y adivinó a la perfección todo el plan que ideamos para poder conocerla. Solamente se rió.

Después de que la comida hubo terminado, y ya cuando nos despedíamos, sucedió algo que yo no esperaba en lo más mínimo: la señora se pone en seiza, y me dice de forma muy solemne y cortés “te encargo mucho a mi hija”, justo como cuando pides la mano de alguien de manera formal y los papás te dan el sí. Le dije que no se preocupara, y que no era necesario hacer eso, pero no puedes ir en contra de las tradiciones.

El paso más complicado había sido librado. Solamente quedaba una persona más a la que había que conocer.

Paso 3: El papá

El papá de Emi es una persona extremadamente tranquila, relajada, y parece que no tiene preocupaciones en la vida. Siempre sonriente, de carácter dócil, es una persona con la que se puede llegar y entablar una conversación muy amigable sin necesidad de conocerlo. De ahí que no se necesitara de un plan elaborado para conocerlo. Emi solamente tuvo que poner una fecha, reservar una mesa en uno de los lugares favoritos del papá, y listo. Vestimenta libre, cero preparación.

Todo salió como Emi lo había previsto: el papá fue muy amable conmigo, me preguntó sobre mi país, sobre mi cultura, qué me parecía Japón, etc. Él tiene plena confianza en su hija, y si ella me acepta, significa que él también lo hace.

Ya no había más que hacer salvo planear el viaje.

En diciembre de 2009, para la época de navidad y año nuevo, Emi y yo viajamos a México. En el DF estuvimos un par de días, en los cuales un par de buenos amigos, uno de ellos el panda, nos recibieron y ayudaron montones. No pudimos ir a todos los lugares que hubiera querido, pero al menos a Teotihuacán sí la lleve. Ahí surgió uno de los momentos memorables de ese viaje: unos de los vendedores nos ofrecía sus productos, primero en español, luego en inglés, pero al ver que no reaccionábamos, de repente nos dice tal cual:

とても安い! 殆どただ!

Que literalmente se traduce como “¡Muy barato! ¡Casi gratis!”.

Acto seguido, Emi y yo nos paramos en seco, volteamos a verlo, y yo no pude evitar soltar una risa de sorpresa al darme cuenta de que el vendedor conoce su negocio y podía ofrecer sus productos en japonés. Desafortunadamente, no hubo nada que nos convenciera y solamente le dimos las gracias.

Otros 2 momentos memorables en el DF:

  • La primera vez que Emi me vio tomando jugo de naranja natural… ¡en bolsita! Para ella el hecho de que me sirvieran el jugo en bolsita y me dieran popote era totalmente fuera de lo común (tomó fotos), y era mucho más raro eso que ver jugo de naranja natural recién exprimido y como a 10 pesos el litro (más o menos, no me acuerdo exactamente del precio) en vez de 500 yenes mínimo por un vaso de jugo natural en Japón.
  • Los microbuses. Me obligó a subirme a uno nada más porque no quiso caminar 8 cuadras… pero no le quedaron ganas de volver a tomarlos porque nos tocó uno de esos ya viejos, que atrás no tenían asientos y estaban totalmente pintados de negro; eso, aunado a la velocidad que ya sabemos que sacan, y a los “frenones” característicos, hicieron que Emi los bautizara como “Killer Machines”. Je, bonitas diferencias culturales.

Cuando fuimos a mi rancho (Guadalajara), nos tocó subirnos a los autobuses turísticos (yo tampoco lo había hecho), la llevé al centro histórico, a un karaoke estilo mexicano, y cuanto lugar pude en los 8 días que tuvimos para estar ahí. Mi familia la conoció, pero era más icónico ver la reacción de los vecinos cuando la veían pasar; los niños del lugar solamente iban para verla, sin siquiera decirle “hola”, y el dueño de la tiendita de la esquina como que se enamoró de ella. En resumen: sintió un poco de lo que nosotros los extranjeros sentimos cuando estamos en un lugar como Iizuka (menos lo de que alguien se enamore de ti a simple vista… al menos a mí no me pasó :P).

Regresando a Japón, las cosas volvieron a la normalidad: ella en su trabajo, yo en el mío. La experiencia de un viaje al extranjero y de haber conocido un poco de la cultura mexicana le ayudaron a entender mejor varios patrones de mi comportamiento. Pero eso no significa que no haya habido discusiones después de eso, no. Lo mejor estaba por llegar.

Después de que conocí a su mamá, Emi ya tenía permiso para no regresar a su casa. Su mamá le decía que mejor se quedara conmigo todos los días de la semana. Así, de medio vivir juntos, de repente ya estábamos juntos todos los días de la semana. Durante este tiempo, comenzaron las típicas diferencias en los estilos de vida, pero esto es más de la personalidad que de la nacionalidad. Nos intentábamos acoplar de nuevo, ahora en un plan de convivencia diaria. Pasaba de ser “nos vamos a ver para ir a cenar o salir al cine” a “¿qué cenamos en la casa?”, “¿qué nos hace falta?”. Pueden darse cuenta de a dónde esto estaba siendo dirigido, pero yo todavía sentía que no era el momento indicado.

Tokio

La idea de salir de Iizuka y moverme a Tokio había estado rondando por mi cabeza desde 2010. El trabajo que tenía era interesante, pero estaba muy limitado en lo que podía hacer y me encontraba estancado; sabía que si me quedaba en ese momento ahí, no crecería mucho profesionalmente hablando, y ciertamente ni Iizuka ni Fukuoka tenían muchas oportunidades dentro del área en la que quería estar. Cambiar de trabajo implicaría cambiar de lugar de residencia… y estando con Emi no era algo sencillo de decidir, porque eso también la afectaría.

Yo tampoco salía bien librado: había vivido por 8 años en Iizuka. La gente me conocía, me invitaban a eventos, me pedían que fuera traductor oficial en algo o maestro de ceremonias en eventos, tenía luz verde para faltar al trabajo para ir a exponer sobre cultura mexicana en escuelas alrededor de Fukuoka, me había ganado trabajar en horario semi-flexible en la empresa, lo que me permitía llegar muy temprano e irme muy temprano, dándome tiempo para ir a nadar, atender pendientes de la casa o simplemente ir a jugar Tekken antes de que Emi regresara del trabajo. Me había acostumbrado al campo japonés y a su estilo de vida, y Emi estaba en su medio, así que salvo el trabajo y la poca superación que sentía, por lo demás realmente no me podía quejar.

Había muchas razones por la que quería renunciar, pero la gota que derramó el vaso fue que me pusieron un montón de nuevas responsabilidades, pero no me subieron el sueldo, poniendo mil y un pretextos. Recuerdo que ese día llegué súper molesto a casa e inmediatamente comencé a buscar opciones.

Encontré algunas ofertas que parecían buenas, e incluso viajé a Tokio varias veces solamente para asistir a entrevistas de trabajo. Algunas no fueron lo que esperaba, mientras que en otras no podía decir que eran lo mejor. Me di cuenta de muchas cosas del ambiente laboral de Japón, y tomé las cosas con calma.

Al final, la empresa que me pareció que ofrecía lo mejor en cuanto a oportunidades de crecimiento fue a la que decidí entrar, no sin antes llegar a un acuerdo económico, puesto que me querían ofrecer menos de lo que estaba ganando en ese momento pero negociando acordaron, por escrito, que mi sueldo subiría después de cierto tiempo de prueba y luego de nuevo después de unos cuantos meses en la empresa, además de los aumentos graduales que la compañía ofrecía (2 por año). Iba a trabajar en lo que quería, me iban a ofrecer, de entrada, un mejor sueldo que el que tenía, y era seguro que éste iba a subir en unos meses; no tenía nada que perder… excepto mi vida en Iizuka.

Había un problema: todo esto se decidió en mayo. Entraría a trabajar al nuevo lugar en agosto, lo que me daba tiempo para avisar sobre mi renuncia y arreglar las cosas antes de dejar Fukuoka… pero era justo en medio del ciclo escolar, lo que significaba que Emi no podía sencillamente renunciar a su trabajo porque los profesores tienen que cumplir todo el año. Es decir: íbamos a estar separados por 7 meses, y tampoco era que Emi tenía tan fácil la decisión.

No era para menos: Emi estaba ejerciendo su profesión en su tierra natal, y le gustaba lo que hacía y dónde lo hacía. Cierto, estaba conmigo, pero todavía no había nada seguro para ella, es decir, un compromiso que la convenciera de moverse de donde estaba. Teníamos ya varios años juntos, pero aunque ella ya lo había mencionado en algunas ocasiones, yo no tenía las cosas claras conmigo mismo: ¿me iba a quedar en Japón para siempre? ¿regresaría a México en algún momento? ¿Otro país? ¿Dónde me establecería? Estaba lleno de dudas respecto a mi futuro, y quería tener al menos algo en claro antes de dar el siguiente paso, pero esa indecisión era lo que a ella le preocupaba, especialmente ahora que no estaríamos juntos por más de medio año.

Obviamente Emi no era la única preocupada al respecto: su mamá también se preguntaba si de plano íbamos a tener un compromiso formal o no, porque para nada consideraba correcto que su hija se fuera de su ciudad sin tener la seguridad de que yo no la iba a dejar tirada en caso de que decidiera terminar la relación.

En medio de un mar de incertidumbre, logré llegar a un acuerdo: me iría a Tokio, luego ella iría también cuando su trabajo terminara, y una vez ya estando en la capital hablaríamos del paso siguiente. Ella estaba de acuerdo, pero me dijo que tendría que hablar directamente con su mamá y convencerla de que la dejara irse a vivir a Tokio sin estar siquiera comprometidos. Por mí no había problema, pero podía entender la preocupación que ambas sentían, y en efecto, eran por mi culpa. Realmente no tenía razón para no formalizar el compromiso, pero en mi  mente estaba primero establecerme en Tokio, porque de otra forma no iba a tener nada que ofrecer. Quedamos en que hablaría con ella cuando ya Emi estuviera por irse a Tokio.

Llegó el momento de decir adiós a Iizuka y de comenzar la siguiente aventura en la capital nipona, pero no fue fácil dejar todo, y menos a alguien con quien has vivido y convivido por varios años. Estaríamos a un vuelo de hora y media de distancia, y hablaríamos todos los días por internet, pero de todas formas no iba a ser tan fácil. Iba a ser una prueba, una muy muy difícil en muchos aspectos.

Ya he escrito antes cómo me fue en la empresa a la que entré, solamente que durante todo ese tiempo existía algo más que terminó quebrándome por completo. Estaba en un lugar que ni al caso, en donde no era para nada valorado, mi jefe me trataba como un vil peón, no tenía voz ni voto y él era siempre el que rifaba, aunque no tuviera ni idea de qué hablaba, pero lo peor es que estaba solo, o mejor dicho, me sentía completamente solo. Tenía muchos amigos mexicanos en Tokio, muchos de los cuales me escucharon y me ayudaron mucho cuando más lo necesitaba, pero estaba vacío. Ni siquiera la cercanía con Akihabara me levantaba el ánimo. Estaba convertido en un zombie, y la lejanía que sentía con Emi era inmensa.

La primera vez que nos vimos después de que me hube ido a Tokio fue en la boda de una de sus amigas, en Oita, aproximadamente un mes después de que me fui. Volé el fin de semana para estar ahí, y regresaría el domingo por la noche otra vez a la soledad del departamento que rentaba en la capital. Pero cuando terminó la boda y Emi me llevó al aeropuerto, faltando como 3 horas todavía para el vuelo, no soporté más y me deshice en lágrimas. La realidad me había pegado muy feo; estaba experimentando justamente lo que más temía del sistema laboral japonés; lejos de estar creciendo, me sentía todavía más limitado que antes; me habían mentido sobre el contenido del trabajo, y ahora no tenía de otra más que aguantarme hasta encontrar algo nuevo. Estamos hablando de que tenía apenas poco más de un mes de haber comenzado a laborar en el nuevo lugar y ya estaba 100% seguro de que no era mi lugar y que debía salirme de ahí lo más pronto posible. Era una gran empresa, pero el trabajo era completamente diferente, y lamentablemente mi jefe no sabía manejarlo. En pocas palabras, estaba viviendo un infierno; era un mar de estrés y estaba perdiendo la confianza en mí mismo.

Las cosas no mejoraron en los meses siguientes. Me sentía perdido. ¿Era realmente tan malo en lo que hacía? Si siempre había dado buenos resultados en mis anteriores trabajos, ¿por qué en este vivía atemorizado de que el jefe me dijera que estaba equivocado, cuando estaba completamente seguro de que no lo estaba? Emi y yo nos veíamos 2 veces por mes: una vez ella iba a Tokio, y otra yo iba a verla a Iizuka, pero aunque ciertamente era un alivio poder estar juntos y convivir al menos un par de días, para mí lo más difícil, y lo que nunca, nunca pude soportar ni contener las lágrimas, eran los lunes cuando ella venía a visitarme: los lunes no tenía ninguna clase, por lo que siempre pasábamos el fin de semana juntos, y el lunes ella me despedía cuando me iba a trabajar y regresaba a Fukuoka al mediodía, lo que significaba que cuando yo regresara el departamento estaría completamente solo y oscuro, sin que ella me estuviera esperando. Para mí esto era devastador: llegar abatido del trabajo y encima volver a la realidad de que estaba solo. Nada, ni siquiera los videojuegos, me podían levantar el ánimo.

Fue una época muy sombría, pero hubo un detalle por parte de Emi que me daba fuerzas para poder sobrellevar la situación en la que me encontraba. Explico:

Hasta hace poco tiempo (al momento de escribir esto), realmente no sabía cocinar prácticamente nada. Mi dieta durante la universidad se basaba casi en su totalidad en el menú del comedor de la universidad, el cual se caracteriza por tener un montón de cosas fritas. Huelga decir que subí muchísimo de peso desde que llegué por acá. Emi, por su parte, sabe (y le gusta mucho) cocinar muy bien, y si bien antes no me preocupaba por la comida en general, desde que vivíamos juntos comencé a comer de forma mucho más sana. Por ello, A Emi le preocupaba que mi dieta volviera a cambiar (para mal) mientras estuviera solo en Tokio.

¿Solución? Cada mes Emi me enviaba desde Fukuoka, por paquetería congelada, platillos que ella misma preparaba para que tuviera comida decente. Cada mes, sin falta, y la caja en la que venía la comida siempre tenía una ilustración diferente, que ella misma dibujaba. Estaba solo y ante una situación desesperante en Tokio, pero al menos a la hora de cenar sentía que, por un momento, estaba en Fukuoka, y nada había cambiado.

Los 7 meses pasaron, y se acercaba el momento en el que tendría que hablar de nuevo con su mamá. Sin embargo, la realidad es que emocionalmente no estaba nada bien, y me aterraba el hecho de no tener estabilidad en ese sentido, porque sentía que no podría ofrecer algo bueno en mi actual estado. Pero el tiempo apremiaba, sobre todo porque a Emi la comenzarían a contactar para el trabajo del siguiente año.

Emi comenzó a hacer preparativos para moverse a Tokio. Yo, para ese entonces, ya estaba preparándome para correr de la empresa a la que había llegado y encontrar trabajo en otro lugar, y también me había mudado de nuevo, lo que me dejó efectivamente sin ahorros (me acababa de mudar desde Fukuoka apenas medio año atrás). Me tuve que mudar porque la empresa pagaba la mitad de la renta del departamento, y una vez que renunciara, yo tendría que pagarla completa, y la cantidad estaba totalmente fuera de mi alcance (vivía cerca del parque Ueno). Tenía todo preparado ya, solamente hacía falta ir por ella. Habíamos platicado mucho al respecto, y aunque ella había accedido a mudarse conmigo a la capital, la realidad es que ni ella ni su mamá sentían estabilidad si no había un compromiso de por medio, y si a Emi fue difícil hacerle comprender que necesitaba un poco de estabilidad emocional, a su mamá iba a ser misión imposible… pero no había de otra.

Cuando llegó el día y fui a casa de Emi y hablé con su mamá, sorpresivamente tomó muy bien la plática, y aunque no estaba totalmente convencida, accedió a que su hija se fuera conmigo a vivir a Tokio. El papá nunca puso ninguna traba o condición, así que no había más que hablar.

En un viaje inolvidable por carro, desde Fukuoka hasta Tokio, y que comenzó con muchas lágrimas de parte de Emi al dejar su casa, nos dirigimos hacia lo que sería la última etapa de esa relación.

Fin y principio

Estábamos en Tokio, otra vez juntos después de largos 7 meses, en donde nos veíamos muy de vez en cuando. Yo tenía que seguir en el trabajo (al que bauticé como “esclavajo”), y tiempo después renunciaría y entraría a la empresa en la que estoy al momento de escribir esto. Sin embargo, para Emi era un cambio radical, no solo por estar lejos de su casa y su tierra natal, sino porque Tokio no era ni remotamente parecido a Iizuka, y aunque vivíamos en un lugar relativamente alejado del bullicio, la cantidad de carros y de gente, y el acelerado ritmo de vida que se siente en la capital era para ella algo totalmente nuevo. Para mí no era tan extremo, pues Guadalajara es una ciudad grande, y había estado muchas veces en el DF, por lo que estaba acostumbrado, y hasta me sentía “en casa”. Me costó trabajo entender lo que Emi sentía y lo que para ella significaba el cambio: no era solamente la cantidad de gente o carros, sino que ella, por primera vez, estaba haciendo algo que no tenía planeado; estaba sin trabajo, sin amigos, sin familiaridad con el lugar, y sin un compromiso que al menos le hiciera sentir que yo no iba a huir con la primera chica que me llenara la pupila. Suena un poco tonto, pero ella así lo sentía, y mi estado anímico no ayudaba mucho que digamos.

Emi trataba de ver lo mejor de la situación, y mencionaba que quería aprovechar para intentar trabajar en algo diferente a ser profesora, ya que siempre tuvo ganas de intentar otro tipo de actividades pero nunca se había dado la oportunidad. Ella no quería alejarse del mundo educativo, pero como no se había registrado a tiempo en el concejo educativo de la ciudad en donde vivíamos, al menos por un año no iba a poder hacerlo, así que comenzó a ver opciones.

Lamentablemente, para ella también fue el ingreso al ambiente laboral diferente al de los profesores, por lo que no estaba acostumbrada a entrevistas, currículums, etc., etc., ni tampoco al estrés que puede provocar estar en un lugar en donde eres uno más.

No voy a ahondar en las malas experiencias que tuvo trabajando en diferentes lugares, ni lo mal que la trataron en algunos. Solamente diré que ella reafirmó que estaba hecha para la educación y que se movería para poder entrar de nuevo a ella, pero ahora en Tokio. Le costó trabajo y tuvo que esperar un tiempo, pero lo logró.

Todo parecería bien hasta aquí, pero el tiempo continuó pasando y Emi no veía claro qué pasaría con nosotros. Yo sabía qué tenía que hacer, pero tenía miedo; un miedo que hasta entonces había sido inexistente, pero que había aprendido en la tan mencionada empresa. Mi autoconfianza estaba por los suelos y mi capacidad de tomar la iniciativa, de enfrentar retos de forma positiva y de aprender de mis errores, era mínima. Me aterraba tomar una decisión que, en otra situación, ya habría hecho sin pensarlo

Llegamos, o mejor dicho, dejé llegar todo hasta un punto crítico, aquel que toda relación que ya tiene tiempo alcanza más pronto o más tarde. Emi me reclamaba, con justa razón, pero el estado en el que estaba no me dejaba ver claro el presente… estaba más preocupado por el futuro, por estar en la situación perfecta para poder ofrecerle a alguien lo mejor, y no a medias (o ni eso), justo como me sentía en ese momento. Pero estaba cometiendo un error, uno muy grande, que si no me percataba de él, amenazaba con hacer que todo explotara.

¿Cuál era ese error?

Perfección. Si bien era cierto que emocionalmente estaba destrozado, dentro de mí no había duda de que quería estar con ella, con sus virtudes y defectos. Pero yo me obstinaba por tener la casa perfecta, el carro perfecto, el trabajo perfecto y la situación perfecta para poder, ahora sí, dedicarme 100% a ella, y siempre estar ahí. Estaba haciendo exactamente lo que alguna vez le reclamé a Emi: dejar de vivir el presente por estar totalmente preocupado por el futuro. Tener planes es bueno, pensar a futuro no tiene nada de malo y te da rumbo, pero si te obsesionas con eso, puedes dejar pasar cosas más importantes que se viven solamente por un momento, y algunas una sola vez en la vida. Ahora que lo veo desde afuera, simplemente estaba usando mi mala situación como pretexto para ocultar el hecho de que quería que todo fuera perfecto, y que una parte de mí no aceptaba una situación que no lo fuera. Y mi obstinación había hecho que todo estuviera llegando al punto en el que todo se quiebra y lo construido durante años se desmorone sin control.

Afortunadamente, con ayuda de mucha plática, comprensión y control, me di cuenta de lo que estaba haciendo, y reaccioné como mi yo pensante lo debía haber hecho desde el principio: si ya estábamos juntos, habíamos pasado un buen de “baches” juntos, y en pocas palabras, habíamos estado en una situación “imperfecta” (bajo mi punto de vista) juntos y durante un buen rato, significaba que ya estábamos viviendo una aventura en el presente, y estábamos viendo para el mismo rumbo, solo que yo estaba enfocado mucho más adelante del camino y ella veía además el lugar donde estábamos parados.

Así, después de mucho tiempo, tomamos la decisión de terminar el noviazgo, de no seguir más en eso…

 

…y comenzar la siguiente etapa, pero ya en el siguiente nivel.

 

Aquella mujer que me dio el sí una madrugada en aquel estacionamiento de una librería en un pueblo al sur de Japón, que sufrió conmigo durante un largo periodo por causa del sistema laboral y educativo de su país pero que siempre me dio mi lugar, que decidió ir contra la corriente para poder tener más tiempo para ella (y por ende para mí), que soportó estar separados por más de medio año pero me hacía comida y la enviaba congelada para que pudiera comer sano, que se animó a dejar su vida por estar conmigo aun cuando no había un compromiso de por medio… se convirtió en mi esposa.