6) En la entrada del campo floral

Ligas a las partes anteriores:

A) Aclaraciones y detalles del tema
0) Prólogo
1) Explorando terrenos desconocidos
2) Jugando con fuego
3) Tempestad y calma
4) ¿Será o no será?
5) Carrusel

Lo que van a leer a continuación tiene cerca de 8000 palabras, para que más o menos vayan calculando el tiempo que necesitarán para terminarlo y la cantidad de palomitas y refresco que tendrán que consumir hasta que eso suceda.

¿Ya están cómodos? Entonces adelante.

Hubo un tiempo en el que de plano no podía hacer conexión con el sexo opuesto. Había aprendido a disfrutar mi soledad y aprovechar el tiempo que de otra forma le dedicaría a alguien más, pero confieso que más de una vez sí me sentí desesperado por no poder a una persona a mi lado.

Recuerdo un 14 de febrero en el que 2 amigos y yo fuimos a una fiesta “de encuentros” organizada por una revista (dirigida a extranjeros) de la ciudad de Fukuoka. La mecánica era que dabas tu dirección de correo del celular a los miembros del staff, y luego pasabas por varias mesas donde había chicas esperando; tenías cierto número de minutos para presentarte, hablar con ellas, y en pocas palabras “promocionarte”; el problema era que no ibas solo, ya que te tenías que mover en grupo con otros hombres desconocidos, lo que hacía más difícil poder dejar una buena impresión. Al final de todas las rondas, las chicas decidirían quién les interesó y los miembros del staff te mandarían un correo con la dirección de las chicas que te querían conocer más.

Resumiendo lo que pasó: los otros dos amigos consiguieron al menos 2 contactos cada uno. ¿Yo? Ninguno.

Sin embargo, hubo una vez, y solo una vez, en la que me sentí en la gloria, y por unos minutos saboreé lo que era ser buscado por las mujeres. El lugar: la fiesta para estudiantes extranjeros organizada por la red de amistad internacional de Iizuka. Prácticamente todos los extranjeros están invitados, por lo que es posible encontrarse con gente de diferentes países, además de conocer gente del ayuntamiento y poder comer gratis. Esa vez, había 2 grupos de chicas que no había visto antes: unas chinas, y las otras coreanas. Primero las chinas se me acercaron para pedirme que me tomara fotos con ellas, y solo querían fotos conmigo. Cuando otro extranjero les preguntó directamente en japonés que por qué solamente yo, dos de ellas respondieron: “es que él está guapo, ¿no ves?”. Mi ego se elevó al séptimo sentido y sentía que podía moverme a la velocidad de la luz, pero eso no fue todo: en otro punto de la fiesta estaba yo junto con el otro mexicano, que recién había llegado a la ciudad, y con el buen amigo hondureño. Ni idea de qué estábamos platicando, cuando de repente llega el grupo de coreanas, LITERALMENTE interrumpen la conversación, se dirigen exclusivamente conmigo ignorando olímpicamente a los otros dos, y me preguntan: “Oye, disculpa, ¿te gustaría ser nuestro amigo?” Estamos hablando de coreanas, bonitas, enseñando pierna, eran 4, y TODAS tenían la atención fijada en mí. El otro mexicano y el hondureño hacían señas tratando de hacerles ver que ellos también estaban ahí, y definitivamente ellos también querían ser sus amigos, pero su intento de llamar la atención fue inútil. Aquí fue el momento donde mi ego alcanzó el octavo sentido y probé por un momento el poder que Shaka de Virgo tiene todo el tiempo.

Asegúrense de ver los comentarios abajo, porque el amigo hondureño prometió escribir uno EXCLUSIVAMENTE para mentarme la madre por ese suceso, acción que por cierto siempre hace cada que sale a la plática 😀

Pero obviamente no todo fue bonito. Las chinas eran empleadas temporales en unas fábricas de telas y no estarían mucho tiempo en Japón, además de no tener teléfono celular y realmente muy poco tiempo para salir a pasear a algún lado. Lo peor era que había algunas que todavía no eran mayores de edad para los estándares japoneses. ¿Las coreanas? Situación similar, solo que ellas no eran empleadas, sino de intercambio por poco tiempo. A ellas las vi en otro evento en donde me saludaron efusivamente y platicamos, pero después nunca las volví a ver.

Comenzaba a maldecir mi suerte. De nuevo me invadían los pensamientos de no ser interesante para las mujeres; temor de no tener nada que ofrecer, de ser aburrido. Parece mentira después de lo que he escrito en esa serie, pero realmente así me sentía, Y la situación no parecía mejorar.

Varios de mis amigos comenzaron a frecuentar un grupo en donde japoneses y extranjeros se juntaban y salían a pasear o hacían fiestas. Yo me enteré hasta tiempo después, pero no fui a la primera reunión a la que me invitaron. Decidí que la siguiente vez probaría suerte, y cuando recibí la invitación, la acepté.

El grupo había sido formado por un japonés que había viajado a Camboya y al regresar a Japón quiso que más japoneses convivieran con extranjeros. Su idea era organizar reuniones en donde nacionales y extranjeros asistieran, pudieran conocerse y platicar y reír en un ambiente sano (bebiendo alcohol obviamente). Yo era el nuevo en el grupo, pero me recibieron muy bien e inmediatamente varios japoneses comenzaron a platicar conmigo. Sinceramente, no esperaba que el ambiente estuviera tan bueno ni tampoco que el grupo fuera tan abierto como me lo habían contado, pero era cierto, y eso me agradaba.

No tenía ni 20 minutos de haber llegado (y como 30 y algo de que la reunión hubiera comenzado) cuando uno de los asistentes me preguntó si tenía novia, a lo que respondí que no; acto seguido, me dijo que debería conocer a su hermana y ver si “nos caíamos bien”; esa hermana estaba a punto de llegar a la reunión, y efectivamente solo unos minutos después apareció una chica bonita en la entrada del lugar donde estábamos. Saludó, y al comenzar a buscar dónde sentarse, su hermano le hizo la seña de que se sentara a mi lado, acción que ella realizó sin mayor problema. Heme ahí, con una chica bonita al lado y ya tenía el visto bueno del hermano (que por cierto acababa de conocer).

La chica físicamente sí me agradaba. La llamaremos L (y nada que ver con Death Note). No obstante, lo primero que le dijo el organizador fue que yo le podía ayudar con algo de inglés. ¿Plan con maña? Al parecer. L estaba escribiendo una especie de discurso para despedirse de una amiga de Sri Lanka que estaba por regresar a su país, pero necesitaba ayuda porque quería que el inglés sonara más natural. No tenía ni 10 minutos de haberla conocido y ya estaba ayudándole con su discurso… pero no era lo único de lo que hablábamos, ya que entre corrección y corrección intentaba sacarle plática de otro tema, y yo creía que estaba dando resultado puesto que ella me respondía muy alegre y risueña. “De aquí soy”, pensé.

El esfuerzo no fue en vano, ya que conseguí su correo electrónico y su número de teléfono, lo que al menos me daba la oportunidad de contactarla días después para ver si podíamos hacer algo juntos. Todo iba muy bien.

La reunión terminó, pero había que seguirla y todo mundo estaba puestísimo para ir a un karaoke. Estamos hablando de más de 20 personas, entre japoneses y extranjeros; necesitaríamos un karaoke que tuviera un cuarto o salón en el que todos pudiéramos entrar… y aunque usted no lo crea, en Iizuka hay varios. No tomó mucho tiempo encontrar un lugar…. ¡y a cantar se ha dicho!

Mi sorpresa fue todavía más grata ese día al ver que el grupo realmente disfrutaba el karaoke, y no solo como cuando vas con un grupo de japoneses que lo más que se pueden emocionar ahí es cuando ellos cantan su rola favorita o alguien la escoge. Este grupo realmente bailaba, gritaba, cantaba, se divertía. En pocas palabras, la pasé mucho mejor de lo que había pensado, y lo mejor era que tenía el contacto de una chica linda y hasta la aprobación del hermano en caso de que quisiera salir con ella (palabras textuales de él mismo).

No quise hacerme el enfadoso, por lo que esperé algunos días antes de contactarla. Simplemente le preguntaba cómo estaba, trataba de que me dijera alguno de sus gustos y en general temas sin mucha importancia. Estos contactos continuaron por espacio de un par de semanas (no todos los días), hasta que sentí que era el momento de “tirarle el sablazo”: la invité a salir. El intercambio de mensajes había estado bien y todo se sentía natural; eso fue lo que me animó a invitarla para platicar un poco más en persona, y por alguna razón creía que esta vez había tenido suerte.

Sí. Eso fue lo que yo creía… el problema es que ella nunca me dio una respuesta positiva. Solo me hacía esperar, y esperar, y esperar, siempre con alguna excusa, hasta que llegó un momento en el que yo preferí no mencionar más el tema y ella tampoco lo hizo. Los mensajes se acabaron y yo, hasta el final, entendí la indirecta.

Había vuelto a caer en el juego de la amabilidad japonesa, en el que no te dicen “no”, sino que te dan pistas para que entiendas que te quieren dar una negativa indirectamente (y esto es en todos los niveles). Total, si la chica tenía sus dudas, se entiende, pero si ya había tomado la decisión de no aceptar mi invitación, un simple mensaje diciendo que no estaba interesada habría sido suficiente.

De nuevo maldecía mi suerte, y sinceramente me costaba trabajo entender qué podía tener yo de malo para que alguien de plano me rechazara. Había intentado salir con otras mujeres que conocía en fiestas o eventos, pero no pasaba de la primera cita si bien me iba. Recuerdo una ocasión en la que de plano la pasé muy mal porque la chica a la que invité a salir esperaba que yo tomara las riendas de todo lo que sucedería en el día y que prácticamente la obligara a ir a donde yo quisiera; pero no siendo esa mi personalidad y siempre tomando en cuenta la opinión de con quien voy, le presentaba opciones, pero eso le incomodaba. Ella era de la idea de que el hombre tiene que manejar y decidir todo, y la mujer debe ser sumisa y obediente… siempre y cuando le agrade lo que el hombre le ofrece. Huelga decir que solamente nos vimos una vez, la pasamos muy mal, y nunca nos volvimos a contactar.

A nivel personal me sentía abrumado, vencido. Tenía amigas, sí, pero cuando aparecía alguien con quien me gustaría llevar una relación al siguiente nivel las cosas no me habían salido bien en un buen rato. “Paciencia”, pensaba yo, pero el hecho de que L me hubiera rechazado sin rechazarme me había dolido más de lo que quería aceptar, no necesariamente porque se me hiciera bonita, sino precisamente porque fue por medio de indirectas, y porque tontamente había creído que el día que nos conocimos y la ayudé con su discurso en inglés. su sonrisa, palabras y actitud habían sido reales. Me había equivocado olímpicamente.

La invitación para la siguiente reunión del grupo donde conocí a L me había sido extendida directamente por el organizador por medio de una llamada telefónica. Por alguna razón, él tenía la idea de que yo era el contacto que podía reunir más extranjeros, y me pedía que le avisara a más gente para que el ambiente se pusiera mejor, pero en realidad, en ese momento no sabía a quién más decirle salvo a un amigo de Marruecos, ya que todos mis demás amigos cercanos ya asistían o sabían del evento.

El día de la reunión llegó. Yo no tenía nada de ganas de ir. Estaba seguro que me encontraría a L, y con mi estado de ánimo de “odio al mundo por tu culpa” intuía que no la pasaría bien. Era sábado y no tenía pendientes en el laboratorio, por lo que nada me impedía ir y convivir un rato, pero no estaba en mis planes. Me alisté y me dirigí mejor a las arcadias; necesitaba una dosis de adrenalina con juegos de pelea y la obtuve. Había salido temprano de casa, y definitivamente relajarme un rato con videojuegos me ayudó a pensar las cosas: ciertamente no tenía muchos ánimos de ir a la reunión, pero siendo que el organizador me había contactado directamente y se había expresado muy bien de mí, se me hacía “mal plan” no ir y estar un rato, nada más por educación. Miré la hora, vi que todavía estaba a buen tiempo de ir porque todo estaba por comenzar, y pensé “¡qué más da! Si está L, simplemente la saludo, no le doy importancia, y me la paso platicando con mis amigos en un ambiente diferente”. La decisión estaba tomada.

El lugar era una izakaya (bar estilo japonés) muy grande. Habían reservado un cuarto con espacio como para 40 personas, y prácticamente estaba lleno. Japoneses y extranjeros por igual, todos se disponían a pasar una buena noche, incluyendo la casi obligatoria ida al karaoke después de que hubiera terminado el tiempo ahí. Cuando entré al lugar ya había llegado mucha gente, incluyendo varios de mis amigos; obviamente L estaba ahí, pero ya me había mentalizado en solamente saludarle y no darle importancia. Como ella estaba al frente, a fuerzas tenía que pasar por ahí para llegar a donde estaban mis amigos, así que sin titubear comencé a caminar, saludando instintivamente a las personas que había conocido la ocasión anterior; cuando crucé miradas con ella, seguí mi plan al pie de la letra: la saludé, hice una reverencia al más puro estilo japonés y continué hacia el lugar donde mis amigos ya me saludaban desde que había entrado. Fue ahí cuando vi un par de piernas que salían de una minifalda, y al quedar atrapado por ese panorama, dirigí la mirada hacia la persona que estaba vistiendo tan bonito atuendo: vi a una japonesa que al instante me hizo “click”. No había terminado de pasar cuando la saludé también al más puro estilo japonés, pero continué mi camino. Me agradaba lo que veía, pero todavía en ese momento estaba en el plan de “mejor ni le muevo porque de todas formas me a mandar a ver gatitos”, así que mejor me seguí hasta llegar con mis amigos, quienes ya me habían reservado un espacio para sentarme.

Al tomar mi lugar, saludar a “la banda” y ponerme cómodo, vi de reojo a la chica arriba mencionada e inmediatamente me di cuenta de que había un problema: L hablaba y reía con ella de forma muy natural. “Valió m… es amiga de L. Sip… definitivamente de ahí no soy y mejor ni le muevo”. Ésa era la conclusión a la que, en cuestión de segundos, había llegado. Después de todo, yo iba por educación y a pasarla bien con mis conocidos; no tenía ánimos de conocer gente nueva y menos mujeres… pero por alguna razón no podía apartar de mi mente a esa chica. Además, con mi estado de ánimo de ese momento, era 100% verdadero que no tenía ganas de probar mi suerte ni de tomar iniciativas. Me había gustado lo que había visto, pero hasta ahí.

Por si todavía no lo he mencionado en algún escrito en el pasado: lo primero que me fijo en una mujer es en sus piernas. Me vuelven loco, así de fácil, y mejor si no traen medias, calcetas ni similares. Falda (entre más corta, mejor) + sandalias = Ultra Mega WIN. Por algo me gusta el verano japonés, aunque en invierno las chicas también se ponen falda con mallas para evitar el frío, pero también cuenta.

El evento inició y, como era de esperarse, el ambiente se puso muy muy bueno, y me atrevo a decir que es de los mejores que he vivido en compañía de japoneses. El hecho de que hubiera muchos extranjeros le daba un toque diferente a las reuniones tradicionales, pero el factor más importante es que los japoneses estén dispuestos a convivir sin seguir una estricta serie de reglas de comportamiento y orden de acciones a realizar durante un evento como ése (porque sí existen reglas y detalles que se tienen que cuidar). Ese mismo ambiente hizo que mis ganas de patear al mundo en el trasero desapareciera por un rato, y convivir con mis amigos me ayudó a disfrutar el momento. Obviamente la comida también cuenta.

Yo estaba sentado a unos 3 lugares de L y la chica misteriosa, pero mi atención estaba centrada en el grupo de personas alrededor. Sin embargo, vi cuando el organizador se sentó cerca de esta chica y había comenzado a platicar de algo. Yo seguí en lo mío, pero de repente el organizador me llama y me dice que me acerque a donde está. No les voy a mentir: sonreí de gusto. Ciertamente había optado por no hacer mucho para conocer gente nueva, pero nunca había cerrado la posibilidad de que alguien me presentara a otra persona o incluso una chica llegara directamente conmigo y se presentara (aunque siendo sincero, era otra vez un sueño guajiro). Me senté junto al organizador; L se había movido de lugar para ir a platicar con otras personas y yo quedé en medio de 2 chicas: la que había visto al entrar y otra que era primera vez que cruzaba miradas. Ignoro si mi suerte había decidido sonreírme un poco y darme la oportunidad de estar ahí, pero estaba contento de estarlo. El organizador me presentó a las 2 chicas y me dijo que una de ellas, que casualmente era la que había visto al entrar, estaba buscando amigos extranjeros, pero que no sabía mucho inglés, y él le había contado que yo daba clases de inglés en escuelas primarias japonesas y que hablaba muy bien japonés, por lo que pensaba que no sería difícil entablar conversación conmigo. Yo simplemente escuchaba lo que el organizador decía, y no podía ocultar mi sonrisa. De repente, el evento se había puesto mucho mejor para mí, y no quería desaprovecharlo. ¿L? ¿Quién? Ni me acordaba.

A la chica que vi a la entrada la llamaremos SS, y a la otra que acababa de ver en ese momento la llamaremos N (otra vez, nada que ver con Death Note).

N también estaba muy bonita, y parecía más amigable que SS, aunque SS era quien estaba interesada en platicar con extranjeros. La plática entre los tres comenzó, y las primeras preguntas que recibí fueron las clásicas: ¿de dónde eres? ¿cuánto tienes en Japón? ¿cómo es que hablas tan bien japonés? Después de eso, comenzó una plática más amena de temas diversos, durante la cual tenía que salir de la duda de si ambas tenían o no novio para saber a qué le podía tirar. Sutilmente comencé a dirigir la plática hacia el evento, lo divertido que era y lo bueno de ver a japoneses y extranjeros conviviendo de es manera, y “casualmente” les pregunté que con quién venían; N y SS eran amigas, y habían sido invitadas directamente por el organizador gracias a que L le había comentado al respecto, lo que significaba que, en efecto, L, N y SS eran amigochas. Eso me llevó “de forma natural” a preguntarles que si habían venido juntas, ¿dónde habían dejado al novio? La respuesta fue justamente lo que quería escuchar: “no tenemos”. SS quería conocer y tener amigos extranjeros, pero N no mostraba mucha euforia en si eran extranjeros o no y simplemente quería pasarla bien, y si eso incluía conocer a alguien, mejor.

La plática continuó por un rato, pero alguien más entró en escena sin que nadie lo llamara: un camboyano (al que nombraré solo de esa forma), sentado justo al lado de SS. Era totalmente obvio que el sujeto tenía interés en ella, porque de repente le comenzó a sacar plática; primero eran intromisiones pequeñas, pero poco a poco fueron alargándose hasta llegar al punto en donde él platicaba con SS y yo con N. N era bonita y no me molestaba poder conocerla un poco, pero como que algo de mi orgullo había sido herido cuando el camboyano había ganado la atención de SS.

Regresé a mi lugar original después de un rato, una vez que la plática con ambas chicas había llegado al punto neutro donde sabes que te tienes que alejar un poco antes de que te cataloguen como empalagoso. El camboyano intentaba por todos los medios acercarse más a SS, y yo solo pensaba en cómo quitarlo del camino (sin referirme a golpes, claro). Creía que tendría mi oportunidad en el karaoke, así que esperé pacientemente para hacer mi movimiento.

El evento terminó y era hora de ir a cantar. Como lo había anticipado, muchos japoneses habían decidido ir también al karaoke debido a los rumores de que el ambiente se ponía realmente muy bien, y entre la flota japonesa estaban L, N y SS. Tenía que encontrar la forma de tener comunicación con SS y quitar al camboyano del camino al mismo tiempo, así que lo ideal sería una canción muy conocida en Japón que estaba 99.99% seguro que el camboyano no conocería; invitaría a SS a cantar juntos y de ahí seguiría de nuevo la plática. Sí, era un buen plan (ajá).

Como éramos muchos, nos dieron el salón más grande, donde cabíamos sin problemas. Obviamente elegí sentarme cerca de las chicas, pero Mr. Camboya también había hecho lo mismo, y creo que se había dado cuenta de que yo también estaba intentando acercarme a SS. Pero debía conservar la calma y esperar mi momento, que seguro llegaría. Sí, sería perfecto. Todo parecía ir bien hasta que encontré la falla de mi plan muy tarde: Camboya-san había escogido canción primero, había sido “Only you”, y había invitado a SS a cantar con él. O sea, este mono le dedicó una canción a SS que a ojos vistas era una declaración. ¿Mi reacción? Sabía que si al menos no ganaba a la chica después de esto, el camboyano la iba a perder de seguro, a menos que SS fuera alguien que se dejara deslumbrar rápidamente por un detalle como ése, a tan solo unas horas de haberlo conocido. Eso me relajó un poco, aunque todavía me castigaba mentalmente por no haber actuado más rápido y escogido canción primero.

Mi turno llegó. La canción: Touch, de Iwasaki Yoshimi. Famosa en Japón y de ritmo movido para no perder el ambiente (que el camboyano había medio matado con su selección de canción lenta en medio de un grupo de gente bebiendo que solo quería algo para estarse moviendo). Era hora de actuar. Tenía plena confianza en mi japonés y en que me sabía la canción, así que solamente invité a SS a cantar conmigo y ella accedió.

Comenzamos a cantar, la gente comenzó a bailar, o mejor dicho, a intentar moverse a ritmo de la música para poner ambiente. Todo estaba bien… hasta que nuestro amigo camboyano llegó y se puso a intentar bailar con SS sabiendo que estaba cantando conmigo. Era guerra anunciada, y yo no me iba a dejar vencer tan fácil. Terminó mi turno al micrófono, pero sabía que seguían canciones con ritmo latino gracias a que mis amigos estaban ahí. Justamente alguien (creo que el hondureño) puso una canción de merengue, y yo dije “de aquí soy”. Saqué a bailar a SS (en un lugar en donde no hay realmente espacio para hacerlo), y aunque sé que no soy el mejor bailarín y que me falta mucho por aprender, esa vez los pasos me salieron como si fuera un experto (no hice gran cosa realmente, pero los pasos básicos funcionaron). Respeto mucho la cultura de otros países, pero viendo cómo se había movido el camboyano al momento de intentar bailar, sabía que, en ese rubro, estaba todavía en pañales comparado conmigo. Insisto: soy malísimo bailando, pero el hecho de haber crecido en una cultura en donde en cada fiesta se baila aunque uno estuviera con su carota de “¡Nah! Yo no bailo” hace que una que otra cosa te quede en la mente, y sin lugar a dudas éste había sido el mejor momento para que saliera a flote. No obstante, he de reconocer que de vez en cuando me iba los fines de semana a Fukuoka a salones de baile latino, y me que me había tocado sacar a bailar incluso a modelos japonesas.

Después de mover el esqueleto, tuve oportunidad de platicar un rato con SS y fue ahí donde le saqué su dirección de correo en el teléfono. ¿N? Ella por su lado divirtiéndose. ¿L? Se me hace que por ahí andaba. ¿Señor Camboya? Lamentablemente había también conseguido la dirección de SS. Hmm…

Creo que a estas alturas no hace falta mencionar que sí me interesaba conocer más a SS. N era linda, sí, pero lo que había conocido de ella no había hecho el “click” como para invitarla a salir para conocerla más. SS, en cambio, se veía más interesante, y como no había tenido tanto tiempo para entablar conversación con ella, quería platicar más para ver si podía haber algo por ahí o simplemente iba a ser otra amiga más. Al final de esa noche al menos ya tenía forma de contactarla; de mí dependía si se daba esa oportunidad o no.

Contacté a SS por la tarde del siguiente día, dándole las gracias por haberme dicho su correo y por su compañía la noche anterior. Ella comentaba que era la primera vez que asistía a un evento tan “movido”, y que le daba gusto poder conocer más gente. El intercambio de correos por teléfono había comenzado; tenía que mantener ese contacto pero poco a poco irme moviendo hacia el momento en el que podía preguntar si le gustaría salir para platicar personalmente; y así fue como lo hice: primero un par de mensajes al día y luego poco a poco ir metiendo temas diversos para hacer una plática más amena pero con más contenido, hasta llegar a varios mensajes por día, sin que eso quiera decir que nos la pasábamos pegados al teléfono.

Llegó el momento en el que sentí que debía lanzar la invitación a salir. Por experiencia ajena, y luego propia, sabía que si me tardaba más tiempo en averiguar si las cosas iban a avanzar o no, seguramente no lo harían (léase: te metes a la friendzone sin saber), así que era hora de arriesgarse. Total, si me decía que no, habría sido solamente una oportunidad más. No había mucho que pudiera perder. Le mandé mensaje diciéndole que me gustaría invitarla a algún lado juntos, específicamente a un parque de diversiones: era finales de verano, el calor no parecía que fuera a aminorar pronto y sabía que ella tenía algunos días de descanso esas fechas, por lo que la decisión no fue muy difícil. Si aceptaba, aunque a final de cuentas me mandara a freír espárragos al menos la paseada y las montañas rusas nadie me las iba a quitar. Su respuesta fue que la dejara ver si no tenía pendientes esos días, lo que en idioma de mujer se traduce como “déjame pensar un poquito más en serio si realmente quiero salir contigo o no”. Y estoy seguro que las mujeres saben a la perfección que un hombre se muere de las ansias de saber la respuesta lo más rápido posible, pero aun así se toman su tiempo y hasta me atrevo a pensar que lo hacen a propósito. Chicas, no tengo nada en contra de ustedes, pero tomen en cuenta nuestro pobre corazoncito en ese tipo de situaciones 😛 En mi caso, la respuesta tardó un par de días en llegar. Era un “sí”. ¡BIEN! La primera fase estaba completa, y era hora de comenzar con la segunda.

Necesitaba estar preparado. Tenía “escasos” 5 días para planear ese día, pero tenía que dejar espacio para el efecto “improvisación”, en dado caso de que algo no saliera como lo esperado. Lo primero que hice fue comprar con anticipación los boletos del lugar; no pensaba llegar y tener que hacer fila para entrar si tenía la opción de comprarlos por internet y recogerlos en mi “convini” (tienda de autoservicio estilo Oxxo o 7/11) más cercano, ¡no señor! Después, a estudiar el mapa del lugar y planear la ruta de las atracciones a las que nos subiríamos. Sí, todo sonaba perfecto.

La fecha llegó, y si me lo preguntan, sí estaba nervioso, pero no tanto como yo pensé que lo estaría. Había en mi interior una extraña paz que solo puedo describir como la aceptación de que si algo salía mal era porque tenía que salir mal, no porque fuera mi culpa. Tomé el carro (las ventajas de tener vehículo, en serio) y fui a recoger a SS muy temprano. Hacía calor y el cielo estaba despejado, lo que para mí era señal de un día perfecto para estar en un parque de diversiones. Todo parecía que comenzaría bien, hasta que una pregunta de SS me hizo pensar desde el primer momento que no sería del todo un viaje placentero para ella: “¿podrías prender el aire acondicionado, por favor?”. ¡Trágame tierra! Mi carro había sido regalado, y como a mí de plano no me molestaba tanto el calor, nunca reparé el aire acondicionado (que tenía una falla mayor al parecer) porque no lo necesitaba, y generalmente quienes se había subido a él nunca se había quejado. Respondí honestamente que no servía, y por eso los vidrios estaban abajo, pero siendo sincero, el calor húmedo de Japón puede ser muy poco placentero y las llevar los vidrios abiertos realmente no ayuda como algunos podrían creer. El día había comenzado de manera no favorable.

Intenté amenizar el camino (de aproximadamente una hora) con una plática sencilla, sin mucho contenido, y al parecer estaba funcionando porque ella me respondía siempre con una sonrisa y de forma tranquila; eso me ayudó a mantener la calma ante la situación. La ida no tuvo más contratiempos; llegamos al estacionamiento, dejamos el carro, y nos dirigimos a la entrada. Obviamente yo ya llevaba los boletos en la mano pero no había mencionado nada al respecto, y cuando llegamos a la taquilla y ella me dijo que nos formáramos, “mágicamente” saqué los boletos y le dije que no había necesidad porque ya los había comprado. Ella se sorprendió, intentó pagarme y claro que me negué. No pensaba pagar todo ese día, pero al menos la entrada al lugar si iría por mi cuenta.

Dentro del lugar nos subimos a muchas atracciones y platicamos mucho, lo que nos ayudó a conocernos mejor. Hice gala de mis pocas habilidades en “rayuela” y en un juego de destreza me gané a un pequeño oso de peluche que obviamente le regalé. El día había mejorado mucho, lo que me llevó a pensar que quizá podríamos ir a cenar a algún lado antes de regresar a casa temprano. ¿Qué podría ser el colofón perfecto para un día de ensueño? ¡Comida mexicana! Sí. El problema es que nosotros estábamos en KitaKyushu y el restaurante de comida mexicana que conocía estaba en Fukuoka. Sería manejar poco más de una hora en autopista, pero seguramente valdría la pena. Al salir del parque le pregunté si le gustaría cenar algo diferente, me dijo que sí, y al instante estaba yo al teléfono haciendo reservación para dos personas.

Aunque eran pasadas de las 6 pm, en verano el calor no cede, y se imaginarán que el trayecto hacia Fukuoka fue también aguantarse en el carrito sin aire acondicionado. Pero al menos yo sentía que ella estaba mucho más tranquila que en la mañana y no se veía que le afectara tanto.

Llegamos a nuestro destino y cenamos. El ambiente del lugar es muy, pero muy bueno (muebles de equipal, ambiente como casa de campo en México) y la comida es de lo mejor que he probado de comida mexicana en este país. La plática seguía, pero yo no quería que el día terminara; necesitaba pensar algo más, porque subiéndonos al carro sería ya regresar a casa, y yo todavía quería que el sueño continuara, así que la invité al único lugar que se me ocurrió: karaoke. Ella aceptó. ¡Perfecto!

Fuimos a un lugar cerca de donde cenamos. Estuvimos solamente una hora, pero fue divertida porque hice gala de mis “peores” llantos de becerro y SS se la pasaba riendo de eso. Ella, por su parte, cantaba muy, pero muy bien. No hace falta mencionar que yo estaba en las nubes en ese momento… aunque había algo que me preocupaba: ¿no habría sido mucho para un solo día? Parque de diversiones, cena mexicana, karaoke y más de 3 horas (en total) manejando. Sentía como que había quemado muchos cartuchos la primera vez; eso no me impidió disfrutar el momento, pero debo aceptar que sí traía eso en la mente al momento de salir del karaoke.

Hora de regresar. El sueño terminaría en cuestión de minutos. Necesitaba ver si existía la posibilidad de una segunda oportunidad, o si de plano ahí quedaba todo como un buen día que quizá no se repetiría jamás. Estuvimos platicando de todo lo sucedido en el día y ella me decía que se la había pasado muy bien, y que la comida mexicana le había gustado mucho. Era buena señal para lanzar la pregunta, “¿Hay posibilidad de que volvamos a salir juntos? Hoy me la pasé muy bien y sinceramente me gustaría que se repitiera”. SS simplemente me contestó que probablemente sí, pero que tenía que ver los horarios de su trabajo primero para decidir cuándo, por lo que no me dio una fecha específica pero dijo que seguiríamos en contacto por correo. ¿Cómo me sentí al escuchar esto? Siendo franco, no me daba buena espina. Sonaba como una de esas frases de “te hablo en la semana”, o “nos contactamos para ponernos de acuerdo”, pero esa semana o ese contacto jamás llegan; es decir, cortésmente te están diciendo “ya no, gracias”. No obstante, yo no podía hacer más que confiar en que sus palabras fueran ciertas. La dejé en su casa y regresé a la mía, todavía flotando entre nubes por haber tenido un día de ensueño, pero con la resignación de que era probable que ahí hubiera quedado todo.

Salvo por el típico mensaje de “gracias por todo ayer”, no hubo más comunicación hasta un par de días después. No quería sonar desesperado, pero en realidad lo estaba: quería saber si iba pensando qué hacer la siguiente vez o si mejor iba viendo cómo pasar los días solo otra vez. Las ansias me mataban. Después de algunos mensajes sin mucha importancia, le pregunté cuándo podría verla de nuevo, y me dijo que no tendría tiempo sino hasta 2 semanas después. Al escuchar eso, sentí un gran alivio, aunque faltara mucho para eso. Acordamos el día, la hora y el lugar donde nos veríamos. Al menos ya tenía fecha y hora específicas, así que era cuestión de prepararse.

¿Prepararse? ¿Qué tenía que preparar? Quería darle algún detalle, un pequeño presente que le hiciera notar que estuve pensando en ella durante el tiempo que no nos vimos, pero no podía ser nada que costara caro, porque el monto del presente no era la intención, y además se vería muy forzado. Tenía que ser algo sencillo, con más contenido, y que más que una cantidad de dinero mostrara algo de esfuerzo de mi parte. Pensé mis opciones y analicé mi situación: ya en el pasado a alguien le había hecho una tarjeta en una página web, por lo que eso no me llamaba mucho la atención, pero al menos tenía un rumbo: computadora, tiempo y una idea. La decisión no fue muy difícil de tomar, y puse manos a la obra en lo que lógicamente todos en mi situación hubieran pensado: crearía un juego sencillo dedicado a ella… que pudiera correr en el PSP.

¿EH? ¿Un juego de PSP? Así es. Estaba en ese entonces muy metido en el “hackeo” del PSP y en la comunidad de “homebrew”. Había bajado el kit de desarrollo, pero no había tenido una buena razón para ponerme a estudiarlo, así que decidí que sería una buena oportunidad para ponerme a prueba. Tenía 2 semanas, iba a estar a contrarreloj, pero estaba seguro que podía, puesto que la idea del juego era muy simple: le mostraría fotografías o imágenes alusivas a lo que platicamos en el parque de diversiones, y ella las tendría que poner en el orden en el que las dijo; por ejemplo, su color favorito, sus flores favoritas, etc. Si las ordenaba correctamente se desbloquearía un mp3 que yo grabaría, en donde le diría que la había pasado muy bien la vez anterior y que me gustaría irla conociendo más ya que me llamaba mucho la atención. Nada complicado.

Fueron 2 semanas en las que le eché más ganas que muchas de las clases tomé en el primer año de maestría. Seguía yendo al laboratorio, pero por las noches me dedicaba a llegar a la casa, prender la computadora y no parar hasta altas horas de la madrugada. Los fines de semana fueron para lo mismo. Aunque al principio no tenía ni idea de cómo hacer nada, leyendo y viendo código de ejemplo me comenzó a dar la pauta para entender las instrucciones que necesitaba (porque el algoritmo en sí no era gran ciencia). Pero mi idea no solamente terminar el juego y mostrárselo en mi PSP. Tenía que crear un manual técnico, explicando paso por paso cómo llegué a esa idea, cómo la implementé, las pruebas que hice, etc., e incluir el código fuente, así que no tenía 2 semanas para el juego: eran 2 semanas para juego y manual. ¿Y en qué iba a escribir el manual? Creo que no hace falta que lo mencione porque también es muy obvio, pero de cualquier forma, lo escribiré: LaTeX.

Terminé todo un par de días antes de la siguiente cita. No crean que el juego tenía gráficos buenos, ni siquiera estilo de 8 bits, pero funcionaba y ya estaba instalado en mi PSP; el manual también estaba listo, perfectamente impreso y engargolado. El plan para darle todo eso sería después de ir a cenar (en un lugar que ella previamente ya había escogido) ir por la noche a la playa, a un lugar específico, y sentados en una banca decirle “de forma natural” (quién sabe cómo iba a lograr eso) que tenía un pequeño obsequio.

Llegó el día. Fui por ella, cenamos comida italiana, y después puse en marcha el plan. La invité a ir a la playa a Momochi (a hora y media de camino) y me dijo que sí, aunque ya era noche y regresaríamos por la madrugada. Le dije que no habría problema ya que yo la llevaría hasta su casa. Así, nos dirigimos a uno de los lugares que más me gustan de la ciudad de Fukuoka. Huelga decir que estaba súper mega nervioso, rogando al cielo porque todo saliera bien. Los que programan ya se la saben: probaste todo, todo funciona, pero el día de la demostración algo que nunca había fallado lo hace, y ahí quedó todo tu esfuerzo.

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Imagen original

Momochi, cerca de las 11 de la noche en verano es un lugar tranquilo, donde tienes al frente el mar y la oscuridad, y a espaldas el Yahoo! Dome y la torre de Fukuoka, y el único sonido que se escucha es el de las olas del mar, ya que hace que el sonido de los carros que pasan por la autopista se pierda. En pocas palabras, es un lugar muy romántico. El clima era perfecto, era hora de aplicar el plan. Nos dirigimos a una banca, nos sentamos, y ahí fue donde le pregunté si le gustaban los juegos, y ella me dijo que algunos; acto seguido, saco mi PSP, lo prendo y selecciono el juego, sin activarlo, puesto que el PSP te permite poner música cuando un juego está seleccionado; había escogido “Can’t help falling in love”. Le puse los audífonos, le dije que presionara el botón, y el juego inició. Muy sencillo, pero la obligaría a recordar el orden en el que habíamos platicado. Le tomó unos 4 intentos antes de conseguirlo, y ahí fue cuando se desbloqueó el mp3 que había grabado, de aproximadamente 4 minutos de duración. Yo nada más veía su reacción… estaba muy nervioso.

Terminó el juego, se quitó los audífonos y me dio las gracias por el detalle. Ahí le entregué el manual técnico, explicándole qué era y por qué se lo estaba dando. Cierto, era la segunda vez que nos veíamos solos, pero si no hacía ningún movimiento ahora, las cosas se complicarían más. Ella solamente me agradecía tantos detalles. Todo bien hasta ese momento.

nanzoinbuda

De regreso a casa, el trayecto pasa por un templo muy famoso en el área: Kido Nanzoin, en donde está la estatua de buda en esa posición más grande del mundo. Eran cerca de la 1 am y le dije que si le latiría entrar de noche al templo, pero me decía que no, que porque la hora en la que salen los espíritus estaba cerca. ¿De dónde me salió la idea de entrar a un templo budista después de las 12 de la noche? Ni idea, pero fue algo que se me ocurrió de repente, sin pensarlo o planearlo.

Llegamos al estacionamiento de la librería a donde había ido por ella, ya que ella había ido hasta ahí en su carro. Me detuve en un lugar vacío (había algunos autos estacionados aunque el lugar ya estaba cerrado), y antes de que saliera le lancé la pregunta: me gustaba, y quería conocerla más, pero quería evitar eso de “primero como amigos”. Si las cosas se daban, bueno, y si no, ni modo; al menos no me quedaría con las ganas de habérselo dicho, como me había sucedido con otras personas en el pasado. Insisto: sabía que era muy “rápido”, pero era ahí, o quizá en la siguiente cita en la que tenía que pedírselo. Salir más tiempo con una chica sin que ninguno de los dos haga mención de que quiere llevar la relación un poco más adelante significa automáticamente entrar a la friendzone, lugar a donde al menos uno de los dos no quiere entrar.

Seguía muy nervioso y me temblaban las piernas, pero había juntado el valor para decirle lo que quería y la respuesta por el momento ya no dependía de mí. Ella me dijo que quería pensarlo unos días, y que me daría la respuesta la siguiente vez que nos viéramos. ¡Genial! ¡Habría una tercera vez! La cita terminó ahí, y ahora seguirían quién sabe cuántos días de larga espera.

Por más que traté de recordar cómo me sentía después de lo sucedido, solo puedo acordarme de que estaba ansioso por saber cuándo la podría ver. Lo más seguro era un fin de semana, pero ahora sí ni idea tenía, y como había hecho mi movimiento, contactarla aunque fuera para saludarla sería contraproducente. Debía ser paciente y esperar lo que tuviera que esperar para obtener una respuesta. Por supuesto que la incertidumbre me estaba matando, y por ende no podía concentrarme en nada de lo que hacía. Mi mente estaba lógicamente en otro lado, y al parecer no daría señales de cooperación hasta no tener una respuesta concreta: sí o no.

Llegó el viernes y ni un rastro de ella. Ya casi pasaría una semana desde la última vez que nos vimos y yo seguía sin poder poner la atención que requerían mis tareas. Parecía que el viernes llegaría a su fin cuando recibo un correo de ella en donde me pedía que si podía ir a recogerla a un bar de la ciudad, ya que estaba con algunos amigos pero no tenía como regresar a casa. Eran pasadas las 11 de la noche, y yo ni tardo ni perezoso le dije que sí y que me indicara el lugar, y que si le gustaría que llevara algo, a lo que respondió “algún helado”. En cuestión de 10 minutos yo estaba perfectamente bañado, cambiado y en camino al 7/11 a comprar helado de vainilla. El lugar en donde la recogería estaba un poco lejos, pero el camino era muy sencillo (prácticamente salir de mi casa al camino principal y de ahí todo derecho) y el hecho de que fuera de noche hacía que el poco tráfico que existía en Iizuka fuera prácticamente nulo. En cuestión de 25 minutos desde que me contactó, yo estaba presente. ¿Me daría la respuesta en ese momento o solamente sería uno de esos favores que las mujeres piden a aquellos que saben que las pretenden, sin que realmente tenga algún peso para ellas? Lo averiguaría en los siguientes minutos.

SS salió del lugar, y me vio inmediatamente gracias a las señas que le hice para que me identificara. Me saludó, se subió al carro y nos pusimos en camino a su casa. Le ofrecí el helado que me había pedido, y ella gustosa lo abrió y comenzó a comerlo. Intentaba no hacer mención alguna de la respuesta que estaba esperando, pero obviamente quería preguntarle. Ella me pidió que fuéramos otra vez al estacionamiento donde la había dejado la vez anterior, y así lo hice (después de todo, estaba por el camino a su casa, así que no había que desviarse, aunque lo habría hecho en caso de que hubiera sido necesario). Arribamos en unos 15 minutos, me estacioné y apagué el motor. Silencio…, ese silencio que se te hace eterno y hasta crees que puedes escuchar cómo tus órganos trabajan cumpliendo sus funciones. ¿Quién sería el primero que lo rompería? Si fuera yo, ¿qué diría? Lo único que tenía en la mente es si me iban a decir que sí o que no, por lo que improvisar estaba fuera de la jugada. Para mi fortuna, fue ella la que pronunció la primera palabra, y justamente era respecto a la respuesta que me tenía que dar.

Me dijo que le gustaba hablar conmigo, y que las veces que habíamos salido le había gustado mucho cómo la traté, cómo me expresaba y cómo me desenvolvía, y que el hecho de que hablara japonés ayudaba mucho en la comunicación. Me dijo que lo había pensado mucho, y que después de poner todo en una balanza pensó que era buena oportunidad para conocer a alguien más a fondo. Palabras textuales: “Sí, yo SS, quiero ser la novia de Manuel”.

No lo podía creer. En serio. Por un momento esperé a despertar en mi futón y maldecir a la vida, karma y cosmos por haberme dejado soñar algo tan, pero tan agradable, y despertarme después para restregarme en la cara que la vida era mucho más cruda que eso. Sin embargo, no fue así. Estaba despierto, era la vida real, y la chica que tenía al frente me acababa de decir que sí quería ser mi novia.

¡OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOHHHHHHHHHHHHHHHHHH SÍIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!

En el estacionamiento de una librería, por la madrugada de un sábado, en un pequeño poblado de la prefectura de Fukuoka, en Kyushu, la isla más al sur de Japón, un país muy alejado de México, un mexicano sentía que podía gritar de felicidad y que lo escucharían hasta Guadalajara.

Ya estaba completado el paso 1: tener pareja formal, pero ahora sí venía la aventura verdadera: una relación de 2 culturas completamente diferentes, y aunque no lo sabía ni lo imaginaba en ese momento, eso iba a ser una de las cosas más difíciles a las que me había enfrentado hasta entonces.

Aquí voy a romper una regla propia: de SS ya había escrito antes en este blog. Además, el oso de peluche que gané en la primera cita también está en un escrito en este blog (no lo he borrado). Las referencias a ella son más de las que originalmente pensé que había escrito en años anteriores, y en la mayoría aparece su nombre. Por tanto, tomándome una libertad que hasta ahora había tratado de no violar, a partir de ahora SS no será llamada así, sino por su nombre: Emi.