1) Explorando terrenos desconocidos

Si no tienes idea de qué es esta serie, te recomiendo que leas las entradas anteriores para estar en contexto:

Ya con la debida introducción hecha, solamente me resta recordarles que agarren palomitas, refresco, y se pongan cómodos.

Mexicano, solo, sin conocidos en varios miles de kilómetros y con novia del otro lado del Pacifico. ¿Suena bonito? Pues no, no lo era. Si mantener una relación a distancia es dificil, lo es más cuando entre los involucrados hay como 13,000 km de distancia, y a lo más se pueden ver en promedio 3 veces al año. Con todo, durante el tiempo que pasé en Japón y que Z estuvo en México, fui fiel a mi palabra y a mi compromiso con ella. En corto: no jugué chueco.

Como mencioné en “los años maravillosos”, normalmente los becados llegan a estudiar 6 meses japonés, y luego entran 6 meses a su laboratorio para comenzar su proyecto y prepararse para el examen de admisión. Durante el primer semestre, aunque sí hay que echarle ganas al estudio del idioma, también se aprovecha para conocer gente que está en la misma situación que tú, socializar y hacer amigos (y entre ellos, posibles prospectos de pareja). Sin embargo, yo no tuve la fortuna de vivir eso ya que se me indicó que mi nivel de japonés era suficiente para aguantar clases de universidad y que entraría directamente al laboratorio. Yo no puse pero y le entré al toro por los cuernos; lo consideré un reto y tenía que salir adelante, pero esto mermó mucho mis oportunidades para conocer a otros estudiantes extranjeros.

La generación de estudiantes del último año de la carrera que estuvo conmigo a lo largo del primer año que estuve en el laboratorio tenía a 2 chicas que, si bien eran lindas, tenían a sus respectivos galanes. Además, yo teniendo novia tampoco me iba a poner a hacer movimientos extraños, porque aunque parezca fácil hacer algo y que nadie se dé cuenta porque prácticamente nadie te ve no quiere decir que tengas que brincar ante lo primero que se te ponga enfrente. Guardé la seriedad ante todo. Y definitivamente las nenas mencionadas no eran mi tipo.

Después de que terminó lo de Z, me convertí en “agente libre”, pero no me di a la tarea de buscar novia inmediatamente. Habia pasado ya casi un año en tierras japonesas, por fin tenía teléfono celular y ya había podido hacer algunas amigas niponas. Sinceramente, era cuestión de que yo quisiera intentar algo, pero por alguna razón no se dio de repente. Tampoco era de que me la pasara todo el tiempo en la calle o me fuera de paseo, ya que una vez que había entrado a la maestría prácticamente todo el día se me iba en la universidad, por lo que las oportunidades para conocer chicas eran realmente contadas; añádanle a eso que no bebía nada de alcohol, por lo que ir a bares o izakayas no estaba en ninguno de los planes, siendo que es la forma principal en la que se conoce gente por este lado del mundo. Sin embargo, después de lo que me pasó con V, aprendí a valorar y disfrutar mi soledad, y estar en Japón solo, sin ningún tipo de compromiso sentimental, era la ocasión perfecta para dedicarme a mí, a lo que yo quería y me gustaba.

Una vez que tuve carro, mi área de movimiento se amplió enormemente, puesto que ya podía ir a Fukuoka o al cine sin tener que preocuparme por ver la hora de los trenes y autobuses, ni tampoco correr para alcanzar el último tren de regreso a Iizuka y después aventarme la poco más de una hora que se hacía caminando de la estación hasta mi departamento. El carro me dio una libertad extra, que nunca antes había experimentado, y fue en ese entonces que comencé a pensar en que quería estar con alguien, que alguien me acompañara a pasear en el carro, sin un rumbo fijo, simplemente manejar por gusto y esperar encontrar algún lugar interesante. Pero incluso con el carro, mi interacción con personas fuera de la universidad era muy limitada.

Gracias a que tenía automóvil, José (el cubano mencionado en los años maravillosos) me recomendó meter solicitud a la asociación de intercambio internacional en Fukuoka, ya que la prefectura tenía un programa en el que invitaba a estudiantes de otros países a exponer sobre la cultura de su país natal en escuelas primarias, secundarias y preparatorias de toda la región. Hice la entrevista, me aceptaron, y comencé a ir a a diferentes escuelas y platicar de México, llevando dinero, juguetes tradicionales, haciendo notar las diferencias entre los dos países, etc.; además, el idioma me ayudaba muchísimo, ya que los profesores no tenían que estar tratando de adivinar lo que quería decir, y podía platicar (y hasta jugar) con los niños. Este programa me puso en contacto con más gente, lo que significa que había más chicas, pero no necesariamente todas japonesas… al menos ya era ganancia.

La primera chica que me llenó la pupila fue la encargada de asuntos culturales de la institución arriba mencionada. Era una chica más o menos de mi edad, bonita, y siempre la veía súper elegante debido a que ella estaba trabajando. Sin embargo, y como ya se han de imaginar, no pasó nada porque simplemente no quería que las cosas se complicaran más cuando me llamaran para presentar en alguna escuela en el caso de que me rechazara. He aquí un punto muy, muy importante, que seguro a más de alguno le ha pasado: el miedo al rechazo. Si lo ven desde afuera, con la cabeza fría, se darán cuenta de que realmente no hay nada que temer, pero cuando uno está enamorado o le gusta una chica en particular, se imagina mil y una situaciones de “cómo sería” en el caso de ser rechazados, y debido a esas imágenes mentales se forma un sentimiento de temor irracional que nos roba la poca valentía que habíamos juntado para siquiera hablarle a la chica en cuestión, y nos conformamos con que todo siga como está en vez de arriesgarnos a dar el siguiente paso. Con la chica que menciono así fue, y aunque sí intercambiamos algunos mensajes en el ámbito personal (léase “fuera del trabajo”), yo nunca me animé a invitarle aunque fuera una bebida para poder conversar. La idea de que yo no era nada interesante y que las chicas se aburrirían estando conmigo estaba más viva que nunca, y añadiendo el miedo de me mandaran a freír espárragos, provocó que ni siquiera intentara algo. Ni modo…

Cuando menos esperaba poder tener una relación con alguien por acá, fue cuando conocí a W. Teníamos algunos amigos en común, pero como siempre salíamos en grupo nunca me pasó por la cabeza que pudiera haber algo con ninguna de las chicas que se juntaban. Si he de ser sincero, yo no veía a W con ojos de amor ni lujuria porque físicamente no me atraía; simplemente era una chica más en el grupo, a la que le hablaba igual que a las demás.

Salía con ese grupo de amigos unas 3 veces por mes en promedio; los destinos principales eran el cine, karaoke e idas a cenar. Todos los miembros del grupo eran japoneses, menos yo, pero no había problemas de comunicación, y ellos estaban muy interesados en conocer un poco de la cultura mexicana a través de mí. Curiosamente (y lo digo porque al prinipcio yo no me di cuenta) W siempre estaba cerca de mí, siempre platicábamos mucho y a veces (cuando no llevaba yo carro) ella se ofrecía llevarme a mi casa. En serio, y aunque no lo crean, nunca me había pasado por la cabeza que algo podría haber entre ella y yo, pero sí comencé a notar que ella tenía una cierta preferencia conmigo. Insisto: no era mi tipo, y no estaba dentro de mis planes “tirarle los canes” (léase: “cortejarla”), pero sentía muy bien el hecho de tener a una amiga más cercana, no del estilo “estándar” como los demás del grupo, sino a alguien con quien poder platicar de temas más concretos.

Obviamente yo no tenía tacto para esconder lo que pensaba ni lo que quería decir, por lo que un buen día de buenas a primeras le pregunté directamente que si había una razón específica por la que siempre terminábamos en el mismo grupo o casi siempre era ella la que me llevaba a casa cuando yo no traía carro. Era pregunta honesta para saber a qué le estaba tirando. Ella me respondió que yo le caía muy bien como amigo y que se sentía muy a gusto platicando o conviviendo conmigo, pero nada más. Me dijo que no era que yo le gustara, pero que se la llevaba muy bien conmigo y que le agradaba que pudiéramos conversar. Para mí la duda estaba resuelta: era amigocha y punto. Nada más.

Un poco después comencé a notar que W me mandaba más mensajes que de costumbre, que me la encontraba más seguido en el supermercado o en la tienda departamental, y que en general sabía más de ella que de otros amigos del laboratorio o del grupo con el que salíamos. En una ocasión que fuimos a cenar en grupo, ella y otra amiga todavía querían seguir bebiendo y echando relajo, por lo que optaron por irse a un karaoke toda la noche y yo fui invitado. Éramos nada más nosotros 3; cantamos hasta como a las 5 am, y de regreso tomamos taxi y cada quien para su casa. No hubo nada raro o que me diera alas de que algo pudiera pasar, sino que fue diversión pura en el karaoke y viendo cómo ella y su amiga se caían de ebrias (porque recuerden que yo no tomaba). Todo estaba tranquilo.

Un día, una de las chicas del grupo organizó una cena en su casa y W se ofreció a llevarme en su coche. “Bueno, menos gasolina gasto”, pensé. El punto interesante aquí es que a esa cena el único hombre que fue fui yo, ya que todas las demás eran mujeres. Se hizo la cena, todo normal y tranquilo, hasta que alguien sugirió que jugáramos Life (el juego de la vida), pero de castigo: el que ganara podría ordenar lo que fuera a los que perdieran. “¡Venga pues!”, pensé, recordando que en mis años de adolescencia mi papá no me dejaba salir a jugar a “la botellita” con las chicas que vivían cerca porque eso era nada más puro “agasajo” y “yo estaba muy chico todavía” (sí, me frustré por eso :P). He aquí un detalle importante en cuanto a diferencia de culturas se refiere: en México, cuando juegas algo de castigo, generalmente se acuerda al inicio que tan “graves” o “severos” serán, para que quienes le entran sepan a qué se atienen si pierden, desde el típico “darle un beso a X”, hasta fingir un ataque de epilepsia en plena cafetería en la preparatoria (larga historia…). En Japón a veces se dice cuál será el castigo, a veces no, pero los castigos son acciones que, vistas como mexicano, rayan en lo simple y ni se sienten tan “castigo” como a los que estamos acostumbrados. Por ejemplo: “comer X cosa poniéndole mucho wasabi o algún condimento muy picante”, o “imitar a X artista o comediante”. ¡Ah! Pero hay que recordar que yo no sabía eso en ese entonces, por lo que mi mente voló pensando qué clase de castigos podría poner o podría sufrir. Tenía que ganar a como diera lugar, y como quieran y gusten, gané (todo fue legal. No hubo trampa; nadie puede probar nada…).

W y otras chicas de inmediato se imaginaron algo como que se tendrían que desnudar (en serio: dijeron en voz alta que temían que pusiera un castigo de esos), pero no, no me iba a pasar de listo… tanto 😛 Lo dejé en que las chicas que no tuvieran novio me dieran un beso, resultado en que solamente 2 de ellas cumplían la condición, y una de ellas era W. Ni siquiera pedía un beso de esos de película romántica en donde la pareja casi se fusiona de tanta intensidad que le ponen, y además, ellas elegirían el lugar. El castigo no se ejecutó de inmediato, sino que tuvieron que pasar varios días antes de que las chicas agarraran valor, y ambas terminaron por darme el beso en los labios, pero imagínense de esos besos de pico que los niños de kínder se dan, es decir, nada de nada. Obviamente esto para ellas fue algo demasiado “fuerte” y “arriesgado”… yo nada más me quedé con cara de “¿y eso fue todo?”.

El tiempo pasó, y seguíamos saliendo en grupo. Yo normalmente estaba ocupado con las materias de la maestría, pero intentaba descansar los fines de semana, y era en esos días cuando nos juntábamos. Las cosas entre W y yo seguían iguales, o sea, nada más de lo que ya les conté arriba, y como yo no buscaba que avanzaran, sabia que se quedarían así, por lo que no indagaba en su vida privada, ni ella (ni ninguno del grupo) me preguntaba sobre la mía. Eso sí: algunos miembros tenían pareja, e incluso algunos estaban casados y tenían familia, razón por la que ellos no salían tan seguido con todos, si acaso en alguna cena o ida a beber que no fuera lejos.

Todo se mantuvo sin cambios, hasta un día en el que fuimos a cenar solamente 4 del grupo. La cena estuvo normal, pasamos un buen rato, nada del otro mundo, pero al momento de regresar a los carros (esa vez sí llevé el mío), W me comentó que nunca había entrado a la universidad donde yo estudiaba y que tenía ganas de conocerla. Eran como las 11 pm. Entrar al estacionamiento de la universidad no era complicado pues no había puertas, es decir, cualquiera podía entrar sin pedir permiso, pero para entrar a los edificios o laboratorio solamente se podía con la credencial de estudiante y había cámaras de seguridad, pasar a W a mi laboratorio (en donde había gente todos los días hasta muy altas horas de la madrugada) estaba fuera de la jugada. Sin embargo, ella lo que quería era entrar al área de la universidad, no a los edificios, ya que había vivido toda su vida en Iizuka, había pasado infinidad de veces por la universidad, pero nunca había entrado. Le dije que solamente podríamos caminar por fuera de los edificios y me dijo que era más que suficiente.

Nos dirigimos hacia la universidad. Entramos, estacionamos los carros (cada quien iba en el suyo), y caminamos por el lugar. Era principios de otoño, por lo que no hacía tanto frío y el clima estaba agradable, además de un cielo despejado y lleno de estrellas. No pasó nada hasta que entramos al campo de béisbol, que fue donde W me tomó de la mano de forma muy natural, sin decir nada; yo me sorprendí mucho, porque el contacto físico para los japoneses es algo que normalmente evitan, y salvo el beso del castigo, nunca había habido contacto físico de ningún tipo. En ese momento yo sabía que W quería algo conmigo, pero también sabía que yo no estaba seguro de querer algo con ella. No obstante, el gesto de tomarme de la mano lo recibí con gusto. Recuerdo que caminamos hasta la mitad del campo, vimos las estrellas durante unos minutos… y sin que nada más ocurriera regresamos a los vehículos. Sí, como lo leen, no sucedió nada, y fue porque yo no hice ningún movimiento, y ahora que lo pienso estoy segurísimo de que W quería que yo hiciera algo, pero no fue así. Cada quien regresó a sus aposentos.

Era más que obvio: una japonesa quería andar conmigo. ¿Yo? Aunque halagado, sinceramente no estaba del todo convencido y no me animaba a dar otro paso. Dejé las cosas como estaban, y las siguientes veces que nos vimos en grupo realmente no se sintió raro el ambiente; era como si nada hubiera pasado.

W comenzó a invitarme a salir, nada más nosotros 2. Los lugares a donde íbamos a comer, cenar o pasear eran lejos de Iizuka. Debo reconocer que la pasaba bien, ya que estaba conociendo los alrededores de la ciudad donde vivía, y eso me animaba a explorar los fines de semana cuando estaba libre y me dedicaba a manejar sin rumbo fijo. Durante las salidas, W aprovechaba para tomarme de la mano o del brazo mientras caminábamos, pero no había ningún otro tipo de contacto, ni siquiera un beso. Era evidente que me estaba dando señales (que hasta alguien tan tonto como yo podía leer y entender a la perfección) y esperaba que respondiera, pero yo no lo hacía.

Llegó un momento en el que W comenzó a ir a mi departamento con cualquier excusa. He de mencionar que los días de descanso que tenía en su trabajo no eran fijos, y solamente a principios de mes sabía qué días descansaba durante ese periodo. Por tanto, de repente recibía un mensaje en el teléfono a eso de las 9 pm preguntando si estaba en casa y si podía ir a platicar un rato. Yo a veces mentía diciendo que todavía estaba en el laboratorio y que llegaría muy tarde a casa, pero en general ella llegaba, platicábamos un rato, a veces comíamos algo, y ella regresaba a su hogar. Este tipo de encuentros inocuos continuó por varias semanas, hasta que en una ocasión hubo un cambio, pero no mío, sino de ella. Sus palabras fueron más o menos así: “Me gustas mucho. Sé que no quieres estar con una mujer como yo, y lo entiendo, pero lo único que te pido es que me dejes estar contigo mientras encuentras a alguien más, que sea mejor que yo, porque la mereces. No tienes ni tendrás obligaciones conmigo. Solamente quiero que estemos juntos, mientras dure”.

Es difícil expresar exactamente qué sentí en ese momento: por un lado, se sentía súper chido que alguien me dijera algo así, y por otro lado, viéndolo del lado ventajoso, ella no me estaba pidiendo nada a cambio con tal de tener una relación conmigo; en pocas palabras, se estaba poniendo en bandeja de plata. ¿Qué podía perder? Estaba solo, sin compromisos ni otros prospectos. Entonces, ¿por qué tanta duda? ¿Por qué desde que salíamos juntos y estábamos lejos, solos nosotros 2, no me animaba a dar el siguiente paso? Porque, como seguramente muchos ya habrán deducido, había un pequeño detalle con W: era casada y con niños.