Category Archives: Años maravillosos

Serie de escritos que relatan mi vida desde la universidad hasta mi llegada a Japón

Los años maravillosos – final

Después de varios años de haber comenzado esta serie de escritos, por fin llegamos a la parte final.

Si no tienes idea de qué se trata esto, te recomiendo que leas primero todas las partes anteriores para que estés en contexto, de lo contrario, es muy probable que no entiendas muchas de las referencias hechas aquí.

Ya se la saben: palomitas, bebida y ponerse cómodos al momento de leer esto, porque hay mucho que contar.

¿Listos? Vamos entonces al final:

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Los años maravillosos – Parte 7

Séptima entrega de esta serie, y no es la última.

Si no sabes de qué trata esto, te recomiendo que leas las entradas anteriores para que te pongas al tanto:

Aunque no rompí el récord del post de Luz como el más largo, sí le doy batalla. Así que ya saben: palomitas, refresco o un café mientras leen lo que sigue. Pónganse cómodos y espero que lo disfruten.

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Los años maravillosos – Parte 6

Esta vez sí me tomó tiempo escribir esta parte, así que sin más contratiempos, comencemos.

Recuerden las recomendaciones: agarren palomitas, refresco y pónganse cómodos.

Por si no saben qué onda con esta serie de escritos, aquí proporciono las ligas directas a las partes anteriores.

Mi viaje a Japón había terminado: había una chica que se había llevado mi corazón a su país, esperaba los resultados de la beca de Monbukagakusho… y estaba desempleado. Esto último era quizá lo que no podía resolver tan fácilmente, o al menos así lo creía yo, porque sin saber exactamente si me ganaría la beca o no, me daba “cosa” ir a pedir trabajo sabiendo que era probable que en unos meses renunciaría. Ética a fin de cuentas.

Con todo, me puse a buscar trabajo. Gracias a un contacto de la primera empresa donde laboré concerté una entrevista de trabajo en una empresa de desarrollo de software. No me fue mal, y ellos estaban interesados, pero como no quería mentir mencioné lo de la posibilidad de obtener una beca, y que en caso de conseguirla renunciaría a finales de febrero. Sobra decir que ahí perdieron mucho del interés que tenían porque me uniera a sus filas, por lo que creo que ni es necesario escribir cuál fue su respuesta.

Traductor

La escuela de japonés a la que asistí (el instituto de intercambio cultural México-japonés de Guadalajara) siempre me brindó todo su apoyo, y en esos momentos que no tenía trabajo una profesora me ofreció ser el traductor de un documento. La tarea: traducir de japonés a español una tesis de psicología.

Para ser sincero, aunque tenía N2 de la JLPT y había intentado ya el N1 con resultados no satisfactorios, no me sentía capaz para realizar el trabajo. Una cosa es poder comunicarse en japonés y otra es meterte a traducir escritos que contienen expresiones técnicas de un área que no dominas.

Obviamente decliné la oferta al principio, pero la insistencia de la profesora, sus palabras de apoyo y lo que me dijo que podría cobrar por esa labor terminaron por convencerme. Había aceptado mi primer trabajo como traductor. No sabía en lo que me estaba metiendo. Eso fue, si mi memoria no me falla, por ahí de finales de enero.

Cuando alguien que sabe japonés está viendo una animación japonesa en español y conoce la obra original, o en su defecto la ve en su idioma original con subtítulos en otro lenguaje que entiende (en mi caso inglés y español), es realmente sencillo encontrar errores de traducción, apuntar que existe una mejor forma de expresar en el idioma lo que están diciendo en japonés, y en general señalar todo lo que (se sabe que) está mal. Toooodas las veces que lo hice (y no de mala fe, debo aclarar) se me regresaron al momento de comenzar a traducir el documento arriba mencionado: palabras que en mi vida había visto, nombres en katakana que ni idea tenía de cómo se podían escribir con las letras que nosotros utilizamos, ciudades en el mundo que no me sonaban y que no podía escribir en español… en fin, se avecinaban meses complicados.

El documento tenía 62 páginas, y traducía un promedio de 2.5 por día (dedicándole entre 8 y 10 horas diarias). Para no hacerles el cuento largo, el documento lo terminé justo al llegar a Japón ya becado, y los que me habían pedido el trabajo pensaron que los habían timado porque recibí el pago justo un día antes de partir de México y no los pude contactar hasta una semana después. ¿Cómo me quedó la traducción? Legible y entendible, pero tenía mucho que, ahora que lo pongo en retrospectiva, pudo haber sido mucho mejor. En la escala del 1 al 100 yo le daría un 70, y estaría siendo muy generoso.

Lo que aprendí de esa experiencia es respetar todavía más a las personas que se dedican a hacer traducciones. Es difícil, y muchas veces no puedes traducir exactamente una expresión idiomática, lo cual te orilla a jugar con el lenguaje hasta encontrar algo que se pueda asemejar al original. No obstante, no quito el dedo del renglón: hay trabajos que pueden ser MUCHO MEJORES y que se nota que la persona que lo llevó a cabo no cuenta con la experiencia o el conocimiento para hacerlo.

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Los años maravillosos – Parte 5

A estas alturas creo que no se necesita introducción, ¿verdad? Agarren palomitas, refresco y pónganse muy cómodos, porque creo que ahora sí me extendí.

Si es la primera vez que leen un escrito de esta serie, por acá pueden leer las entregas pasadas:

Ingeniero – Parte 3

Desde octubre de 2001 estuve sin trabajo, buscando a ver en dónde podría conseguir algo. Justo a principios de año (2002), Omar me dijo que la empresa donde laboraba estaba buscando contratar gente. Omar me recomendó, me hicieron entrevista y, de forma por demás rápida, ya tenía trabajo.

La empresa ya tenía planeado en qué proyecto iba a participar, pero para ello necesitaba estudiar una tecnología llamada COM, la cual utilizaría en el trabajo que se me iba a asignar… o al menos ésa era la idea.

Entré a trabajar en un proyecto dentro de Hewlett-Packard Guadalajara, pero los administradores de proyecto estaban en Boise, Idaho, por lo que la comunicación sería totalmente en inglés. Además, mi lugar de trabajo serían las oficinas de HP. Me tenía que levantar más temprano, haría más tiempo en los camiones, pero no importaba; el trabajo era bueno, se veía interesante y parecía que podría crecer profesionalmente.

Algo curioso de este trabajo fue que, por primera vez desde que egresamos de la universidad, Omar y yo estábamos en el mismo lugar (mismas oficinas), pero trabajando en proyectos diferentes.

No pasaron más de 2 meses desde que entré cuando me enviaron a Idaho, a la planta de HP, para entrenamiento. Estuve por allá 3 semanas, viviendo en medio de nieve, frío… Big Brother y un trabajo que no tenía nada que ver con lo que me habían dicho que haría.

Enfado

Creo que no es apropiado contar punto por punto lo que viví en Idaho en lo que respecta a la vida fuera del trabajo. Lo que sí es preciso mencionar es que la empresa quería ahorrarse dinero a toda costa y no le importaba sacrificar la comodidad de sus empleados con tal de que no se gastara tanto.

El trabajo no era nada de lo que me habían dicho que era. Lo que había estudiado solamente sirvió para entender lo que internamente se usaba, pero nunca me tocó jugar con eso. En vez de programar, seríamos prácticamente testers (personas que se dedican a hacer pruebas de algo que ya está terminado, y en muy remotoso casos se le puede meter mano al código). Yo me quejé con mi jefa de México creo que al segundo o tercer día de estar allá, pero la respuesta que recibí fue que conforme el proyecto avanzara iba a tener oportunidad de programar, cosa que era totalmente diferente a lo que habían mencionado al principio.

Las 3 semanas pasaron. Aprendimos lo que había que aprender y regresamos a Guadalajara. Mi jefe inmediato (un ingeniero en electrónica) sugirió que nos dividiéramos el trabajo, ya que eran 4 proyectos y lo conveniente sería que cada uno estuviera a cargo de 2. Yo le di prioridad a él y lo dejé que escogiera, y me quedé con los 2 proyectos restantes. Mi jefe en Idaho resultó ser una persona muy inteligente, muy sociable, muy amable y muy comprensivo; mi trabajo se convirtió en algo realmente sencillo, pues los 2 proyectos que tenía asignados para estar probando rara vez daban problemas. Y no exagero: había días en que llegaba y en 3 horas terminaba el trabajo, por lo que me desocupaba temprano y me quedaba mucho tiempo libre. Pero no puedo mencionar lo mismo sobre mi jefe inmediato: tenía muchos problemas con un proyecto, y no le daba tiempo de atender otro, por lo que me lo asignó voluntariamente a fuerzas. Quedamos 3-1, y no precisamente en un marcador en el que me hubiera gustado ganar. Pero incluso así, yo sacaba el trabajo de las pruebas de 3 proyectos sin muchos problemas mientras él le sufría con el otro (que él mismo escogió).

Lo anterior puede sonar divertido, pero realmente no lo era. Quizá lo que más disfrutaba del trabajo era la cotorreada con los compañeros. Nos poníamos a jugar Magic a la hora de la comida, platicábamos, criticábamos, sufríamos los estragos de la empresa. El ambiente era genial, y conocí gente muy talentosa, entre ella a un chavo que es (y desde entonces lo era) una eminencia en programación en Windows, al grado que fue contratado por Microsoft y terminó yéndose a residir a Redmond, y hasta la fecha aún está por allá.

Me tocó regresar a Idaho varios meses después, en verano (la primera vez fui en invierno y conocí lo que era el frío verdadero). Boise, la capital, es un lugar muy bonito y muy campirano. De hecho, broméabamos diciendo que la mitad de la gente que vive en Boise trabaja para HP y la otra mitad trabaja para la gente que trabaja para HP. Eso sí: las baked potatoes son deliciosas. Pero desde antes de volver a Idaho, yo me quejaba y buscaba la forma de salirme de ese proyecto y que me asignaran otro. El ambiente de trabajo era bueno y la paga no era mala, por lo que nunca me pasó por la mente renunciar. Lo único que me haría salirme de ese trabajo sería que me dieran la beca a Japón, en cuyo caso renunciaría no por gusto, sino porque la ida a Japón era mucho más importante… y de hecho casi sucedió así, y los detalles de mi renuncia los pueden leer por acá. Por cierto, ahora que vuelvo a leer eso que escribí hace 6 años y comparándolo con mi estado actual, he comprendido mucho más el móvil de las empresas respecto al trato a sus empleados.

He de recalcar que no odié (ni odio) a nadie de esa compañía. Mi jefe inmediato le echaba ganas, y mi jefa pues… actuaba porque así tenía que actuar. Por ahí me habían dicho que la empresa había quebrado, pero echándole un vistazo a internet parece que todavía anda por ahí, lo cual me da mucho gusto. Ojalá que sigan echándole ganas, y que en todos estos años haya mejorado el trato y la relación con los empleados.

Los años maravillosos – Parte 4.5

Entre todo lo que viví en mi época entre la universidad y mi viaje, es necesario mencionar también un poco sobre cómo viví mi afición a la animación japonesa. He de recordarles que yo no comencé a estudiar japonés por influencia de ella. La afición comenzó después de que hube comenzado a estudiar el idioma por mi cuenta.

Aunque esta semi-parte no es tan larga como las otras, el típico recordatorio para leer estos escritos: preparen palomitas, refresco y pónganse cómodos.

Los años maravillosos – Parte 2

La segunda parte del relato sobre mi vida en la universidad. Es también una lectura larga, por lo que serán necesarios palomitas, refresco y buen sillón si deciden leerla toda.

Muchas gracias por todos sus comentarios 😀

El ingreso a la universidad

Había llegado el momento de presentar nuevamente el examen de admisión para entrar a la universidad. Ya no iba confiado, pero sí estaba seguro que podía aprobar (el conocimiento lo tenía). Hice el examen sin mayores problemas, y después supe el resultado: había sido admitido a la carrera de ingeniería en computación, y mi promedio había sido alto. La fórmula de “relájate y no estudies más” había surtido efecto.

A otros amigos de la prepa no les fue tan bien, e incluso hubo uno que decidió cambiar de carrera así de buenas a primeras (de diseño gráfico a licenciado en informática). Pero el chiste es que ya la mayoría de los que nos juntábamos a jugar rol ya éramos todos unos universitarios.

El primer semestre mi actitud fue más o menos la misma que había llevado hasta la preparatoria: engreído, altanero, el mundo me debía la vida. Recuerdo que entre clase y clase me ponía en el pizarrón a escribir frases en japonés, y también, no sé por qué, la fórmula para resolver ecuaciones cuadráticas. También buscaba la manera de conseguir cuenta para poder entrar a internet y así seguir en el BBS y en el MUD.

La primera vergüenza que pasé fue con el maestro de física: mientras él estaba hablando, había varios alumnos que también lo hacían. El profe se enojó y preguntó que si alguien le estaba poniendo atención. El salón quedó callado, y a mí se me ocurrió levantar la mano. Acto seguido, me dice: “Muy bien compañero, ¿qué estaba diciendo yo?”. Juro que realmente le estaba poniendo, pero de plano ahí se me borró el cassette, y me quedé callado mientras todo el salón me veía.

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Los años maravillosos – Parte 1

Algunos lectores me han pedido que escriba sobre mi época en la universidad. Lo pensé mucho, sobre todo porque creo que a muchos no les interesará, pero decidí sentarme a escribirlo como una manera de recordar lo que fue mi vida antes, durante y después de la universidad.

Ésta es una lectura larga. Si le siguen, agarren palomitas, refresco y pónganse cómodos. Y de una vez pido disculpas por el título tan poco original, pero no se me ocurrió nada. El título lo pensé después de escribir todo lo que sigue.

Antecedentes:

Durante la preparatoria, pasé los 3-4 primeros semestres yendo de ropa formal todos los días. Estudié en la preparatoria # 2 de la Universidad de Guadalajara, la cual queda a aproximadamente 30 minutos de mi casa (y la de todos ustedes). Comencé a “rebelarme” por ahí de la mitad de 4to. semestre, vistiendo ahora más casual… Sin embargo, siempre tuve un distintivo, algo que me hacía diferente del resto de mis compañeros: siempre fui el más joven de la clase.

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