Luz

Antes de tratar el tema de este escrito, es necesario hacer un par de aclaraciones:

  • Seguramente, esto es lo más largo que he escrito en blog (en un solo “post”). Lo de agarrar palomitas, refresco y ponerse cómodos antes de comenzar la lectura aplica mucho más que las otras veces que lo he sugerido.
  • Todo lo que leerán es una experiencia total y completamente personal. Por tanto, la opinión expresada es también absolutamente personal. Como en todo lo comentado aquí, nada de lo expresado es verdad universal. Quizá a algunos les pueda servir como referencia.

Ahora sí, entremos en materia:

Pensaba hacer una serie de escritos respecto a este tema, pero al final decidí escribirlo todo en uno solo, de esos kilométricos.

Sin temor a equivocarme, puedo decir que hace un par de meses volví a la vida. De agosto de 2011 a junio de 2012 prácticamente estuve ausente de todo, y la situación me afectó de una forma que no pensé que fuera posible.

Muchas personas creen que que he cosechado muchos triunfos. Yo, que no suelo estar satisfecho con lo que hago, no lo creo. Cierto: me ha ido bien en algunas cosas, pero sabemos que en la vida no todo es color de rosa. A veces se gana, otras se pierde, y precisamente considero que perdí durante el lapso de tiempo arriba mencionado. Pero a fin de cuentas ganar o perder es lo de menos; lo que queda es la experiencia ganada.

Aquí relato lo vivido en ese tiempo.

Mudanza a Tokio

Puedo ser muy quisquilloso en algunas cosas, pero por lo general me considero una persona adaptable. La mudanza a Tokio el año pasado no fue la excepción. Una aventura nueva comenzaba: viviría a 10 minutos de Ueno, a 15 de Akihabara; tendría por fin una bici decente (porque las que tuve en Iizuka siempre fueron patrocinadas por la ciudad, y aunque eran funcionales, no eran bicis que yo habría comprado de tener la oportunidad). Pero sobre todo, tendría un trabajo que me permitiría desarrollarme en la dirección que quería recorrer. Todo parecía perfecto. Se percibía el olor de “reto” en el aire. Mis meros moles. O al menos eso creía.

Comienza el trabajo

Llegué a Tokio 5 días antes de comenzar el nuevo empleo. Me emocionaba saber que en pocos días estaría haciendo cosas de mi especialidad más avanzadas que las que hacía en mi trabajo en Iizuka.

Me preparé bien. Me fui en bicicleta de la casa al trabajo para medir tiempo. 25 minutos en bici y pasar diario por el parque de Ueno no sonaban para nada mal. Todo pintaba perfecto.

Llego el día. Empecé a laborar el 15 de agosto, una fecha algo rara para estar trabajando en Japón ya que del 13 al 15 de ese mes se celebra el Obon, el festival de los muertos (que sería equivalente a nuestro 2 de noviembre), y aunque no son días festivos oficiales por lo general las empresas suelen dar descanso esos días. No le di mucha importancia al día y me concentré en lo que tenía que hacer.

Lo primero con lo que tuve que pelearme fue con que ya tenía máquina asignada y ya habían sido lo suficientemente amables para instalarle lo que necesitaría para trabajar: Windows, varias herramientas de desarrollo y el lenguaje que usaría : Scala. El problema era el ambiente Windows. Si iba a desarrollar en un lenguaje que corre en una JVM, no necesitaba estar ligado a las ventanitas. Al instante pedí permiso para instalar Linux, y la respuesta que recibí fue mixta:

El jefe al principio me sugirió instalarlo en una máquina virtual y dejar a Windows como el sistema principal. Ante mi insistencia, me propuso darme otra computadora para que ahí instalara lo que yo quisiera, pero usaría la que ya tenía como principal. Tuve que decirle la opción del doble booteo para tener los 2 sistemas en el mismo sitio. Terminó por aceptar, no sin antes advertirme que no debía dar molestias a los compañeros de trabajo por usar Linux.
Los compañeros insistían en que era mejor no usar Linux porque me iba a meter en problemas de configuración, que nunca especificaron cuáles, y en general daban negativas al hecho de usarlo como sistema principal.

Ya teniendo el visto bueno del jefe, puse manos a la obra. Me tomó varias horas instalar y dejar todo funcional, solamente que como nunca había manejado Scala ignoraba por completo qué herramientas de entre toda la lista que me dieron del software instalado (o a instalar) y ya me estaban apresurando a que me pusiera de lleno a estudiar el lenguaje, el primer proyecto de prueba (un mini twitter en Scala/Lift cuyo código pondré aquí después) lo tuve que hacer, para mi desgracia, en Windows.

Linux

Obviamente me iba a salir con la mía. Era cuestión de orgullo y, al mismo tiempo, de mostrarles que podía tener un ambiente de trabajo funcional en Linux. Fueron si acaso un par de días en los que usé la hora de la comida o de que me quedaba tarde (más de lo que me obligaban) para tener Scala, Netbeans, Meld y otros programas perfectamente funcionales, y XMonad configurado como a mí me gusta. En la empresa sabían que uno puede ser más productivo con 2 monitores, por lo que cada esclavo empleado tenía un par, pero creo que nunca agarraron la onda de cómo usaba yo ambos monitores con XMonad y de cómo eso ayudaba a sacar el trabajo más rápido (adiós clicks y movimiento de ratón para estar cambiando o buscando ventanas).

Como quieran y gusten, no pasó mucho tiempo para que yo tuviera todo en Linux. Y salvo algunos detalles realmente insignificantes, nunca tuve problemas ni para sacar el trabajo ni para comunicarme con los demás compañeros, y eso que no estoy mencionando el problema que tuve con el driver de la tarjeta de red que hacía la conexión muy lenta, el cual tuve que cambiar a una versión anterior para al fin poder tener internet siempre y no de forma intermitente.

Bueno, si he de confesar algo, hubo un detalle en donde, a propósito, hacía que los demás le pensaran un poco: argumentaba que no podía ver el servidor de archivos, y por tanto, siempre que me querían mandar algo, ahí andaban “cansándose” enviándome correos. Obviamente tenía el cliente de Samba y tanto en nautilus como en línea de comandos veía el directorio sin problemas. Sí, yo muy malo malote 😛

Diferencia de opiniones

Después de terminar el proyecto de prueba, mi siguiente tarea fue quizá lo más divertido que realicé estando en esa empresa: me pidieron que diseñara un sistema de búsqueda de direcciones japonesas. Con direcciones me refiero a detalles como calle, colonia, prefectura, ciudad/villa, etc. etc. Y aunque no puedo dar muchos detalles de lo que hice y de cómo implementé la solución que les ofrecí, sí puedo mencionar que desde ese momento entendí que a mi jefe no se le podía ganar una y que tenía un concepto vago de lo que es el procesamiento de lenguaje natural y de cómo se llevan a cabo las investigaciones.

Tuve relativamente pocas juntas para discutir resultados y formas de hacer las cosas… y esas pocas juntas eran cada vez menos soportables debido a que yo hacía posible la búsqueda usando argumentos ambiguos y en lenguaje natural, y el jefe prefería que no se usara ambigüedad argumentando que los clientes pagaban mucho dinero por el sistema y que cualquier función que entregara no debería fallar, donde claro él consideraba una falla que una dirección que a él le parecía lógica encontrar tuviera un ranking diferente en los resultados que daban los métodos que había hecho.

Total que, para no hacerles el cuento más largo de lo que ya es, lo que yo hice se fue a la congeladora; terminaron pasándole el trabajo a otro empleado, el cual, dicho sea de paso, es muy bueno programando en Scala. Nunca supe bien qué tanto fue lo que hizo, pero sí supe que había hecho algo así como un mega parser. ¡Ah! Pero para mí el trabajo todavía no terminaba: faltaba dejar documentado todo lo que había hecho. Claro, esto no es nada raro o nuevo, pero cuando tienes juntas diarias para que te digan que lo que escribiste está mal, que no se entiende, que los README no se escriben de tal o cual forma, la verdad uno se cansa y hasta le pierde el gusto a lo que hace.

Esa documentación, que en otros lugares me habría tomado una semana cuando mucho, se tornó de poco más de un mes, tanto por las infinitas correcciones como porque era obvio que lo que yo estaba haciendo tenía prioridad cercana a cero comparado con todo lo que el jefe decía que tenía que hacer.

La cruda realidad

En Japón, cuando entras a una empresa, casi por lo general te dan un periodo de prueba de 3 meses antes de hacerte empleado formal, y con “formal” me refiero a uno que tiene el respaldo de la compañía, y que salvo que hagas algo realmente muy malo o cometas algún delito, prácticamente no te pueden despedir. A este tipo de empleados se les denomina 正社員 (seishain), y es la meta de todos los que entran a una empresa, por pequeña o grande que sea. Ser Seishain es sinónimo de estabilidad, y es quizá lo más importante al momento de rentar una casa, solicitar un crédito y cualquier otra actividad que requiera una referencia laboral.

Explicada la premisa…

Llegó el momento de mi entrevista al final del periodo de prueba. El chiste era que yo decidiera qué quería hacer y el jefe también pensaría cuál creía que sería mi mejor opción (léase “darme gas”, “permitirme ser empleado oficial” o “alargar el tiempo de prueba”). Aunque yo ya no veía futuro en ese lugar, de momento no tenía de otra más que aguantarme, ya que no tenía nada, ni siquiera muchos ahorros (me acababa de mudar a Tokio hacía 3 meses).

Me pegaron con tubo, directo y a la cabeza: me hizo hincapié en que no habría trabajo de mi especialidad, y posiblemente no lo habría en mucho tiempo. 6 meses, 1, 2 años, no me sabía decir. Que si quería seguir, sería tratado y evaluado como ingeniero de aplicaciones… y que de momento, no sabía si realmente le convenía a la empresa contratarme o de plano era mejor dejarme ir. Me ofreció 2 opciones: renunciar o alargar el periodo de prueba otros 3 meses, lo cual era mi tirada original, pues ya tenía un plan, que era soportarlos 3 meses, y jugarme todo por encontrar otro trabajo durante ese tiempo. En serio, quedarme volando no era opción: la renta de la casa era de 95000 yenes y la empresa me pagaba la mitad de esa cantidad. Sin trabajo y sin ahorros, no aguantaría más de 2 meses antes de que me echaran a la calle.

En ese momento me importó poco el orgullo. La situación ameritaba aguantarme. Después de tan sólo 3 meses yo estaba completamente seguro de que ése no era mi lugar, pero de todas formas todo lo que pasaba a mi alrededor me mantenía estresado; no estaba contento con lo que hacía, poco a poco estaba perdiendo mi tiempo libre, y con ello mi identidad, y hasta en mi salud repercutió todo esto. No les miento: hubo noches en las que me echaba a llorar de tan frustrado que me sentía: no tenía oportunidad de investigar, y como ingeniero el jefe “no podía darme una buena evaluación porque no hacía las cosas como se deben de hacer”… o sea que ni para programar servía.

Estoy completamente seguro que la política de esa empresa no es acabar con la confianza de los empleados, pero también casi estoy seguro de que sí es la política de mi ex-jefe. Más adelante explicaré razones y entenderán por qué. Pero el caso es que, siendo que yo no tenía más opciones de momento, sentirme atado por necesidad a un lugar que no me gusta cumplió ese objetivo: era un manojo de nervios; no disfrutaba nada, pero nada de mi vida. Pero lo peor estaba por venir.

Ingeniero

No tengo nada en contra de ser desarrollador. Sé que puedo mantenerme de programador si todo lo demás falla, pero no era la idea al momento de tomar la decisión de venir a Tokio. Sabía que podía haberme quedado en Iizuka; después de todo, había vivido ahí por 8 años y medio, y tenía casa (rentada, pero era barata), carro, reputación, muchas actividades deportivas y culturales. En fin: me podría haber rascado la panza por muchos años más sin mayor contratiempo, pero me habría sentido mucho más estancado de lo que ya estaba, y como el dueño de la empresa no aceptaba ideas que no fueran las suyas, tratar de innovar ahí era punto menos que imposible (aun con toda la tecnología que les creé y en las que están basados sus productos principales).

Una de las razones por las que acepté venir a la capital fue que me ofrecieron desarrollo en mi área, que era lo que yo buscaba. Me hacía falta hacer algo más significativo, y el giro de la empresa se antojaba debido a que manejan mucha, pero mucha información. Habiendo aplicado para Gree (historia que conté por acá) y siendo que fui rechazado porque les dije que era humano, sinceramente lo que la empresa me pintaba sonaba mucho más interesante.

Caí redondito…

Nunca me he considerado el mejor en nada. Y aunque lo fuera, seguiría esforzándome por llegar o mantenerme en la cima. Ser ingeniero no es la excepción, aunque también sé que no estoy tirado a la calle, pero en este trabajo me hicieron sentir como si no supiera nada de mi rama. El lenguaje que usaba era nuevo para mí, así que eso obvio que me tomaría tiempo para dominarlo. Sin embargo, el jefe tenía una forma de pedir ya hacer las cosas que hacía sentir inseguro hasta al más preparado en un área. Y desconociendo qué tanto realmente él sabía, opté por guardar mi distancia.

Fueron meses para olvidar. Tenía compañeros muy agradables, pero todos estaban amedrentados (más que yo) por la actitud del jefe. Nadie lo mencionaba de forma directa, pero entre broma y broma… Y si creen que yo sufrí, a mis amigos, personas cercanas y hasta mi familia en México también les tocó indirectamente. Sin temor a equivocarme, creo que muchos se cansaron de estar oyendo o leyendo quejas, de ver que rara vez tenía ganas de hacer algo, de darse cuenta de que ya no disfrutaba absolutamente nada: olvidé por completo la existencia de mis consolas; cierto: iba a jugar Tekken de vez en cuando, pero muchas de esas veces era en estado zombie. No veía televisión, y lo único que me mantenía informado era el Twitter y escuchar una estación de radio en México que medio hacía más llevaderos los días. Necesitaba salir de ese círculo, pero no la tenía tan fácil.

Fue hasta cuando sentí que estaba a punto de azotar (pues mi cuerpo mandó señales de “ya no te manches o aquí quedas”) cuando volví en sí y comencé a ver hacia adelante otra vez. Eso lo detallo a continuación, pero como nota a tomar en cuenta: el siguiente párrafo contiene muchos tecnicismos. Ignoren las palabras o conceptos que no entiendan; la situación creo que se explica sola.

En un par de meses la empresa llevarìa a cabo un evento en el cual necesitarían que algunos de sus sitios web soportaran cierta cantidad de carga, es decir, número de usuarios simultáneos. Para medir eso, normalmente se realiza una prueba de “estrés”, en la que simula que n cantidad de usuarios está accediendo al servidor al mismo tiempo. Con ello se puede estimar hasta cuántos usuarios es posible atender antes de que el servidor se ponga lento o de plano colapse. Mi trabajo consistía en realizar la prueba y reportar resultados.

Existen herramientas que facilitan esta tarea, por lo que lo primero que tenía que hacer era decidirme por una. La búsqueda no tomó mucho tiempo, y con ayuda del panda y su experiencia en estos menesteres encontré siege. Lo que no fue nada fácil fue convencer al jefe de usarlo: fueron 3 juntas de 30 minutos en promedio (en días separados), y en cada una me pedía un documento. El caso es que no se convencía porque él quería a fuerzas una herramienta que le permitiera hacer una simulación exacta de un navegador para poder imitar la actividad del usuario casi casi a la perfección, y ninguna de las herramientas proporciona el nivel que él quería. Terminó convenciéndose más por la falta de tiempo que por las opciones que siege le proporcionaba (que dicho sea de paso era lo mas cercano que encontré, y vaya que busqué y leí un buen al respecto).

Después, toda la parafernalia de explicar en un documento lo que se puede leer con un man siege una vez instalado, y que cualquiera que haya usado Linux alguna vez sabe que ahí es donde hay que buscar ayuda antes que nada. Y como toda buena empresa japonesa, todos los documentos tienen que estar en Excel… ¿Por qué? Todavía a estas alturas me lo sigo preguntando.

Luego, a decidir los casos de prueba a ejecutar. Esto fue lo más rápido porque fue el jefe quien lo hizo directamente.

Llegó el día de las pruebas. Avisamos a los otros departamentos que le íbamos a meter carga al servidor, por lo que era posible que se alentara o que de plano se cayera. Ejecuté todo como estaba planeado, y como lo esperaba, el servidor no aguantó mucho antes de tronar. Había que estar monitoreando varios servicios para ver qué se caía primero, pero en realidad no fue mayor problema, o eso pensé en ese momento. Una vez terminado todo, sólo faltaba hacer el reporte correspondiente, obviamente en Excel. Al estar realizándolo, se me ocurrió sacar (con un script) los tiempos de respuesta de cada petición enviada al servidor y graficarlos para que los resultados obtenidos fueran más entendibles.

Todo se veía bien, hasta que le entregué los resultados al jefe. Al verlos, dijo que algo en la prueba debía estar mal porque si estaba mandando 30 peticiones al mismo tiempo por cada dirección que siege escogía de una lista, no podía ser que en la cantidad de minutos que la prueba fue ejecutada se hubieran procesado tan pocas como la gráfica lo mencionaba. Cuestionó todo: desde mi forma de hacer la prueba, la herramienta elegida, mi conocimiento en general para sacar los tiempos, etc. etc. Total que esto se convirtió en un problema mucho mayor al que cualquiera podría imaginarse. Y entre que tenía que estar al 100% para entender la explicación que nos hacía un colega respecto al titipuchal de base de datos, tablas y demás que se manejan en la empresa y que era necesario comprender para poder avanzar al siguiente proyecto, y que el jefe no estaba contento ni conforme con los resultados, me aventé varios días saliendo después de las 12 am (y a nadie le importaba, ya que como iba en bicicleta no tenía que preocuparme por alcanzar el último tren…). Llegaba a la casa nada más a dormir, porque ni ganas me daban de bañarme o siquiera comer. No importa cómo le explicara al jefe que la herramienta dio esos resultados y que había revisado libros, manuales, blogs, y preguntado a gente con experiencia respecto a lo que hice, la respuesta era “eso está mal y me urgen los resultados porque no he podido reportar nada arriba”.

Mi cabeza estaba a punto de explotar. Por un lado teniendo que aprenderme en 2 días una buena cantidad de bases de datos, su estructura y hacer varias consultas complicadas para comprobar que entendía. Por el otro, el jefe exigiéndome una explicación lógica de los resultados. Hubo una mañana en la que de plano llegué a la oficina y dije: “Voy a la farmacia a comprar lo que sea para que se me quite este dolor de cabeza”. Nadie dijo nada y me fui a comprar lo más fuerte que me podían vender para que se me quitara el dolor.

Fue esa noche, al momento de llegar a caer muerto al futón (que ni siquiera había levantado en días), que sentí un dolor punzante en el pecho y sentía que los brazos se me adormecían, No puedo describir la sensación de forma precisa, pero sentía algo entre como cuando tienes mucha ansia de algo y no la puedes canalizar a ningún lado, y como cuando estás muriéndote de sueño y apenas puedes mantener abiertos los ojos. A estas fechas sigo ignorando qué pudo ser, pero algo me decía que si no le bajaba de plano no la iba a contar.

Quién sabe cuantas páginas, opiniones y demás leí antes de volver a emitir la misma opinión de los resultados. Por un momento pensé que la forma en la que habia hecho la prueba estaba mal y que había probado páginas de más, pero en una revisión concienzuda de cómo se habían preparado los casos resultó que no había error a fin de cuentas (y traje al panda de un lado para otro tratando de ayudarme a solucionar el problema). Volví a hablar con el jefe y le dije que los resultados eran correctos y que la forma en la que había usado la herramienta también había sido la correcta; que no me había equivocado en el comando para ejecutarla (sí, hasta eso tuve que checar) y que lo único que podía pensar era, como el panda me lo había indicado, que el servidor no aguantaba todas las peticiones y servía tantas como le era posible, pero a final de cuentas terminaba colapsando.

Por fin se optó por correr un caso de prueba nuevamente, pero esta vez el jefe estaría monitoreando el servidor desde su lugar (viendo los logs a los que sólo él tiene acceso) y yo estaría monitoreando los procesos en general desde el mío. Lancé la prueba, y esto fue más o menos el diálogo intercambiado esa vez

J: “¿Ves? Sí están llegando las 30 peticiones iniciales al mismo tiempo”.
M: “Supongo…”
J: “El servidor está b… a ver, espera… ahh. Cierto. Al parecer no puede procesar todo al mismo tiempo…”
M: “Y pone en cola de espera a las peticiones conforme van llegando”
J: “Ok Cancela ya la prueba. Entrégame el documento que habías hecho. Con esto termina esta tarea”.
M: “…”

Yo con la mente llena de “¿neta? ¿Así nomás ya todo estuvo bien?“. No sabía si ponerme feliz porque esa cosa por fin había terminado o de plano molestarme y decirle que no se manchara. Preferí dejar la fiesta en paz.

El fin de semana que siguió a ese suceso tan memorable fue para mí como un oasis, aunque mi cuerpo se desquitó conmigo en forma de cansancio, un resfriado y falta de apetito.Pero ahí no termina todo con respecto a esta prueba infernal. Supongo que está de más decirles que la tengan en mente, porque más adelante volverá a salir a la luz y a seguir causando problemas… aunque usted no lo crea.

La búsqueda

Mis 3 meses de prueba terminaron a mediados de noviembre. Alargar ese periodo otros 3 meses era una bocanada de oxígeno. A como diera lugar tenía que encontrar algo para salirme de ahí. La fecha límite estaba ya decidida: mediados de febrero. Si no había podido conseguir nada para ese entonces, tendría que hacerme esclavo empleado formal, léase “seishain”, y era a toda costa lo que quería evitar. ¿Por qué? Porque el proceso de renuncia sería mucho más tedioso que simplemente decir “aquí quedó todo” en el periodo de prueba.

Me puse a buscar por donde pude. Antes había tenido una oferta de trabajo en la empresa de un noruego que se dedica a procesamiento de lenguaje natural; incluso lo había conocido personalmente cuando vine a Tokio a una entrevista con la empresa para la que ahora trabajaba, lo que se convirtió también en una entrevista con él. Todo había salido muy bien, pero lo que él me decía era que no se quería comprometer a trabajar con alguien de tiempo completo porque no podía ofrecerle estabilidad en ese momento, y eso le preocupaba. Había proyectos interesantes, pero él sólo quería contratar de medio tiempo. Estando en Tokio, las ganancias que con él podía percibir no me ajustaban para mucho. Pero era una opción a fin de cuentas: lo contacté y le expliqué mi situación, y me dijo que a él le interesaba trabajar conmigo, pero que de nuevo no me podía asegurar nada. Lo mejor para él era que tuviera otro trabajo y al mismo tiempo hiciera proyectos con él. Opción descartada.

Mandé currículum a cuanta empresa encontré que tuviera o bien desarrollo de sistemas de lenguaje natural o investigación en esa área. En muchos lugares me llamaron a entrevista, algunos hasta 2 veces para 2 puestos distintos, pero siempre terminaba en “muy chido, pero no nos convienes“. Ni con recomendaciones lograba conseguir algo.

El tiempo apremiaba. Normalmente el fin de año en Japón es una época para descansar, relajarte y prepararte para recibir el nuevo año y comenzar con nuevos bríos, pero en mi caso la situación no dejaba de preocuparme.

Y mientras tanto

En la empresa me pusieron, junto con un compañero que había ingresado una semana antes que yo, a programar el que, según esto, sería el proyecto más importante de la compañía, la que los llevaría a la cima de la cima. He de mencionar que el negocio de la empresa es realmente muy bueno, y sinceramente creo que sí van llegar muy alto, puesto que los productos que ya tienen se venden muy bien y la visión del dueño tiene bases muy firmes. Cualquiera que viera el desarrollo que ha tenido esa empresa en tan sólo 6 años se sorprendería al ver cómo ha crecido. Se antojaría como un trabajo de ensueño… Yo se los cedía en cualquier momento.

Total que este nuevo súper sistema sería una versión corregida y aumentada de uno que se había creado para cristalizar la idea que el dueño tenía pero que nunca vio la luz porque salieron otros pendientes. El sistema existente funcionaba a cierta medida, y lo que había que hacer era actualizarlo para que pudiera ejecutarse en la nueva versión del web framework que se usaba (Lift), y después crear el código necesario para llevar a cabo lo que se veía en las imágenes creadas por el grupo de diseño. La tarea no era fácil porque primero había que ver los cambios entre las versiones del framework y luego entender código ajeno. Lo que hizo todo más fácil es que el código estaba más o menos decente y no usaba muchos de los fuertes de Scala, así que entenderlo era simplemente cuestión de tiempo. Pero inmediatamente me di cuenta de lo contrario: había que entregar la versión corregida y aumentada en semana y media. Se cruzaba año nuevo, y con el nivel de entendimiento del sistema que tenía era un hecho que no lograría terminar a tiempo.Y como no había mucha comunicación entre el otro compañero (al que nombraron líder de proyecto), sinceramente no sabía a qué nivel estaba él también.

Pasó año nuevo y llegó el siguiente fin de semana. Faltaban 3 días para la entrega y yo estaba por demás atrasado. De plano vi que me sería imposible cumplir la fecha estimada y pedí permiso para ir a trabajar en domingo. Estando yo muy preocupado por sentir que me estaba volviendo lento para aprender algo nuevo, el jefe me sale con: “Por mí no hay problema, pero (el otro compañero) tampoco creo que termine a tiempo, además al parecer se va a retrasar todo. Si lo terminas a tiempo, por supuesto que sería lo mejor, pero lo dejo a tu criterio“. Comenzaba enero, me quedaba un mes para encontrar algo antes de que llegara la fatídica fecha y tener que tomar la decisión de convertirme en empleado formal, necesitaba “hacer puntos”. Opté por ir ese domingo, y en las 5 horas que laboré realmente avancé mucho, pero no logré terminar todo lo que quería.

El proyecto se retrasó, como normalmente sucede. Después, comenzaron a cambiar las fechas muy frecuentemente, hasta que llegó el punto en el que ya no sabíamos si había que entregar algo, si habría cambios o si íbamos bien. De lo que estábamos seguros era de que el proyecto seguía en pie, porque hasta la empresa cambió de nombre para llamarse igual que ese sistema. La idea en sí era grande.

Tantos cambios nos comenzaron a aburrir, y era claro que las fechas estimadas eran muy apresuradas, y que aunque la idea del proyecto tenía buenos fundamentos el sistema en sí iba navegando sin un rumbo claramente definido. Se hacían presentaciones del sistema en las juntas de la empresa, se recibían preguntas y sugerencias, pero la tendencia era la misma: no había una fecha definida para liberar el sistema internamente. Bueno, sí la había, pero siempre cambiaba.

Relación laboral

Sé que en muchos lados la gente se queja de sus jefes, de lo “malos” (de maldad) que pueden ser, etc. Sé también que, por fortuna, no todos los jefes son así, y quienes tienen la suerte de tener uno que realmente sabe hacer bien su trabajo disfrutan cada proyecto que les asignado.

Para el caso en cuestión, no sabía exactamente dónde catalogar al que me tocó. Siempre que hablaba con alguien, incluso gente de otros departamentos, dejaba salir ese aire de “yo soy jefe” (claro, sin decirlo). Pero era obvio que no muchos concordaban con su manera de hacer las cosas, y de hecho a veces las operaciones se paralizaban por esa razón.

Aquí voy a pedir ayuda a la gente que es letrada en medicina: si tienes asma y te dan ataques por la noche que no te dejan dormir, ¿es aconsejable, recomendable o de plano no importa, fumar? Yo quiero que alguien me diga que sí para quitarme el escepticismo que me cargo respecto a esto. Digo, puede ser que una cosa no afecte a la otra y a lo mejor es posible que un asmático sea también fumador.

La razón de mi duda es que el jefe siempre llegaba después de las tres de la tarde por la enfermedad arriba mencionada. Por ende, cualquier asunto que se quisiera tratar con él tenía que ser después de esa hora. El horario de salida “normal” era a las 7 pm, pero muchas veces había que quedarse hasta después debido a que el trabajo se le juntaba y no tenía tiempo de atenderte sino hasta que todo lo que tuviera prioridad hubiera sido tratado. Y para hablar con él era necesario agendar una junta en su calendario, la cual obviamente el tenía toda la libertad de mover de horario, cambiar de día o incluso cancelar si lo creía conveniente. Y todavía si fuera nada más con el área de desarrollo diría que pasa, pero gente de otros departamentos también dependián de las decisiones que él tomara, por lo que algunas tareas se llegaban a retrasar.¿Avanzar por tu cuenta? Solamente si hacías todo tal cual él te lo hubiera dicho, porque cualquier cosa diferente era motivo de un sermón, y no lo digo por mí: incluso el chavo que más sabía de nuestro departamento se echaba sus buenos rounds por esa razón.

Sobre los compañeros de trabajo, realmente no tengo ninguna queja. Cada quien era bueno en algo, y se trataba de llevar la fiesta en paz, evitando a toda costa tratar de más a la gente.

Como suele suceder en cualquier parte, uno de los de desarrollo comenzó a hablar conmigo más debido a que quería practicar su inglés. Esto llevó a la creación del círculo de conversación en inglés a la hora de la comida: se realizaba una vez por semana; se pedía que leyeran de un tema que se decidía la semana anterior, y de eso era sobre lo que se hablaba a la hora de la comida. Fue una buena idea y a todos les gustó… lo malo fue que poco a poco se comenzó a dejar de ir a comer en grupo debido a las ocupaciones que cada uno tenía. Este actividad duró 4 meses aproxcimadamente.

La influencia más grande que tuve en ese lugar fue la del chavo que más sabía. Aunque no manejaba los principios de programación funcional era muy bueno en Scala. Ver su código era toda una experiencia. Y aunque yo ya había estudiado un poco de Haskell, fue hasta ese entonces cuando realmente me senté a practicar en serio. Haberle invertido tiempo a ese lenguaje fue, sin lugar a dudas, lo mejor que pude haber hecho estando ahí.

Evaluaciones

Como en toda empresa, aquí también se evalúa al personal. A mí me tocó justo cuando estaban cambiando de manera de evaluación, por lo que experimenté las 2 formas:

  • La tradicional, que era responder una serie de preguntas en donde mencionabas cuáles eran tus debilidades, cuáles creías que eran tus virtudes, qué habías aprendido durante ese lapso de tiempo y cuáles eran tus planes de desarrollo para el futuro, en donde claro ese desarrollo tenía que ser algo relacionado o que le trajera beneficios a la empresa.
  • La nueva, en la que se crearon un montón de niveles. Para saber a cuál pertenecías, había que leer un archivo enorme en donde venían varios puntos a considerar y cada uno de ellos estaba separado por una serie de condiciones. Tenías que poner una marca en el nivel que considerabas estar en cada punto, y lo mismo hacía el jefe con respecto a cada empleado. Esas 2 formas aunadas con el veredicto del dueño de la empresa te asignaban tu nivel. Y además de las categorías de mortal (empleado) y dios (jefe), se creo una de “experto”, que era para quienes quisieran crecer en el lado técnico sin meterse en asuntos administrativos.

Lo “interesante” de las categorías es que, siendo totalmente objetivos y realistas, estaban por demás exageradas. Por ejemplo, según sus linamientos, yo estoy entre la categoría 2 y 3 (de un total como de 12) de conocimiento de Linux. Reitero: no me creo el mejor del mundo, pero sé que no estoy tirado a la calle tampoco. Para poder estar en la categoría más alta los requisitos eran más o menos del siguiente calibre:

– Ser un personaje reconocido internacionalmente en el área.
– Haber escrito y publicado un libro respecto al tema dedicado a profesionales.

Algo que sinceramente me molestó fue que yo me puse en un nivel intermedio de Linux, pero el jefe dudó y me preguntó que si había hecho algún script en el servidor. Le respondí que no, pero que tenía un montón de scripts en mi computadora que usaba todos los días (después de todo, mi sistema operativo principal era Linux). El jefe, con cara de duda, me preguntó que sí podía hacer un script que metiera en un zip todos los archivos de un directorio determinado. No pude ocultar mi cara de sorpresa al escuchar eso. Era un hecho que él dudaba de que yo pudiera hacer las cosas, y al mismo tiempo yo comenzaba a dudar de sus conocimientos técnicos.

La categoría en la que más alto (la 5) me pusieron fue en la de “trabajar en un ambiente internacional”. De hecho, es lo único que mi jefe reconocia de mí; según él, trabajar conmigo era como trabajar con un japonés, pues no sentía que fuera extranjero, usaba japonés sin problemas, y en general, seguía (o trataba de seguir) las reglas.

Con requisitos tan irreales, sí le comenté al jefe: “Me gustaría conocer a alguien que esté en lo más alto de 2 o 3 puntos de la evaluación“, a lo que me responde “a mí también“… Si alguien cumpliera los requisitos que ahí se establecían para estar en el tope de una categoría (sólo una), seguramente no estaría laborando ahí…

De los 7 niveles de esclavo, yo quedé en el tercero, lo cual me dio un SÚPER aumento de una baba por mes. Pero ahí no terminaba todo: tenías que escribir cuáles eran tus metas para el próximo semestre, cómo pensabas cumplirlas, qué beneficio le traía a la empresa que le dedicaras tiempo (libre, no necesariamente tiempo de trabajo) a esa actividad y a qué nivel aspirabas subir en la siguiente evaluación. Trazarse metas y esforzarse por cumplirlas es muy bueno y lo consideraba muy positivo, pero el hecho de que tuvieras que dirigir tus actividades y tu tiempo libre hacia algo que le diera un beneficio a la empresa era, al menos para mí, muy negativo.

Al menos en el área de desarrollo nadie sabía a ciencia cierta qué poner ni a dónde aspirar. Lo más fácil era “aprender inglés”, y eso era reconocido porque el inglés es útil en el ámbito en el que se mueve la empresa, pero yo pelaba si ponía por ejemplo “aprender coreano”, porque como ya sé inglés, ni se toma en cuenta ni se evalúa. Es decir: si eres japonés, o el chino que también entro a trabajar meses después, sí era bueno poner como meta inglés. Para mí ni siquiera era objeto de evaluación.

Aquí puedo estar mal, y de nuevo pido consejo a los más letrados (ahora en administración de empresas): la creación de niveles jerárquicos es inevitable, creo, pero el hecho de poner esa clase de condiciones para ir subiendo de rango creo que motiva más a que el objetivo sea ir escalando a costa de lo que sea en vez de hacer un buen trabajo (y que éste hable por ti). ¿Estoy en lo correcto o de plano mejor leo administración para tontos?

Oficial

Febrero estaba a la vuelta de la esquina y yo todavía no tenía opción a dónde ir. Pensaba muy seriamente renunciar cuando se hiciera la junta para decidir lo que quería hacer, vivir de los ahorros y aventarme al vacío a ver qué salía, pero la situación en Japón, especialmente en Tokio, no me lo permitía: las rentas son estratosféricas; los gastos de manutención tampoco son baratos, y sacando cuentas, cuando mucho (y apretándome el cinturón) podría estar 2 meses “volando”. Está de más mencionar que esa opción desapareció por completo. Por mucho que esté acostumbrado a Japón y a su cultura, no estoy en casa; tengo que jugar con sus reglas… Sabiendo que en Japón la transición de un trabajo a otro normalmente toma entre 3 y 6 meses. Las cuentas no me salían.

Regresar a México es siempre la última opción, pero si algún día lo hago, quiero que sea por convicción, no porque haya huido de algo en este país. Mucha gente me lo sugirió, pero esperaba no tener que llegar hasta ese punto.

Llegó el mes de la decisión: me quedaba en la empresa como empleado oficial o renunciaba. No tenía realmente otra opción: me acababa de mudar hacía 6 meses, prácticamente no tenía ahorros. Estaba atado a ese lugar hasta que algo se presentara. Con todo el pesar de mi corazón, escogí quedarme en la empresa, pero tenía que justificar mi decisión. “¿Por qué me quiero quedar en esta empresa?”, me preguntaba, sabiendo que todo era tatemae… “El jefe sabe que quiero seguir investigando y la compañía no me ofrece esa opción. Si quiero quedarme, tengo que darle una razón convincente de que a ambos (empresa y yo) nos conviene que me quede“. Pensamientos de este estilo rondaban por mi mente desde finales de enero. Con resultados no satisfactorios desde el punto devista del jefe, si no lo convencía de que me dejara quedarme era casi un hecho que me darían las gracias por participar.

El resultado salió sin querer, y tenía bases suficientes para soportarlo: elegí decirle que algún día quiero tener mi propia empresa (lo cual es cierto) y que estando ahí podría aprender mucho sobre el ámbito administrativo, ya que la compañía se dedicaba a negociar con software. Era mi mejor carta, así que aposté por ella.

En la junta decisiva, lo que tanto temía resultó ser cierto: el jefe pensaba decirme que era mejor que me saliera de ahí porque era obvio que no estaba contento y que no me estaba desarrollando en el área que yo quería. No obstante, la razón que le di de quedarme le pareció interesante, sólida y lógica: era un buen lugar para aprender lo referente a negocios (estilo japonés), y mi idea de combinar el camino a ser “experto” (refiriéndome a las categorías arriba mencionadas) con un poco de negocios terminó por convencerlo: no quitaba el dedo del renglón en cuanto a querer seguir creciendo tecnológicamente hablando, que fue lo que mostré en los 6 meses que llevaba ahí, pero añadirle un poco de conocimiento de administración fue, para mi buena suerte, una razón que influyó para que el jefe se convenciera.

Ya era empleado oficial. Si bien eso no cambiaba nada en mi trabajo, sí ponía una traba más al momento de querer renunciar. Explico:

Como en toda empresa, en las compañías japonesas también hay que avisar con anticipación que se quiere renunciar. El periodo varía dependiendo del lugar y del puesto del afectado, pero por lo general es de 1 a 2 meses antes. Y aunque es cierto que el proceso puede igual al de otros países, aquí todavía se maneja el hecho de que “te dejen renunciar”:

  • Primero, avisas que quieres renunciar.
  • Luego, tienes una junta con el jefe en donde le explicas tus motivos para irte de la empresa.
  • El jefe entra en la etapa defensiva y de negociación: te ofrece cambios en tus tareas, cambios de área, etc, basado en las razones que diste para separarte de la compañía. Si no has cometido alguna falta grave, siempre intentarán retenerte.
  • Los de alto rango evalúan tus argumentos.
  • Te preguntan si ya tienes otro lugar de trabajo decidido. Si dices que sí, también te preguntan por el nombre del lugar, y en algunos casos el puesto a desempeñar. Como nota: tienes derecho a no decirles a dónde te vas.
  • La empresa decide si el lugar al que te vas a ir no es un rival directo. De lo contrario, te fuerzan o a quedarte o a que cambies el lugar en donde piensas trabajar.
  • Si no ven problemas, tu renuncia es aceptada y se te da una fecha de salida.

Eso de que te dejen renunciar suena medio exagerado, pero en realidad así es. Aunque nadie puede forzarte a quedarte, el espíritu de los japoneses puede obligarlos a seguir en ese lugar o a extender su estancia, quizá por responsabilidad, quizá por miedo, quizá por respeto. Obviamente no todo mundo lo hace o lo tolera.

Respecto a lo de tu siguiente lugar de trabajo: casi siempre las empresas japonesas tienen en el contrato que firmas una cláusula que te impide trabajar en cualquier lugar que ellos consideren como un rival directo, o bien que abras un negocio por tu cuenta del mismo giro que la empresa, durante una cierta cantidad de tiempo. Cuando yo tuve que lidiar con esto al momento de renunciar al trabajo en Iizuka, consulté esto con un abogado, y me dijo que aunque es común encontrarlo en todos los contratos en Japón, la realidad es que, como todos aquí pueden intuirlo, nadie te puede privar de la libertad de escoger a dónde te vas a mover después. Es un derecho humano. Si por alguna razón se hace un juicio por ese tipo de cargos, me afirmó que es 99% probable que el caso sea nulo.

Si hay alguien por aquí que sepa derecho internacional o algo similar, quizá podría aclararnos el punto anterior. Se agradecería enormemente. Por cultura general es bueno estar informado.

Una oportunidad

Después de haber enviado currículum a donde se podía y haber sido rechazado en varios lugares, la esperanza se me escapaba. Seguía buscando opciones, pero cada vez el panorama se veía menos alentador. Sí, también busqué del lado de la academia, pero ahí la respuesta fue peor ya que ni siquiera recibí un correo o llamada de rechazo. Lo más cercano a eso fue por parte de IBM Japan, en donde me decían que de momento no había vacantes para investigadores en mi área, pero que dejarían mis papeles listos para contactarme por si algo se llegaba a ofrecer. Entiendo que pudo ser una forma muy cortés de decirme “ya tenemos biblia, gracias” y mandarme de regreso por donde vine, mas la forma en la que lo hicieron al menos no me hizo sentir mal o totalmente rechazado.

Me preparaba para otra tanda de búsqueda, currículum y entrevistas, cuando recibí respuesta de un lugar que prácticamente ya había olvidado; se trataba de una empresa/laboratorio en donde buscaban a alguien con perfil de procesamiento de lenguaje natural y con experiencia desarrollando. El sueldo era lo de menos. Cierto, la idea no era hacerse rico, pero tampoco pasar penas económicas. Ya suficiente tenía con todo lo que estaba a mi alrededor.

El agente de reclutamiento me contactó y me dijo que tenía entrevista. Sin embargo, para poder asistir a ella tenía que pedir descanso a fuerzas en la empresa, y al menos en donde estaba no era algo que pudiera conseguir tan fácil. Mis opciones eran mentir o pedir que me hicieran la entrevista por la noche y rezar porque me pudiera escapar temprano ese día. Negocié con los entrevistadores y me dieron la oportunidad de realizarla a las 8 pm, lo que significaba que tenía que salir del trabajo exactamente a las 7 para poder llegar a tiempo (10 minutos del trabajo a la estación, 30-35 a la estación destino más lo que tardara en encontrar el lugar). Pero salir a la hora era casi imposible, así que tenía que idear algo.

Decidí hablar con el jefe y decirle que tenía un asunto personal que era muy importante para mí y que no podía dejar pasar o posponer. Después de un momento de deliberación me dijo que no había problema, pero que les avisara a los demás para poder arreglar horarios (claro, con lo mucho él que los respetaba…). Estaba hecho. Además, haberle dicho que era un asunto personal me libró de sospechas al irme de traje, pues la empresa no exigía un tipo de vestimenta en específico y siempre iba de mezclilla; sin una razón en concreto, seguro que pensarían que iba a una entrevista de trabajo. Y de hecho, algo así pasó, a modo de broma, justo el día de la entrevista: al momento de ir saliendo, me topé en el elevador a varias personas del departamento de ventas y reclutamiento de personal, incluyendo al jefe de ese departarmento. Al verme de traje obviamente se les hizo extraño y me preguntaron que si tenía algún compromiso importante. Yo nada más les dije “algo así”, y uno de ellos bromeó diciendo: “seguro va a una entrevista de trabajo”. El jefe siguió la broma y me dijo, “si te quieres cambiar de trabajo, déjalo en nuestras manos. Tenemos los contactos y la experiencia para que te contraten en un buen lugar y que tu sueldo sea, al menos, 10,000 yenes más alto que lo que otras agencias de reclutamiento te pueden conseguir”. Yo nada más solté la carcajada (forzada, claro está) pensando “si supieran…“.

Llegué corriendo a la estación más cercana al lugar de la entrevista, pero con la prisa comencé a caminar hacia la dirección equivocada. Era claro que me daría cuenta de que no era por ahí una vez llegando a la primera esquina, pero, y llámenlo suerte, cuando más apurado estaba, escuché una voz detrás mío que me decía: “Oye, eres mexicano, ¿verdad?“. Al instante volteé y vi a un hombre como de unos 30 años, alto, que nunca había conocido… en persona. Resultó ser un conocido del twitter, otro mexicano en Japón, que me reconoció. Después del saludo obligatorio, le expliqué mi situación y me dijo que iba en la dirección equivocada; me acompañó hasta el lugar en donde había comenzado a caminar en dirección errónea y me deseó suerte en la entrevista. Él se llama Xavier, y aunque ya no está en twitter, su nombre de usuario era @xndude.

No estaba nervioso en lo más mínimo, pero haberme encontrado con otro mexicano que resultó ser conocido en línea como que hizo que me olvidara del estrés que venía cargando del otro trabajo. Llegué a la entrevista justo a tiempo. No hubo mayor problema, y la entrevista la sentí muy tranquila. Después de todo, había hecho algo similar varias veces en otras lugares.

Esto fue, si mal no recuerdo, a finales de febrero. Envié el currículum a esa empresa por ahí de diciembre. Fueron 2 meses de espera para la primera entrevista, lapso que es, incluso para estándares japoneses, muy largo. De ahí que ni me acordara del giro de la empresa. La siguiente entrevista se fue más o menos por el mismo camino: se tomaron un mes más; fue a finales de marzo, justo cuando en Japón termina el año fiscal. Yo ya imaginaba que había sido rechazado, pero el de la agencia de reclutamiento me aseguraba que no era así y que esperara un poco más.

Y mientras tanto

El trabajo seguía como siempre: el jefe llegando tarde o de plano no yendo, juntas atrasadas, algunas incluso canceladas porque había otras prioridades. Yo no veía claro qué es lo que había que hacer en el proyecto del que formaba parte.

No pasó mucho tiempo antes de que se supiera qué estaba pasando. El dueño de la empresa mencionó en una junta qe el proyecto se estaba replanteando porque había muchos detalles que estaban ambiguos. Algo del trabajo que había hecho se reusaría, pero era casi un hecho de que lo que habíamos hecho en el último par de meses había sido en vano. Y no me sorprendía: el trabajo consistía en programar cosas que se le ocurrían al líder de proyecto para “mejorarlo”. Para mí, lo más divertido del asunto era que comenzaba a meter conceptos de programación funcional en el código, y éste era cada vez más conciso, y al mismo tiempo más difícil de entender si no conoces los conceptos que estaba manejando. Dirán que me paso por andar poniendo código “complicado”, pero el líder me debía una:

Cuando estábamos más presionados por una de las fechas de entregas que nunca se cumplió, necesitábamos corregir algunas consultas de SQL junto con el código en Scala que las procesaba. Tenía mucho tiempo que no veía una línea de código tan corta y no poder entender lo que estaba haciendo, ya que había sido programada por el “máster” en el lenguaje y había que entender bien los conceptos básicos del mismo para poder desglozar cada una de las funciones que aplicaba en dichas líneas. Para ese entonces ya había entrado un chino a la empresa y también expresó que no entendía nada de lo que estaba pasando en esa línea. El líder asintió, y volteó conmigo para decirme que “Esto es Scala. Estudia, pues tienes que entenderle”. Lo que dijo era muy cierto, pero el tono en el que lo dijo fue lo que me prendió. De ahí decidí que, en efecto, había que aprender programación funcional bien, y que él también tendría que echale ganas para entender código.

Los días se hicieron relativamente llevaderos. Lo único malo era tener que estar justificando santo y seña de cada cosa que hacías, con lujo de detalle, y de tener que tener el visto bueno para cada acción que quisieras realizar, por mínima que fuera. Un ejemplo rápido:

Uno de los compañeros (el que más le movía a los servidores) me preguntó si en Linux había alguna forma de saber el hardware de la computadora, a lo que le dije que posiblemente sí. Una rápida búsqueda me llevó al comando lshw: hace lo que él requería y hasta salida en html ofrece. Se lo comenté, lo intentó ejecutar en el servidor pero vio que no estaba instalado. Le dije que simplemente lo instalara y ya, pero se negó argumentando que necesitaba consultar al jefe primero antes de moverle al servidor. Yo me quedé con cara de: “¿Ehh?”. Le urgía saber eso, pero tenía que esperar hasta la tarde que llegara el jefe, o bien contactarlo por teléfono, para pedirle permiso para instalar una utilería. Sí, es cierto que es necesario tener autorización para hacer algo que posiblemente haga que el servidor deje de funcionar, pero una herramienta simple que no instala ninguna otra cosa sí se me hizo extremo.

Algo también a lo que no estaba acostumbrado, y que se me hace por demás ineficiente, es el micromanagement. Era una flojera total tener que llegar cada mañana y escribir un correo en el que especificaras lo que harías en el día, cuánto tiempo te tomaría cada tarea, y lo que harías en caso de que terminaras y te sobrara tiempo. Obviamente el último punto era nada más de trámite, porque rara vez podías dedicarte a algo que no fuera una tarea asignada. En el correo se perdía fácil media hora, aun teniendo ya una plantilla previamente creada. Luego, me di cuenta que el jefe no leía esos correos, salvo que tuviera que hacer referencia a alguna de tus tareas y del desempeño que mostraras en ellas.

Hubo días en los que sinceramente no me dieron ganas de enviar nada, pero un día me “cachó” por una cosa que no entregué a tiempo, y al revisar los correos y no encontrarlos  me preguntó que por qué no los había enviado. Sinceramente no tenía excusa más que “porque no me dio la gana“, pero tuve que inventar que de tan concentrado que estaba en lo que hacía simplemente se me había pasado. Afortunadamente la situación no pasó a mayores.

La empresa en general

Cada mes, la empresa comenzó a organizar convivios para que los empleados pudieran hablar entre sí y tener contacto fuera del trabajo. La idea era por demás buena, y la comida era gratis, je je; el único “pero” que le encontraba era que se llevaba a cabo dentro de la misma empresa 30 minutos después de la “hora de salida normal”, razón por la que muchos no asistían, o nada más iban por una cerveza y se regresaban a seguir trabajando.

Como mencioné antes, el negocio de la empresa es muy bueno y sinceramente creo que va a crecer mucho. Solamente necesitan pulir sus políticas de personal..

Eso sí: cuando en uno de los departamentos de tu empresa renuncian varias personas en cuestión de 6 meses y tu empleado más antiguo tiene apenas un año dentro, es lógico pensar que hay algo ahí que no está bien y que está haciendo correr a la gente.

La racha de renuncias ocurrió de la siguiente manera: primero renunció el chavo que me hablaba en inglés. Era con quien más convivía y con quién más platicaba respecto a la empresa, y me decía que él no tenía el valor de decir lo que pensaba, por lo que nunca le tiró directamente a la compañía o al jefe, pero era muy notorio su desconcierto. Luego, se fue el que programaba mejor en el lenguaje. Lo de él sí fue repentino y creo que nadie se lo esperaba, pero al parecer él ya tenía su plan hecho y como que ya le había hartado también lo estresante de la situación. Él duró poco más de 3 años ahí.

No pasó mucho tiempo para que uno más de los empleados presentara su renuncia. ¿A que no adivinan quién?

Que les vaya muy bien

La otra empresa a donde había ido a entrevista tardó de nuevo mucho en darme una respuesta, pero el agente de reclutamiento siempre estaba comunicándose conmigo para decirme que todo estaba bien y que las negociaciones iban muy bien, y que aunque no podría asegurarme el sueldo que había pedido, sí había logrado ejercer presión para darme una cantidad lo más cercana posible. Nada más faltaba que dieran luz verde.

Al escuchar la noticia de que era casi un hecho que me aceptaban en el otro lugar, estuve tentado a renunciar antes de tiempo (después de todo, ya me quería ir), pero no podía arriesgarme a quedarme sin nada en caso de que me dijeran que siempre no.

Fueron 2 semanas en las que las ansias me invadían, y nada más quería mandar todo a volar. Durante ese tiempo fue cuando hubo que escribir las “metas” que uno se propondria cumplir para los próximos 6 meses, y sobre las cuales se basaría la siguiente evaluación. Ya casi sabiendo que me iba de ahí, me lucí escribiendo que iba a aprender un buen de cosas, que daría una plática en X lugar sobre lo nuevo que aprendería, y que me dedicaría a ver más de cerca el proceso administativo de la empresa para que me sirviera como parte de lo que quería hacer en el área de negocios. Fui el primero que entregó el documento y en sí no tuve quejas del jefe. Total, nada más estaba esperando un “sí” para, con sonrisa de oreja a oreja, decirles adiós.

Por supuesto, desde que supe que mi futuro no estaba ahí y mucho antes de renunciar, tenía una cuestión más que resolver: la empresa me pagaba la mitad de la renta, por lo que al momento de renunciar tendría que mudarme de nuevo y andaría a las carreras. Previendo esto, me mudé a principios de marzo: dejaba Ueno y la cercanía de Akihabara y el área principal de Tokio para moverme a un lugar separado del bullicio de la ciudad. La nueva casa estaba cerca de Saitama (al lado), pero seguía viviendo en Tokio. Nada más que no se parece en nada a la imagen que muchos de ustedes pueden tener de la capital nipona: muchas casas, pero si no tienes carro es difícil ir de compras, mientras que otras actividades se dificultan más.

No fue la única casa que ofrecieron en la inmobiliaria, pero sí de las pocas que aceptaron rentarle a un extranjero. Sí: aunque muchos no lo crean, todavía hay mucha discriminación en ese sentido. Lamentablemente, y como lo he comentado antes aquí en el blog, hay extranjeros que causan problemas en el lugar donde viven, dando como resultado que el dueño nunca quiera volver a rentarle a un no japonés, sin importar el país de donde provenga. Esto es, en cierta forma, precaución, pero hay otros dueños que aun sin haber tenido que ver con extranjeros en el pasado nada más no quieren relacionarse o hacer tratos con ellos. Muchos alegan que es debido a que creen que no se podrán comunicar en japonés y prefieren evitarse problemas, pero la realidad es que tienen la idea de que extranjero = conflictos y ni siquiera dan la oportunidad. Para resumirles lo sucedido: de 8 viviendas que estaban dentro del presupuesto, me rechazaron de 5, y de las 3 restantes, la casa actual fue la mejor opción.

Al momento de mudarme, perdí el beneficio de el pago de la mitad de la renta por parte de la empresa debido a que el nuevo lugar no estaba dentro del radio de 3 km. que su política establecía. No obstante, al perder ese beneficio ganaba otro: el pago del trasporte casa-trabajo-casa, algo que es normal en Japón: normalmente nunca gastas en transporte para tu trabajo; éste corre a cargo de la compañía.

Desde marzo anticipaba mi renuncia, aunque ni siquera sabía si realmente habría algún trabajo nuevo. Pero quitarme el peso de estar cerca de la empresa amarrado por el pago de la renta fue lo mejor que pude hacer en ese tiempo. El cambio de aires me hizo bien; tanto, que ni extrañaba Akihabara.

Llegó el día esperado: el agente me llama y me dice que ya está todo listo, que nada más falta que yo ponga mi sello en el contrato (en Japón se usa sello en vez de firma), y que ya podía renunciar del trabajo actual sin temor a quedarme volando. Esa noche tuve la tan esperada sonrisa de oreja a oreja, y se me cocían las habas porque el día siguiente llegara. Habían pasado 2 semanas en donde el jefe me retrasó varias juntas que tenía para “proponer” un sistema de cache para el proyecto eternamente atrasado, que ya mejor ni cuento porque sería desperdiciar teclazos. Solo diré que, como siempre, no estaba de acuerdo con nada. Yo estaba harto: cuando bien me iba, me dedicaba media hora. Si no, era junta cancelada, y lánzate a justificar qué harías el día siguiente en el enfadoso correo diario que había que enviar.

Ese día, sucedió lo mismo: mi junta de 30 minutos estuvo a punto de ser cancelada porque el jefe llegó tarde (para variar) y con la junta que tenía antes que yo y una entrevista tenía después de la mía, no le quedaba tiempo. Yo esperaba tener aunque sea unos minutos para hablar con él. No quería regresar a casa ese día sin haberle dicho que me iba del lugar. La suerte me sonrió, y el jefe me mandó llamar para tener “aunque sea 15 minutos”.

Al llegar a la sala de juntas, me senté. Traía la hoja obligatoria de cada junta (el contenido que querías tratar), pero le dije que quería consultar algo con él: no titubeé. Ya tenía mis palabras pensadas. Solo tuve que decirlas, de la forma más natural posible. Y como lo esperaba, llegaron las etapas de renuncia que traté arriba:

  • Me preguntó mis razones para renunciar. Le dije que aunque yo había aceptado estar ahí como ingeniero de aplicaciones, la verdad es que no me estaba desarrollando para donde yo quería; que necesitaba estar en un lugar en donde hubiera trabajo de mi área y con gente que fuera mucho mejor en ella, para de esa forma poder seguir formándome como profesional.
  • Negociación: me propuso un cambio en la forma de trabajo, en la que yo propondría algún proyecto de investigación que fuera atractivo para la empresa y que al mismo tiempo me conviniera a mí, lo trataría con él, y una vez que me diera el visto bueno él presionaría “arriba” para que me dieran luz verde para hacerlo. Obviamente lo rechacé diciendo que no era opción debido a que la empresa no tenía esa prioridad en ese momento y que sabía que a final de cuentas teminaría ayudándoles programando el súper proyecto.
  • Lanzó la pregunta esperada: “¿Ya tienes otro trabajo asegurado?”. Mi respuesta fue un sí. A decir verdad, él intuía la respuesta que daría; la pregunta fue mero trámite.
  • Aceptación: Viendo que no había mucho que pudiera alegar, me dijo que si ésas eran mis razones, entonces no veía inconveniente en que yo renunciara. Pero el momento épico fue cuando me dijo que tenía que hablar con el dueño para arreglar lo de la casa (el pago de la mitad de la renta), y fue ahí cuando mis ansias me traicionaron un poco y le respondí, no pudiendo ocultar mi sonrisa, que me había mudado hacía un par de meses. Su cara lo dijo todo: comprendió que mi idea de renunciar venía desde mucho antes y que todos mis movimientos habían estado planeados.

Según mi contrato, estaba obligado a avisar sobre mi renuncia con mes y medio de anticipación, por lo que en la nueva empresa empezaría hasta julio. Después, durante el tiempo que estuve trabajando ahí cambiaron la regla y ahora establecían nada más un mes, pero eso nunca se lo dije al reclutador. Lo que fuera, pero necesitaba descansar en forma. Lo bueno fue que me hicieron efectiva la renuncia mucho antes de lo esperado; lo malo es que ese lapso de tiempo también estuvo para olvidar.

Preparando la salida

No hace falta mencionar que yo estaba feliz porque mis días en ese lugar ya estaban contados. El cansancio de repente se hizo llevadero. Mi última tarea era dejar bien documentado todo lo que había hecho para que otros pudieran ver lo que hice y entenderle sin mucho problema, y como prácticamente de todo tenía documentación nada más me faltaba ordernar todo y esperar a que el jefe me dijera cuándo sería mi último día.

Cuando yo creía tener ya todo listo, me di cuenta que había un documento que no estaba completo. No fue muy tardado completarlo, pero me traía recuerdos no muy gratos: las pruebas de estrés en el servidor. Y desde que lo vi, supe que tendría que volver a pasar por un circo antes de poder liberarme por fin de ese trabajo.

Aquí presentaré a otro personaje que, para su desgracia, tuvo que ver en todo esto: un coreano nacido y críado en Japón (por lo que prácticamente podría considerarse japonés). Lo contrataron como ingeniero de infraestructura. Al enterarme de eso, no pude más que sentir lástima por él: le habían aplicado la misma que a mí. A juzgar por como se estaban llevando a cabo las cosas en la empresa, sinceramente dudaba que lo dejaran hacer un proyecto de su área. Lo llamaramos C.

C llegó casi al mismo tiempo de que presenté mi renuncia. A pesar de tener 38 años hizo su esfuerzo para acoplarse rápidamente al grupo; no es que todos fuéramos jóvenes, pero el promedio de edad en el departamento era de 30 años. Y como a todos los demás empleados les iban a repartir las tareas que yo realizaba o había realizado durante mi estancia en la compañía, a C también le tocó uno: las pruebas de estrés. Después de todo, él era el experto en hardware, por lo que sonaba lógico pasarle el proyecto a él. El jefe decidió meter también ahí al chavo que tenía más tiempo en el departamento en ese entonces: 1 año. Habían renunciado 2 miembros importantes; él era el que quedaba. A él me referiré como “RR”.

El jefe llamó a una junta general del departamento (los 5 miembros) para decidir cuándo les dejaría oficialmente mis tareas. Todo se llevaría a cabo por medio de juntas en donde previamente ellos habrían leído los documentos que yo había creado y dirían si le habían entendido o si les faltaba algo, en cuyo caso yo tendría que agregar información. Hasta aquí todo bien y normal. El problema comenzó cuando el jefe de nuevo posponía las cosas por darle prioridad a otras o cuando no le alcanzaba el tiempo por llegar a la hora a la que estaba acostumbrado.

Las juntas respecto a las otras tareas fueron relativamente rápidas y transcurrieron sin mayor complicación; si acaso uno o dos datos que me pedían que agregara. Pero en lo que respecta a la fatídica tarea de las pruebas del servidor, C no estaba satisfecho. Comentaba que con los documentos que había hecho no entendía cómo se había llegado a la conclusión de que se necesitaba un servidor nuevo. Que lo que pudo haber fallado se habría podido modificar más y que a lo mejor con eso se habría solucionado el problema. Me pedía más datos y las referencias que tomé para la decisión tomada, pero me cansé de explicarle que yo no tomé esa decisión, y que sólo realicé las pruebas y que al final el jefe se dio cuenta de que el servidor nada más no daba el ancho y que todo había sido decisión de él. Punto. Me cansé de explicarle eso varias veces, pero no daba su brazo a torcer y yo sinceramente ya no tenía más información que proporcionarle (no tenía razón para estarle ocultando algo).

Me hicieron volver a correr pruebas de ejemplo para mostrarles cómo manejar la herramienta en cuestión. Repito: es siege, y no hice nada que no viniera en los manuales oficiales o en la ayuda del programa. No obstante, ellos querían ver exactamente cómo escribía el comando que había puesto en el documento, cómo le daba enter y cómo corría todo (esto último sí lo justifico). Aun así, C continuaba insistiendo en que él no podía hacer su trabajo con eso y que sinceramente no sabía qué tanto se esperaba de él; se sentía inseguro (entendible, pero exageraba) y quería pasarme la bolita completamente a mí. Para ese entonces, ya se había decidido que mi último día sería el primer viernes de junio.

De nueva cuenta, las juntas finales para corroborar que no faltaba nada para que los demás pudieran realizar mis labores sin ningún problema se retrasaron debido al jefe. Y con C siendo tan insistente, me daba una flojera horrible ir a la oficina nada más a calentar el asiento puesto que ya no tenía tareas asignadas.

El último día

Había pasado por mucho para poder llegar a ver el día en el que saldría de esa empresa para ya nunca volver. Pero la situación no dejaría que fuera un día placentero.

Para comenzar, ese día entró una chica al departamento de sistemas. También había sido contratada para realizar tareas de infraestructura, y se veía motivada al llegar.

El jefe llegó como a las 11 (algo extremadamente raro), y puso como prioridad máxima las juntas pendientes con respecto a mi salida del lugar. Todo lo demás se posponía. Así, comenzó la tanda de idas y venidas a la sala de juntas, algunas veces con los mismos miembros para corroborar algo que habían dicho en la junta anterior que no estaba claro. Pero la juntas con C y RR fueron las más pesadas: lo que se suponía que tenía que ser una junta de 15 minutos entre C, RR y el jefe se transformó en una de poco más de una hora en la que yo también tuve que hacer acto de presencia porque no estaba claro el punto que C discutía conmigo desde el primer momento.

Arribé a la sala. Me senté y escuché el alegato. El jefe de nuevo me hizo recitar lo que había ocurrido con las pruebas, las acciones realizadas y las decisiones tomadas. Repetí punto por punto todo como había sucedido, pero el jefe no estaba de acuerdo: decía que me faltaba algo: que él desde el principio no estuvo seguro de que la herramienta seleccionada hubiera sido la mejor, ya que lo que él buscaba era algo que emulara a la perfección un navegador. En ese momento, y al escuchar de nuevo lo que pedía, sí dije: “bueno. Ya sabemos que si quiere llegar a ese nivel de especificaciones lo mejor es que cree su propia herramienta. La elegida fue la que consideré mejor dados los requerimientos que usted pidió y mi decisión la avalan blogs, libros y hasta papers“. Además, le recordé cómo había pasado la última prueba ejecutada en la que él vio que el servidor no aguantó y me dijo que ahí terminaba todo. Yo nunca vi ni supe qué fue lo que vio para decirme eso, pero intuyo que fue el log que el servidor http escribe.

Aquí se las estoy contando leve: el ambiente en la sala de juntas era extremadamente tenso, por pequeña que pueda parecer la causa. C estaba visiblemente cansado y RR no decía nada ya que estaba acostumbrado a este tipo de reuniones, pero se notaba que él también quería decir que ahí quedaba todo y que ya estaba bien. Se decidió que hiciera una prueba más de ejemplo y que de nuevo mostrara los logs y cómo llenar la hoja de Excel con la información que había puesto (un vil copy paste del resultado final de siege y algunos comentarios míos).

Tuve otras 2 juntas más respecto a las dichosas pruebas ese día. La última terminó poco después de las 6 pm, y fue más de “sí, ya entendimos, y si tenemos algún problema buscamos en internet o contactamos a Manuel directamente). Casi puedo asegurarles que el jefe dijo que estaba bien nada más porque ya no había tiempo para seguir alegando, además de que todavía tenía otras 2 conmigo: una para lo de la “investigación” que hice respecto a direcciones japonesas y otra para comprobar que había borrado los archivos de los diferentes proyectos que quedaban en los servidores.

Habiendo por fin terminado todo, C se mostraba intranquilo; RR, hastiado; los otros 2, ya sin vela en el entierro, nada más mirando a ver qué pasaba con los demás. La única que permanecía ajena a la situación era la chica nueva. Yo tuve mis 2 juntas de forma “express”, en donde nada más tuve que reportar que quedaban archivos de la “investigación” en uno de los servidores y que sólo era cuestion de desinstalar todo y quedaba como antes; el jefe no quiso problemas (no sé cuáles podría tener al desinstalar lo que había hecho, pero bueno) y optó por dejar todo como estaba. Después de todo, eran unos cuantos kilobytes y no estorbaban.

Pasaban de las 7 de la noche. Borré mis archivos personales, la historia del navegador, todos los archivos de configuración de los programas que usaba y ejecuté la actualización del sistema operativo. Procedí a despedirme de cada departamento. Después, fui a la oficina del dueño a despedirme; la conversación fue corta, pero me sorprendió lo que me dijo: se disculpó por no poder darme trabajo de lo que yo quería, y deseaba que me fuera mucho mejor en mi siguiente trabajo y que pudiera cumplir mis sueños. Al terminar, mi jefe apareció de repente: me quería escoltar hasta la salida como señal de agradecimiento por haberle echado ganas al trabajo.

El elevador en el que íbamos llegó al primer piso. No hubo palabras en ese lapso. Llegamos a la entrada, me deseó suerte en mis proyectos y en mi futuro, y quedamos en que harían mi “reunión de despedida” la última semana de junio justo antes de entrar a la siguiente empresa, ya que les había dicho que era probable que fuera a México (algo que en ese entonces era mentira, porque mi viaje se decidió un día después de haber renunciado). Se despidió con un apretón de manos, y yo comencé a caminar rumbo a la estación. En cuanto di la vuelta a la esquina, comencé a correr como si no hubiera mañana. No lo podía ocultar: estaba absolutamente feliz de irme de ese lugar.

Viaje a México

Aquí sólo mencionaré que mi viaje se decidió el día siguiente a la renuncia. Era sábado, y en cuanto supe que realmente iría a mi país llamé para comprar mi boleto. Para la 1 pm ya tenía todo listo: saldría el siguiente miércoles, es decir, en 4 días.
2 años sin ir a mi tierra. Siempre se extraña todo. Pero lo más importante era descansar, y ver a la familia y a los amigos me ayudaron a cumplir mi objetivo.

La reunión de despedida, y algo inesperado

Regresé a Japón justo una semana antes de entrar al nuevo trabajo. Me tenía que acostumbrar de nuevo al horario y quería estar lo mejor preparado mentalmente para llegar con nuevos bríos y poder echarle los kilos desde el principio. Solamente tenía que asistir a la reunión de despedida que los de sistemas habían organizado. No piensen que fue algo especial: es normal que cuando alguien entra a un trabajo le organicen una “fiesta” de bienvenida, y cuando se va del lugar, una de despedida. Pongo lo de fiesta entre comillas porque es simplemente una reunión en un restaurante y solamente se come, se bebe y se conversa. Nada más. Es mero protocolo.

La reunión fue un miércoles. Llegué al lugar 15 minutos antes y decidí entrar, pues ya me habían dicho a nombre de quién estaba la reservación. Los demás llegaron justo a la hora, algo raro en los japoneses (siempre hay que estar entre 10 y 5 minutos antes de la hora establecida), pero no llegaron todos: estaban RR, los otros 2 compañeros que estaban en mi proyecto (uno de ellos era el chino) y la chica nueva. El jefe, como siempre, llegaría tarde. Me faltaba alguien: C. Al preguntar por él, todos sacaron una sonrisa nerviosa. Pregunté que qué pasaba, y uno de ellos me dio la noticia: C había renunciado.

Mentiría si dijera que no me sorprendí al escuchar eso. Era muy rápido para que alguien quisiera renunciar, pero algo me decía que siendo el departamento en cuestión, había una razón de peso. En un arrebato de confianza y aprovechando que el jefe todavía no llegaba, la chica nueva soltó la sopa: el jefe presionó muchísimo a C. Éste le echaba ganas, pero la manera de ser del jefe, su forma de reprender a C y la clase de trabajo que le pedía fueron el detonante. En las palabras de ella “no le quedó más que renunciar. Le estaban exigiendo demasiado”. Y después de eso, la chica me contó que ella también estuvo a punto de renunciar, puesto que sentía que era mucha presión innecesaria y que eso hacía que el trabajo no fuera para nada divertido ni interesante. Sin embargo, ella habló directamente con el dueño de la empresa a riesgo de que le dieran aire por eso, pero ella estaba consciente de eso y mentalmente iba preparada para que la despidieran (ella sí se podía dar ese lujo). Básicamente lo que le dijo al dueño era que en tan poco tiempo habían renunciado personas brillantes (sus palabras, no las mías, y ella contaba a los que renunciaron mucho antes de llegar a trabajar ahí), y que por mucho que alguien cometiera errores había que tratarlos como personas. Resultado: el dueño habló directamente con el jefe, y según las palabras de los demás, quienes se animaron a comentar después de que la chica me hubo dicho todo, “el jefe se estaba comportando de una forma tan tierna que hasta daba asco” (de nuevo, sus palabras, no las mías).

El jefe hizo su aparición media hora después de la hora acordada. Me saludó, pidió algo de comida, y después se puso a platicar de forma normal. Yo nada más lo escuchaba, le respondía sus preguntas o comentaba sobre algún tema que él sacara, pero hasta ahí.

Todo terminó un par de horas después. Caminamos hasta la estación y de ahí cada quien se fue por su lado. La chica se iba en la misma línea que yo, por lo que nos subimos al mismo tren, y ahí ella me contó con más detalle cómo había estado el show: se había enterado de que el jefe en sí no tenía mucha experiencia en el puesto y que lo ocultaba mostrándose súper estricto en todo lo que pedía. Me aseguró que su actitud no es normal ni siquiera en Japón, y que muchos de sus amigos (de ella) le aconsejaban que mejor se saliera de ahí y buscara en otra parte porque, en pocas palabras, no valía la pena estar ahí. Unas cuantas estaciones después, ella se despidió, y yo por fin cortaba relaciones con esa empresa.

Siempre he dicho que no es malo no saber. A fin de cuentas todos podemos aprender lo que sea con sólo proponérnoslo. Lo malo aquí fue que el jefe trataba de ocultar eso por medio de dureza hacia sus empleados. No es malo hablar con tu gente y exigirles un buen trabajo, pero hay que tener siempre en cuenta que son personas, y que como tales, pueden cometer errores. Si es necesario corregir algo, hay que hacerlo de forma firme, pero nunca minimizando lo que tus empleados pueden hacer ni maximizando lo que tú dices saber. Manejar gente es un trabajo difícil, pero de nuevo: nunca hay que olvidar que son personas con las que uno trata.

Sólo espero que el cambio que me decían que había mostrado el jefe no sea temporal, porque si no, la rotación de personal del área de sistemas de esa empresa será cada vez más alarmante.

Luz

Esos 9 meses que viví fueron de lo más duro que me ha tocado experimentar en mi vida. He tenido la fortuna de trabajar en empresas pequeñas y grandes, y sé que se manejan diferente; el trabajo no termina y hay que dar siempre el mejor esfuerzo, pero hasta antes de experimentar lo aquí relatado nunca había tenido el sentimiento de sentirme totalmente inútil, ni tampoco que eso afectara mi salud de la forma en la que lo hizo. Sí, a final de cuentas es experiencia y ahora lo puedo compartir con todos ustedes, pero hay que saber también valorarse como persona y valorar lo que uno sabe hacer. Conocer tus virtudes y tus debilidades es primordial para seguir adelante y cumplir tus objetivos: sabes en qué eres bueno y qué areas necesitas echarle más ganas. Gracias a eso siempre hay metas a alcanzar, retos que afrontar y responsabilidades que asumir. Fallar y equivocarse es también parte del proceso de aprender. Nunca hay que tenerle miedo a eso.

En ese trabajo corroboré que ese estilo de vida no es para mí (porque de entrada para mí eso no es vida en lo absoluto), y me di cuenta de una debilidad que tengo y que ya estoy trabajando en ella. Conocí también gente nueva que me motivó a aprender más de un área que yo pensé que tenía perfectamente dominada, lo cual sinceramente me dio mucho gusto y también pude experimentar de primera mano lo cuadrada que puede llegar a ser una empresa japonesa.

Fue una etapa difícil. No obstante, hubo gente que siempre estuvo conmigo, siempre me apoyó, escuchó mis quejas y me ayudó a desahogarme cuando más lo necesitaba. Gracias a ellos reencontré la fuerza para salir adelante y conocí un poco más de mí. Correos, cartas escritas, idas a café, chats, salidas a parques de diversiones, retas en las arcadias, teléfono… de muchas maneras recibí apoyo de mucha, mucha gente, y aunque se los he dicho en persona, quiero de nuevo externarles mi más profundo agradecimiento por todas sus atenciones y por aguantarme tanto. Prefiero no mencionar nombres, porque eso les pondría un orden y eso sería injusto, ya que aprecio equitativamente toda su ayuda. De la misma manera, hubo gente que, aunque no tengo el placer de conocer personalmente, me dedicaba un tweet, un mensaje en Facebook o un correo, en donde me deseaban suerte o me hacían saber su preocupación por la situación que estaba pasando. A todos ustedes: muchas gracias.

En cuanto a esa empresa, sinceramente espero que tenga éxito. La idea del dueño es muy buena, y como mencioné antes, tiene visión y se guía por ella. A todas las personas que conocí ahí les deseo lo mejor, y que quienes no tienen sueños porque el trabajo no les da tiempo para pensarlos, que se hagan de él para sentarse a pensar qué clase de vida quieren llevar. Es perfectamente posible echarle todas las ganas al trabajo y tener vida personal al mismo tiempo. Nada más falta que se den cuenta de ello.

El nuevo trabajo es pesado, como cualquier trabajo puede serlo. Pero al menos el trato que recibo es completamente diferente, y en los casi 3 meses que estado ahí siento que he sido mucho más productivo que en los 9 meses que aquí relato. Hay planes para el futuro y una meta que cumplir. Tomará tiempo, cierto, pero estoy convencido que es la mejor opción que tengo en este momento. Eso sí: el mañana siempre es incierto, y hay que estar lo mejor preparado posible para afrontar lo que viene.

Viví en la oscuridad durante un tiempo, pero gracias a muchos factores, la luz regresó a mi camino.