“Marranez”

Ustedes disculparán que utilice una palabra inexistente, pero en verdad creo que ninguna de las que están en el diccionario puede describir la situación en la que me encontraba. Noten el tiempo verbal usado en “encontrar”.

Para ponerlos en contexto, permítanme presentarles al protagonista y causante de todo:

Saben buenísimos

“Pota Pota Yaki”, un senbei (como una galleta) sabor azúcar y salsa de soya.

El año pasado estos fueron mis fieles compañeros durante mis momentos más difíciles. Sea cual fuera el pretexto, diario estaban conmigo después de la comida, y me llegaba a comer hasta 12 o 15 al día. Cada uno contiene 30.5 calorías, así que saquen la cuenta. Eso, más estar sentado todo el día (porque ni ejercicio hacía), más las 3 comidas diarias es la receta perfecta para estar más o menos así:

Does whatever a spider pig does ♪

Si bien antes de la depresión no estaba realmente en forma, el medicamento, el sedentarismo y la ansiedad se combinaron para implantar un nuevo récord en mi nivel de marranez: 98.8 kg.

Estoy casi seguro de que en algún momento llegué (o incluso rebasé) los 100 kg., pero no solía pesarme. Esos 98.8 son “oficiales” porque fue lo que pesé en mi revisión médica anual, la cual fue en noviembre de 2021, pero de ahí a enero de este año, cuando decidí ir al médico más bien forzado a hacerlo por tener el ácido úrico alto (entre otras cosas que no salieron muy bien en los estudios que me hicieron) es casi un hecho de que había subido de peso. Pero desde el momento que decidí que, una vez saliendo de la clínica me iba a poner en serio a ver cómo diantres bajaba de peso, no me quise pesar… por miedo a ver un número de 3 cifras en la báscula.

Pero he de confesar algo: justo antes de entrar a la clínica atravesé la calle para ir al 7/11 a comprarme un “melon pan” (acento omitido intencionalmente para que lo lean como se pronuncia メロンパン, que “nada más” tiene como 500 calorías. Fue mi último gusto antes de dar el siguiente paso.

Parecen conchas, pero no saben igual

A partir de ese día a mediados de enero, hice una serie de cambios que, si bien pueden parecer simples, la verdad es que no lo son; y no es por vanagloriarme, sino que realmente cuesta mucho trabajo la transición: primero decidirse a hacer algo, luego ponerlo en práctica, y después mantenerse firme en la decisión tomada. Nunca de los nuncas me burlé de nadie que estuviera siguiendo una dieta, pero tampoco entendía el gran esfuerzo que requiere hacerlo.

¿Cuáles fueron esos cambios?

  • Minimizar los carbohidratos. Adiós pan, arroz al mínimo. Ni pensar en comprar tortillas
  • Caminar al menos 4 km diarios. Me recomendaron 10,000 pasos al día, pero trabajando desde casa y con el tiempo contado, me he acostumbrado a caminar entre 4 y 5 km diarios, que ronda entre los 7 y 8 mil pasos.
  • Comer tantas verduras como pueda. Cambié los tazones de arroz de cada comida por ensaladas.
  • Huelga decirlo, pero dejar los dulces, galletas y similares. Para combatir la ansiedad me compré un bote de chicles y siempre lo tengo al lado. 2 calorias por chicle.

Ya. No voy a gimnasios, ni tengo un régimen de entrenamiento “pesado”. Me gusta mucho hacer ejercicio, pero decidí llevármela tranquila y confiar en que lo anterior diera resultados. Además, el hecho de caminar diario me ayudó a descubrir otro pasatiempo que realmente pensaba que no era para mí: los audiolibros. Ya escribiré más detalladamente al respecto, pero he “escuchado” una gran cantidad de obras durante todos estos meses.

Pero sobre todo, la motivación más grande era sentirme bien.

Emi decía que parecía que tenía una pelota en la panza. Mi hijo mayor decía que estaba gordísimo. Yo hacía oídos sordos a los comentarios…o eso quería creer. La realidad es que sí me comenzó a afectar el hecho de que los demás me percibieran así… pero lo más sorprendente (para mí) fue que realmente NUNCA pensaba que estaba gordo. Me veía al espejo, incluso completamente desnudo, y me decía “es que la verdad no me veo tan gordo”. Les juro que así me veía y así pensaba. Pero el “bajón” a la realidad fue cuando vi los resultados del examen médico. Los números no mienten. Mi autopercepción podía ser complaciente, pero los datos ahí estaban, y si continuaba de esa forma, estaba aumentando las probabilidades de contraer alguna enfermedad grave (o crónica).

Entendí lo que dicen: te llega el momento de decir “voy a cambiar”, pero no influenciado por opiniones o comentarios de terceros, ni por impresionar a alguien más. Es por ti, para ti, y solamente para ti.

No les miento: el primer mes fue muy difícil. Las verduras siempre me han gustado, así que por eso no había problema, pero quedarse con la sensación de “todavía quiero comer, pero ya no debo” es una tentación enorme. Y todavía lo fue más ahora que estuve en México en mayo. Imagínense lo que es querer atascarse de todo lo que no puedo comer de este lado del charco y tener que limitarse, y en algunos casos hasta abstenerse, de degustar algo de la rica gastronomía mexicana.

Todo, sin embargo, rinde frutos si se es constante. Y hoy les quiero compartir, o si quieren hasta presumir (aquí sí voy a ser presuntuoso por un momento), lo siguiente:

Me peso cada semana

La primera meta que quería cumplir era tener un 7 en las decenas de mi peso. Mido 1.73 metros, por lo que mi peso ideal será entre 73-75 kg, pero lo que quería llegar a ver primero era ese mágico 7, al que no veía desde hace… quizá más de una década.

Pero aquí no termina todo. Si bien sería excelente llegar a mi peso ideal (y mantenerlo), la siguiente meta es 76 kg. Y ahora tengo una motivación extra, que hago pública aquí:

Al llegar a los 76kg, me voy a aventar del Bungee Jump por primera vez en mi vida

Hasta planeo tomar video y hacer transmisión en vivo cuando lo haga. ¿En dónde? No sé. ¿Cuándo? Tampoco sé. No tengo prisa. Siempre he querido aventarme del Bungee para experimentar esa sensación, pero Emi me decía que, por mi peso, no quería que lo hiciera. Así que le dije “Bueno… entonces ahora que estoy bajando de peso, si llego a 76 me voy a aventar”, a lo que comentó que estaba bien, porque era algo que yo quería hacer y sería una buena excusa para seguir bajando de peso.

Así que… la aventura todavía no termina 😀 Estén al pendiente. Avisaré con tiempo cuando haya llegado el momento, porque la verdad, o mejor dicho, la neta, sí quiero compartir ese momento con quien quiera verlo.

自分らしさ

Durante una buena cantidad de días estuve pensando en cuál sería un buen título para este escrito, pero no se me ocurría realmente nada. Ha pasado tiempo desde la última vez que escribí aquí (pero he seguido respondiendo comentarios), y quería reflejar en palabras, tan concisas como sea posible, lo que ha acaecido acá con su servilleta. Ayer, que de plano andaba pensando en otra cosa mientras salía a caminar con mi hijo (el menor), de repente me vino a la mente la palabra que fue elegida y que ahora ven como la corona de esto. No obstante, lo más curioso es que en cuanto me vino a la mente, ya estaba decidido que no la iba a traducir, y que así se quedaría para la posteridad.

Obviamente no quiero hacerlos leer un ensayo antes de explicar el significado de dicha palabra.

自分らしさ se lee “jibun rashisa”, y simplemente significa “individualidad”, “personalidad”, es decir, las características que hacen que uno sea único.

Hace poco más de un año, mi terapeuta en Guadalajara me dijo que tendría que encontrar nuevas formas de lidiar con el estrés, de saber enfrentar situaciones con determinadas personas, y sobre todo, redefinirme a mí mismo, para evitar volver a caer en el estado en el que me encontraba (que neta no se lo deseo a nadie). En ese entonces, por mi cabeza lo único que tenía cabida era imaginarme cómo sería no sentirme de esa manera; añoraba, y veía muy, pero muy lejano, el día en el que pudiera despertar y decir que me sentía bien; sencillamente, se sentía imposible. Un gran amigo en Guadalajara me decía que a él le tomó como año y medio considerarse fuera de depresión. Yo, por mi parte, pensaba que no llegaría a final de año, y no porque me quisiera suicidar ni mucho menos, sino porque pensaba, no, sentía que la situación me iba a terminar doblegando, que no importaría cuánto me pudiera esforzar, seguramente ese sentimiento de angustia me iba a terminar “comiendo”. Todo era una catástrofe. Y aun así, tenía que seguir trabajando, siendo esposo y padre de familia. No veía tiempo para mí, pero no es que no lo tuviera, sino que el poco que estaba disponible lo ocupaba en pensar lo miserable que me sentía.

De ahí salió lo de la categoría “El pozo”. “La escalera” fue la contraparte: la esperanza de encontrar los peldaños que me ayudarían a salir de la profundidad y oscuridad en la que me hallaba envuelto. Quería aferrarme a algo, lo que fuera, con tal de palpar esa esperanza, que a decir verdad sonaba más como un sueño inacanzable que como una meta asequible. En pocas palabras: estaba desesperado.

“Redefinirme a mí mismo”. “Buscar nuevas formas de defensa”. “Aceptar la situación no significa que uno se tiene que conformar con ella, sino que es el primer paso para salir de ella”. Muchas de las técnicas y consejos de mi terapeuta, de otros grandiosos conocidos por internet, de grandes amigos y de la familia, tenían sentido, pero… ¿cómo lograrlo? NPI, al menos no en esos momentos.

Hoy es 12 de agosto de 2022. Creo que por fin comienzo a entender todo eso.

Aceptarse a uno mismo. Creía que lo hacía (y que lo hacía muy bien), pero me di cuenta de que no era cierto. Me castigaba mentalmente, y en la gran mayoría de las veces inconscientemente, por muchísimas cosas que no había logrado, que no sabía cómo hacerlas y que creía que debería saber. Estaba 100% seguro de que no estaba tratando de ser alguien diferente debido a las expectativas que otros tienen de mí, y era cierto: la presión social, comentarios negativos, burlas, etc., realmente no me afectaban. No obstante, estaba increíblemente presionado por agradarle, por gustarle, por tener aunque sea un poquito de aprobación de una sola persona. Y el resultado fue que, sin querer, estaba viviendo totalmente para eso. Mis energías eran dedicadas en casi su totalidad en que esa persona volteara y me dijera cualquier palabra, o ni eso, aunque fuera un simple gesto, de aprobación. Y fueron muchos, muchos años con esa mentalidad a cuestas. Esa persona era una sombra siempre presente, siempre exigente y demandante, y yo no lo notaba porque para mí era normal sentir esa presión, esa angustia leve pero constante, por tener su atención y por poder satisfacer sus demandas tanto como me fuera posible.

Esa persona tiene nombre, pero prefiero nombrarla por un pronombre que creo que lo hace mucho más directo: YO.

Muchos de ustedes, los pocos o muchos que lean esto, pensarán que de plano ya ando chocheando, ya di el rucazo, ya valí verdura o cosas similares. Bueno… la edad no me la puedo quitar (pinches años, sí pesan), peeeeeero, la experiencia tampoco me la puedo quitar. Ni moño jovenazos, más sabe el diablo por viejo 😛

Y es que todo comenzó a tener sentido cuando esa enorme sombra que envolvía tomó forma y nombre. Y ahí me cayó el veinte de “redefinirme a mí mismo”… o al menos eso creo.

Vamos a ver si lo puedo poner en palabras:

Siempre he creído que la esencia de una persona realmente no cambia, por muchos razgos de su personalidad que puedan variar con el paso de los años. Para mí, mantener esa esencia siempre ha sido como mi filosofía de vida; por algo el dicho japonés (bueno, no es propiamente un dicho, es un 四字熟語 (yojijukugo, una frase idiomática compuesta por 4 caracteres) 初志貫徹 (shoshikantetsu) es la firma en mi correo personal (significa algo así como mantener siempre la intención original de uno. Matener siempre los ideales). El problema no es tanto que la filosofía esté mal, sino que, bajita la mano, exageraba en su aplicación (repito, de forma inconsciente). Entonces era de estar siempre, siempre, con la mente en alcanzar ese ideal que andaba en mi cabeza, pero de verdad: siempre. No está nada mal tener una meta y que todo tu esfuerzo vaya encaminado hacia ella; lo que está mal es que esa meta se convierta en obsesión, y que te olvides del aquí y del ahora, o mejor dicho, que lo intercambies por el “hubiera”, “debería”, y que por ellos todo lo demás se nublara, perdiera validez, emoción, diversión. Decía que yo nunca he buscado la perfección, pero la imagen que perseguía era la de mi yo “perfecto” (bajo mi lupa, claro), y así estuve durante muchísimo tiempo, hasta que de plano todo se juntó y “explotó”, y sin esa imagen o sombra siempre vigilante… ¿qué o quién iba a ser yo ahora? ¿Por qué, si siempre había sido fiel a mis principios, no sentía realmente que hubiera avanzado en mi vida, que había alcanzado metas (si bien no necesariamente las que yo quería, pero metas a fin de cuentas) y que, comparativamente hablando, estaba mejor que antes? Esa sombra se hizo mucho más pequeña y translúcida, lo que significaba que ya no me estaba arriando a donde ella quería, lo que me dejó completamente perdido, desolado, y con la zozobra de que ní sabía quién era, qué había hecho y a dónde quería ir. Es más: sí sabía a dónde quería ir, pero me angustiaba no tener idea de cómo iba a llegar ahí si ahora la única guía que me había estado llevando de la mano (y dándome latigazos gratis) ya no furulaba. Ésa nueva guía, esas nuevas formas, son la redefinición que estaba buscando.

Pero lo mejor del caso es que:

  • No estoy 100% seguro de que realmente esa sea la redefinición
  • Pero me vale. Acepto la idea y la echo a andar
  • Porque, total, lo peor que puede pasar es que no sea por ahí, pero en lo que me doy cuenta quizá el verdadero camino sale a la luz
  • Y la mugre sombra ahí está, y seguirá estando por siempre, pero no es ni grande ni mandona ya. Sí, da lata, y qué más quisiera yo mandarla a ver gatitos, pero como no se puede, lo mejor es decirle que simona la mona pelona, dejarla que siga en su rollo, y yo mientras atiendo otras cosas

A lo que voy es que estoy aceptando aplicar en mí mismo lo que he aplicado desde siempre con otras situaciones en las que tenía que aprender algo: nunca tener miedo de comenzar algo, nunca pensar en que no voy a poder con X o Y problema, sino entrarle a los fregadazos y buscar la manera de resolverlo, y si no se puede, documentar qué se hizo para que a la próxima ya sepa que por ahí no es. Pero todo en mí, hacia mí, para que esa sombra no comience a crecer de nuevo de forma inconsciente y me vaya a ir mucho peor que antes.

Así que: adiós yo, y hola de nuevo, yo. Ya que me di un enorme clavado en mi mente y me di cuenta de lo jija de la fregada que puede llegar a ser si uno no la controla, ahora comienza esa redefinición, esa 自分らしさ que tanto quería sacar pero que por la misma obsesión nomás no se dejaba.

Creo que hoy puedo decir que ya estoy fuera del pozo, pero he entendido que no es posible taparlo y que siempre va a estar ahí. Entonces, lo mejor es saber que ahí está, poner un letrero que diga “Cuidado, pozo”, y no darle mayor importancia. El pozo es un agujerito que está en medio de un enorme mar de ideas y pensamientos. Ese letrerito me ayudará a recordar que ahí está y que tengo que tener cuidado porque me puedo caer.

Como siempre, los Simpson lo habían predicho

2 años después

Voy a centrarme nada más en el tema de este escrito. La actualización respecto a lo que al blog se refiere la haré en otro.

Hablaré (escribiré) con la verdad: han sido 2 años que se han sentido como una década. Y es que todo se juntó: pandemia, trabajo, estado mental no adecuado, encierro, miedo… Pero, ¿qué les cuento a ustedes? Si todos pasamos por lo mismo. Nadie veía venir una pandemia, ni que fuera a durar tanto. Recuerdo que uno de mis amigos la minimizó por completo (incluso burlándose) porque decía que no habría tantos muertos y en poco tiempo se iba a acabar. Van más de 2 años, y aunque ya se ve una salida, todavía no llegamos a ella.

Y dentro de todo eso, un día como hoy, justo hace 2 años, justo a la hora en el que esto vea la luz, me convertí en padre por segunda vez. Todo en medio de una emergencia sanitaria, pero con todo y miedo, mi segundo hijo vino a llenar de alegría nuestras vidas, independientemente de la situación.

Dicen, con mucha razón, que los niños tienen ese poder mágico que te hace sonreír aunque por dentro te sientas morir. Y en mi caso ha sido algo más o menos así, literalmente: no me quería morir (obviamente), pero la forma en la que me sentí una gran parte del año pasado era terrible, al grado que, como ya he referido antes, pensé que de verdad no iba a terminar el año.

Lamento mucho que, debido a mi estado emocional, el año pasado cambié mucho con mis hijos. Ahora, con los sentimientos y la mente en un estado mucho más favorable y gracias a la ayuda de muchas personas, me doy cuenta de que no se debe a que ya esté viejo (no manchen, tengo 43 apenas :P) el hecho de que perdiera tan rápidamente la paciencia y que no fuera tan tranquilo y sereno con mi hijo chico como lo fui con el grande cuando era un bebé. Las cosas como son: perdí (aunque no por completo), un año de convivencia con mi familia. Pero tenía que mejorar, quería mejorar, y hoy en día todo se ve mucho muy diferente.

Mis hijos han crecido, pero quizá el que más creció ha sido yo.

Entre tanta cosa que sucede en el día a día y las responsabilidades de padre y jefe de familia, he aprendido a aceptarme nuevamente; recordé cómo ser analítico, y poco a poco, insisto, con ayuda de muchos personas, he ido retomando las riendas de mi vida y he aprendido a no autoflagelarme, especialmente por cosas que ni estaban bajo mi control. Pero lo mejor de todo ha sido ser padre, con toda la inexperiencia que uno tiene. No obstante, es ella la “estrella” del show, y el sentimiento y satisfacción de volver a aprender algo se siente al final de cada día. Aunque claro… no voy a negar que a veces en la noche ya pido esquina.

Gracias por llegar a mi vida hijo. Escucharte balbucear en español y japonés, correr, señalar, llorar, comer… todo, hace que cada día valga la pena (nada más duérmete temprano, por fa).

¡Feliz cumpleaños!

¡Feliz año 2022!

A la fregada se va el año de la vaca que tantos retos trajo, incluyendo la situación más dura en mi vida (hasta el momento).

Este año es el del tigre, y espero que sea el mejor de sus vidas. Pásenla muy bien en compañía de sus seres queridos, y aprovéchenlos mientras los tengan cerca. Yo me tengo que alistar para comenzar a trabajar este año, pero sí me tomaré un descanso un poco más adelante.

Un gran abrazo, y por aquí sigo a sus órdenes.

Conociéndome a mí mismo, de nuevo

Una de las muchas cosas que me aconsejaron en terapia fue la de encontrar nuevos mecanismos de defensa contra las situaciones de estrés, puesto que los que tenía habían sido destruídos y tenía que volver a formarlos, porque los que tenía ya no me iban a volver a funcionar. Bien, he dedicado una buena parte de mi tiempo a eso; he encontrado algunos que han funcionado y otros que han fallado. Sin embargo, después de un buen rato de pensar, sentí la necesidad de autoconocerme otra vez para ver si es posible reconocer patrones y de ahí encontrar nuevos mecanismos de los ya mencionados.

Sin duda, la ayuda y el apoyo que recibí de amigos y conocidos ha sido valiosísima. Durante esas interacciones pude darme cuenta de varios de los factores que desataron todo lo que me pasó durante este año, y me di cuenta de que al fin podía enfrentarme a unos que había preferido enterrar; creía que le mejor opción era simplemente ignorarlos, pero la realidad es que ni podía, ni tampoco quería, puesto que las quejas indirectas eran recurrentes.

Esta entrada intenta ser un espejo de mí mismo en este momento, cuando está por terminar el 2021. Ojalá que en años posteriores cuando lo vuelva a leer, haya crecido y dejado atrás todo lo malo, y pueda referirme a este año como uno de profundo aprendizaje.

¿Por dónde empezar?

Continue reading “Conociéndome a mí mismo, de nuevo”

El 2021 en un kanji

Kanji de los años anteriores:

  • El 2019 en un kanji

  • El 2018 en un kanji
  • El 2017 en un kanji
  • El 2016 en un kanji
  • El 2015 en un kanji
  • El 2014 en un kanji
  • El 2013 en un kanji
  • El 2012 en un kanji
  • El 2011 en un kanji
  • El 2010 en un kanji
  • El 2009 en un kanji
  • El 2008 en un kanji
  • El 2007 en un kanji

  • Este año no le tuve que pensar mucho. Hubo un suceso que lo marcó desde el inicio, y aunque pensé que sería bueno no catalogar mi año con este kanji, decidí hacerlo tanto para enfrentarlo y aceptarlo, como para dejar registro fiel de lo que ha sido este periodo de tiempo.

    El kanji se lee “utsu”, y uno de sus significados es “depresión”.

    A decir verdad, todo este rollo comenzó justo a finales del año pasado. Recuerdo como me la pasé trabajando 4 días, de 6 AM a 11 PM después de salir de vacaciones porque me aterraba no poder entregar resultados. Ése fue el momento en el que todo explotó… y de ahí todo se fue para abajo.

    Si ustedes me hubieran preguntado entre enero y abril si creía que iba a terminar el año, invariablemente mi respuesta habría sido un rotundo “no”. Y no, no era que tuviera pensamientos suicidas; realmente sentía que me ahogaba, que no era capaz de resolver ningún problema, que sencillamente era un fracaso. Veía el fin del año como algo a años luz de distancia, no porque pensara que mágicamente todo se arreglaría en cuanto 2022 comenzara, sino porque no me podía imaginar cómo iba a pasar todos esos meses en el estado en el que me encontraba.

    Para mi fortuna, he recibido mucho apoyo de gente que realmente se preocupa por mí. También decidí buscar ayuda profesional, y heme aquí, no al 100%, pero definitivamente mucho mejor. Sigo en el proceso de buscar nuevas bases mentales que me ayuden a enfrentar los problemas del futuro, pero es un gran avance.

    Escribiré más al respecto en otra entrada.

    El kanji del 2021 en Japón

    Este año no le seguí la pista como antes, pero como sigo la cuenta oficial en Twitter, de repente me encontré con el anuncio oficial, el cual, siendo sinceros, se me hizo totalmente X:

    See lee principalmente “kin”, y significa “oro”.

    Las principales razones por las que fue elegido son:

    • La destacada participación de la delegación japonesa en las olimpiadas de Tokio 2020, que como todos saben se celebraron este año después de haber sido pospuestas por el coronavirus
    • El increíble desempeño de Shohei Otani en el béisbol de las grandes ligas. En japonés, lograr un desempeño que será recordado por muchísimos años se expresa 字塔を打ち立てる (kinjitou o uchitateru)

    Digo que se me hizo X porque este kanji casi siempre es el elegido cuando hay olimpiadas, por lo que lo hemos visto en años anteriores: 2016 y 2012.

    Aunque para muchos el haber celebrado las olimpiadas en medio de la pandemia puede sonar como un éxito y algo que celebrar, la verdad es que para los que vivimos en Japón, y concretamente en Tokio, fue más un evento que causó polémica. Yo sinceramente pensé que se cancelarían, pero no fue así, pero no se permitieron espectadores en los eventos realizados en Tokio (porque hubo otros que se llevaron a cabo en otros lugares: en Sapporo, por ejemplo, fueron los maratones, para evitar el calorón que hace en Tokio durante esas fechas). El caso es que las olimpiadas pasaron, Japón ganó muchas medallas olímpicas, y a final de cuentas a la gente le gustó.

    Como es costumbre en estas entradas, les deseo lo mejor para el siguiente año. Pásenla muy bien en compañía de sus seres queridos, o si no les es posible, pásenla bien aunque estén lejos de los que aman. Espero de todo corazón que nadie tenga que pasar por lo que he pasado yo durante 2021, y si alguien está en una situación similar: NO ESTÁN SOLOS. Analicen en dónde están ahora, y pidan ayuda si la requieren. SE VALE ESTAR TRISTE, PERO TAMBIÉN SE VALE PEDIR AYUDA. No es signo de debilidad mental, ni nada por el estilo. No todo es una prueba para ver si podemos salir adelante por nuestra cuenta; hay que aprender a reconocer cuando las cosas se salen de nuestro control y que necesitamos quién nos eche la mano.

    Un gran abrazo a todos.

    Nivel 43

    Híjole. Tenía el plan de escribir algo especial hoy, pero las obligaciones como papá simplemente me quitaron la energía para hacerlo. Tendrá que esperar hasta este fin de semana.

    Sin embargo, no quería dejar pasar este día sin escribir siquiera un mensaje corto aquí. He aprendido muchísimo durante este año sobre todo de un tema que, hablando francamente, no conocía por completo: yo. Todo este rollo de la depresión me ha hecho ver el mundo desde otra perspectiva diferente, una que creía conocer pero que en realidad apenas siquiera medio entendía el concepto. De ahí que ahora, en vez de años, hablo de niveles de experiencia, como en los RPG.

    Lo viejo no se me va a quitar, pero todo lo demás es tratable, y a eso me voy a dedicar.

    Más detalles en el siguiente escrito, que espero que salga este fin de semana.

    Saludos, y aquí sigo.

    Hablando de seguros

    Hace poco más de un mes, entre esos raros días del verano japonés donde por extrañas razones no hace tanto calor, no hay un tifón cerca pero sí está soplando el viento como si de uno se tratase, tuve la mala fortuna de pegarle a la puerta de un carro con mi puerta en el estacionamiento de un supermercado. Lo que más me dolió es que ni siquiera tuve oportunidad de reaccionar porque el viento me arrebató la puerta justo en cuanto la abrí…

    En el carro al que le pegué no había nadie. Revisé inmediatamente los daños esperando que no fuera a ser tan notorio, pero obviamente lo era. No obstante, no era un golpe tan extremo, pero de cualquier forma tendría que hablarle al seguro para avisarles y que se hiciera lo necesario para reparar el daño. He de ser sincero: si me hubiera dado a la fuga probablemente nadie hubiera notado nada. Sin embargo, recordé que hace muchos años a mí mi tocó que le pegaran a mi carro de forma similar y la persona esperó a hablar conmigo en vez de ignorar el asunto; además, la verdad no me iba a sentir nada bien conmigo mismo si no me hubiera hecho responsable. Así que, a esperar a que el dueño llegara.

    El tiempo que transcurre entre que comienzas a esperar y que el dueño aparezca parece eterno, y te pasan muchas cosas por la cabeza: la clase de persona que será, las posibles reacciones que tendrá ante el percance, represalias en caso de que sea alguien conflictivo (sí, también los hay por este lado del charco), y un montón de etcéteras que lo único que hacen es alimentar una ansiedad que de por sí ya está a flor de piel.

    Después de unos 10 minutos llegó aquella esperada persona: una señora de unos 60 años que había realizado compras cotidianas. Ahora, imagínense la reacción de dicha señora al ver que de repente un extranjero la saluda, le explica lo que pasó y le pide que vean juntos el daño, no sin antes asegurarle que el seguro pagará los daños. Les doy 10 segundos…

    Su primera reacción fue de susto, que ahora que lo pienso mejor podría ser clasificada hasta como de terror: brincó hacia atrás al ver su puerta, y era notable que intentaba tener la menor interacción posible conmigo porque se alejaba de mí y trataba de mantener su distancia. Afortunadamente, se calmó y me dijo que en cuál compañía de seguros estaba mi carro, y cuando le respondí, me dijo que ella personalmente quería hablar con mi representante. Asentí y marqué por teléfono, explicándole al representante lo que la señora quería, pero ella se negó, y me dijo que ella quería marcar directamente desde su teléfono. Ahí entendí qué estaba pasando: ella estaba siendo precavida tanto en dar sus datos personales como en que no estuviera siendo estafada por mí, ya que podría ser que yo me hubiera puesto de acuerdo con alguien para asegurarle a ella de que los daños serían reparados y después simplemente desaparecerme. El representante dijo que no había problema, por lo que le pasé los datos a ella y, acto seguido, marcó. Su rostro mostró cierta tranquilidad al corroborar lo que yo le había dicho, e incluso mencionó que le daba cierta tranquilidad el hecho de que la hubiera esperado, porque era más fácil huír del lugar y hacerse de la vista gorda.

    Con todo, nunca me quiso pasar sus datos. Yo tuve que corroborar que el representante ya tenía los de ella para poder también estar en paz. Al final, y después de unas 10 disculpas profundas de mi parte, la señora me dijo que no había problema: confiaba en que los daños se pagarían y que todo estaba bien. Me agradeció mucho todo y se fue.

    Hasta aquí todo está, digamos, normal. Y así estaba hasta que recordé lo que un policía me dijo una vez: hay que dar aviso a la policía ante cualquier accidente, por mínimo que sea. Hablé aterrado con el representante de seguros y me dijo que, aunque era cierto, en este caso no era necesario por las siguientes razones:

    • La persona afectada ya había confirmado que no había nadie en el carro cuando sucedió el accidente
    • Yo estaba plenamente consciente de que había sido mi culpa

    La policía llega a dar parte de un accidente para determinar que no hay heridos y deslindar responsabilidades. El seguro necesita una declaración formal de la policía para estimar cómo y de cuánto va a ser el pago necesario, pero como en este caso las dos partes estaban de acuerdo en que todo era 100% de mi lado y no había nadie en el carro en el momento del golpe, el seguro se podía usar sin mayor problema.

    Al menos eso era un alivio… hasta que vino la parte “fea”:

    Debido a que cualquier golpe a otro carro se trata como accidente, la cuota mensual del seguro aumentará por 3 años en un total de 110,000 yenes. El representante me dijo que si la reparación salía en menos de eso, me convenía mejor pagarlo de mi bolsa para que la cuota no se incrementara. Suena lógico, pero de todas formas es una buena cantidad la que tendría que desembolsar.

    El golpe había sido algo realmente pequeño, algo que un buen laminero en México repararía por una cantidad justa y haría un trabajo profesional (sí, conozco el trabajo de varios lamineros en mi rancho y son realmente buenos), así que por un instante pensé que no sería tanto, pero recordé que esto es Japón y aquí para todo hay protocolo… Además, hace también muchos ayeres un amigo tuvo un accidente similar y el chistecito le había salido en 70,000 yenes (que su seguro pagó).

    Llegó el presupuesto de la reparación: 120,000 yenes más el costo de renta de un carro provisional mientras el de la señora estaba en reparación. O sea: a usar el seguro.

    El representante me dijo que de una vez reparara mi carro también con el seguro, ya que de cualquier forma iba a user usado. El daño que tuvo mi carro es realmente mínimo, al grado que hay que estarlo buscando para poderse dar cuenta de que tiene un par de raspones. Hoy pregunté en la agencia del carro y el señor que ha sido el que me ha atendido desde el año pasado me dijo:

    “Si fuera yo, no lo repararía. Es un daño mínimo y prácticamente ignorable. Pero como de todas formas vas a usar el seguro, pues vamos reparándolo. Hay que cambiar toda la parte de abajo de la puerta”.

    TODA LA PARTE DE ABAJO DE LA PUERTA POR DOS RASPONES

    Digo, sí, el seguro va a pagar, pero no manchen, sí que se van a los extremos aquí. Estoy casi seguro que un buen laminero en México se aventaría el trabajo en un par de horas, me cobraría mucho menos y todo sería de gran calidad (insisto: sí confío en los mecánicos de México, al menos en los que he conocido).

    Al final, la lecciones aprendidas fueron:

    • Obviamente hay que tener seguro para andar en carro aquí, Ya lo sabía, pero esto me lo volvió a recordar por si lo iba a olvidar algún día en mi vida en Japón. Si no hubiera tenido seguro, quién sabe en qué lío estaría hoy
    • Si un accidente del calibre del que tuve sale en 120,000 yenes, no quiero ni pensar en lo que sale uno más estrepitoso
    • NUNCA soltar la puerta del carro al abrirla cuando haya viento. No quiero más sorpresitas como ésta
    • Ya le bailé con 110,000 yenes durante 3 años

    Así de divertidas las cosas por acá. Afortunadamente no hubo personas lesionadas ni fue un accidente que lamentar (más de lo que ya lo he lamentado).

    6 años 6

    Otra vez el tiempo pasa volando. Y al igual que el año pasado, el título no es un error.

    Hablando del año pasado, desde entonces me medio imaginaba que la situación global por el coronavirus seguiría en estas fechas, pero no pensaba que lo hiciera con la magnitud que ha presentado. Y si consideramos lo pésimo que el gobierno japonés ha manejado la pandemia, definitivamente no se ve para cuándo.

    Justo en el momento que este escrito vea la luz, mi hijo cumplirá 6 años. Huelga decir que cada día y cada momento con él es único y especial, pero no puedo dejar de pensar en todo lo que nos hemos perdido por la pandemia. Hemos tratado de llevar las cosas de la forma más “normal” posible, pero ante tantas limitantes, a veces termino rascándome la cabeza para saber cómo manejarme hacia con él y su desarrollo. Y para terminarla de amolar me pasa todo el rollo emocional que ya he explicado anteriormente… En fin. Ha sido un año ciertamente pesado y lleno de retos.

    Con todo, el regocijo de ver a mi hijo crecer día a día es algo que ningún estado mental ni ninguna pandemia me puede o podrá quitar nunca. Incluso ahora que comienza a responder de mala gana, que está mostrando resistencia a ver o leer cosas en español, que está descubriendo su potencial y que convive con más niños de su edad, no hay día en que no me sienta orgulloso de él, de lo que hace y de cómo lo hace, y de cómo va desarrollando su personalidad y las similtudes y diferencias que tiene con la mía. En pocas palabras, es todo un deleite ser papá… aunque a veces pierda la calma y quiera estar un rato completamente a solas :S

    A ver, vamos listando los logros importantes alcanzados por mi hijo desde el 16 de mayo de 2020:

    • Leyó el manga completo de Kimetsu no Yaiba. Es bien “chido” poder hablar sobre la historia, los personajes, lo que pasa, lo que nos gustó y lo que no de la obra, y de cómo esperamos ver la versión animada del 遊郭編 (yuukakuhen), la parte donde pelea Tengen.
    • Vio toda la serie animada de Ranma 1/2 y leyó los últimos dos tomos del manga (37 y 38) para saber en qué terminaba. No le gustó mucho la pelea vs Saffron, pero le dio risa lo que le pasa a Shampoo cuando sale del huevo (no voy a decir más para no “espoiliarlos” :P)
    • Comenzó a ver el anime de Inu Yasha. Yo le perdi la pista con Midoriko, y ya no me acuerdo mucho…
    • Vio el anime completo de Jujutsu Kaisen. Yo me quedé en el capítulo 2.
    • Le puse un capítulo de Ruroni Kenshin y ya va en la pelea vs Shishio. De hecho tiene días practicando la canción de “Sobakasu”
    • Poco antes de comenzar la nueva animación de Dragon Quest le hablé al respecto. En las últimas semanas se ha convertido en una de nuestras actividades juntos cada semana, pues ambos estamos viendo como Pop se lleva la obra, y por ahí de paso Dai medio pelea contra los malos 😛
    • Comenzó a ver Kekkaishi. Yo ni la he visto.
    • Vio todos los capítulos de Garfield que hay en Netflix, en español.
    • Comenzó a ver Inspector Gadget también en español.
    • Ver cada semana Doraemon y Crayon Shin chan es de ley para él.
    • Comenzó a jugar Minecraft en computadora. Windows 10, lamentablemente, pero poco a poco iremos corrigiendo eso (estoy pensando usar KDE Plasma con él para que no se pierda tanto cuando comencemos con Linux).
    • Puede pelear solo vs Lynels en Zelda BOTW, y ganarles.

    Este año quiero contarle sobre la tierra media, la historia del anillo único, e iniciarlo en el mundo de Terramar. Ahora que estuve arreglando el cuarto donde trabajo, vio el libro de Foundation, de Isaac Asimov, y me preguntó de qué se trataba.

    ¿Voy bien en su educación o creen que deba ser más estricto? 😀 Es indispensable que vea Dragon Ball, y por ahí cuando vio los mangas que tiré de Aa Megami Sama (ya leerán después qué pasó) le hablé de la importancia de conocer a Belldandy, lo que obviamente causó que mi esposa me dijera que no le estuviera enseñando historias de “otaku”. Pero ustedes saben que hay secretos entre padre e hijo que es mejor que la mamá nunca se entere…

    Por todo esto y mucho, mucho más, no cabe duda de que ser papá es lo mejor del mundo… aunque a veces quieras mandar a los hijos a Marte porque ya no los aguantas y solamente quieres descansar.

    ¡Feliz cumpleaños hijo! Y excelente selección para la cena en tu día: hamburguesas. Me pregunto de quién habrá heredado el gusto por ellas.

    Nihongo ga tabemasen

    El título es una frase errónea en japonés que se ha convertido en una especie de meme entre los extranjeros que residen en el país del sol naciente cuando quieren expresar, en broma, que no entienden japonés. La frase es gramaticalmente incorrecta, pero se supone que se usa cuando uno quiere fingir que no entiende japonés, sobre todo para evitar interacción innecesaria con gente como vendedores, el “temible” cobrador de la NHK (que ya explicaré después), y en general, cualquier situación en la que no se quiera uno meter que implique escuchar a alguien o alegar algo en específico.

    Escogí el título para enfatizar que, a pesar de ya haber cumplido 18 años de vivir en Japón, todavía me falta mucho para poder comunicarme correctamente. Pensarán algunos que estoy siendo modesto, sobre todo por esto:

    Para quienes no ubiquen qué es eso, es el certificado que avala que aprobé el nivel 1 de la prueba de habilidad en el japonés, mejor conocida por sus siglas en inglés: JLPT (Japanese Language Proficiency Test). El nivel 1 es el nivel más alto de dicha prueba, y como tal, se caracteriza por ser muy difícil, ya que tienes que entender muchísimas cosas de vocabulario y gramática japonesa, incluso de expresiones que normalmente no se usan en el habla cotidiana.

    Entonces, si en 2004 aprobé ese nivel y han pasado 17 años desde entonces, ¿cómo es que digo que no me puedo comunicar correctamente? Ciertamente no tengo problemas para comunicarme en japonés, sea escrito o hablado, pero todavía hay ciertos elementos del idioma que necesito pulir, siendo el más importante, creo yo, la forma de estructurar y expresar las ideas, especialmente cuando se trata de un escrito o de algo mucho más formal. Quienes estén familiarizados con el idioma pensarán inmediatamente en el “keigo”, es decir, la manera más cortés de hablar japonés, pero no, no me refiero a eso. Vamos por partes:

    Aquellos que hayan tenido la oportunidad de venir a Japón o de convivir con la comunidad japonesa fuera de Japón sabrán que con decir una frase como “Konnichiwa” o “Watashi wa Manuel desu” es suficiente para desatar una reacción en cadena llena de “¡Oh! Tu japonés es muy bueno” (nihongo jouzu desu ne!), lo cual, dicho sea de paso, es también un meme entre la comunidad extranjera en Japón. Sí, cualquiera se da cuenta de que los japoneses están siendo bastante corteses al decir eso; no es que exageren, sino que tienen la idea de que su idioma es complicado para los extranjeros y les alegra que sepan algo del idioma (y la expresión es genuina en algunas ocasiones). No obstante, en muchos casos genera una sensación de incomodidad en la persona que recibe tales comentarios porque “se sienten” falsos: uno sabe que saber decir “¡Hola!” o “Mi nombre es Manuel” en japonés no es indicio de que uno sea bueno en el idioma o que sepa hablarlo. Pero lo más curioso del asunto es que el verdadero “halago” que uno recibe cuando realmente ya sabe hablar japonés es no recibir halago alguno. Dogen lo resume bien en uno de sus videos, en donde comenta que cuando a uno le preguntan “¿Tienes mucho tiempo en Japón?” es cuando realmente hay que sentir que se recibió un halago:

    Si no conocen a Dogen, les recomiendo mucho su canal, sobre todo si están estudiando japonés o tienen interés en el idioma.

    Sin embargo, siendo uno extranjero sigue siendo complicado estructurar una idea de tal forma que sea entendible para los oyentes, especialmente en situaciones donde se tiene que transmitir una idea de manera formal. Saber comunicarse en japonés es el primer paso, pero lo que le sigue es encontrar esa estructura correcta (y por ende, el vocabulario correcto) que permita que la idea sea entendida perfectamente, sin hacer que los interlocutores tengan que pensar (o a veces adivinar) el mensaje.

    Yo lo entiendo de esta forma:

    La razón por la que lo anterior sucede es porque aunque se entienda la gramática y se conozca mucho vocabulario, la forma de expresar una idea compleja se basa en el idioma natal y en la cultura en la que crecimos, además por supuesto de la personalidad de cada uno. En múltiples ocasiones me he encontrado con que sí se transmite lo que quiero decir pero hay mejores formas de hacerlo, sobre todo por escrito. Si quiero escribir algo largo en japonés termino estrucurándolo de la forma en la que lo haría en español. Muchas veces me han corregido escritos a pesar de no tener errores gramaticales o de vocabulario; la estructura es lo que me falla.

    Lo anterior podría parecer que es nada más mi caso específico, pero me he encontrado con escritos en japonés hechos por extranjeros, y en varios casos he notado un patrón similar. Hay por supuesto extranjeros que escriben y se expresan muy bien, a los que de plano no hay nada que corregirles, ni siquiera una pizca de entonación. ¿Yo? No, todavía no llego a ese nivel.

    Para muchos extranjeros, el nivel 1 de la JLPT es la meta del estudio del japonés. Sin embargo, una vez que llegas a él te das cuenta de que es el mero principio, y que lo aprendiste del idioma es una base muy sólida que te permitirá desarrollarlo con la práctica. De ninguna forma minimizo el esfuerzo que se requiere para poder pasar ese nivel, porque sí hay que invertir mucho tiempo y disciplina en el estudio y la práctica. No obstante, lo que sigue después de eso es todavía largo, aunque ciertamente menos complejo gracias precisamente a esa base que se adquirió.

    Escribo todo esto como forma de voltear a ver alguno de mis logros. No es para ensalzarme, ni para ponerme como ejemplo en el estudio del japonés. Es más bien para comenzar a ver de nuevo el camino que he recorrido y lo que he alcanzado durante él, como forma de quitarme pensamientos negativos que me han estado afectando la autoestima durante mucho tiempo. Y sí, tiene que ver con salir del pozo en el que todavía estoy.

    Cumplí otro año de vivir en Japón. Seguimos en pandemia. Ojalá que para el año que entra ya estemos globalmente en una situación mucho mejor, porque también el mugre virus ha tenido que ver con mi estado actual. Hay recaídas, sí, pero pian pianito creo, o quiero creer, que ahí la llevo.