El 2019 en un kanji

Kanji de los años anteriores:

Creo que es tradición mencionar aquí que uno ni cuenta se da cuando es diciembre. No obstante, comparado con el 2018, este año fue muy muy muy diferente. La gente que me vio en persona el año pasado y éste me dice que estoy completamente cambiado; que el año pasado me veía gris, triste, sin mucho ánimo de nada, pero que este año me veía vivo, más alegre y con más ganas de todo.

La razón es obvia: el cambio de trabajo. Si bien la empresa anterior no se acerca ni de chiste a la descrita en Luz, los últimos años ahí fueron desgastantes y tediosos profesionalmente hablando. El nuevo trabajo ha probado ser un gran reto pero un cambio benéfico, y es la base para el kanji que escogí para sintetizar lo acaecido este año.

Este kanji tiene muchos significados, pero por el que lo escogí es “ver claramente”, “brillar intensamente”, “brillante”. Su lectura es “mei”.

Pensé mucho en poner el kanji de “ocupado” (忙) por el poco tiempo que tuve para mis cosas, incluyendo el blog, pero me decidí por éste debido a que una vez que mi ambiente cambió todo fue mucho más claro, y aunque ya tenía mis metas establecidas, ir recobrando la autoconfianza me ha ayudado a expandirlas y a trazar nuevas. No soy alguien nuevo: comienzo a recobrar el yo que era antes, y ¿saben algo? Eso me agrada mucho.

El kanji del año (en todo Japón) fue el que todos se esperaban: 「令」. Hay muchas razones, pero la principal es el cambio de era por el ascenso al trono del nuevo emperador.

El próximo año va a ser divertido porque las olimpiadas se van a celebrar en Tokio, y también porque estoy seguro de que veré algunas caras conocidas por este lado del mundo. Pero lo más importante es que me convertiré en padre por segunda vez y comenzaré de nuevo a escalar la montaña de cuidados de bebé que eso conlleva, aunque creo (y dicen) que será más fácil porque es el segundo. En estos momentos estoy debatiendo conmigo mismo sobre el nombre que le voy a poner.

Como siempre, agradezco mucho a los lectores por su tiempo, por sus comentarios, pero más que nada por su paciencia ante la sequía de publicaciones. El blog no desaparecerá ni está abandonado. Sigo respondiendo mensajes y todavía hay mucho por escribir, aunque ya ande en el cuarto piso.

Deseo que la pasen muy bien lo que resta del año, y que el siguiente esté lleno de éxitos. Reciban todos un fuerte abrazo desde Tokio.

Acostumbrarse

No hace falta mencionarle a la gente de México que mi rancho (Guadalajara) es una ciudad relativamente grande, aunque se queda corta ante la CDMX. No obstante, al menos las veces que he regresado a visitar a mi familia, cada ez me encuentro con una Guadalajara cambiada, con menos árboles y más carros. A lo mejor es mi impresión y puede ser que esté totalmente equivocado; después de todo tengo más de 16 años de no vivir ahí. Sin embargo, lo que sí recuerdo es que las horas pico eran, desde mis tiempos de estudiante de bachillerato, toda una aventura.

No te extraño para nada
No te extraño para nada

Las idas a la escuela por la mañana eran memorables. Salir de casa a las 6:10 AM, caminar 8-9 cuadras hasta la parada del minibús y que éste pasara completamente atascado pero todavía se frenaba para subir a 2 o 3 pasajeros más que, de forma que hoy que lo pienso es totalmente milagrosa, todavía cabían, era el pan de cada día cuando tu primera clase era a las 7 AM (y lo peor cuando era contabilidad…). Ir colgado de alguna de las puertas servía mejor para despertarte y ponerte 100% alerta antes de llegar a tus labores estudiantiles, pues tenías que ir esquivando postes, árboles, y en el peor de los casos, bicicletas o motocicletas que hasta parece que le jugaban carreras al chofer. Y ahora que lo menciono se me hace increíble que nunca me tocó un accidente en esas circunstancias. Y ni se diga de la gente que iba dentro, estrujada en medio de quién sabe cuántos cuerpos que sufrían el mismo “castigo”. Y pobre del que fuera sentado y tenía que bajarse a la siguiente cuadra; era una tarea titánica.

Todo lo anterior no es raro en ninguna ciudad que se considere “grande”. Estoy seguro que situaciones similares se viven en muchos otros lugares, no solo de México sino también del mundo entero. Y también estoy seguro de que quienes han experimentado esto entenderán el estrés que causa. Pero no hay de otra: si vas en transporte público a la hora en la que la gran mayoría de las personas tienen que moverse de un lado a otro: o bien si agarras tu propio carro y te lanzas a la aventura al mismo tiempo que los otros miles de trabajadores que pensaron lo mismo que tú; o incluso si agarras tu moto o tu bici para poder pasarte entre el tráfico… de la manera que sea vas a sufrir estrés, y eso puede arruinar todo tu día, o al menos reduce la probabilidad de que vaya a ser bueno, porque llegar de malas a tu trabajo significa que vas a tardar más en poder concentrarte y comenzar tu día.

Uno creería que la gente que pasa por todo esto día a día termina acostumbrándose y no le da tanta importancia a los detalles de lo que pasa durante su trayecto a sus labores, pero la realidad es que hay gente que no lo puede tolerar. No hablo de la persona común y corriente que quizá haya tenido una mala mañana antes de salir de casa (eso es quizá mala suerte), sino de aquellos que, a sabiendas de lo que van a vivir terminan su viaje con un mal sabor de boca, o peor aún, inician o se entrometen en una trifulca que trae aún peores consecuencias. El caso es que no es nada fácil.

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En la cuenta regresiva

Solamente quiero dejar registro de que hoy cumplí 41 años. La cuenta regresiva para el retiro, la vejez, el futuro, etc., etc., ha comenzado.

Por muchas razones, este año ha sido muy pesado. Por ratos he sentido que de plano no la libro, pero la terquedad que me caracteriza me ha ayudado a salir adelante. Ha ayudado mucho también el cambio de trabajo.

Con todo, sigo perdiendo cabello 😛

Al tiempo no le voy a ganar, pero hay que agarrar la experiencia que traen consigo los sucesos a los que uno se enfrenta día con día.

Todavía no termino todo lo que quiero escribir aquí, pero estará listo para antes de que termine el año.

Saludos a todos, y gracias por seguir leyéndome.

Estatus actual

Cuando menos lo pensé, ya era septiembre. Los días, y en mi caso los meses, se pasan volando, y lo peor es que a veces ni cuenta me doy.

Aunque es cierto que quería sacar un artículo mucho más grande que he estado escribiendo desde hace tiempo, la realidad es que todavía me falta, y con eso de que el tiempo libre no ha sido mi aliado desde hace tiempo, elegí sentarme hoy a escribir un poco cómo me ha ido y a explicar también, sin entrar en muchos detalles, la razón de la falta de actividad en el blog.

Como saben, en abril me cambié de trabajo, y en retrospectiva ha sido la mejor decisión profesional que he tomado en mucho tiempo. Pero de eso ya hablé en el artículo pasado. Vamos a lo que no he mencionado.

Mi ritmo de vida cambió drásticamente. Primero, tengo que salir de casa a las 6:30 AM para poder llegar antes de las 8 a la oficina. Salgo del trabajo a las 5 y me regreso directamente a la casa, a donde llego poco antes de las 6:30 PM. Como mi hijo se tiene que dormir temprano para poder ir al kínder, prácticamente a las 9 PM ya estamos dormidos (al menos él y yo).

Ahora bien: 9 PM suena un poco temprano, pero en realidad no lo es. Comencé a ir a un gimnasio y la “mejor” hora para ir en mi caso es alrededor de las 4 AM. Eso se traduce a que me tego que levantar a esa hora, hacer ejercicio, regresar a bañarme y desayunar, y de ahí a la chamba. ¿Que por qué de repente me dio por entrar a un gimnasio? Contrario a lo que se pudiera pensar, la realidad es que la decisión no fue “de repente”, sino que ya tenía rato considerándola, pero el tiempo, la ubicación de los gimnasios cercanos y la mensualidad que tendría que pagar eran todo factores para considerar el gasto… hasta que comencé a ponerme todavía más marrano por la reducción de movimiento que tuve desde que entré a la chamba nueva (aunque mis hábitos alimenticios por lo general permanecieron igual). Cuando abrieron muy cerca de la casa un gimnasio que da servicio las 24 horas me forcé a inscribirme… y ahora sí, no hay pretextos para no hacer ejercicio.

Fuera de broma: sí hacía ejercicio, pero salir a correr en invierno o cuando estaba lloviendo era totalmente impensable, y de ahí me agarraba para mejor quedarme en casa, provocando así falta de actividad física y por ende que el nivel de cerdez aumentara.

Digamos que hasta aquí todo bien.

Hace aproximadamente un año, cuando todavía hacía transmisiones en vivo a la hora de la comida, comentaba que el principio de este año sería muy difícil, y así fue. No entraré en detalles (al menos no de momento), pero hubo algunos problemas de salud en la familia y se tuvieron que tomar algunas medidas grandes. A final de cuentas todo salió bien, pero fue un buen susto.

A finales de junio me dieron otra noticia muy buena y alegre: ¡el próximo año voy a volver a ser papá!

La noticia se oye excelente (y de hecho lo es)… pero digamos que el embarazo esta vez no ha sido nada, pero NADA, pero NADA fácil. Desde las náuseas típicas, que al momento de escribir esto todavía no terminan, varios riesgos que hay que tener muy en cuenta y que limitan muchas de las cosas que mi esposa puede hacer, un niño de 4 años que quiere jugar, jugar y jugar, un trabajo que, aunque totalmente comprensivo y dispuesto a ayudarme al 100% también exige resultados de alta calidad, y ni mencionemos el estado de las cosas con mi familia en México (otro conjunto de emergencias y situaciones de cuidado)… En resumen: es poco y contado el tiempo que realmente he tenido para mí.

Ciertamente la situación ha mejorado si la comparamos con lo que fue julio y agosto. Poco a poco algunas cuestiones se han ido normalizando y eso me ha dado oportunidad de, por ejemplo, ir al Tokyo Game Show y al Torneo Premier de Asia de Street Fighter V, pero hasta ahí. En agosto tuve que hacer un mandado que incluía enviar cosas a México, y por pura coincidencia fue que pude ver la película de 天気の子 (Tenki no ko) en un momento de calma temporal que tuvo mi esposa. Digo yo que hasta los astros se alinearon para permitirme ver la película, porque se me hacía que no tendría oportunidad. No obstante, todavía falta para poder decir que las cosas están “normales”. Y aun así, hemos tenido que salir a hacer trámites que bajo otras circunstancias implicarían un paseo por lugares que no visitamos tan frecuentemente y terminarían con una cena familar en algún restaurante, pero que han sido experiencias estresantes por la condición de mi esposa, la “amabilidad” y “cortesía” de los japoneses al no cederle el asiento a las mujeres embarazadas (ni siquiera en los asientos designados para tal efecto), los “salaryman” a los que les importa poco aventar a quien sea con tal de llegar 10 segundos antes a sus trabajos… y otra serie de sucesos que no vale la pena relatar aquí (misteriosa desaparición de 35 minutos de la persona que nos atendía en la embajada, entre otros).

Sé que hay que “aguantar vara”, pero hay veces en que de tanto que tienes en la cabeza, de tanto que hay que hacer y de qué preocuparse,  de que tienes que estar alerta a todo momento, de que no puedes dormir lo que deberías por una u otra razón, y de que el único respiro que tienes es que te toque sentarte en el tren y no se suba alguien que necesite el asiento (porque sí lo cedo, en serio) para poder sacar el Switch y jugar 40-45 minutos en lo que llego a la estación del trabajo o la casa… que lo único que quieres es simplemente estar solo, sin hacer nada, y buscas algo que te dé el relajamiento que, al menos de momento, no puedo tener como es debido. Obviamente entiendo que todo va a mejorar, pero cuento los días para que eso suceda. Es más: uno de mis colegas se ha ofrecido a cuidarme a mi hijo para que me pueda ir a cenar con mi esposa, porque le comenté que no hacemos eso desde poco antes de que mi hijo naciera, y no podía creerlo (las desventajas de que la familia esté lejos).

Por lo expuesto arriba, raro es cuando me puedo sentar en la computadora a hacer algo. Puedo intentar ver algún torneo o estar twitteando algo que me interesa, pero siempre estoy al pendiente de algo más. De ahí que, aunque quisiera, me era muy difícil hilar pensamientos para escribir aquí aun cuando tengo una lista de artículos por terminar y de que he estado trabajando en uno desde hace ya un buen tiempo, pero que nada más no se ve para cuando vaya a terminar.

Se acerca mi cumpleaños número cuarenta y zafo, y mi jefe (del trabajo) me decía que lo que necesitaba era tener aunque sea un día 100% para mí, pero no para ir al cine o para dedicarlo a jugar videojuegos o algo así, sino para estar lejos de todo, estar conmigo mismo nada más, quizá disfrutando de un buen paisaje y tomando algo. Se oye bien, bastante tentador de hecho. ¿Se podrá? Espero que sí.

No he abandonado el blog. Ni siquiera me ha pasado la idea por la cabeza. He seguido pendiente de los comentarios y he respondido a la brevedad los que me han dejado. Parece que, poco a poco, llegará una calma relativa y podré tener un poco más de tiempo para mí (en general). Calma “relativa” porque, el año que entra, voy a “subir de nivel” mi categoría de papá. Pero bueno, creo que será el regalo perfecto después de todo lo que hemos pasado.

¡Ah! Notarán el cambio de apariencia en el blog. La verdad es que no quería cambiarlo, pero no podía escribir nada porque el editor estaba deshabilitado y tuve que estar probando hasta encontrar la causa. Cambié el tema como parte de esas pruebas… y por lo pronto creo que así se va a quedar. Ya después con calma lo voy arreglando poco a poco… o quizá hasta lo cambio a como estaba antes. No sé. Ya veré qué será mejor.

Aquí sigo.

Reto

Oficialmente hoy termina mi periodo de prueba en la nueva empresa. Lo verdaderamente divertido comienza a partir del lunes, aunque ya tengo un panorama relativamente claro de lo que tengo que hacer en los próximos meses.

Decidí esperarme a escribir mi experiencia durante este tiempo hasta que este día llegara. Necesitaba tener en claro mi rol y mis obligaciones en el nuevo lugar, pero al mismo tiempo necesitaba que mis nervios se calmaran, porque la realidad es que sí estuve muy nervioso, sobre todo el primer mes. Sé que muchos dirán que es normal, pero en mi caso la cantidad de cosas que traía en la cabeza hacían que todo se agrandara como si no hubiera límites, y me encontré temblando durante varios días.

En general, debo decir que el cambio ha sido radical. Es como volver a estar el mundo después de haber pasado mucho tiempo encerrado en un espacio muy reducido. En nada, pero en nada se parecen las experiencias de trabajar en compañías japonesas en comparación con empresas de capital extranjero… Volver a estar en ambiente así es altamente motivante porque tienes voz y voto desde el principio; cuentas como parte del equipo desde el día 1, y tienes prestaciones y flexibilidad que difícilmente se dan en empresas nacionales. Pero al mismo tiempo, se te exige más desde el primer momento.

Parece mentira que, habiendo trabajado en México y en Estados Unidos, volver a estar en un lugar así en Japón suene como algo irreal. Personas con las que he hablado sobre mi experiencia laboral en este país y que han visto que la cultura de trabajo de aquí definitivamente no es para ellos, quedarán sorprendidos cuando lean o escuchen lo que tengo que decir del nuevo lugar. Con todo, es necesario aclarar que obviamente el lugar no es perfecto, pero lo importante aquí es que uno es parte fundamental del proceso de mejoramiento del mismo.

El nuevo puesto trae consigo nuevos y más desafiantes retos, los cuales, siendo totalmente sincero, no habría podido afrontar cuando recién llegué a Tokio, sobre todo después de las experiencias no tan gratas que tuve en ciertos lugares. Pero ahora sí, el momento llegó, y estos tres meses fueron para mentalizarme de que estoy listo para enfrentar lo que venga. Fueron meses pesados en los que me he tenido que enfrentar a muchos sentimientos negativos, pero la experiencia ha servido para levantarme y “ponerme al tiro”. Mi yo perfeccionista siempre me va a querer convencer de que no estoy 100% listo para algo, pero he aprendido que, aunque es cierto, no es excusa para darle la vuelta a las situaciones que uno se encuentra y que no puede controlar. Además, cada uno de esos retos es increíblemente divertido (y difícil), pero es justo con esos con los que realmente creces en el ámbito profesional.

Es también ahora cuando miras en retrospectiva y te pones a pensar que habría pasado de no haber tomado la decisión de cambiar… Sin entrar en muchos detalles, seguramente estaría haciendo algo relativo a administración de servidores y configuración de herramientas para el proceso de desarrollo… es decir, nada de lo que realmente se supone que tendría que hacer.

El cambio fue para bien. Ahora a concentrar mis esfuerzos para lo que viene.

Medio sorprendido

Estoy trabajando en un artículo que he querido sacar aquí desde hace al menos un año. No obstante, no quería dejar pasar la oportunidad para escribir algo que me medio sorprendió. Explico:

El pasado domingo 16 de junio fue dia del padre en Japón. Mandé un mensaje en Twitter a todos los papás que me siguen por ahí. Todo normal. Poco después, algunos seguidores comenzaron a preguntarme si en realidad era padre o no…

Ahora bien: digo que me “medio sorprendió” porque aunque es cierto que el blog lo escribo tanto para mí para recordar lo que estaba haciendo en X época como para escribir información que pueda serle útil a alguien, en alguna parte de mi ser esperaba que la gente que me sigue por Twitter al menos le diera click a los links que ahí salen cuando escribo un artículo nuevo… pero no.

Cierto es que desde que me convertí en padre la frecuencia con la que escribo alguno nuevo por acá ha disminuído, pero sigo al pendiente de comentarios y preguntas que me hacen ya sea por aquí o directamente por correo. Pero “neta”: sí soy papá desde hace poco  más de 4 años.  Nada más no me vayan a “regañar” por no hacer pública mi vida privada, como hace años alguien lo hizo en Facebook :/

¿A poco no concuerdo con la imagen de ser padre? Al menos acá ya me están poniendo del lado de la gente “mayor”. Sabes que la esperanza de sentirse joven está totalmente perdida cuando un hispanohablante que te está atendiendo le dice a una de sus empleadas que “verifique los datos de este señor”… Nada más me falta que un niño japonés me diga “ojisan” en vez de “oniisan”. Ahí sí ya, oficialmente, estaré 100% en la categoría de “chavorruco” (por si todavía faltaba de entrar alguna parte de mí).

En fin. Sigo echándole ganas en la chamba nueva. Ya mero pasan los primeros tres meses, así que no tengo que aflojar el paso. Mientras tanto, no descuido este lugar 🙂

4 años desde que mi vida cambió por completo

Han pasado ya 4 años desde que me convertí en padre. El tiempo parace volar, y sin embargo, si me pongo a pensar todo lo que ha sucedido en ese tiempo, también parece una eternidad. No obstante, este año me ha sorprendido mucho el desarrollo de mi hijo, que aunque sé que es normal, no deja de asombrarme.

Parece mentira que hasta principios de año todavía teníamos que ponerle pañal por las noches y que no quisiera hacer popó en el excusado. Había comenzado a ir al “pre-kínder” justo hace un año, pero no se separaba de mi esposa, no jugaba con otros niños, no bailaba. Yo pensaba que la adaptación sería mucho más complicada cuando entrara ya en forma al kínder, pero no, o al menos, no tanto como esperaba. Ahora su rutina es levantarse a las 6:30 AM, desayunar y arreglarse porque el autobús pasa por él a las 7:50 AM, y regresa hasta las 2 PM, y aunque sí ha habido días en los que le es más difícil irse, en general parece ser que la ha pasado bien en su nuevo ambiente.

Jugar con mi hijo nunca ha sido aburrido, pero este año que ha pasado hemos encontrado muchos juegos que hemos podido disfrutar mucho; y no hablo nada más de videojuegos, sino de juegos en donde él usa su imaginación y yo hago cualquier papel que él me pide, pero siempre en español. Los juegos han sido el escenario perfecto para enseñarle nuevas palabras y formas verbales; así, por ejemplo, ya sabe qué es un antídoto, que es que algo “se regenere”, entre otras cosas.

Con todo, sí he de destacar la importancia que él le ha dado a los videojuegos, y de cómo eso ha servido para crear una conexión que, para ser sincero, nunca había experimentado. Para mí, los videojuegos siempre fueron un pasatiempo que disfrutaba solo, pero no porque quisiera, sino porque nadie cercano compartía el gusto. Obviamente cuando me iba con los amigos y jugábamos en casa de alguien podía compartir y hablar de juegos y nadie me veía raro, pero tener a alguien en casa que quisiera de verdad sentarse a jugar conmigo… y por fin le encuentro el gusto a jugar títulos cooperativos, aunque todavía sea yo el que haga la mayor parte del trabajo.

Se vienen muchos retos ahora que él ha comenzado a ir a la escuela, siendo el más grande mantener la constancia con el español. Su japonés es mucho más fluído y variado, pero ahí la lleva con el español también. Me entiende hablando a mi velocidad normal, y me he preocupado mucho por crear un ambiente de “solo español” en casa, no solamente conmigo, sino con las cosas que ve e interactúa: trato de que tenga a la mano material en español, de que pueda agarrar el iPad (ya súper viejo) y pueda encontrar rápidamente contenido en español; jugamos lotería, serpientes y escaleras, el juego de la oca, palitos chinos, y todo eso, aunado con la interacción en los juegos mencionada arriba, parece que están rindiendo frutos.

No lo voy a negar: es cansado, y requiere sacrificio de mi tiempo, pero, como referí antes, creo que vale totalmente la pena.

Una parte de mí quiere que mi hijo crezca rápido para poder compartir muchas más cosas con él, pero otra quiere que se quede como niño, así como está, toda la vida. Mi hijo me ha enseñado muchas cosas, y ha provocado en mí sentimientos que pensé que no tenía. Aun con sus berrinches, sus caprichos, sus enojos y sus llantos, es de las mejores experiencias que le vida me ha ofrecido.

¡Felicidades hijo en tu cuarto aniversario! Todavía te debo lo de andar en bicicleta, pero este año se hace.

16 años – Tratando de romper la burbuja

Siento que cada año que pasa digo lo mismo respecto a mi posición de estar en Japón y de todo lo que he vivido por acá. Sin embargo, nada puede estar más lejos de la realidad. Es cierto que hay cosas que no cambian, pero la vida continúa, y con ella las experiencias nuevas. En pocas palabras: aunque parezca que no, 16 años después de haber llegado a la tierra del sol naciente todavía sigo aprendiendo sobre este país, conociendo su cultura y tratando de adaptarme a ella.

Quería que este escrito saliera a la luz  a principios de abril, pero  circunstancias inesperadas lo impidieron. Dos de los cambios más importantes sucedieron precisamente ahí: mi hijo comenzó a ir al kínder y yo comencé a trabajar en una empresa no japonesa.

Lo primero era ya algo planeado, que vinimos preparando desde hace justamente un año. Todavía me parece increíble toda la serie de cambios que ocurrieron en mi hijo en tan poco tiempo, aunque ciertamente para un niño de su edad un año es un periodo de tiempo muy largo; para ser sincero, el año pasado no creía que mi hijo estaría listo para ir a la escuela (tonto yo), y pasó de ser el niño bueno que todo hace, todo escucha y es siempre obediente, al niño que ya tiene opinión, que dice lo que no le gusta y que se rehúsa a obedecer cuando algo no le parece (no sé cuántos cientos de veces he tenido que decirle “¡mastica!”, “¡come bien!”, “¡recoge tus juguetes!”.

Lo segundo es algo mucho más profundo, que tiene mucho más peso en mi vida.

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De cambios de trabajo – Adaptación

Todavía no ha pasado ni un mes desde que comencé en mi nuevo trabajo, pero con eso de que este año en Japón tendremos 10 días de descanso debido a la abdicación del emperador actual, el ascenso al trono del nuevo emperador y el cambio de era (de lo cual ya hablaré en otro artículo), decidí escribir esto ahora; incluso me estoy saltando otros artículos que están en borrador porque le quiero dar prioridad a esto, sobre todo por todo lo que ha implicado.

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De cambios de trabajo – Parte Tokio

En otras entradas he relatado lo pesado que es cambiarse de trabajo en Japón, sobre todo porque el proceso dura entre 3 y 6 meses. Además, tener el título de 正社員 (seishain, empleado oficial) pesa mucho en la sociedad japonesa porque da el sentido de estabilidad laboral, al grado que muchas instituciones financieras requieren que lo tengas para poder otorgarte un crédito (entre otros requisitos). Por ello, aunado al temor natural que uno siente ante los cambios, los japoneses se la piensan mucho para dejar un trabajo y comenzar en otro desde abajo, incluso si eso significa recibir un mejor sueldo o mejores prestaciones. Algunos incluso prefieren quedarse en una compañía solamente por el nombre o prestigio que ésta pueda tener sin importar que las condiciones de trabajo no sean agradables; lo toman como que es parte de ser trabajador en este país.

Hace unos días escribí respecto a la situación que viví cuando me cambié del trabajo que tenía en Iizuka por venir a uno en Tokio. De la misma manera, en 2012 escribí todo lo que viví durante mi estancia en ese lugar (sinceramente para olvidar). Tuve que aguantar mucho para poder escapar (literalmente) de ese lugar; tomé lo bueno (programación funcional y Scala) y he tratado de deshacerme de lo malo a lo largo de todos estos años, porque sí me afectó mucho y en repetidas ocasiones lo he dicho.

La empresa a la que me cambié en ese entonces era totalmente diferente. Si bien no entré haciendo nada de lo que quería, al menos el trato era como haber ido del cielo a la tierra, y no me importó que mi primera tarea fuera ayudar con las pruebas de un sistema y luego que me aventaran a depurar, o mejor dicho, a reparar, un programa en C# de alrededor de 12000 líneas de código que después entendí por qué nadie quería moverle (código hecho por un contratista, “espagueti”, repetitivo y lleno de bugs, de entre los cuales el más crítico fue encontrar una rutina recursiva larguísima que no tenía condición de salida), ni que en repetidas ocasiones me tuviera que quedar hasta el último tren. El simple hecho de que me trataran como persona hacía una gran diferencia, y sin importar el cansancio me sentía motivado. Pero eso sí: tenía miedo.

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