Área de Momochi, Fukuoka

Los años maravillosos – Parte 7

Séptima entrega de esta serie, y no es la última.

Si no sabes de qué trata esto, te recomiendo que leas las entradas anteriores para que te pongas al tanto:

Aunque no rompí el récord del post de Luz como el más largo, sí le doy batalla. Así que ya saben: palomitas, refresco o un café mientras leen lo que sigue. Pónganse cómodos y espero que lo disfruten.

Otro sueño se había cumplido. Estaba en el avión que me llevaría de regreso a Japón. La promesa que me hice a mí mismo hacía medio año no se había roto. Me esperaba mi nueva vida como estudiante en el país del sol naciente.

En el mismo avión iban los otros 12 becarios que habían obtenido la beca también ese año. Todos viajaríamos al aeropuerto de Narita, y de ahí cada quien a su destino. El mío era Kyushu, la isla más al sur de Japón. ¿Por qué no escogí algo más céntrico? En pocas palabras, por ser obediente: en la plática que dan en la embajada mencionaron que era mejor evitar escoger universidades en Tokio u Osaka porque era muy difícil ser aceptado como becario, y que la vida iba a ser más difícil por los transportes y el ajetreo típico de las grandes ciudades. Yo, pensando que era mejor apostar “a lo seguro”, y llevando la idea de que no importaba dónde estudiara porque seguro saldría adelante, escogí como primera opción una universidad en Kyushu, como segunda una en Nara y como última una en Sendai. Había sido aceptado por un profesor de la primera opción, sin siquiera haberme contactado con él ni saber a qué rama se dedicaba; todo lo que importaba era que su laboratorio era de inteligencia artificial, lo cual, era lo que quería estudiar.

El vuelo me seguía (y a la fecha me sigue) pareciendo eterno. Pensaba que sería un viaje sin nada qué contar más que el sentimiento que me invadía por estar viajando al otro lado del mundo, y por lo general así fue, sólo que al lado mío estaba sentada una chica que de repente comenzó a hablarme. Estaba nerviosa por el vuelo y porque iría a Asia a estudiar algo (que mi memoria no me permite recordar qué es). Me contó que era mitad mexicana mitad belga, y que viajaba con el pasaporte del país europeo esta vez. Era bonita, pero antes de pensar siquiera en cualquier tipo de relación o roce romántico, ella sacó el tema de que era la primera vez en varios años que se separaba de su novio, puesto que habían estado juntos siempre y que eso es lo que le dolía más. Para no hacerles el cuento más largo, me pidió que la tomara de la mano cuando el avión estaba por aterrizar ya que su nerviosismo estaba al tope. Aterrizamos en Japón, y después de darme las gracias se perdió entre la multitud que entra al edificio del aeropuerto para alcanzar su siguiente vuelo.

Al llegar a Narita, gente del ministerio de educación de Japón nos estaba esperando. Nos dieron 25,000 yenes para los gastos iniciales mientras llegaba el dinero de la beca, y después de una serie de instrucciones (todo en japonés), el grupo se separó: los que iban cerca de Tokio o los que todavía alcanzaban avión a su destino final partieron ese mismo día; pero a mí y a otros 2 becarios que iban a Shikoku nos pagaron una noche de hotel porque ya no había vuelos desde ese aeropuerto hacia dónde íbamos. Aquí una breve explicación:

Tokio tiene 2 aeropuertos: Haneda y Narita. Haneda está dentro de la zona metropolitana, dentro de los famosos 23 distritos en los que está dividido el corazón de la capital nipona. En esos días, y hasta hace unos años, sólo servía vuelos domésticos desde que Narita, el aeropuerto más nuevo, fue abierto. Narita, por su parte, está en la prefectura de Chiba, es decir, fuera de Tokio y relativamente lejos de él. En ese tiempo, todos los vuelos internacionales a Tokio llegaban ahí, y era habitual tener que cambiar de aeropuerto para volar a otros destinos dentro de Japón. Para ello, existe una línea especial de autobuses llamados “Limousine Bus” que cubre diferentes rutas desde Narita hacia lugares como Saitama, Kanagawa, Tochigi, Gunma, Ibaraki y Chiba (las prefecturas que colindan con Tokio), así como a destinos dentro de la ciudad (Shinjuku, Shinagawa, etc.). El autobús de un aeropuerto a otro toma un promedio de 100 minutos (lo cual se puede volver más debido al tráfico que se genera en las autopistas). Ahora bien: los que nos quedamos tendríamos que haber ido hasta Haneda para alcanzar vuelo, pero habría sido muy ajetreado, por lo que el plan que tenían para nosotros era pasar la noche en un hotel en Narita y tomar vuelos a nuestros destinos desde ese mismo aeropuerto, que sí los hay, pero son pocos y generalmente por la mañana.

El día siguiente llegó, y mientras los otros 2 becarios tomaban su vuelo, yo hice lo propio y abordé el avión que me llevaría a Fukuoka. Fue la última vez que vi a casi todos los becarios de esa generación (lo de “casi” lo explico más adelante).

Llegué a mi destino como a las 10 am. Yo sabía que alguien me iba a estar esperando, pero no tenía idea de quién. La idea es que si eres becario de Monbukagakusho (文部科学省, el ministerio de educación de Japón) a fuerzas tienen que ir por ti y llevarte hasta la universidad para encontrarte con tu profesor. Pero eso era lo de menos: yo había escogido la prefectura de Fukuoka, Kyushu… y sin embargo no sabía mucho sobre el lugar. Había preguntado a amigos japoneses y me habían dicho que la ciudad de Fukuoka era muy bonita y tranquila; el problema es que no yo llegaba a la ciudad de Fukuoka ya que la universidad no se encontraba ahí. La casa de estudios que me albergaría los siguientes años tenía 3 campus, y yo iba al de Iizuka. ¿Dónde estaba eso? ¿Qué clase de lugar era? Ni la más mínima pista.

Con lo anterior dando vueltas por mi mente bajé del avión, tomé mi equipaje y justo al salir estaba un muchacho japonés, de unos 24-25 años, con una pancarta con mi nombre escrito. Me acerqué y le dije en japonés que era yo. Me saludó, me dio la bienvenida, sin omitir el típico “¡tu japonés es muy bueno!” que le dicen a cualquier extranjero que diga una palabra correctamente en su idioma, y de ahí nos encaminamos a una vagoneta en la que nos esperaba el profesor asistente del laboratorio del que ya era miembro.

Cuando salimos del aeropuerto y emprendimos nuestro camino, el ambiente era lo normal en una ciudad: carros, autobuses, negocios, centros comerciales, gente caminando en las calles; en fin, nada del otro mundo. Sin embargo, conforme transcurría el tiempo y el carro avanzaba, comencé a ver montañas, menos casas, menos gente y menos carros. “La carretera”, pensé. Entramos a un camino entre las montañas, el cual era solamente de 2 carriles (uno para cada lado), y de ahí en delante ya no vi calles ni avenidas con más de uno. Todavía no me imaginaba cómo sería la ciudad (porque es ciudad, o al menos así se llama), y según esto es como la 5ta. más grande de la prefectura, así que no había por qué dudar.

Durante el camino no hubo mucha conversación. El chavo que estaba conmigo se presentó y dijo que sería mi tutor. El tutor tiene la obligación de ayudar al becado con cualquier problema que tenga en su vida diaria en Japón por espacio de un año, y le pagan por eso; él me explicó que ese día iríamos a ver al profesor, y de ahí iríamos al departamento en donde me quedaría (todo en japonés). Algo ahí no me cuadró: yo ni enterado que ya “tenía” departamento. No sabía ni qué tan grande era ni dónde estaba ni si me gustaría, pero ellos ya habían hecho los trámites iniciales y nada más faltaba que llegara yo para firmar el contrato. “Bueno, al menos ya sé que tengo lugar para dormir hoy. Una preocupación menos.”, me dije a mí mismo.

Justo saliendo del camino montañoso comencé a ver casas juntas, algunos campos de arroz y algo de movimiento. Era jueves, por lo que la gente estaba trabajando, pero mi primera impresión del lugar fue “un pueblo que está de pasada, aunque un pueblo moderno en comparación con los de México”. No pasaron más de 10 minutos cuando dimos vuelta a la izquierda y justo en el siguiente semáforo veo el letrero de “Kyushu Institute of Technology”. ¿Mi mente en ese momento? “No ma…”. Entramos al área de la universidad, el profesor estacionó el carro, y nos dirigimos a ver al que sería mi profesor.

El campus Iizuka del Kyushu Institute of Technology tiene una arquitectura moderna; es pequeño, rodeado de un gran parque, con una montaña detrás y un supermercado que, aunque se ve solitario, provee de lo necesario a mucha gente que vive en las cercanías. Las instalaciones son modernas, pero no con lo último en tecnología; hay comedor, gimnasio, alberca, campo de béisbol y de fútbol, auditorio para 500 personas y una biblioteca de tamaño decente. Se puede decir que tiene todo lo necesario para que un estudiante disfrute su estancia ahí. Además, cuenta con 3 edificios para clases, el edificio administrativo y el edificio de investigaciones, que es en donde están todos los laboratorios. El mío, el del profesor Nomura, estaba en el quinto piso de dicha construcción. Ahí fue donde llegamos y donde conocí por primera vez al profesor que me había aceptado como su alumno sin saber prácticamente nada de mí, ni qué quería estudiar, ni nada.

Hirosato Nomura es un profesor con una larga carrera en el área de lingüística computacional y procesamiento de lenguaje natural. Un montón de artículos de su autoría, varias líneas de investigación interesantes y su experiencia laborando en lo que ahora es la NTT (Nippon Telegraph and Telephone Corporation – imaginen el “Telmex” japonés, pero en versión ultra-mega chida) hacen que tenga una gran reputación y sea conocido a nivel mundial. Él sería mi asesor.

Llegamos al laboratorio, y el profesor me recibió y me dio instrucciones en japonés. Después de que hubo terminado de hablar, me preguntó “¿Entendiste todo?”, a lo que respondí afirmativamente. El profesor asistente, mi tutor y ahora mi profesor estaban visiblemente sorprendidos por mi habilidad en japonés, y no lo ocultaban; pero no eran esos pseudo elogios que los japoneses le dicen a cualquiera que medio pronuncia “konnichiwa” correctamente, sino muestras reales de sorpresa. Según me contó el tutor después, cuando les avisaron que llegaría un estudiante mexicano que no necesitaría clases de japonés todo mundo quedó intrigado por conocer realmente qué tanto me podía comunicar. Al parecer no los defraudé, jeje.

Como recordarán que mencioné en la parte 6, yo venía becado por Monbukagakusho, pero a diferencia de los demás becarios yo no tendría curso de japonés durante los primeros 6 meses debido a que se consideró que mi nivel era suficiente para aguantar clases universitarias. También en la parte 6 mencioné que eso tuvo algunas implicaciones en los primeros años que pasé por acá. Esas implicaciones se resumen en lo siguiente:

Normalmente, los recién llegados son presentados en el laboratorio al que asistirán, pero primero toman un curso intensivo de japonés durante los primeros 6 meses. Generalmente ese curso se da en un lugar diferente y no en la universidad a la que uno va (a menos que tenga escuela oficial del idioma), por lo que los becarios, aunque sí le sufren porque tienen que tomar clases diario, les dejan tarea y hay que pasar exámenes, tienen tiempo libre para conocer, juntar dinero y, sobre todo, hacer amigos. Eso fue lo que yo me perdí, y siendo sinceros lo que sí me hizo falta. No me arrepentía de mi decisión, pero sí me sentía “diferente” ya que cuando llegaban nuevos extranjeros al laboratorio ya tenían conocidos con quien hablar, a quien ir a visitar fuera del área en donde uno se movería normalmente. ¿Yo? Tenía un año completito en el laboratorio en vez de los 6 meses normales. ¿Aproveché esos 12 meses? Sí, sin duda, pero no puedo negar que la falta de comunicación jugó un papel importante el primer año.

Regresemos a mi primer día en Iizuka.

Habiendo conocido a mi profesor, lo que seguía era ir al departamento. Aquí viene un suceso que me trajo con los nervios de punta durante los siguientes meses: yo obviamente ignoraba cómo es el sistema de rentas en Japón, por lo que no sabía de depósitos, dinero de agradecimiento y renta adelantada, es decir, no sabía del dinero que se tiene que pagar al momento de firmar el contrato. Cuando me dijeron que preparara 137,000 yenes para el pago, mi única reacción fue quedarme perplejo: ¿de dónde iba a sacar yo esa cantidad de dinero? Cierto es que en los papeles de la beca te recomiendan traer un promedio de 1,000 dólares (unos 100,000 yenes al tipo de cambio de ese entonces) para no tener problemas financieros mientras llega la primera beca; yo con duras penas los junté gracias a un préstamo que el panda originalmente le hizo a mi papá (y que años después terminé pagando yo); había vendido mi Playstation 2, algunas cosas de anime y manga (pero dejé seguro en Guadalajara lo que realmente me interesaba quedarme para mi colección) y con algunos ahorros que tenía medio le llegué a la cantidad… y en ese momento me pedían que pagara más dinero del que tenía, claro, con la preocupación de que me quedaría sin nada, ni siquiera para comer. Respondí diciendo: “No los completo, y si les doy todo lo que tengo me quedo sin un centavo para comida y gastos durante el mes”. El tutor evalúo la situación y decidió hablar con mi profesor. Acto seguido, el profesor me pide que lo acompañe; vamos al cajero automático, saca 100,000 yenes y me los da, diciéndome: “Este dinero es prestado. Mañana vas al área administrativa y pides un préstamo. La cantidad máxima que te prestan es 100,000 yenes, y te dejan pagarlos a 4 o 6 meses. Una vez que te den el dinero, me los das a mí como pago de lo que te estoy prestando y ya vas pagando poco a poco.”.

¿Cómo me sentí en ese momento? Estaba tan sacado de onda que no tenía idea de cómo reaccionar. Pero lo mejor estaba por venir…

Fuimos a la inmobiliaria a cerrar el contrato. A fuerzas querían mi sellito (que obviamente no tenía), así que el tutor me dijo a dónde ir a pedir uno, pero para poder entrar al departamento necesitaba dejar muestra de que estaba de acuerdo con las condiciones. A final de cuentas aceptaron mi firma (el sello lo mandé a hacer después). Yo lo que quería era un poco de paz, de tiempo solo, para poder procesar todo lo que estaba pasando. Así, me llevaron a lo que sería mi morada por los siguientes 3 años y medio: un cuarto pequeño, de 6 tatami, o sea unos 9.9 metros cuadrados, más mini cocina, mini terraza y mini baño. Ciertamente era más chico de lo que había imaginado, pero sería mi casa, donde viviría solo por primera vez en mi vida, y tampoco era que me habían dado mucho de dónde escoger. Aquí viene el segundo WTF en ese mismo día: la renta de la casa incluía una cama plegable, un catre con colchón, que si bien no era lujoso tampoco estaba tan mal. Mi asesor, como nunca se enteró, me “hizo el favor” de compararme un juego de futón (colchón, almohada y colcha/cobija) de plumas de ganso. ¿Precio? 37,000 yenes. Por eso las cuentas no me cuadraban cuando me dijeron que prepara dinero: estaban incluyendo un futón carísimo, que yo no pedí, y que amablemente el profesor había adquirido para mí.

“Trágame tierra…”, pensaba en mis adentros. Todavía no llevaba ni una noche en el pueblo y ya debía 137,000 yenes. ¿Habrá una mejor bienvenida que eso?

Mi tutor fue tan amable de hablar por teléfono al gas, la luz y el agua para anunciarles que iniciaría el uso de sus servicios y que yo enviaría los contratos en la semana. Además, me mostró dónde estaba la tienda de autoservicio más cercana (una de la cadena Lawson) por si necesitaba comprar algo. Después de eso, y habiendo dejado ya mi equipaje, firmado contrato, adquirido la deuda más grande que haya tenido hasta este momento y ya con la recomendación/orden de abrir una cuenta de banco el siguiente día, por fin, después de las 2 de la tarde, estaba ya completamente solo en Japón. A partir de ese punto comenzaba todo, incluyendo mi acoplamiento a la sociedad japonesa y la odisea por entender sus costumbres.

La primera noche

Quien haya tenido la oportunidad de haber vivido solo, o quienes lo estén haciendo en este momento, saben cuál es el sentimiento cuando te toca pasar la primera noche en tu nuevo hogar: emoción porque ya eres independiente. En mi caso, lo malo fue que ese sentimiento fue totalmente abrumado por el golpe de la realidad. Verán: era la primera vez que vivía solo y estaba sin familia, amigos o conocidos; la soledad no era tanto lo que me pesaba, aun sabiendo que Z estaba del otro lado del mundo pensando en mí y en que no podríamos estar juntos durante muchos meses. No. Fue mucho más pesado.

Aunque nunca me consideré un “niño de mami”, la verdad es que aunque quería ser independiente desde hacía mucho tiempo y trataba de no depender de mis padres, estaba totalmente acostumbrado a:

  • Llegar a la casa y que siempre hubiera una luz prendida y alguien dentro.
  • Hubiera comida, o en su defecto, que mi mamá me esperara para ver si había cenado, y si no para prepararme algo.
  • Ponerme mis moños con la comida de la casa y que mi mamá tuviera que salir por la noche a comprar lo necesario para cocinar algo que me gustara. Yo no se lo pedía, no quería que lo hiciera, pero siempre terminaba yendo a la tienda para que yo cenara.

Regresé caminando a la universidad (una caminata de unos 20, 25 minutos), llegué al laboratorio, estuve tratando de reconocer el lugar como “mío”, acostumbrarme a él lo que se pudiera. Procedí después a hacer algunas compras. No tenía refrigerador, así que mientras me hacía de uno (que ni idea de cuándo sería gracias a la mega deuda que me acababa de echar) la idea era comprar lo justo para que no me sobrara, o bien tener algo que no necesitara refrigeración. Pensé en cereal; seria un litro de leche, pero pensé que fácilmente me lo terminaría. Fui a la tienda de 100 yenes más cercana y compré un par de platos y vasos (y pongan atención en esta parte), y de ahí a la tienda de autoservicio a comprar mi “Corn Flakes” y la leche. Feliz por ya tener para cenar y habiendo recordado el camino hacia la universidad y hacia la referida tienda, sentí que todo estaba en su sitio. Era hora de volver a casa.

La noche cayó en al camino. Lo primero que sentí fue que la calle de la casa estaba muy oscura y que no había banquetas. Todavía con la idea de estar en un lugar así en México me entró un poco de miedo y aceleré el paso hasta llegar a una pequeña lámpara (porque no era alumbrado público) que se dejaba ver en medio de un baldío en medio de la penumbra. Obviamente no me pasó nada. Unos cuantos pasos más y estaría en casa. Sano y salvo llegué a los departamentos donde vivía y me dirigí al 4to. piso el que estaba el mío. Abro y la puerta y… sorpresa… así sin signos de admiración. Oscuro. Era lógico, pues nadie más vivía ahí, pero al mismo tiempo raro. Entré, prendí la luz, y al abrir la puerta que dividía la cocina del cuarto principal la imagen quedó impresa en mi mente: el cuarto estaba muy tenuemente iluminado por la luz que entraba por el ventanal. ¿Bonito? No, todo lo contrario: me daba cuenta de que no tenía cortinas.

Vivía en el piso más alto del lugar, así que no tenía preocupación de que alguien se asomara a ver qué estaba haciendo. No obstante, me sentía desnudo, y lejos de relajarme me preocupó. El problema: ya era tarde, no tenía en qué moverme ni mucho menos idea de dónde podría comprar cortinas. “Ni modo. En estos días tengo que comprar cortinas. Mientras tanto, a aguantarse”, pensé. Prendí la luz. Lo único que había en el lugar eran mis maletas medio abiertas, el futón que me compró el profesor y el catre que ya venía incluido con el departamento. Segundo descubrimiento de la noche: no tenía mesa para poner mi comida, ni TV ni radio para entretenerme. De vez en cuando se escuchaba pasar uno que otro carro, pero el lugar era muy tranquilo, y la quietud que lo invadía era, en ese momento, intimidante. La soledad se presentó ante mí de forma abrupta. De repente el pecho se me llenó de sentimiento, pero pude calmarlo. Total, era el primer día; tendría que ir poco a poco resolviendo los problemas. Podría decir, con el más puro folklore mexicano, que “me aguanté como los machos”. En fin, era hora de cenar; poner el plato en el suelo no era algo nuevo para mí, así que por eso no había problema. Saqué un plato, abrí mi Corn Flakes japonés, me serví una cantidad considerable; luego, la leche, marca Midori (tenía que ser. Ver el nombre del dominio de este blog para mayor referencia). La vertí en el plato lleno de cereal, y hasta sentí que el sonido de ella bañanado las hojuelas de maíz reverberaba en mi pequeño cuarto. ¡A cenar se ha dicho! Me senté en el piso, tomé mi plato. y cuando me dispuse a comer, dije, “Ah, tengo que sacar una cuchara”. Acto seguido: voy a la cocina y abro el cajón de los cubiertos para sacar una cuchara… el problema es que obviamente no había ninguna.

No importa de qué forma acomode todas las palabras que la Real Academia Española considere correctas en español, jamás podré describir a la perfección lo que sentí en ese momento.

Me desmoroné en lágrimas. No soporté el golpe. Daba por hecho de que, como en México, al ir a buscar algo a la cocina automáticamente estaba ahí (o si no en el fregadero esperando a ser lavado). Quizá suene a algo muy leve, pero con tantos acontecimientos ese día (llegada del aeropuerto, profesor, mega deuda, sin cortinas) sentía que todo se venía abajo. No era extrañar a mi tierra o a mi familia, sino darme cuenta de repente que daba por hecho mucho de lo que tenía y acontecía en México, y que en muchas ocasiones había sido malagradecido con muchas personas, en especial con mis padres. Tenía ante mí uno de mis sueños y un gran reto, y sabía que podía con él, pero había tomado con obviedad casi todo lo demás. La mezcla de todo eso estaba en mi mente, pero haberme dado cuenta de que no tenía ni lo básico para comer cereal envolvió todo e hizo que saliera.

Manitas, ¡para qué las quiero! Ellas fueron las que me ayudaron a comerme el cereal, así como tomar directamente del plato. Recuerdo que cené muy rápido, y después me acabé casi el litro de leche completo bebiendo directamente del envase de cartón. Después, a lavar el plato y el vaso. El sonido del agua era lo único que se oía. Terminé, regresé al cuarto principal… y todavía con el sentimiento en el pecho me percato de que, salvo sacar mi equipaje, no tengo nada que hacer. Era como el colofón perfecto que la vida había reservado para decirme “¡Bienvenido al mundo real! ¡Sufre!”.

Mi salvador

Después de cenar, vendría otra prueba: la de pasar el tiempo. Acababa de llegar a Japón, y todavía no tenía nada en mi departamento (pero sí una gran deuda). Era yo, el cuarto, el ventanal que me permitía ver el cielo, y ya. Todavía no tenía forma de comunicarme con Z, ni tampoco algo que hacer en el laboratorio todavía. Estaba aburrido, pues no había nada que hacer ni que ver. Tenía algunos libros de inteligencia artificial que me había llevado desde México, pero creo que era el peor momento para ponerse a leerlos. Entonces, recordé que en mi equipaje había echado algo que me podría ayudar en ese momento: Mi Gameboy Advance.

Esa consola portátil había sido un regalo de uno de mis primos el año anterior, cuando fui a la Anime Expo en Long Beach, California. Había jugado muy poco (o casi nada) con él, pero me habpía preocupado por comprarle accesorios: pilas recargables, adaptador de corriente y luz externa (porque todavía no tenía luz interna y era imposible jugarlo en un lugar oscuro). Me apresuré a sacarlo, a conectarlo a la corriente eléctrica y a distraerme un rato. Todo estaba bien, excepto por el hecho de que el adaptador de corriente sólo era de 1 metro de largo, por lo que me tenía que sentar casi al lado de la toma de corriente para poder jugar. Ni modo. Parecía niño en una esquina, pero el Gameboy hizo su trabajo, y a partir de ese día, y durante muchas noches, fue mi único compañero, y puedo decir que lo que me mantuvo relativamente cuerdo.

A dormir

Llegó la hora en la que me dio sueño. Tenía para escoger dónde dormir: cama o futón. No lo pensé mucho, puesto que sabía que no perdería la oportunidad de volver a dormir un un futón; eso, y aprovecharlo y disfrutarlo, ya que de todos modos lo iba a tener que pagar. Acomodé las maletas, saqué un buen de ropa, me lavé los dientes con el cepillo y la pasta que llevaba en el equipaje, apagué la luz y… veía el cielo nocturno a través del ventanal. No tenía cortinas, y hasta ese momento nunca me había tocado dormir en un lugar que no las tuviera, lo que me hizo sentir que una vez que pegara el ojo alguien seguramente fisgonearía (en un 4to. piso). Me costó trabajo conciliar el sueño, pero había pasado mucho en un sólo día y mi cuerpo demandaba reposo.

Lo que siguió

Lo primero que tenía que hacer el siguiente día era ir a abrir una cuenta de banco, pero para eso necesitaría mi sello porque son pocos los bancos en Japón que aceptan firmas, y muchos menos en un lugar como en el que estaba.
Para mi fortuna, mi tutor había mandado a hacer el sello el día anterior, y lo único que tenía que hacer era ir a recogerlo (y pagarlo, obviamente). Fui al laboratorio en la mañana; mi tutor no estaba, pero ya me había dicho más o menos cómo llegar al lugar donde tendría que recoger el sello. Andaba por ahí un estudiante chino y le pregunté por el banco; me respondió dándome indicaciones precisas, pero añadió que el lugar estaba lejos y que era mejor tomar autobús.”¿Tanto así?”, pensé, y siguiendo mi espíritu explorador me aventuré a irme caminando. Total, ¿qué tan lejos podía estar?

Caminé durante unos 40 minutos, a paso normal he de decir. El banco estaba ya a la vista, pero primero tenía que ir a recoger lo otro. Caminé 15 minutos más y di con el lugar. Entré, pregunté, en el mejor japonés que tenía en ese entonces, por un sello (印鑑 inkan) que habían mandado a hacer el día anterior. El dueño no tuvo ningún problema en saber de cuál se trataba ya que era uno inusual: normalmente los sellos se hacen en kanji, con el apellido de la persona; el mío, en cambio, tenía mi nombre en katakana (マヌエル), lo que lo hacía inconfundible. Si mi memoria no me falla, pagué 1500 yenes por él. Una vez en mi poder, seguía ir al banco.

Llegué a mi destino. Primera vez en un banco japonés, pero ni al de México iba frecuentemente, por lo que podemos decir que estaba totalmente perdido sin saber qué hacer. Entra aquí el buen Japón y sus costumbres: una empleada del lugar me pregunta que qué es lo que deseo hacer y le respondo, dudoso de que mi japonés estuviera correcto: 「口座を開設したいです。」. Para mi fortuna, mi idea se había transmitido. Me pidió que sacara un número y que me sentara; cuando llamaran mi número tenía que ir a la ventanilla que me indicaran.

Quizá haya cambiado en estos años, pero mi imagen de los bancos en México era la de hacer fila, y al llegar al frente te llamaban de la primera ventanilla que se desocupara de la transacción anterior. Por ello, estar en un lugar con música ambiental, una gran televisión prendida con las noticias, sillones, revistas y un ambiente tranquilo chocaba con la idea que hasta ese momento tenía de los bancos. Sigues esperando tu turno, pero como tienes un número asignado, te puedes sentar tranquilamente a leer el periódico, una revista o ver TV mientras llega tu turno.

Me llamaron. Me ofrecieron un asiento y me comenzaron a preguntar cuánto tiempo tenía en Japón, así como me iban guiando por lo que tenía que escribir para abrir mi cuenta. No les haré el cuento largo con muchos detalles aquí y sólo diré que pude sacar la cuenta sin mucho problema. Lo que sí quiero recalcar es lo siguiente:

En todos los trámites que tenía que hacer y a todos los lugares a los que tenía que ir, se suponía que mi tutor debería estar presente para auxiliarme. Después de todo, adaptarse a Japón es un proceso que lleva tiempo. No obstante, esa ayuda sólo la tuve el primer día cuando me fueron a recoger al aeropuerto. En ese momento no le di mucha importancia, y como siempre, sabía que a final de cuentas todo dependía de mí. Ahora bien: si bien es cierto que tenía nivel 2 de la prueba de aptitud en japonés (日本語能力試験) y había intentado hasta ese momento 2 veces el nivel 1, en ningún momento había aprendido sobre los diferentes dialectos que se hablan en cada región de Japón. Conocía nada más el dialecto de Kansai (関西弁, kansaiben), y muy poco, nada que no se pueda leer ahora en cualquier sitio en internet con una simple búsqueda. Aunque en el banco no tuve problemas mayores, sí me costó algo de trabajo entender palabras y expresiones; a final de cuentas, mi nivel de japonés era bueno, pero era un comienzo nada más. Donde comencé a sentir la diferencia fue cuando recogí mi sello, pues sinceramente no entendí mucho de lo que me decía el señor. Pensaba que mi nivel de japonés estaba realmente por los suelos, pero poniendo atención en diferentes ocasiones y diferentes lugares, comencé a notar que la forma de hablar, de conjugar verbos y de usar algunas palabras no era exactamente como yo la había estudiado, como el japonés “estándar” que se enseña a los extranjeros.

El hecho de que mi tutor no estuviera conmigo, no tener ningún conocido, estar incomunicado si no tenía una computadora presente y rodeado de gente que no hablaba inglés (ni mucho menos español) me hizo poner en práctica real todo el japonés que sabía. El nivel que tenía en ese momento era suficiente para comunicarme, para decir cómo me sentía y transmitir mis ideas, pero se alejaba mucho de ser fluido, de considerar que podía hablarlo y manejarlo bien. Por tanto, lo consideré como una prueba más. Después de todo, se había decidido que yo no necesitaba los 6 meses del curso intensivo de japonés, entonces era por algo. Lo que realmente me molestó cuando lo supe es que a los tutores les pagan por ayudar y estar al pendiente del estudiante que tienen a cargo. La duración de este apoyo es de 1 año, y gracias a mi tutor me di cuenta de que, al menos en esa universidad, los tutores estaban recibiendo dinero haciendo poco o nada de las actividades que les eran asignadas. Por supuesto, los que salíamos perdiendo eramos los extranjeros, sobre todo los que no tuvieran ni idea del idioma. Pero Iizuka no nos dejaría completamente solos.

Ayuda a extranjeros

En la universidad había un círculo de estudiantes extranjeros (no muy bien organizado, pero al menos se trataba de hacer algo). Gracias a ellos y a la dirección escolar me enteré que la comunidad de esa región le presta bicicletas usadas, pero en muy buen estado porque les dan mantenimiento, a los estudiantes extranjeros durante todo el tiempo que estuvieran en la ciudad. En efecto: tenías bicicleta para ti solo, en excelentes condiciones, y sin pagar no un solo yen. Ya era una carga menos, y la bicicleta me facilitaría también ir a las compras y explorar la ciudad. Segundo día en Japón y ya tenía en qué moverme.

De la misma manera, Iizuka tiene una red de ayuda a extranjeros llamada Iizuka Friendship Network (飯塚友情ネットワーク) en la que participan japoneses como voluntarios para ayudar a los extranjeros en los problemas que puedan tener; esa ayuda va desde ir de compras hasta llevarte con el doctor y estar al pendiente de tu salud. No les pagan ni un centavo, pero los voluntarios (casi todos gente mayor) realmente dan su mejor esfuerzo. Conocí a uno de ellos cuando fui a recoger mi bicicleta, y él fue quien me regaló el primer refrigerador que tuve. Cuando lo recibí, se me hacía excesiva la amabilidad de la gente y hasta llegué a pensar que había “gato encerrado”, pero el tiempo me demostró que la gente actuaba de corazón, sin realmente esperar nada a cambio.

Lo más importante de todo es que el líder de esa red, un médico ampliamente conocido en la región, pone todo su esfuerzo y un montón de recursos de su bolsillo para sacar adelante a su tierra natal. Su nombre es Nawata, y escucharlo hablar sobre la importancia de tratar bien a los extranjeros, del impulso que le dan a la ciudad y de los sueños que éste tiene de ver crecer al lugar que lo vio nacer y crecer, es simplemente inspirador. El señor tiene contactos con el gobierno local y prefectural, y así como los critica también sabe moverlos con tal de influir en una decisión que afecte los planes que él quiere que se realicen en la ciudad para beneficio de los extranjeros. Y como si no fuera suficiente, hay algunas cosas más sobre el doctor Nawata que parecen sacadas de cuentos de hadas:

  1. Aunque es especialista, atiende en su hospital a los estudiantes extranjeros de cualquier padecimiento que tengan… totalmente gratis.
  2. Cada año, ofrece una fiesta de bienvenida a la comunidad extranjera de toda la ciudad (no nada más a la de la universidad donde estaba). Hay mucha comida, bebida, y se presenta gente del gobierno también. Es el lugar perfecto para hacer amigos y conocer gente en general. La fiesta se lleva a cabo en uno de los salones más lujosos de la localidad.
  3. Otorga 20,000 yenes cada año al estudiante que se convierta en el presidente de los estudiantes extranjeros de la universidad. Así de la nada los da. Es su incentivo para que se anime a realizar proyectos y a que no sea nada más presidente por el título.

Aunque me enteré de la comunidad de estudiantes extranjeros el segundo día, todo lo que he mencionado sobre la Iizuka Friendship Network lo fui conociendo poco a poco. Yo con la pura bicicleta que me habían prestado me daba por bien servido, pero ni por la cabeza me pasaba que hubiera tanto apoyo en una ciudad tan pequeña y tan alejada de la capital del país.

Fukuoka

Debía un dineral; no tenía cortinas en la casa; acababa de comprar un par de cucharas, tenedores y cuchillos; mi única distracción era el Gameboy Advance. Ésa era mi situación en los pocos días que tenía en mi nuevo hogar, pero de algo estaba seguro: necesitaba la ciudad, y pronto.

En el campo japonés es muy raro ver a gente caminando en las calles, incluso cuando hay luz de día. Debido a las distancias, tener carro se vuelve una necesidad, y la gente lo usa para todo. Ciertamente es normal ver a los estudiantes en bicicleta o bajándose del camión y caminar hasta la universidad, pero en comparación con el movimiento de la ciudad realmente no es nada.

Por lo que quieran y gusten, sentía que tenía que salir de Iizuka al menos el fin de semana, porque no había mucho para distraerse. No le pensé mucho: llamé a mi tutor y le pedí que me dijera qué camión tomar para llegar de la universidad a la estación de tren porque quería ir a la ciudad de Fukuoka. Como era de esperarse, me dijo que “no estaba seguro”, pero eso no me detuvo. Me fui hasta la universidad, y en la parada del autobús le pregunté a 2 señoras que también lo esperaban que si el próximo autobús me llevaría a la estación y me dijeron que sí. Perfecto. Era un día bonito, y para mi buena suerte no tuve que esperar más de 5 minutos para que el camión llegara (algo que después me di cuenta de que realmente tuve MUCHA SUERTE, puesto que sólo hay un camión cada hora, y en sábado es todavía más lo que hay que esperar). Pero aquí llegó otro choque cultural:

En Iizuka, hay que subirse a los camiones por la puerta de atrás, mientras que la bajada es por la delantera. Digamos que hasta ahí todo bien. Cuando me subí, no tenía idea de que tenía que tomar un boletito de una máquina que está justo en la puerta, porque hay que ver el número que tiene escrito para después compararlo en el tablero electrónico que está en la parte de adelante, que es en donde se indica el costo del pasaje. En Iizuka, el camión se cobra por distancia, por tanto, cuando llegamos a la estación de tren y estaba dispuesto a pagar, en vez de darle dinero al chofer lo metes a una máquina que está a su lado. La pregunta era ¿cuánto? Inmediatamente pregunté y el chofer me respondió con otra pregunta “¿Dónde te subiste?”, y yo “En la universidad”. Tomó un momento para revisar sus notas (pegadas en el tablero) y me dijo la cantidad. Acto seguido, pagué, descendí del autobús y caminé a la entrada de la estación.

Hasta ese momento tenía la idea de que la estación principal de una ciudad se llamaba igual que ésta. Yo pensaba que llegaría a la estación de “Iizuka” y que tomaría un tren a la estación de “Fukuoka”, pero no tuve tanta suerte. En Iizuka hay 2 estaciones de tren de Japan Railways (JR): Iizuka y Shin Iizuka. Shin (新) quiere decir “nuevo”, así que adivinen cuál es la principal. Y por más que buscaba la estación de Fukuoka para saber de cuánto tenía que pagar el boleto nada más no la encontraba. Otra vez a preguntar. El encargado de la estación amablemente me dijo que tenía que bajarme en la estación de Hakata (博多) y que ésa era la principal de JR. 720 yenes es el costo del pasaje, y en promedio toma 50 minutos (dependiendo del tipo de tren que se tome) en llegar hasta allá. En ese entonces, y he de confesar que hasta que comencé a vivir en Tokio, no me di cuenta de lo caro que es el transporte público fuera de la gran ciudad. 720 yenes no es nada barato (y el camión cuesta 900), y en comparación, con 720 yenes puedo ir de mi casa actual hasta Disneyland, lo que significa que tengo que cruzar más de la mitad de Tokio y un tramo de Chiba para llegar, y comparando, son poco más de 20 km más de la distancia entre Iizuka y Fukuoka.

Total que me subí al tren y me dispuse a disfrutar el viaje. Es muy contrastante ver cómo el paisaje va cambiando gradualmente: de montañas, campos de arroz y casas de vez en cuando, a edificios, casas alineadas, calles, semáforos y el bullicio tradicional de la ciudad. Al cabo de un rato, había llegado a Hakata.

Bien. Ya estaba en la ciudad, no tenía idea de absolutamente nada del lugar (era mi tercer día en Japón) y no sabía a dónde ir. De lo que estaba seguro era de 2 cosas: quería comer una gran hamburguesa y también ir a las arcadias a retar japoneses en juegos de pelea. Pero ¿para dónde me muevo? Nuevamente usé mi mejor arma: preguntarle a la gente. Un policía estaba cerca y mi pregunta textual fue: “Quiero comer una hamburguesa pero no sé a dónde ir. ¿Conoce algún lugar cerca?”. El policía no dudó en recomendarme “Canal City” y me indicó cómo llegar. Me dijo que podía ir caminando o tomar camión, pero que en realidad no estaba tan lejos. Entendí sus indicaciones y comencé la caminata. Después de todo, no tenía planes ni prisa, y era un mundo totalmente nuevo por conocer.

Canal City es uno de los centros comerciales grandes y de moda en Fukuoka. Tiendas de ropa, cafés, teatro, cine, arcadias y un lugar llamado “Ramen Stadium” , donde es posible comer Ramen de diferentes restaurantes reunidos en un sólo lugar, aunado con su relativa cercanía al área más importante de todo Kyushu (que comento más adelante) hacen de este lugar un perfecto centro de entretenimiento para gente de todas las edades. La entrada principal está adornada por varias decenas de TV (de las antiguas) que pasan videos estilo psicodélico. Huelga decir que me quedé anonadado por sentir tanta modernidad (si se me permite la expresión). Cierto es que en ese entonces ya había centros comerciales de vanguardia en Guadalajara, pero ninguno era como el que tenía enfrente.

Los restaurantes están en el piso B1 (lo que sería el sótano, pero al aire libre), y lo primero que mis ojos captaron ea un Wendy’s. “¡Hamburguesas!” era lo único en lo que podía pensar. Ni tardo ni perezoso entré, me dirigí a la caja y pedí la hamburguesa más grande que tuvieran. Me ofrecieron una que tenía 3 pedazos de carne y que era la promoción en ese momento; yo lo que quería era degustar una hamburguesa a la de ya. Pagué (que ni recuerdo cuánto fue de la emoción que sentía al poder disfrutar algo de comida a la que estuviera acostumbrado), me senté y mi orden llegó. Fue cuando entendí el concepto de “tamaño de porciones en Japón”…

La hamburguesa que recibí era muy pequeña. Algo así como una de las hamburguesas más simples de McDonald’s a la que le pusieron queso y los prometidos 3 pedazos de carne. No podía salir de mi asombro y fui a rectificar sí ésa era realmente la hamburguesa más grande que vendían, a lo que me respondieron que sí. Siendo que yo esperaba algo como una Whopper doble (y ya ni digamos una de las Popeye, un puestecito de hamburguesas que está en la normal, en Guadalajara), todo mi entusiasmo se convirtió en desilusión. Intenté saborear lo que tenía enfrente, y aunque estaba buena, realmente me quedé con ganas de comer más, pero no lo hice. Decidí buscar las arcadias y jugar un rato.

El club Sega se encuentra en el 5to. y 6to. piso del lugar. Con un montón de máquinas estilo “cazamonos” y muchas de las casuales para pasar el rato, yo quería retar: Street Fighter, King of Fighters, algo así. Lamentablemente no tuve suerte. Rendido, exploré lo que quedaba del lugar, paseé por los alrededores y me fui de regreso a Iizuka. La aventura había sido poco exitosa, pero al menos había respirado aire de ciudad. Me estaba costando trabajo adaptarme a mi nuevo hogar.

Mr. Max

Comenzaba a darme cuenta de que necesitaba comprar cosas para la casa. Indagando, me dijeron de 2 lugares, dependiendo de lo que quisiera comprar y si lo quería nuevo o usado: Mr. Max y las recycle shop. El primero es una tienda departamental local (de Fukuoka) conocida por su gran surtido y bajos precios, mientras que del segundo su nombre lo dice todo. Del departamento donde vivía a Mr. Max eran como 15 minutos en bicicleta, así que un buen día me fui a explorar.

Al entrar me encontré con una tienda que me recordó mucho al Target de Estados Unidos. Quisiera compararla con alguna en México, pero no encuentro un lugar que sea parecido; puedo mencionar al Wal-Mart, pero sin comidas, bebidas, carnes, frutas y lácteos. Y sí, en efecto, aunque tenía surtido en ropa, artículos para el hogar y electrónicos, no era tampoco para sorprenderse. Digamos que es modesto, en el sentido de que cubre las necesidades de la gente del lugar, pero sin llegar a ser ostentoso.

Vi de todo, pero en ese momento no pensaba comprar nada, o al menos eso creí: me llamó la atención un radio contra el agua, que se pone al lado de la tina cuando te estás bañando; además de ser radio, también tiene sonidos ambientales, entre ellos el sonido de las olas del mar. Eso último fue lo que me hizo sacar dinero y comprarlo. Al menos podría tratar de relajarme al momento de tomar un baño. Además, había aprovechado la ida para investigar precios de algunos artículos que sabía que tenía que comprar, pero que con tanta deuda tenía que saber cómo y cuándo comprarlos.

No sé si de plano era mala suerte o si era obra del destino para seguirme poniendo a prueba con mi japonés, pero el radio no funcionaba. Genial… tendría que ir de nuevo a Mr. Max y pedir que hicieran algo al respecto. Ahora bien, siendo mexicano y sabiendo cómo te la hacen de tos en muchos lados al querer hacer válida la garantía (al menos con esa idea me quedé cuando me vine para acá) iba con el temor de que no me quisieran cambiar nada y que mi dinero se fuera por el caño, pero no tenía de otra.

Llegué a la tienda, con diccionario en mano para buscar las palabras que no conociera. Tenía más o menos una idea de qué decir (“El radio que compré ayer no funciona. ¿Puede cambiármelo por otro por favor?”) y había investigado algunas posibles respuestas que recibiría. Fui al mostrador de servicios y le dije al señor lo que había practicado. El señor me respondió: “ふりょうですか?”, y como se imaginarán, esa respuesta no estaba entre las que había investigado. Tenía que responder algo, pero no sabía que, así que agarré el diccionario, busqué ふりょう, que dicho sea de paso me sonaba pero no podía recordar en ese momento, y lo encontré: 不良: defectuoso. El señor me había preguntado “¿Está defectuoso?” Inmediatamente respondí: “はい。不良です” (“Sí, está defectuoso.”). Acto seguido, el señor toma el radio, me pide el recibo, teclea algo en la caja registradora, y sin hacerme ni una sola pregunta más me regresa exactamente la cantidad de dinero que había pagado el día anterior, y de paso se disculpa porque el aparato no funcionaba. Yo no esperaba recibir el dinero (mucho menos la disculpa), sino otro radio que sí funcionara, pero ya con dinero en mano, lo más fácil era comprar otro, y así lo hice. Éste funcionó a la perfección.

La siguiente vez que fui a Mr. Max fue para comprar mi horno de microondas. Pero esa vez se notó a leguas que todavía estaba nervioso y que me hacía falta tener más sentido común:

Como tenía que comprar el horno y cargarlo hasta la casa (sí, leyeron bien, déjenme terminar esta parte del relato para que vean por qué), esa vez me fui caminando. Esos 15-20 minutos en bici se convierten en 50 minutos caminando, pero sabía que no podría cargar el microondas en la bici. Llegué, vi el modelo más barato (tenía que economizar gastos) y lo llevé a la caja. Pagué, me dieron mi horno y… a cargarlo. Parecía de esos panaderos que andan en bicicleta con la gran canasta llena de pan en la cabeza, solamente sin bicicleta. Se imaginarán que, por los descansos que tomé y la lentitud al caminar por traer semejante cajota a cuestas, me tomó mucho más de lo normal regresar a casa: 2 horas. Además, me quedó dolor de cuello durante las 2 semanas siguientes.

Ahora bien, estoy seguro que TODOS se dieron cuenta de mi error y falta de sentido común: ¿Por qué no pedí que me lo enviaran? La respuesta es sencilla: nunca me pasó por la cabeza. En serio. No tenía ni idea de que tenía esa opción, y la razón es que prácticamente nunca usé el servicio de entrega en México, aunque también casi nunca compraba cosas que fueran demasiado grandes.

Días después, “me cayó el veinte” cuando escuché una plática de otros miembros del laboratorio en la que uno de ellos mencionaba que había comprado una televisión en días anteriores y que hoy por la noche le llegaba a su casa. “¡Si serás menso!”, me regañé a mí mismo. Mi cuello me recordó eso también durante varios días…

Mr. Max se convirtió desde entonces en el lugar al que acudiría para comprar ropa barata, muebles y accesorios para el departamento y algunos enseres domésticos. Su relativa cercanía y buenos precios lo hicieron uno de mis lugares favoritos en Iizuka durante todo el tiempo que estuve ahí. De hecho, fue exactamente ahí donde compré el Nintendo Wii el día que salió, haciendo fila por una hora nada más. Por cierto, respecto al Wii, hay una historia secreta que creo que debo contar en otra entrada.

Diccionario electrónico

Una de los primeros electrónicos que compré fue un diccionario electrónico. Antes de partir a Japón tenía uno que había comprado en Osaka el año anterior, pero lo terminé vendiendo a otro estudiante del idioma cuando me enteré de la beca. Así que era momento de comprar otro.

Si algo aprendí de la primera vez en Japón es que se puede regatear aun en las grandes tiendas. Hice lo propio al comprar el diccionario: fui a Yodobashi Camera en Fukuoka y al seleccionar el diccionario que quería le pregunté al empleado que si me podría hacer descuento. Naturalmente, esto no es común, y menos viniendo de un extranjero, pero no se pierde nada con preguntar. El empleado me pidió que esperara mientras hablaba con su supervisor; éste, a su vez, me miró y me preguntó que si era estudiante extranjero, a lo que respondí afirmativamente y sonriendo me dijo: “Está bien. Te haremos descuento”. ¡Éxito! Me rebajaron el dinero del impuesto (cerca de 2000 yenes). Salí con un diccionario electrónico nuevo y listo para ser usado… o al menos eso pensaba.

Nunca he sido la persona más ordenada del mundo; aunque he mejorado con el paso del tiempo, en ese entonces ni me preocupaba por tener limpio mi departamento (ver foto del futón arriba), salvo cuando de plano ya no podía ni caminar. Con excepción de un escritorio que me regalaron, todas las cosas estaban en el piso, y solamente las movía para hacer espacio para poner el futón y dormir. Para mí era lo más normal del mundo: no tenía amigos, nadie me visitaba y era la primera vez que vivía solo. Todo funcionaba.

3 días después de comprar el diccionario, por la madrugada. Despierto para ir al baño; me paro en el futón, pero por la flojera de no prender la luz (jalando un cordón que estaba justo frente a mí, caminé en la oscuridad. Di dos pasos y oí como algo tronó al momento en el que mi pie hizo contacto. El sueño desapareció de repente; inmediatamente prendí la luz y encontré lo que temía al oír el “crack”: había pisado el diccionario y la pantalla se había roto. Me quedé sin palabras y sin diccionario… No había nada que hacer más que llevarlo a reparación hasta Fukuoka, y fue lo que hice ese fin de semana. A los dos días me llamaron y me dijeron que el cambio ce la pantalla me costaría 18000 yenes, siendo que el diccionario nuevo me había costado 19,000. ¿Pagar casi lo mismo por la reparación? No. Se me hacía ya mucho gasto, así que le pedí a la señorita que me llamó que por favor se deshiciera de él.

Me dolió mucho quedarme sin diccionario electrónico, pero ése fue el principio de mi aventura sin diccionario. Verán: desde que comencé a estudiar japonés, siempre había un diccionario en mi mochila, no salía sin él. Fuera diccionario normal o electrónico, siempre lo cargaba conmigo, y lo leía cada que tenía tiempo. Estando en Japón me ayudó mucho los primeros meses, pero una vez habiendo perdido el nuevo diccionario electrónico por culpa de mi desorden, me dispuse a comenzar a salir sin diccionario, y a consultarlo por las noches cuando regresara a casa. Quería probar qué tanto dependía de él y qué tanto lo necesitaba realmente en la vida diaria.

El resultado fue mucho mejor de lo que yo esperaba. Sí regresaba a buscar palabras en el diccionario, pero durante el día podía sobrevivir con el japonés que llevaba en la mente. Sabía que podía comunicarme, pero dejar de sentir la comodidad de tener un diccionario siempre a la mano me forzó a retener y usar mucho más vocabulario, y a depender de lo que estaba en mi cabeza solamente.

Tiré a la basura 19000 yenes, pero gané la confianza que necesitaba para desenvolverme en japonés.

Z

No podía dejar de mencionar qué fue de mi relación con Z ahora que el océano pacífico se interponía entre nosotros.

Los primeros días fueron muy difíciles. Cuando llegué a Iizuka, la primera persona a la que llamé en México fue a ella y no a mi familia. Recuerdo que compré una tarjeta de 1000 yenes para llamadas internacionales y me duró como 7 minutos, en los que lloré al escuchar su voz y en los que nos decíamos lo mucho que nos extrañábamos. Pero la llamada se cortó y no me importó comprar otra tarjeta igual sólo para volver a marcar y decirle a Z que le echaría ganas por acá porque quería regresar a su lado. Y no mentía: era el más puro sentimiento que tenía en ese momento.

Debido a Z, mi plan era terminar la maestría lo más rápido que se pudiera para regresar a México lo antes posible. Así se lo hice saber a mi profesor, y me dijo que si tomaba todos los créditos y me esforzaba en mi proyecto, podría terminar todo para el siguiente año. Era justo lo que necesitaba oír.

Como mencioné, yo no tuve curso de japonés al llegar, y en vez de eso entré directamente en el laboratorio. Gracias a eso, y a que realmente no tenía nada más que hacer, iba al laboratorio de lunes a domingo, desde la mañana hasta en la noche, y trataba de estudiar y leer todo lo que me fuera posible.

Mi plan de trabajo original era estudiar gráficas por computadora, pero como el laboratorio donde estaba no era de eso, tenía que estudiar mucho más porque nadie podría ayudarme en nada. Pasé estudiando al respecto los primeros 3 meses, hice algunos pequeños prototipos de reconocimiento de bordes, background y demás, pero sentía que estaba en el limbo porque nadie del laboratorio estaba ni remotamente interesado en eso. Viendo que no tenía apoyo ni una discusión interesante sobre mis resultados, y hablando con una chica china estudiante de maestría en el mismo laboratorio, decidí hablar con el profesor y cambiar mi investigación a lenguaje natural, idea que le encantó al profesor porque era su área.

Me enfoqué en aprender lo básico de la traducción automática, pero todo fue por mi cuenta. Ni mi profesor ni mis compañeros me sugerían nada ni me daban pistas o guías para saber por dónde moverme, pero no me importaba: yo seguía haciendo prototipos, descubriendo herramientas y avanzando como podía. La meta de regresar rápidamente a México seguía en pie, y todo era por Z.

Z y yo nos comunicábamos diario por Yahoo Messenger, que era el que ella manejaba más. No hace falta mencionar que la diferencia de horario no nos ayudaba para nada, puesto que yo estaba en el laboratorio cuando en México ya era de noche, y Z se tenía que levantar siempre muy temprano para irse a la universidad. Pero eso no impedía que estuviéramos al tanto de lo que acontencía en nuestras vidas. Estábamos separados por miles de kilómetros, pero hablar con ella, aunque fuera por texto, alivianaba un poco la distancia. Ni se diga de cuando le llamaba por teléfono: la alegría me duraba días enteros.

Durante varios meses, le envié a Z monos de peluche que sacaba en los UFO Catcher (los “cazamonos”), cartas (a mano, no correos electrónicos) y trataba de no dejar de ser detallista con ella ni de poner la distancia como pretexto. Ella era importante para mí.

Por desgracia, aunque yo no quisiera, la distancia comenzó a afectarme. Y no digo “afectarnos” porque me consta que el que cambió fui yo. Z no dejó de ser importante, pero me comenzó a desanimar el hecho de que, hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera, no pudiera verla. Yo no tenía computadora propia, y ella no tenía videocámara, pero creo de todas formas no habría ayudado mucho el que la tuviera. Pensaba en ella, en la relación que teníamos, y en lo triste que me sentía una vez que terminaba la charla del día y le daba las buenas noches. De hecho, y si mi memoria no me falla, cuando encontré la forma de comunicarme por teléfono sin gastar tanto dinero yo le llamaba para despertarla y que pudiera llegar a tiempo a la universidad, prácticamente todos los días. Eran llamadas nada más de “¡Hola! Ya es hora de levantarse, te quiero, adiós”, pero escuchar su voz diario sí me daba ánimos, pero la soledad que venía después cada vez se sentía más fuerte.

Regresé a México de vacaciones en septiembre de ese año, es decir, 5 meses después de haber llegado a Japón. Me quedé de nuevo sin dinero por el viaje, pero yo quería regresar a ver a Z y a darme cuenta de si realmente podía seguir con la relación. Ella fue a recibirme a la central de autobuses de Guadalajara (llegué al DF y de ahí me moví en autobús). El recibimiento fue cálido de su parte, pero de la mía no tanto; me daba gusto verla y poderla abrazar, pero saber que sólo sería por algunas semanas me desanimaba… y por supuesto que ella lo notó.

Ese mismo día tuvimos una pelea por esa razón. Ella pensaba que yo iba a terminarla, pero eso no estaba en mis planes: le pedí que me ayudara, que me dijera a diario cuánto me quería y cuán importante era yo para ella. Necesitaba sentirme querido para poder sobrellevar la distancia que había entre nosotros. Hablamos por un buen rato y decidimos que valía la pena seguir adelante. Volví a Japón con nuevas vibras, que lamentablemente no soportaron el fin de año.

Pasé Navidad y fin de año con mis alumnas de español (historia que contaré en la siguiente parte). Evento de “countdown” en Fukuoka, cena y karaoke toda la noche. Todo era de lujo, pero me hizo falta Z. Eso me llevó a pensar que ella también estaría pasando por lo mismo, y lo último que quería es que ella sufriera porque yo estaba lejos. Además, conocer gente y hacer amigos hizo que me comenzara a gustar Iizuka, Fukouka, y me llevó a pensar que no necesitaba acelarar mi regreso a México siendo que tenía una buena oportunidad al estar en Japón.

Contra todos mis principios de nunca terminar una relación cara a cara (porque es lo menos que puedes hacer si respetas a tu pareja: decirle las cosas de frente), terminé con Z a finales de enero de 2004 mientras hablábamos por chat. Sí, el texto fue la barrera que puse para esconderme y facilitar las cosas. No tenía novia ni prospecto cuando terminé la relación, así que quítense de la cabeza que la corté por una japonesa, porque no fue así. Simplemente me comenzó a gustar la idea de quedarme más tiempo por este lado, y tontamente pensé que lo mejor para Z era no estar conmigo porque sufriría, o mejor dicho, “yo pensaba” que sufriría. Ella me pidió que no termináramos, y que lucháramos contra el sentimiento de soledad que nos causaba estar lejos, pero yo no quise; mis argumentos fueron los arriba mencionados, pero siendo sincero fue solo un pretexto para no sentirme culpable de terminar todo porque yo era el que sufría más.

Aun después de haber terminado, Z y yo duramos un tiempo comunicándonos por chat, pero en menor medida. Poco a poco el contacto fue disminuyendo hasta desaparecer del todo.

No volví a México hasta dos años y medio después, en marzo de 2006, después de haber terminado mi maestría. Z sabía que iría a Guadalajara y fue a buscarme a la casa de mis papás una noche, o mejor dicho, madrugada. Hablamos durante un buen rato, recordamos los buenos momentos que pasamos juntos, repasamos las razones por las que la relación había terminado, y la acompañé a que tomara su camión. Recuerdo lo último que me dijo esa ocasión: “Ya no te volveré a ver, ¿verdad?” Y yo le dije que no lo sabía, pero que seguramente en el futuro habría oportunidad de vernos.

Muchos meses después, ya en Japón, Z y yo nos encontramos en línea. Me saludó, me contó cómo le estaba yendo, le platiqué cómo estaban las cosas de este lado, y terminamos la plática deseándonos lo mejor el uno para el otro.

Z y yo éramos polos opuestos en muchos sentidos, pero lo que sentíamos el uno por el otro era verdadero, y lo mejor era que los dos los sabíamos aun cuando toda la gente pensara lo contrario. Quién sabe qué habría pasado entre nosotros si yo no me hubiera venido becado, pero la situación no se dio y el pasado es historia. Con todo, ella fue uno de mis grandes apoyos morales que tuve recién llegado a Japón, y por eso le estoy muy agradecido.

Y en la próxima parte de esta serie…

Hasta aquí la parte 7. ¿Qué les pareció?

La siguiente entrega de los años maravillosos será la final. Contaré qué pasó durante el año desde que llegué a Iizuka hasta que comencé con este blog. Parece un lapso muy corto, pero hay mucho que relatar todavía. ¿Para cuándo? Buena pregunta… espero que no pase tanto tiempo.