Los años maravillosos – Parte 1

Algunos lectores me han pedido que escriba sobre mi época en la universidad. Lo pensé mucho, sobre todo porque creo que a muchos no les interesará, pero decidí sentarme a escribirlo como una manera de recordar lo que fue mi vida antes, durante y después de la universidad.

Ésta es una lectura larga. Si le siguen, agarren palomitas, refresco y pónganse cómodos. Y de una vez pido disculpas por el título tan poco original, pero no se me ocurrió nada. El título lo pensé después de escribir todo lo que sigue.

Antecedentes:

Durante la preparatoria, pasé los 3-4 primeros semestres yendo de ropa formal todos los días. Estudié en la preparatoria # 2 de la Universidad de Guadalajara, la cual queda a aproximadamente 30 minutos de mi casa (y la de todos ustedes). Comencé a “rebelarme” por ahí de la mitad de 4to. semestre, vistiendo ahora más casual… Sin embargo, siempre tuve un distintivo, algo que me hacía diferente del resto de mis compañeros: siempre fui el más joven de la clase.

1. El final de la preparatoria y el primer fallo.

Para el último semestre de la prepa, ya estaba totalmente “rebelado”. Podrá sonar algo “tonto”, pero como me gradué de 16 años de la prepa, la etapa de rebeldía apenas comenzaba para mí, cuando para todos los demás ya estaba terminando o a punto de terminar. De haber pertenecido siempre a la FIFA (Federación de Intelectuales de la Fila de Adelante), ahora era parte de la gloriosa FEFA (Federación de Estudiantes de la Fila de Atrás); comencé además a no entrar a clases, a responderles de mala forma a los maestros… en fin, lo que prácticamente todo mundo hace al menos una vez.

Durante la época de la prepa tuve muy pocos amigos reales (que por cierto aún conservo la amistad), pero en general siempre estuve solo en todo, por lo que desarrollé una personalidad arrogante, de esas que uno siente que el mundo le debe la vida. Y no era para menos: rara vez sentía necesitar ayuda en algo: tenía videojuegos para escapar de la mala relación que existía en la familia y no necesitaba ayuda en prácticamente nada. Daba por hecho el aspecto económico debido a que mi papá prefería renegar y darme dinero a que yo trabajara, porque siempre ha sido su idea de que si uno trabaja y estudia al mismo tiempo llegará el momento en el que las ganas de dinero superarán al estudio y se terminará dejando la escuela; sin embargo, siempre estuve en contra de esta idea y, a escondidas de mi padre, trabajé en diversos lugares: como encuestador en el censo de población y vivienda del INEGI en 1990, como vendedor en un puesto de videojuegos en la famosa “fayuca” de la calle 60 de Guadalajara, como ayudante de fotolito con un vecino y después con un tío, donde también aprendí serigrafía, y luego como encuestador de casa en casa. Sentía la necesidad de independizarme, pero el yugo de mi papá era muy grande y sus amenazas psicológicas surtían efecto: “Si no haces lo que yo digo, te vas de la casa”, “si no me haces caso, nunca vas a salir adelante”, “sin mí no pueden vivir”. Mi padre siempre fue muy estricto, lo cual no es malo, pero se le pasaba la mano casi siempre y uno terminaba por no quererlo ver nunca… ideas de adolescente.

Para la edad que tenía, sentía que no me faltaba nada y la arrogancia salió a flote. Tenía amigos reales, sí, pero no me sentía parte de un grupo (ni siquiera del que formamos en ese entonces para jugar rol), ni tampoco sentía la necesidad de pertenecer a uno. Así siguió todo hasta que me gradué de la prepa en julio de 1995. Me preparaba para el examen de admisión de la universidad, y había escogido como carrera ingenería en computación, algo totalmente diferente a lo que llevaba en los cursos propedéuticos (llamadas “áreas” en ese entonces): ciencias de la comunicación (donde aprendí algo de periodismo, fotografía y radio), y al mismo tiempo, algo totalmente diferente a lo que mi padre quería que estudiara: licenciatura en derecho. Mi padre toda su vida quiso ser abogado, pero por la necesidad que hubo en su familia nunca pudo realizar ese sueño, y lo quería ver cumplido en mí.

¿Novia? No tenía. Estuve enamorado perdidamente de una chica que solo veía en los cursos propedéuticos. Ella estudiaba en la prepa #4, y vivía bastante lejos de donde yo vivía… pero no de donde mis abuelos 😀 Ideaba la forma de poderme ir siempre en su misma ruta, aunque eso significara llegar a casa 40 minutos más tarde y tener que tomar un camión/bus/guagua extra. Nunca se me hizo hacermela novia, y de hecho tenía rival de amores :D, pero no me quedé con las ganas de decirle lo que sentía y declaré mi amor (me da risa nada más de acordarme) en una reunión de despedida del grupo, delante de todos, arrodillado y con palabras cursis. Sí, me aventé todo el show… para que me batearan 🙁 Pero ahí no quedó todo. Sentía que le debía una disculpa y una explicación a la chava y en una de esas me escapé de clases y me fui a buscarla directo a su prepa, a su salón. Hablamos tan a gusto durante unos 30 minutos… Ya había sido bateado, no había nada más que perder, simplemente era la necesidad de “sacarme la espinita” y decirle todo cuanto había hecho solo porque me volteara a ver. Si bien fue una idea tonta, ella lo tomó todo muy bien, y pudimos platicar como nunca lo habíamos hecho. Pensaba que sería la última vez que la vería, pero el destino tenía otros planes varios años después.

Todo iba bien (según yo), hasta que me topé con la primera pared que me hizo llorar: no entré a la universidad ese semestre porque me fue mal en el examen. Con un promedio de 93 en la preparatoria, solo necesitaba una calificación medianamente decente para entrar a la carrera elegida. La realidad era  dura y no quería aceptara (con esa personalidad ¿quién la acepta tan fácil?). Fui a pedir mi resultado al edificio de la universidad y había quedado 4 décimas abajo del promedio más bajo que logró entrar. No había nada más que hacer: había fallado, pero no quería reconocerlo. Necesitaba buscar culpables. Era el típico “¡no es posible que YO haya fallado! Debe haber una explicación“. Pero por más que buscaba, no encontraba razones. Llegué a lo más bajo y vergonzoso: una tía se ofreció a ir conmigo a hablar con el director de carrera de la universidad. Se puso guapa, sexy,y me llevó casi casi de la mano. En la oficina del director (creo que es coordinador de carrera) ella le explicaba que yo “era muy inteligente”, que debía haber algún error, algún mal conteo, porque yo no podía haber fallado. Varios estudiantes estaban ahí y ellos le explicaban a mi tía que no había de otra: me había ido mal en el examen y no había nada más que hacer. ¿Yo? No me percaté en ese momento que estaba haciendo uno de los ridículos más grandes de mi vida.

2. Seis meses de espera: anime, internet, mud, bbs y el encuentro con el japonés.

Ya sin nada qué hacer, me resigné y decidí autoevaluarme para saber qué había estado mal. Con ayuda de un amigo que se ofreció a ayudarme a estudiar, me di cuenta de que en realidad era poco lo que me hacía falta, y llegamos a la conclusión de que la misma arrogancia había causado que me pusiera muy nervioso en el examen: la presión de “no fallar” porque “no puede ser que yo falle” fue la causante de todo. Fueron creo que unas 3 sesiones de estudio antes de que los dos decidiéramos que estaba listo para el examen y que simplemente debía relajarme. Hecho el análisis, quedaban 4 meses para el siguiente examen y 6 para entrar a la universidad. Tenía mucho tiempo libre. Mi amigo, que se preparaba para entrar a medicina, se dio cuenta de eso, y como le gustaban los videojuegos y los juegos de rol (nos hartábamos de jugar Calabozos y Dragones), sacó la caja de un juego llamado Mario Paint, le sacó una copia a una página en especial, y me la regaló diciendo: “para que te entretengas en algo”. Esa copia contenía el hiragana, el katakana y los primeros 20 kanji que aprendí. Sin darle mayor importancia en ese momento, había comenzado a estudiar japonés. Eso fue por ahí de octubre de 1995.

Necesitaba pasatiempos. Iba a entrar a ingeniería en computación, pero le tenía miedo a las computadoras (nada más con tocar el switch de encendido sentía que se había descompuesto), y llegué a caer en el viejo truco de la ouija por computadora; creo que se llama “Elisa”, y era un programita en pascal que te permitía escribir lo que quisieras mientras que en la pantalla salían letras diferentes, claro que en ese entonces no lo sabía y me sentía aterrado. Incluso llegué a ir de “visitante” a ver una de las clases en una de esas escuelas del tipo Lucita te capacita (era el CCPO – Centro de Computación Profesional de Occidente) porque sabía que necesitaba estar listo para cuando me convitiera en todo un universitario. Seguía con el japonés de vez en cuando, y gracias a un amigo japonés que logré conocer, pude conseguir un valioso diccionario japonés-español, español-japonés, y aprender de él algo de japonés básico. Ya podía elaborar frases y preguntas simples. Era divertido porque era diferente al inglés y al español.

Gracias a 2 amigos que habían logrado entrar a medicina, tuve acceso al centro de cómputo del campus: un laboratorio de puras Macintosh. Sería perfecto para comenzar a moverle a las máquinas y de paso aprender qué onda con el tan famoso internet. Por obra del mismo amigo que me regaló la copia de Mario Paint conocí a otro chavo que también estudiaba medicina, y él nos invitó a jugar en algo llamado MUD (siglas de MultiUser Dungeon), diciendo que era como calabozos y dragones, pero en ingles, y en texto. Había que conectarse a un servidor remoto por medio de un programa llamado telnet (en aquel entonces yo estaba perdido con esos términos) y así poder crear el personaje. Ése fue el inicio de uno de los vicios que tuve durante toda la universidad. De hecho, mi personaje todavía existe y todavía puedo jugar. El MUD se llama Midnight Sun, y mi personaje es Zelda, una maga. Soy nivel 16 (de 19 posibles). Tengo ya mucho que no juego, pero de vez en cuando entro a ver quién de los jugadores que conocí está en línea. Pasaba días enteros en el mud. Apenas amanecía, desayunaba y me iba todo el día al centro de cómputo de medicina. Cualquiera podía entrar con una identificación, así que hicimos del lugar nuestro cuartel.

Tiempo después, alguien sugirió entrar a algo llamado BBS, que corría en el ITESO. Hice mi cuenta: Trunks (me gustaba Dragon Ball y gracias a internet sabía quién era Trunks y qué había hecho, por lo que escogí ese nombre de usuario). Conocí a diferentes personas ahí, entre ellas al panda, que por cierto la primera vez que nos vimos en persona fue que se ofreció de buena voluntad a recibirnos en su casa sin conocerme ni a mí ni a Omar. Aprendí de todo un poco, pero más que nada, el BBS, junto con el mud, eran casi casi lo que estaba buscando: una comunidad a la cual pertenecer. Nunca me había llamado la atención ni el cigarro ni el alcohol. Mi vida hasta entonces eran los juegos y la escuela, por lo que estos 2 pasatiempos me cayeron como anillo al dedo. De hecho fue en el BBS que leí por primera vez sobre la saga de Hades de Saint Seiya, gracias a que un usuario tradujo un resumen y lo escribió en el foro de Cartoons, lo cual nos dejó a muchos con ganas de saber más. El BBS se convirtió en el centro de reunión de personas que, hasta entonces, creían que sus gustos eran raros y que nadie más los compartía.

El BBS del ITESO todavía sigue funcionando y mi cuenta sigue viva, solo que entro muy de vez en cuando.

Internet fue pan comido desde entonces. Sacaba información de lo que fuera usando webcrawler. Llegué a ser de los primeros en sacar las fatalities de Mortal Kombat 3 en la gloriosa época dorada de las arcadias en Guadalajara; sabía de la existencia de mucho más sobre Dragon Ball. Prácticamente tenía el mundo en mis manos.

No recuerdo exactamente cuándo, pero entre varios amigos comenzaron a conseguir caricaturas en japonés. Llegamos a ver Guyver, Street Fighter II (la de anime chida), End of Summer (eip, también veíamos Hentai), entre otras. Las historias eran interesantes, y con Dragon Ball en TV, las caricaturas del país del sol naciente comenzaban a tomar auge al menos entre nosotros. Pero la serie que realmente me atrapó fue una adquisición del mismo amigo que me regaló la copia de la página de Mario Paint: era un video con 4 capítulos de algo llamado Oh my goddess! Quedé fascinado con la obra, y al mismo tiempo quería matar a mi amigo porque solo venían 4 capítulos, y en realidad son 5 (en las OVAs de aquel entonces). Conseguí una copia de esos 4 y después mi amigo me pasó el 5to. capítulo, y vi la serie completa unas 35 veces… y se me hacen pocas. El anime me había atrapado, pero no solo por las historias en sí, si no por el idioma: era gratificante poder entender aunque fuera una palabra en japonés, ni se diga de una frase completa. Creo que todavía me sé de memoria gran parte de los diálogos de la primera OVA, y aún en día Belldandy sigue en mi top 3 de personajes favoritos.

El teatro del MUD y BBS en el centro de cómputo se nos cayó poco a poco debido a un error que yo cometí al invitar a ciertas personas ahí, pero eso queda para la parte 2.