Los años maravillosos – Parte 5

A estas alturas creo que no se necesita introducción, ¿verdad? Agarren palomitas, refresco y pónganse muy cómodos, porque creo que ahora sí me extendí.

Si es la primera vez que leen un escrito de esta serie, por acá pueden leer las entregas pasadas:

Ingeniero – Parte 3

Desde octubre de 2001 estuve sin trabajo, buscando a ver en dónde podría conseguir algo. Justo a principios de año (2002), Omar me dijo que la empresa donde laboraba estaba buscando contratar gente. Omar me recomendó, me hicieron entrevista y, de forma por demás rápida, ya tenía trabajo.

La empresa ya tenía planeado en qué proyecto iba a participar, pero para ello necesitaba estudiar una tecnología llamada COM, la cual utilizaría en el trabajo que se me iba a asignar… o al menos ésa era la idea.

Entré a trabajar en un proyecto dentro de Hewlett-Packard Guadalajara, pero los administradores de proyecto estaban en Boise, Idaho, por lo que la comunicación sería totalmente en inglés. Además, mi lugar de trabajo serían las oficinas de HP. Me tenía que levantar más temprano, haría más tiempo en los camiones, pero no importaba; el trabajo era bueno, se veía interesante y parecía que podría crecer profesionalmente.

Algo curioso de este trabajo fue que, por primera vez desde que egresamos de la universidad, Omar y yo estábamos en el mismo lugar (mismas oficinas), pero trabajando en proyectos diferentes.

No pasaron más de 2 meses desde que entré cuando me enviaron a Idaho, a la planta de HP, para entrenamiento. Estuve por allá 3 semanas, viviendo en medio de nieve, frío… Big Brother y un trabajo que no tenía nada que ver con lo que me habían dicho que haría.

Enfado

Creo que no es apropiado contar punto por punto lo que viví en Idaho en lo que respecta a la vida fuera del trabajo. Lo que sí es preciso mencionar es que la empresa quería ahorrarse dinero a toda costa y no le importaba sacrificar la comodidad de sus empleados con tal de que no se gastara tanto.

El trabajo no era nada de lo que me habían dicho que era. Lo que había estudiado solamente sirvió para entender lo que internamente se usaba, pero nunca me tocó jugar con eso. En vez de programar, seríamos prácticamente testers (personas que se dedican a hacer pruebas de algo que ya está terminado, y en muy remotoso casos se le puede meter mano al código). Yo me quejé con mi jefa de México creo que al segundo o tercer día de estar allá, pero la respuesta que recibí fue que conforme el proyecto avanzara iba a tener oportunidad de programar, cosa que era totalmente diferente a lo que habían mencionado al principio.

Las 3 semanas pasaron. Aprendimos lo que había que aprender y regresamos a Guadalajara. Mi jefe inmediato (un ingeniero en electrónica) sugirió que nos dividiéramos el trabajo, ya que eran 4 proyectos y lo conveniente sería que cada uno estuviera a cargo de 2. Yo le di prioridad a él y lo dejé que escogiera, y me quedé con los 2 proyectos restantes. Mi jefe en Idaho resultó ser una persona muy inteligente, muy sociable, muy amable y muy comprensivo; mi trabajo se convirtió en algo realmente sencillo, pues los 2 proyectos que tenía asignados para estar probando rara vez daban problemas. Y no exagero: había días en que llegaba y en 3 horas terminaba el trabajo, por lo que me desocupaba temprano y me quedaba mucho tiempo libre. Pero no puedo mencionar lo mismo sobre mi jefe inmediato: tenía muchos problemas con un proyecto, y no le daba tiempo de atender otro, por lo que me lo asignó voluntariamente a fuerzas. Quedamos 3-1, y no precisamente en un marcador en el que me hubiera gustado ganar. Pero incluso así, yo sacaba el trabajo de las pruebas de 3 proyectos sin muchos problemas mientras él le sufría con el otro (que él mismo escogió).

Lo anterior puede sonar divertido, pero realmente no lo era. Quizá lo que más disfrutaba del trabajo era la cotorreada con los compañeros. Nos poníamos a jugar Magic a la hora de la comida, platicábamos, criticábamos, sufríamos los estragos de la empresa. El ambiente era genial, y conocí gente muy talentosa, entre ella a un chavo que es (y desde entonces lo era) una eminencia en programación en Windows, al grado que fue contratado por Microsoft y terminó yéndose a residir a Redmond, y hasta la fecha aún está por allá.

Me tocó regresar a Idaho varios meses después, en verano (la primera vez fui en invierno y conocí lo que era el frío verdadero). Boise, la capital, es un lugar muy bonito y muy campirano. De hecho, broméabamos diciendo que la mitad de la gente que vive en Boise trabaja para HP y la otra mitad trabaja para la gente que trabaja para HP. Eso sí: las baked potatoes son deliciosas. Pero desde antes de volver a Idaho, yo me quejaba y buscaba la forma de salirme de ese proyecto y que me asignaran otro. El ambiente de trabajo era bueno y la paga no era mala, por lo que nunca me pasó por la mente renunciar. Lo único que me haría salirme de ese trabajo sería que me dieran la beca a Japón, en cuyo caso renunciaría no por gusto, sino porque la ida a Japón era mucho más importante… y de hecho casi sucedió así, y los detalles de mi renuncia los pueden leer por acá. Por cierto, ahora que vuelvo a leer eso que escribí hace 6 años y comparándolo con mi estado actual, he comprendido mucho más el móvil de las empresas respecto al trato a sus empleados.

He de recalcar que no odié (ni odio) a nadie de esa compañía. Mi jefe inmediato le echaba ganas, y mi jefa pues… actuaba porque así tenía que actuar. Por ahí me habían dicho que la empresa había quebrado, pero echándole un vistazo a internet parece que todavía anda por ahí, lo cual me da mucho gusto. Ojalá que sigan echándole ganas, y que en todos estos años haya mejorado el trato y la relación con los empleados.