Los años maravillosos – Parte 3

Después de casi 10 meses, continúa este intento de “autobiografía”. Agarren palomitas, refresco y pónganse cómodos, puesto que la entrada es realmente larga.

Esta parte 3 cubre un poco más de la vida en la universidad y lo que fue mi primer amor (agregue su música cursi preferida por favor 😛 ).

Sin más preámbulos:

La fiesta comenzaba… ¿o seguía?

Después de haberme tragado el orgullo y de comenzar a disfrutar la vida de universitario, los días en la universidad se hicieron mucho más llevaderos y divertidos. Aunque no tenía computadora en casa, me la pasaba en el laboratorio jugando MUD en las computadoras de Sun o en las terminales tontas que corrían Novell, pero necesitabas disco de arranque. Siempre fue el problema (y la burla): éramos la división de ciencias computacionales de la UdG pero teníamos las peores máquinas. Mientras la facultad de medicina se regocijaba con un laboratorio de puras Mac, nosotros teníamos que conseguir nueces para meterlas dentro del CPU con tal de que la ardillita que vivía dentro se pusiera a correr y la computadora prendiera. No obstante, gracias a las carencias que teníamos, aprendí mucho, y, junto con un grupo de amigos, éramos prácticamente los habitantes del laboratorio. Llegamos a jugar MUD hasta por 12 horas seguidas (en vacaciones, aclaro), y estar en la “pole position” del BBS era como la meta de cada día. Y además de la vida “virtual”, comenzar a convivir con los compañeros de grupo y salir en grupo, hacían que los días en la universidad fueran una delicia. Me sentía mucho más identificado ahí que en mi casa.

Japonés, animación, cómics y el panda

Nunca dejé de estudiar japonés por mi cuenta. Había veces que, cuando tenía tiempo libre, simplemente me sentaba a leer el diccionario japonés-español que un amigo japonés amablemente me había vendido en la módica cantidad de 150 pesos (y aún lo conservo). El gusto por la animación japonesa creció, y ser capaz de leer y entender, aunque fueran solo simples palabras, me impulsó a comprar manga en japonés. Comencé con Dragon Ball, que para ese entonces DBZ estaba siendo transmitido por primera vez en México (lo que significa que sí me tocó vivir el momento en el que hasta los maestros cancelaban sus clases con tal de ver qué le pasaba a Gokú), y si mal no recuerdo, después conseguí el primer volumen de “Code name wa Sailor V”. Omar se comenzó a contagiar también de este gusto y se llegó a comprar algunos artículos interesantes, como el Best Song Book de Magic Knight Rayearth (disco que por cierto me gusta mucho), y con los contactos de él y míos, lográbamos conseguir obras interesantes. Llegué a hacer intercambio de videos con un amigo de Torreón, apodado “Azarak”, quien me contactó por el BBS y a quien tuve el placer de conocerlo en persona cuando fue a Guadalajara.
La fiebre de la animación japonesa estaba en su punto más alto. Yo me moría de ganas por asistir a una convención en la ciudad de México, y al parecer Omar traía la misma idea. Había ido antes al DF solo, pero esta vez no tenía donde quedarme, y no sabía del todo cómo moverme en la capital. Total que decidimos ir a la Conque (creo que fue la última), y curiosamente, una persona del BBS que radica en la Ciudad de México nos ofreció su casa y su guía, así, de buena gente, sin conocernos más que las letras que plasmábamos en el BBS. Aunque habíamos conversado por texto, éramos completos desconocidos, que ni por fotos nos habíamos visto. Quedó de recogernos en la central de autobuses del norte, y para identificarlo nos dijo que iría vistiendo una camiseta con la imagen de “Belldandy”. Así fue como nació la gran amistad con el panda, una persona que le abrió las puertas de su casa a 2 desconocidos y se convirtió en uno de mis mejores amigos. Como nota informativa, nos fuimos de la central directamente a la convención, sí, con todo y maletas, acción que hizo que Adalisa Zárate se riera de y con nosotros.
Después de esa ida al DF, siguieron más. Gracias al panda conocí una tienda japonesa en Cuernavaca llamada “Momiji”, donde vendían manga “difícil de encontrar”. Fue ahí donde compré el primer volumen de Yawara! y donde me enamoré de la historia por completo, aunque ya conocía algo al respecto. Cada vez que iba al DF significaba por defecto ir a Cuernavaca a surtirme de mangas. Incluso la vez del torneo nacional de Street Fighter Alpha 3 que fui como representante de Jalisco (junto con otros 2 amigos) me escapé un día antes para comprar como 8 volumenes de Yawara, y mis amigos se preocuparon porque no sabían exactamente a dónde había ido ni dónde podían buscarme. Ésas eran aventuras 😛
Todo el material que compraba tenía 2 fines: el de colección y el de estudio. Siempre tenía tiempo para aprender una nueva palabra en japonés, y poco a poco entendía más del idioma, pero ciertamente todavía estaba muy lejos de tener buen nivel.

Kazuhiro Nagai

Kazuhiro es un japonés que estaba becado por su compañía para estudiar español en la universidad de Guadalajara. Lo conocí por pura casualidad gracias a que un día abordó el taxi de mi papá, y éste le comentó que yo estaba estudiando japonés por mi cuenta. Kazuhiro mencionó que le daría gusto conocerme, nos pusimos en contacto y así nació una amistad basada en el intercambio de idiomas… solamente que yo no tenía mucho que enseñar puesto que su español era impecable, y cuando nos veíamos era más que nada para platicar de cosas triviales. Lo que yo aprendí de japonés con él fueron cosas que yo tenía duda de cómo decirlas y él simplemente me enseñaba el patrón que debía seguir y cómo debía conjugar los verbos para decir lo que quería. Kazuhiro laboraba en una empresa muy grande, Nissho Iwai Sekiyu, y estuvo en Guadalajara por espacio de año y medio; después fue transferido a la ciudad de México, que fue donde lo vi la última vez. A la fecha, sigo sin saber de él, pero me gustaría ponerme en contacto para saludarlo y darle las gracias por su tiempo y por su ayuda para mejorar mi japonés.

Centro cultural Yakult

Gracias a uno de mis mejores amigos, conocí el centro cultural Yakult de Guadalajara. Como su nombre lo indica, era (¿es?) un espacio que la empresa del producto lácteo fermentado dedicaba a la promoción de la cultura japonesa. De hecho, ahí fue donde conocí Yawara, Sailor Moon y otras obras no tan famosas. Era posible llevarse por una semana los videos o libros a la casa para poder disfrutarlos, y todo sin costo. Quizá el material que pasó más tiempo conmigo fue un libro para aprender japonés titulado “Japanese for Everyone”.
Si bien la librería del lugar no era extensa, era como un paraíso perdido para cualquiera que tuviera interés por el idioma japonés.
Durante varios años fui simplemente un miembro más de ese centro, pero poco a poco mi papel comenzó a cambiar: primero, fui invitado 3 veces a un programa de radio (en AM) a explicar un poco sobre el idioma japonés; después, se formó un círculo de estudio del idioma japonés, donde al principio solo era uno más, pero por azares del destino terminé dirigiéndolo y enseñando japonés a aquellos que tuvieran interés en aprenderlo.
Como podrán notar, la universidad entre semana, el centro cultural Yakult los sábados y las juntas para jugar rol los domingos, ocupaban todo mi tiempo, y todavía tenía tiempo de disfrutar mis videojuegos. No fallaba en el estudio, cumplía los proyectos. En fin, los días eran divertidos, y era una delicia vivirlos.
Después del semestre que me hizo cambiar, mi meta académica siempre fue sacar un semestre perfecto, es decir, 100 en todas las materias. Nunca lo conseguí, aunque siempre quedé cerca; incluso en 6to. semestre solo un 96 me apartó de mi objetivo, pero ese semestre tiene una historia especial:

El primer amor

¡Oh sí! Quien diga que no añora su primer amor es porque no lo vivió con toda intensidad. Al principio pensaba que a mí no había ido tan bien como a otros, pero una vez que vi las cosas desde fuera, creo que en realidad sí lo disfruté mucho aunque es cierto que mi entonces novia me hizo como quiso (y cabe aclarar que nos seguimos hablando hasta la fecha, todo muy buena onda; de hecho, la vi en mi reciente visita a Guadalajara).
A ella la conocí gracias a que uno de los chicos que asistía al círculo de conversación en el centro cultural Yakult también tomaba clases de japonés en otra institución. Él invitó a los chicos de ese grupo a venir con nosotros, y, bueno, ustedes saben cómo es esto: ves a una chica que realmente te late y todo lo demás se vuelve borroso. No sabía ni su nombre, pero gracias a mi amigo tenía forma de saber en dónde estaría… y de paso ver si podía aprender un poco más de japonés.
Ni tardo ni perezoso fui al otro lugar, que resultó ser la casa de quien dirigía las clases (y que después llegó a ser el director del ahora desaparecido centro de idiomas Vancouver), y me metí a una clase, donde por cierto también estaba mi amigo. Había un chavo en particular que se veía que le echaba ganas y que, a ojos vistas, era como el líder de la clase. Lo llamaré R. Recuérdenlo, porque él tiene vela en el entierro en todo esto. Total que en esa clase prácticamente yo contestaba todo lo que la maestra (japonesa) preguntaba, lo que hizo que se desesperara porque nadie más respondía (ni los dejaba responder), y creo que lo siguiente que me dijo fue porque no encontró otra palabra en español para expresarlo: “¡Cállate!”. Sí, mi clase de “prueba” en la otra institución, no estaba la chica que me gustaba y encima la maestra me había callado. Como que no me había ido muy bien. Lo único que averigüé esa vez fue el nombre de la nena en cuestión. La llamaremos V.
Para mi fortuna, V, junto con otros chicos incluyendo a R, comenzaron a ir de forma continua al centro cultural Yakult; el problema, o mejor dicho, la primera herida “de guerra” que sufrí no tardó en llegar: R andaba tras de V, y como lo vi esa vez (él dándole una tarjeta a ella delante de todos) me bajó los ánimos y las esperanzas hasta el suelo… pero yo no me quería rendir.
Con el paso de los días (o semanas, mejor dicho, porque nos veíamos una vez nada más), el grupo del Yakult se fue afianzando, y formamos un grupo que no solamente iba a tratar de aprender un poco más de japonés, sino que también comenzamos a convivir como amigos: salidas al cine, a antros, fiestas, posadas. Fue como una etapa mágica, y si bien no era el más grande del grupo, al menos escolarmente hablando, era uno de los 3 universitarios (los otros 2 son unos hermanos; la chica estaba por graduarse ya a punto de graduarse). Todos los demás, incluyendo V, eran estudiantes de preparatoria. Y antes de que me digan “asaltacunas”, recuerden que no tenía la edad de un universitario “común y corriente”, por lo que aunque sí era (y soy) mayor que V, la diferencia como que no es mucha. Durante este tiempo, lo que sentía por ella se hizo mucho más grande, y 2 sucesos me habían dado esperanzas: 1) ella no andaba ni había andando con R, y 2) estaba en la preparatoria justo al lado de donde yo estudiaba 🙂
El día llegó: tenía que decirle lo que sentía (si es que no se había dado cuenta ya 😛 ). Necesitaba una técnica, un lugar y una fecha. Los seleccionados fueron: una carta de amor (cursi, pero creo que es lo que mejor se me da), la escuela y XX día de mayo (si mal no recuerdo) respectivamente. Compré una flor, revisé que la carta no tuviera errores (y sí tenía uno GARRAFAL porque puse su nombre en japonés, pero me equivoqué en un katakana) y me lancé a la aventura. Total, después de lo que había hecho en la preparatoria (revisar la parte 2 de esta serie para mayor referencia), no había nada peor que me pudiera pasar. Y ustedes ya saben cómo es el trámite: las chicas por lo general ya saben a lo que van cuando las citas un día X a una hora X y en un lugar X, y uno, como siempre, todo nervioso, pensando en todas las posibles razones por las que lo pueden “batear”… y el resultado fue el esperado: me mandaron a volar lejos, pero de la manera tan sutil que tienen las mujeres para decirte que no sin querer hacerte sentir mal (tomen nota chicas: SIEMPRE nos vamos a sentir mal si nos batean, sobre todo cuando uno va en serio).
Total que el necio de “yo” tomó relativamente a la ligera ese rechazo, y seguí mostrando, ahora sin disimular nada, que V me gustaba. Y yo no sé si fue por pena, porque realmente le llamó la atención o porque de plano lo sintió, pero en septiembre de ese año ella fue la que me contactó y me dijo que sí. ¡YES! Recuerdo que estaba en el laboratorio de cómputo de la universidad, llevábamos días hablando mucho de nosotros por medio del difunto BBS del iteso, hasta que ella me dijo que quería hablar conmigo en persona. Para mí no importaba la razón; el hecho es que tenía novia, y era la chica a la que me le había declarado justo unos meses atrás.
Como toda relación, al principio fue perfecta; no nos veíamos mucho, pero salíamos una vez a la semana, nos veíamos en el Yakult, teníamos nuestros amigos comunes y por separado. Ni mandado a hacer. Pero obviamente poco a poco la magia dio paso a la realidad y al cabo de unos meses (5 si mi memoria no me falla), me terminaron, así, de buenas a primeras… Caí en una de las depresiones más grandes que he pasado en esta vida.

La vida sin V

Fácilmente duré unos 3 meses aislándome lo más posible de todo contacto externo. Solo lo necesario, y después, a encerrarme en mi cuarto. Lloré, sí, y mucho, y no me apena decirlo: había intentado tener novia desde hacía mucho tiempo, pero cuando de verdad conseguí una y entendí lo que era realmente querer a alguien y después perderlo, dolió (como debe doler). Casi no comía, no hablaba, no me divertía, pero hubo algo que nunca descuidé: la universidad. Nunca perdí rendimiento, ni bajé de calificaciones (siendo que me tronaron en plena época de exámenes). Ése fue mi 6to. semestre de la carrera: el mejor en cuanto a calificaciones se refiere. ¿Cómo le hice? Ni yo sé.
Fue gracias a mis amigos del rol que pude salir de esa depresión, y especialmente a uno le estoy profundamente agradecido por haber hablado conmigo como lo hizo esa vez. La vida comenzó a tomar su curso: salí del hoyo y me dispuse a continuar… pero V no había salido todavía de mi vida, y mis sentimientos hacia ella tampoco habían cambiado.
Ignoraba por qué, pero yo sentía que lo de V y yo todavía tenía mucho que dar, rectifiqué mi actitud y me di cuenta que, hasta donde sé, nunca hice nada malo ni me equivoqué así garrafalmente; reflexioné también sobre V y yo, y caí en cuenta de que fui muy suave, muy condescendiente con ella. Si ella se equivocaba, se enojaba conmigo, y yo era el que siempre tenía que pedir disculpas. Sip, lo que hace el amor y la falta de experiencia. Pero también entendí que haber dado todo por una relación me hizo vivirla a plenitud, aunque hubiera terminado mal. Fue en ese momento cuando me sentí libre, y cuando me sentí preparado para tener otra relación de pareja… solo que nunca imaginé que volvería a ser con V.

V, parte 2

Cerca de 8 meses pasaron después del cortón. V y yo tardamos un poco en acostumbrarnos a volver a ser amigos, pero curiosamente las cosas funcionaron y volvimos a hablar, si bien no como antes, al menos de forma más tranquila, ya sin compromisos. V llegó a quitarse chavos de encima usándome como “su novio”, situación que lejos de incomodarme, me agradaba. Yo para ese entonces ya trabajaba por las tardes (luego hablaré de eso con detalle), y V y yo comenzamos de nuevo a usar el BBS para platicar en línea (y sí trabajaba, antes de que digan ¡Ah cómo trabajabas! 😛 ). Comenzaron a salir insinuaciones de salir juntos a algún lado, y de nuevo fue ella quien tomó la iniciativa. Yo sentía que captaba el mensaje, pero no me quería ilusionar, por lo que dejé pasar varias ocasiones hasta el día en que de plano le dije: “Dejémonos de rodeos. ¿Quieres salir conmigo?”. La respuesta fue un “sí” inmediato, seguido por un “vamos al cine a ver la película “El violín rojo” hoy por la tarde”… y así fue. Aunque la película es muy buena (y de hecho es de mis favoritas), la caminada que dimos desde el Centro Magno de Guadalajara hasta la catedral fue una experiencia mágica, un viaje a otra dimensión donde el tiempo existía solo para nosotros. Para ponerlos en contexto, recorrer ese tramo caminando toma poco más de una hora, pero al paso que íbamos, fueron muchas más.
Hablamos mucho, muchísimo, de todo, incluyendo lo de nosotros. Ahí ella me confesó algo que me dejó helado: cuando terminamos y yo caí en depresión, ¡mis papás le llamaron por teléfono a su casa para preguntarle que qué me había hecho para que yo me hubiera puesto tan mal”. “¡Trágame tierra!” fue lo primero que me vino a la mente, así como la idea de que NUNCA podría volver a ver a la cara a sus papás debido a la vergüenza que sentía. Los sentimientos de ambos salían a flote, pero ninguno decía nada en concreto; fui yo el que le solté la pregunta directa: “Sin darle tantas vueltas, ¿quieres volver conmigo? De hacerlo, es borrón y cuenta nueva: lo pasado, pasado. Lo que importa es lo que haya de aquí en delante”. Su respuesta reflejó mucho lo que ella estaba sientiendo y lo que le preocupaba: “¿Y si te vas a Japón, qué hacemos?”… tumbó todas las defensas que yo todavía tenía: la nena quería volver, pero tenía miedo de que me dieran la beca al graduarme y que me alejara de ella. Y en efecto: por mucho que quisiera a alguien, la beca era un sueño, y si la obtenía, no la iba a desaprovechar… pero en ese entonces era todavía una posibilidad futura, algo por lo que no no teníamos que preocupar en ese momento. V y yo regresamos como pareja, y esta vez duramos 1 año y 2 meses, los cuales, dicho sea de paso, disfruté al máximo. Tenía cara de felicidad siempre, me sentía completo. Lo viví, ésa es la expresión.
No es tema para tratar aquí, pero puedo mencionar que cuando terminamos, V nunca me dio una razón concreta. Yo supe que un chavo andaba tras de ella en la universidad (ella estudiaba en el CUCEA, Centro Universitario de Ciencias Económico-Administrativas de la Universidad de Guadalajara), y el chavo la invitaba a salir… y ella aceptaba. Cuando ella me terminó, no sé (ni me concierne saber) cuánto tiempo pasó, pero ella comenzó a andar con él. La diferencia de esta vez que terminamos fue que yo ya no caí en depresión (aunque por supuesto me dolió), y cada quien siguió su rumbo. La relación con la familia de V nunca decayó, y todavía hoy en día soy bien recibido en esa casa (o al menos eso quiero creer :P). Fue hasta 2006, ya cuando vivía en Japón, que en uno de mis viajes a México (el que hice para celebrar que me había graduado de la maestría) V me invitó a salir para platicar conmigo y me dijo la razón real por lo que me había terminado. Aunque no lo crean, ayudó mucho. Cerrar círculos es importante, y yo le agradezco que se haya tomado la molestia de haber hablado directamente conmigo, aunque haya sido años después.
V sigue siendo mi amiga, y aunque ahora cada quien tiene su vida y sus sueños, siempre ocupará el lugar del primer amor.

¿Y qué onda con R?

R nunca me perdonó (si había algo que perdonar) que yo haya logrado andar con V. R estuvo conmigo en el mismo salón en la escuela de japonés, y lo recuerdo como un chavo muy listo, con muy buen memoria y capacidad de retención. Sinceramente, nunca tuve ni he tenido nada contra él, pero parece que hay heridas que todavía no sanan: cuando escribí la parte 1 de esta serie de entradas, él me envió un comentario reclamándome, con palabras no muy agradables, que le “haya quitado” a V, porque el la quería mucho. Me pregunta también si me acuerdo de él, y claro que lo recuerdo, y también se declara mi “archienemigo”.
Pensé mucho en aprobar su comentario para el momento en el que esta parte 3 estuviera escrita, pero por respeto no lo haré. Lo que sí quiero hacer es decirle a R que ¡eso pasó hace como 10 años! Como que ya es hora de superarlo, ¿no? Digo, a mí me la aplicaron igual después (me “bajaron” a la chica con la que quería andar, y sí dolió), pero tampoco creo que sea para tanto.
Para aclarar todavía más el punto, contacté a V por correo el año pasado para decirle de esta entrada (sí, me tardé en ponerla) y preguntarle qué onda exactamente con R. Según V, no lo bateó una vez, sino un montón. Al parecer ella no estaba para nada interesada en él, pero él seguía insistiendo.
Continuará en la parte 4…