Los años maravillosos – Parte 2

La segunda parte del relato sobre mi vida en la universidad. Es también una lectura larga, por lo que serán necesarios palomitas, refresco y buen sillón si deciden leerla toda.

Muchas gracias por todos sus comentarios 😀

El ingreso a la universidad

Había llegado el momento de presentar nuevamente el examen de admisión para entrar a la universidad. Ya no iba confiado, pero sí estaba seguro que podía aprobar (el conocimiento lo tenía). Hice el examen sin mayores problemas, y después supe el resultado: había sido admitido a la carrera de ingeniería en computación, y mi promedio había sido alto. La fórmula de “relájate y no estudies más” había surtido efecto.

A otros amigos de la prepa no les fue tan bien, e incluso hubo uno que decidió cambiar de carrera así de buenas a primeras (de diseño gráfico a licenciado en informática). Pero el chiste es que ya la mayoría de los que nos juntábamos a jugar rol ya éramos todos unos universitarios.

El primer semestre mi actitud fue más o menos la misma que había llevado hasta la preparatoria: engreído, altanero, el mundo me debía la vida. Recuerdo que entre clase y clase me ponía en el pizarrón a escribir frases en japonés, y también, no sé por qué, la fórmula para resolver ecuaciones cuadráticas. También buscaba la manera de conseguir cuenta para poder entrar a internet y así seguir en el BBS y en el MUD.

La primera vergüenza que pasé fue con el maestro de física: mientras él estaba hablando, había varios alumnos que también lo hacían. El profe se enojó y preguntó que si alguien le estaba poniendo atención. El salón quedó callado, y a mí se me ocurrió levantar la mano. Acto seguido, me dice: “Muy bien compañero, ¿qué estaba diciendo yo?”. Juro que realmente le estaba poniendo, pero de plano ahí se me borró el cassette, y me quedé callado mientras todo el salón me veía.

Hablando del salón y de mis compañeros, apenas cabíamos. Éramos como 63 personas. La carrera estaba de moda, era de las “difíciles de entrar”, por lo que se abrieron 2 turnos, y a mí me tocó estar en el vespertino. Habiendo estado en la prepa en el mismo turno, sinceramente no me fue extraño, aunque, al igual que muchos, deseaba estar en la mañana. Recuerdo que hubo algunos que sí consiguieron el cambio, pero yo me quedé en la tarde. No había mucho de qué quejarse con el horario: el día más pesado era el miércoles (de 12 a 9 pm), pero los demás eran casi todos de 1 a 7 pm. El CUCEI (Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías) me quedaba a 40 minutos caminando o 20 en camión. No era tan incómodo después de todo.

La primera amiga que hice fue también en la clase de física. Siempre que un profesor pide equipos para exponer algún tema, me gusta ser el primero, para así salir rápido del problema y ya no tener que preocuparme después. El profe pidió voluntarios para exponer, y al mismo tiempo una chica y yo fuimos los únicos que levantamos la mano. El equipo estaba decidido, y me había tocado con una chica lindísima.

Trabajamos juntos en lo que nos habían pedido, y comenzamos a conocernos. Yo no tenía para nada ni la más mínima esperanza de que ella se fijara en mí (era de nuevo el más joven en el grupo, y yo la veía ya adulta, inalcanzable). Sin embargo, la chica se interesó en mí pero no para novio, sino para quitarme la “amargura” que tenía mi personalidad. Fue a tal grado su decisión, que se propuso como objetivo hacerme cambiar antes de que nos graduáramos. A mí me parecía algo imposible, pero no me desagradaba tener como amiga a una de las chicas lindas del salón. La vida universitaria comenzaba a tornarse interesante, aun para un chico de 16 años.

Poco después intenté hacer conversación con otros miembros del grupo. Había uno en especial que se veía distante, algo así como un “lobo solitario”. Su forma de hablar era un poco áspera, y fumaba entre clase y clase. No obstante, parecía saber mucho puesto que contestaba correctamente cuando le preguntaban en clase, pero se notaba que quería estar apartado.
No recuerdo cómo fue que él supo que yo jugaba en un MUD, y como me comían las ansias de jugar, me trataba de acerca a cualquier persona que tuviera una cuenta de Unix para poder entrar a internet en el arcaico centro de cómputo de nuestro departamento (el de medicina estaba mucho mejor). Ese chico tenía cuenta, y sin conocerlo mucho le pedí de favor que si me dejaba usarla
, a lo que respondió que sí, pero solamente cuando él la usara también. Resulta que él también jugaba en un MUD, y pensó que era el mismo, por lo que la primera vez que fuimos juntos al centro de cómputo me dejó su cuenta lista para jugar… en el Colima MUD… uno en México, en español. Obviamente yo no tenía cuenta, pero al ver al cuate bien entrado en su juego, dudé en pedirle que me dejara usar el famoso telnet. Pero las ganas siempre son más grandes que el miedo: me animé a decirle, y el respondió con “nomás no hagas nada raro con mi cuenta”. Así pude jugar Midnight Sun entre clase y clase, y, sin saberlo en aquel entonces, había conocido a una persona que fue la causante de muchos cambios en mi vida, quien me enseñó realmente a programar y por quien conocí el mundo de las becas a Japón: Omar.

¿Triángulo?

Omar fue un parteaguas en mi vida debido a que fue la primera persona que conocí que me sobrepasaba en conocimiento. Aquel chico que se veía com un “lobo solitario” era (y lo sigue siendo) un genio en matemáticas, a tal grado que pensé que nunca podría ganarle (y en matemáticas nunca lo hice). Lo bueno de haber conocido a alguien así fue que había comenzado una rivalidad interesante por ver a quién le iba mejor en cada semestre, pero siempre ayudando al oponente: si él no entendía algo, yo le explicaba, y viceversa. Nada de trampas, simplemente un estímulo para salir adelante.

Naturalmente, Omar y mi amiga, a la que llamaré N hasta que no le pregunte si puedo usar su nombre completo, comenzaron también a hablar. Para ese entonces yo ya me llevaba muy bien con ella, y sinceramente ya me gustaba; pero con las experiencias de amor fallidas (léase: “bateadas”) que llevaba, se me hacía como que imposible que entre ella y yo pudiera haber algo. Mi sorpresa fue grande al ver que Omar y ella se comenzaron a llevar mejor, y en poco tiempo, se hicieron novios. Entré en estado de shock, pero trataba de disimularlo. Sin embargo, Omar se percató de mi repentino cambio de actitud y me preguntó que si había algún problema con que él y N estuvieran juntos. Quise decir que sí, pero estaba aprendiendo mucho de Omar, y N se preocupaa porque yo dejara de ser un amargado. Mi respuesta fue “para nada”. Me dolió el estómago toda esa noche. Ignoro si Omar sabía que me gustaba N, pero debo admitir que me tomó tiempo poder entender que yo estaba en la posición de “amigo” entre ellos dos, y que las cosas no iban a cambiar tan fácilmente.

La vida universitaria también dolía de vez en cuando.

Humillado, derrotado y con la cola entre las patas

Como mencioné antes, fue gracias a Omar que conocí sobre las becas a Japón, debido a que él ya había intentado obtenerla anteriormente. Omar se sorprendió de que yo estudiara japonés por mi cuenta y fue cuando me contó al respecto. Para no hacer la historia tan larga, intenté obtener la beca para licenciatura ese mismo año, pero por un traspapeleo de documentos, nunca fui informado sobre la fecha de los examenes de selección. Me dolió, pero no mucho, y después de decidir si volvía a intentarlo el año siguiente o mejor quedarme y terminar la universidad en Guadalajara, la carrera y mi vida comenzaron a tomar rumbo. Debo aclarar que aunque sí tenía interés por la beca en ese entonces, era más bien con ánimo de escapar de todo lo que me rodeaba y vivir en un ambiente diferente. Mi deseo por estudiar en un país extranjero y de todo lo que eso conlleva era prácticamente nulo. En corto: no estaba listo para algo así, y ahora, muchos años después, lo comprendo. La meta había sido puesta, pero hasta yo pensé que sería efímera. Era como un “si se hace, bueno, si no, ni modo”.

El primer semestre terminó sin mayores problemas. Y llegó el semestre que me hizo cambiar por completo y ver las cosas desde otro punto de vista.

Una vez, en una plática con varios compañeros, discutíamos sobre las amistades y otras cosas. Recuerdo claramente lo que dije, en voz alta, delante de todos: “pues yo no necesito de nadie. Soy primero yo, luego yo, después yo, y al final yo. Los demás no me importan porque no los necesito. Yo puedo solo”. Nadie respondió nada esa vez.

Hace falta mencionar que en primer semestre me habían ofrecido el puesto de concejal de grupo, pero habiéndolo sido durante varios semestres en la preparatoria, no quería cargar con el compromiso, por lo que me rehusé. Otro miembro del grupo fue seleccionado, y se quedó con el cargo durante mucho tiempo.

En una discusión que teníamos sobre trabajos en equipo y la importancia de cooperar, el concejal estaba al frente del grupo, y hablaba sobre lo importante que era poner de nuestra parte para poder llevar a cabo los proyectos dentro y fuera de la escuela. Llamaba a la unión grupal, puesto que estaríamos juntos al menos otros 3 años y medio y teníamos que aprender a convivir todos. Fueron sus siguientes palabras, delante de un profesor y al frente de todos nosotros, lo que me pegó muy duro:

Y a aquella personita que dijo que primero era él, después él y al final él, que él podía solo, no se extrañe de que nadie le hable, de que nadie le pida ayuda ni de que nadie lo ayude cuando lo necesite. La vida no es tan fácil como esa persona cree, y si él puede solo, qué bien, pero que no espere que alguien le vaya a extender la mano, o que alguien lo llegue a considerar como amigo. Le deseo buena suerte en su vida y mucha más para poder seguir aquí los restantes 6 semestres y medio”.

No necesitó decir nombres. Todo mundo sabía a quién se refería. Ese día solo me dio por quedarme callado, sin opinar nada, y en los días que siguieron solamente quería imitar a las avestruces cuando meten la cabeza en la tierra. Me habían augurado 3 años y medio de soledad, de no amistades, justo cuando comenzaba a darme cuenta de que había gente que era mucho mejor que yo, que sabía más que yo, que era más inteligente que yo, que podía hacer cosas mejor que yo. Justo cuando me percataba de lo ínfimo que era como persona, y de lo lejos que estaba de ser el número uno. Y al darme cuenta de todo eso, yo no quería vivir la universidad como había vivido hasta entonces, no quería estar solo.

Lloré varios días. Me habían pegado en el orgullo. Las palabras que N siempre me decía desde que me conoció ahora reverberaban en mi cabeza. Estaba por cumplir 17 años, sabía que no era como los demás chicos porque me hacían falta amigos. Me había sentido solo durante la mayor parte de mi vida. Quería salir, quería escaparme, no quería afrontar la realidad. Había sido humillado, me habían recetado un par de bofetadas con guantes blancos. A mí, a aquel que nunca había necesitado de nadie. Entonces, ¿por qué dolía tanto?

Había 2 soluciones: seguir siendo como era o aceptar las palabras que me habían dirigido. Lo segundo era lo más difícil porque tenía que aceptar que estaba equivocado, pero con la experiencia de haber reprobado el examen de admisión la primera vez y de que el único responsable fui yo, tomé la decisión, creo que por primera vez en mi vida, de tragarme mi orgullo, aceptar que estaba mal, y disculparme con el concejal del grupo y, paulatinamente, con los demás.

La disculpa no fue fácil. No sabía qué decir. Simplemente unos días después me acerqué al concejal y le hablé con la verdad, explicándole el porqué de mi personalidad, sin justificarme, solo quería que me escuchara. Después de la disculpa, él simplemente me dijo que no había problema, y que lo realmente divertido apenas estaba comenzando.

Duré un tiempo sin hablar en el grupo. Quería pasar desapercibido (o creer que lo hacía); sentía las miradas de todos, y me imaginaba que pensaban lo peor de mí. Fueron semanas difíciles, pero necesarias. Tenía que rectificar mucho de mí. Ya no era el número uno (nunca lo había sido, simplemente yo así lo creía y ahora me daba cuenta de que no era así), había un largo camino por recorrer, tenía 17 años y tenía también muchas ganas de vivir como un universitario.

Fue después de todo eso cuando llegó por completo mi etapa de echar “desmadre”. Todos en el grupo eran mayores que yo (algunos hasta 10 años), por lo que en algunas cosas seguía siendo infantil a la vista de los demás, pero comenzaba a disfrutar no solo la universidad, sino la vida misma. Poco a poco los pensamientos de suicidio que llegué a tener, la amargura que destilaba con frases como “En tu cumpleaños hay que celebrar que te queda un año menos de vida” y el rechazo que sentía por parte de todos, comenzó a cambiar. No fue de un día para otro, pero con el paso del tiempo, se sentía la diferencia.