2) Jugando con fuego 

Liga a las partes anteriores:

Una aclaración que quiero hacer aquí es la siguiente: todo lo contado aquí es real. No es una historia basada en alguna novela, manga o animación 😛 Algunas partes parecen de película mala, pero juro por el osito bimbo que sí pasaron. Y miren que con el osito bimbo no se juega.

¿Palomitas, refresco listos?¿Sentados en posición cómoda? Entonces, vamos a la parte 2 de esta serie.

Durante la prepa y la universidad tuve la oportunidad de escuchar experiencias de amigos o conocidos con mujeres casadas, y en general todas eran (o sonaban) interesantes y excitantes. Que si ellas saben a lo que van, que te enseñan mil y una cosas, que muchas veces son fáciles de seducir, etc., etc. Yo, como pobre chico en plena pubertad, sin novia ni prospectos en ese entonces, simplemente me imaginaba qué sería tener una novia así solo por el hecho de cómo se oían las cosas. De la misma manera, en mi cabeza no existía el concepto de riesgo de estar con una persona comprometida. Era joven e inexperto.

En la situación que tenía enfrente, también era joven e inexperto, pero esa inexperiencia era menos ya que había tenido novias, y aunque suene feo, un punto de comparación. Por muchas vueltas que le diera, la única razón que tenía para decir “no” eran mis principios, pero sinceramente era lo último que tenía en la mente. Piénsenlo un poco: solo en un país y área remotos, sin compromisos sentimentales, sin nadie a quién rendirle cuentas ni nadie que me estuviera vigilando o supervisando, y encima sin tener que esforzarme para nada. Llámenlo curiosidad, morbosidad, como quieran, pero mi respuesta fue positiva.

Ahora viene la pregunta: ¿cuándo me di cuenta de su estado civil? ¿No será que yo ya sabía y me estaba haciendo como el que no tenía idea?

Comencé a pensar que algo había cuando comenzamos a salir juntos y siempre era en lugares alejados de la ciudad. Al principio no le di importancia y hasta me parecía buena idea porque así conocería lugares nuevos, no turísticos, que me ayudarían a entender más la cultura del lugar. Pero después de algunas salidas y de que ella comenzaba a tomarme del brazo siempre que estábamos fuera pero evitaba cualquier tipo de contacto dentro o muy cerca de la ciudad, me hizo pensar que algo estaba escondiendo.

Para corroborar mis sospechas, le pregunté primero a una amiga que teníamos en común que la conocía desde hace muchos años, y en efecto, me contó una parte de la historia y confirmó que era casada y que tenía 2 hijos. Era la respuesta que esperaba, pero de todas formas sí me sorprendió de dos formas diferentes: por un lado, me intrigaba saber qué tan grave era la situación para que ella quisiera buscar a alguien más; por el otro, ignoraba por qué ese alguien más había sido yo, y qué podría ofrecer que otros no.

Obviamente ella no intentó ocultar las cosas una vez que se enteró que yo ya sabía (gracias amiga chismosa), y escuché de su boca lo que estaba pasando y cómo se sentía. No ahondaré mucho en su situación, pero mencionaré algunos detalles como ella los contó:

  • Vivía en la casa de los papás del esposo.
  • El esposo no trabajaba, y vivía solapado de sus padres. No se dedicaba a los niños.
  • Tenía pruebas de que el esposo le era infiel.

Ella no se animaba a estar con alguien más porque, aunque hay gente para todo. en el campo japonés es difícil encontrar a alguien que entienda y acepte esa situación. Parece mentira, pero muchas mujeres prefieren aguantar todo eso con tal de no romper el teatro de “buena familia”, aunque de relación familiar no exista nada más que con los niños; piensan que ellas deben sacrificarse al menos hasta que los niños se independicen, y después de eso, pensarían en un posible divorcio o separación. Además, en su caso, debido a lo cerrado de su círculo de actividades, le era muy difícil conocer a alguien nuevo. Entonces, cuando aparecí yo y a ella le agradó mi personalidad “fresca” (por ser extranjero y pensar diferente), comenzó a acercarse a mí, pero no se animaba ir más adelante por miedo al rechazo, sobre todo después de que le había preguntado yo directamente si estaba interesada y ella había respondido con que le caía muy bien, pero hasta ahí. Por esa razón yo la había puesto en el estado de amigocha, y no era la primera que tenía así de cercana, ya que en México tenía varias amigas así. Pero como no la rechazaba y aceptaba que saliéramos a pasear nada más nosotros dos sin que hubiera ningún tipo de contacto físico (ni siquiera besos; era amiga y punto), ella cada vez se fue enamorando más hasta que comenzó a ir a mi departamento esperando que algo pasara, que yo diera el primer paso, estrategia que a fin de cuentas no le funcionó porque las pocas veces que fue antes de que me dijera las cosas claramente yo no hice ningún movimiento porque conocía la situación, y aunque en el fondo realmente quería que algo pasara, nada más no daba mi brazo a torcer.

En retrospectiva, desde el momento que supe sobre su situación tuve la opción de alejarme, pero no lo hice por lo ya mencionado arriba; además, el hecho de que una mujer, especialmente casada, se fijara en mí, me hacía sentir especial, y como no tenía compromisos, yo pensaba que no tenía nada que perder. Y viéndolo desde fuera, esperaba que ella diera el siguiente paso para, de alguna forma, no sentirme culpable o responsable de lo que pasara. Sí, es un pensamiento por demás ingenuo y ventajoso (hay que reconocerlo), por ponerte a la defensiva. Es como cuando tienes pareja y quieres terminar la relación pero de alguna forma quieres liberarte de la responsabilidad y haces lo posible por hacer que la otra persona sea la que la termine y así no cargas con la culpa o sientes que fue menos.

Nunca tuve la idea de tener novia de alguna nacionalidad en específico solo por el hecho de que “sería extranjera”. Por tanto, tener una novia japonesa no era algo que fuera de presumir; después de todo, estaba en Japón, en el campo, por lo que conseguir novia japonesa era lo más obvio… pero jamás consideré que fuera en una situación como la descrita.

Aceptar una relación así implica mucho más de lo que uno piensa en el momento: por principio de cuentas, no podíamos andar juntos en la calle dentro o cerca de la ciudad; las veces que nos viéramos tenían que ser cuando saliéramos en grupo y solamente cuando la actividad grupal hubiera terminado, y sobra decir que a puerta cerrada; si queríamos salir nada más nosotros dos, tenía que ser en un lugar lejano y nos teníamos que ver en un lugar común fuera de la ciudad para minimizar la posibilidad de que alguien conocido (de ella) nos viera. Parece de telenovela, pero en su momento hasta lo consideré divertido. Después de todo, ¿qué podría salir mal?

Mentiría si dijera que los primeros meses no fueron como de ensueño. Recuerden: ella físicamente no era mi tipo, pero para mí la situación no podía ser mejor: ante todos, yo seguía sin novia, por lo que podía salir con quien quisiera a donde quisiera, y hasta me presentaban posibles prospectos de novia para que “no estuviera solo”. Ella no se molestaba para nada, y cuando quería ir a mi departamento siempre me enviaba un mensaje preguntando si estaba en casa y si podía ir, y yo a veces mentía diciendo que estaba en el laboratorio o que algunos amigos habían ido a visitarme, en cuyo caso ella decía que sería para la próxima.

¿Qué tiene de diferente andar con una japonesa que con una mexicana? El idioma y la cultura. Es todo. La personalidad depende de cada individuo, independientemente de su nacionalidad, por lo que así como hay chicas que son súper hacendosas, sumisas y que obedecen al hombre por sobre todas las cosas, también las hay más “liberales”, más rebeldes, que saben lo que quieren y que no se dejan manejar por los hombres. Y no crean el mito de que todas quieren andar con extranjeros, pues hay quienes definitivamente no pueden con la diferencia de cultura, y en vez de experimentar prefieren a alguien de su país.

En mi caso particular, W me ponía todo en bandeja de plata, y prácticamente yo no tenía que esforzarme para nada por mantener la relación; era súper hacendosa, hasta cierto punto sumisa (porque tenía su carácter) y rara vez me llevaba la contraria. Yo lo único que hacía era tratarla bien, ser caballeroso, salir a pasear y escucharla, es decir, lo que haría normalmente con cualquier amiga sin necesidad de que hubiera una relación amorosa de por medio, por lo que se hacía facilísimo todo.

Sin embargo, cuando uno piensa que no hay nada que pueda salir mal, y que ha tenido especial cuidado en que no se descubra el chanchullo, algo malo pasa. Tengan en cuenta que no soy nadie para decirles que anden o dejen de andar con alguien comprometido, pero si lo hacen, NUNCA conserven nada en sus dispositivos móviles, porque en un descuido, alguien puede ver el contenido y todo se viene abajo.

Un día como cualquier otro, W me contacta por teléfono directamente (algo que nunca pasaba porque siempre eran correos por el celular). Estaba notablemente asustada. Le pregunté que si algo había ocurrido y me dijo que por la mañana, al dirigirse a su trabajo, se dio cuenta de que olvidó su celular en casa, y cuando regresó por él, encontró a su esposo revisando el contenido. Ella se molestó muchísimo porque se considera de muy mala educación ver el celular de alguien más, pero el esposo le reclamó diciendo que seguramente ella también veía el de él. Obviamente W se asustó tanto porque pensó que había leído los correos que nos enviábamos, como por las posibles repercusiones que eso podría traer.

Yo estaba blanco, pero no del susto, sino de ignorar por completo qué podría pasar. Al principio me imaginaba a un japonés esperándome en algún lado y lanzándose a golpes en cuanto me viera, pero quise estar seguro de las consecuencias legales que podría tener la aventura, y lo que me encontré me dejó perplejo. Primero que nada, si el esposo pedía divorcio por infidelidad y W no podía probar todo lo que decía de él ni tampoco sus infidelidades, ella perdía y yo también, y la indemnización que hay que pagar depende de si la pareja (en este caso yo) sabía que la persona infiel era casada, en cuyo caso asciende a algunos millones de yenes. Pero eso no era lo más aterrador: a las universidades japonesas no les gustan los escándalos, por lo que si realmente se armaba pleito legal, estaba poniendo en riesgo mi beca, y con ello, todo el esfuerzo que había realizado durante tantos años para estar en donde estaba. En pocas palabras: todo se vendría abajo.

Ninguno de los dos sabíamos a ciencia cierta qué es lo que el esposo había visto y, si sabía algo, hasta dónde se había enterado. Incertidumbre total e impotencia por doquier. Además, no había nadie a quien pedirle consejos ya que la única persona que sabía lo de nosotros era la amiga en común, y aunque buena onda y excelente persona, no tenía experiencia como para decirnos qué hacer, o ya siquiera para calmarnos, porque ambos estábamos al borde del pánico.

Todos los planes que teníamos de ir a X o Y lugar se cancelaron; borramos los contactos mutuos en los celulares y toda comunicación que habíamos tenido por ese medio, llámese correos o registros de llamadas; quedamos en mutuo acuerdo en no vernos ni contactarnos para nada en por lo menos algunos meses, ni siquiera en las salidas grupales que de vez en cuando se hacían, en lo que ella evaluaba qué tan grave era la situación. En cuestión de una mañana, lo que parecía una relación sencilla para mí convirtió mi estancia en Japón en un mar de nervios.

Al cabo de unos meses, y de no saber de ella más que por la amiga en común, decidí que era hora de comunicarme con ella directamente, pero no por teléfono ni por mensajes de texto. Gracias a un amigo en México que me hizo el favor de abrir un foro en uno de sus servidores exclusivamente para nosotros dos y crear las respectivas cuentas, por fin pude contactarla. Todo parecía indicar que el esposo no alcanzó a ver información incriminatoria, o que estaba esperando el momento justo para sacar todo a la luz. Seguía siendo muy arriesgado vernos, por lo que pasó un tiempo más antes de que eso sucediera, durante el cual yo vivía con temor a que de repente alguien saliera y me propinara una paliza, o bien encontrarme con una bonita demanda en mi buzón. No fue para nada una época agradable.

La ausencia de W también me hizo pensar mucho en lo que realmente esperaba y quería de la relación. Al principio pensé que sí sentía algo por ella, pequeño, pero algo, a pesar de que yo no movía ni un dedo para que las cosas funcionaran, pero después me di cuenta de que me estaba haciendo tonto yo mismo, y que lo que sentía por ella no era amor, ni lujuria, ni siquiera deseo, sino pena por su situación, y que yo era el único que podía sacarla de donde estaba. Pero al entender eso, también comprendí que, pasara lo que pasara, yo no estaría con ella para siempre, mientras que ella se imaginaba que así sería.

Tuvieron que pasar otros meses antes de que nos animáramos a vernos. La situación se veía tranquila, ya que no había habido ningún tipo de repercusión de parte del esposo ni hacia ella ni hacia mí, pero era obvio que no podíamos correr el mismo riesgo. Fue cuando comencé a decirle que su vida no estaba terminada si se divorciaba, que tenía derecho de ser feliz sin necesidad de dejar de amar a sus hijos, pero le recalcaba que, si en algún momento decidía divorciarse, no fuera por mí, porque independientemente de la situación actual, nada le podía asegurar que estaríamos juntos, y que si se divorciaba y después la relación terminaba por cualquier circunstancia, todo iba a ser peor para ambos. Ella solamente decía que sí, pero yo ignoraba si en realidad ella estaba considerando lo que le decía o simplemente me daba el avión. Mi respuesta llegó al cabo de unos meses.

Poco a poco ella fue tomando valor y comenzando a analizar sus opciones. El campo japonés y la sociedad tradicionalista serían muy duros con ella si se divorciaba, pero definitivamente creía que no podía seguir así ni esperar a que sus hijos fueran adultos para intentar arreglar su vida. Mi papel era más de consejero y menos de amante, pero ella no dejaba que la relación se fuera al caño. Yo sinceramente quería que se divorciara para que tuviera una vida nuevamente, pero yo no quería ser parte de esa vida, por lo que, ahora que lo pienso, en el fondo de alguna forma esperaba que no se animara a pedir el divorcio, aunque en ese momento no tuviera el valor de reconocerlo.

W sabía lo que tenía que hacer, pero el hecho de cómo la separación afectaría a sus hijos era algo que lógicamente le preocupaba. Yo la apoyaba en la medida de lo posible, pero tenía miedo de pensar en qué sería después, ya que, de mi parte, era un hecho de que no estaríamos juntos.

Para bien o para mal, después de mucho pensarlo, de muchas decisiones, de muchos miedos que enfrentar, W reunió el valor que necesitaba y, después de un pequeño trámite en el ayuntamiento de la ciudad, era una persona libre de compromisos, dejando al esposo a cargo de los niños.

Yo… estaba ante una situación bastante compleja.