3) Tempestad y calma 

Liga a las partes anteriores:

A) Aclaraciones y detalles del tema
0) Prólogo
1) Explorando terrenos desconocidos
2) Jugando con fuego

Varias personas estuvieron preguntando por esta parte desde que publiqué la anterior. Agradezco mucho sus comentarios, y sobre todo, la seriedad mostrada hacia este tema.

Si ya están listos, entonces podemos continuar:

Por mi cabeza pasaban muchas cosas, y me imaginaba diferentes situaciones hipotéticas al enterarme de que en realidad W se había divorciado. Obviamente mi reacción fue positiva (estaba realmente feliz de que hubiera salido de ese yugo), pero al mismo tiempo me aterraba pensar que la razón principal de su divorcio había sido yo, aun cuando siempre le hacía hincapié en que no lo hiciera por mí o para estar conmigo. Ella siempre respondió  que lo hacía por ella, y que lo único que yo tenía que ver en la decisión es haberle dado el valor de intentar rehacer su vida.

¿Qué iba a pasar con nosotros ahora?

Como podrán imaginar, una vez divorciada no tenía compromisos con nadie, y después de algún tiempo sería normal verla al lado de otra persona, y a como iban las cosas iba a ser yo… y eso no me agradaba para nada porque en realidad yo no sentía nada más por ella. Pero el miedoso de yo no se animaba a terminar la relación pensando en que ella se desmoronaría.

En su momento no lo acepté, pero la verdad es que yo me estaba queriendo poner un traje de “súper héroe” al creer que no habría nadie más que la comprendiera en ese lugar y en esa sociedad. Y en contraste, estaba completamente seguro de que no quería estar ahí.

Continuamos viéndonos en secreto por un tiempo, mientras duraba “el duelo” del divorcio. No cambiaron muchas de las costumbres (vernos lejos de la ciudad, no estar juntos en ella, etc. etc.), pero en mí no existía nada que me quisiera atar a ella. La amiga en común estaba feliz por ambos, porque veía que por fin podríamos estar juntos sin tener que escondernos, y yo nada más la veía con cara de “ya no eches tierra…”. El problema era que yo no me animaba a decirle que ya todo había terminado, por lo que verme con ella pasó a ser una carga más que un gusto.

La oportunidad de un nuevo comienzo hizo que W estuviera más contenta, más abierta, más feliz; era notorio, tanto por su actitud como por su semblante, el cual, a pesar de que ahora tendría que lidiar con la sociedad señalándola por ser la mala de la historia, reflejaba una tranquilidad que al parecer no había tenido durante muchos años. Varias personas le extendieron la mano para que pudiera instalarse, y el hecho de que podría ver a sus hijos siempre que quisiera le corroboraron lo acertada que fue su decisión. Y, como era de esperarse, ella solamente esperaba que pasara un poco de tiempo para ya no tener que esconderse de nadie cuando nos veíamos. Insisto: no soy “súper hombre” ni “Don Juan”, pero el apoyo que le di hizo que ella se enamorara mucho más. Lo malo es que mis sentimientos estaban completamente del lado opuesto.

El miedo a pensar que ella no era lo suficientemente fuerte para aguantar la ruptura de la relación me impedía ser sincero y actuar como mi corazón dictaba, pero el paso del tiempo solamente hacía las cosas más difíciles. Ya de por sí había usado una buena parte de mi suerte en que no hubiera pasado nada cuando por poco nos descubren, por lo que no creía que fuera a salir bien librado de ésta. Pero la presión también aumentaba, y yo sentía que en cualquier momento iba a explotar y terminaría diciéndole todo de una forma que no sería la adecuada. ¿Qué llegaría primero: el valor para afrontar la situación o el estrés saliendo como vapor por un tubo al momento en el que ya no pudiera más?

No la odiaba; no pensaba (ni había pensado nunca) algo malo de ella, ni cuestionaba su decisión. No me podía quejar de la relación porque en realidad yo había movido muy poco para mantenerla, y me había aprovechado de su actitud, personalidad y generosidad hacia conmigo. Aunque nunca al 100%, prácticamente la última palabra en todo la tenía yo: si nos veíamos o no, si salíamos o no, si quería que me hiciera de comer o no. Ella se limitaba a estar ahí, lista para lo que yo pidiera. Y créanme que no hay sentimiento de culpa más grande que cuando una mujer que te entrega sus sentimientos te dice “No importa que no hagamos nada, o que no platiquemos cuando estemos juntos; el hecho de estar aquí contigo y verte cómo trabajas, cómo juegas, cómo te desenvuelves normalmente, es suficiente para mí”, y tú no lo valoras porque tus sentimientos no están en la misma sintonía.

“Esto se termina hoy”. Ésas fueron las palabras que le dije a un amigo que sabía que andaba con alguien, pero no estaba enterado de cómo estaba el asunto. Fue una noche que me había quedado tarde en el laboratorio; serían como las 9 pm cuando, después de mucho pensar, de agarrar valor, y de considerar que yo no podía seguir así, me dirigí a su departamento a hablar con ella y poner el alto definitivo a lo que estaba viviendo.

Creo que el miedo que sentí mientras iba en camino a su casa era mucho mayor que cualquier otro que hubiera sentido hasta ese momento; ni siquiera el que tuve cuando me subí por primera vez a una montaña rusa se puede comparar (y eso que era un miedoso para esas cosas y terminé adorándolas). En mi mente solo aparecía el mensaje de “no des marcha atrás. Ponle punto final a esto”, que hacía que no me desviara “accidentalmente” y terminara en mi departamento, arrepentido de no haber acabado con la situación.

He de mencionar que ésa no era la primera vez que intentaba terminar. Había hecho por lo menos 2 intentos, pero ambos habían fracasado por la misma razón: le decía que no me sentía a gusto, que necesitaba concentrarme en la escuela, etc., etc., y ella me respondía con una mirada triste, me proponía soluciones y a final de cuentas me convencía de que siguiéramos.

Esta vez sería diferente. Esta vez iba decidido. No era como cuando fracasé, que practiqué lo que le iba a decir para no sucumbir ante lo que me pudiera decir, pero no había funcionado. No. Esta vez iba a ser “improvisado”, pero ya no podía más.

Llegué al estacionamiento del edificio donde vivía. Ya le había llamado para decirle que iba en camino y que quería hablar con ella, por lo que no había llegado inesperadamente, aunque creo que le di tiempo para pensar en alguna estrategia para retenerme. Después de todo, estaríamos en su departamento, solos, y era de noche… algo podría tramar.

Subí las escaleras, caminé hasta su puerta y toqué. No había vuelta de hoja. La puerta se abrió después de unos instantes. Me vio y me invitó a pasar.

Como buena anfitriona, me preparó té caliente, mientras yo esperaba sentado en su cama (su departamento era de un cuarto solamente, y no tenía sillas, ya que las mesas y escritorio estaban al nivel del piso). Cuando las bebidas estuvieron listas, comenzó el diálogo.

Le dije tal cual lo que sentía, lo que traía en la mente y de cómo, por más que intentaba, no podía abrigar el mismo sentimiento que ella tenía hacía mí. Le aseguré que no había nadie más, y que simplemente no quería tener esa culpa a mis espaldas, porque ella se estaba enamorando cada vez más, pero yo iba exactamente en dirección contraria. Y como lo esperaba, su reacción comenzó: triste, pero diciéndome que podíamos trabajar en mis sentimientos, que podía funcionar, que me necesitaba. Las lágrimas se hicieron presentes y por un breve instante pensé en decirle que estaba bien, que continuaríamos, que me perdonara por esas palabras, pero la decisión que tenía esa noche era inamovible pasara lo que pasara. Me abrazó, a lo cual no me negué, pero cuando me intentó besar fue cuando sí me opuse. Le dije que su vida estaba por comenzar, y que no tenía que desmoronarse por alguien como yo… Verla llorar hizo que mis ojos también se llenaran de lágrimas. ¿Estaría siendo tonto por dejar ir a alguien que prácticamente me dedicaba su vida y escuchaba mis peticiones al pie de la letra? La duda comenzó a entrar, por lo que tenía que salir de ahí antes de que me dejara llevar, antes de que terminara pasando la noche y todo fuera más difícil después.

Con todo el dolor de mi corazón por la emoción del momento, pero firme en mi decisión, puse el punto final a una relación que comenzó como una aventura y que pudo haber terminado en tragedia.

Lo que siguió antes de salir de su departamento fue un mar de lágrimas de su parte y un par de frases que, para bien o para mal, me quedaron grabadas en el corazón: “Me imaginaba que dentro de poco podríamos dejar de escondernos, y cuando todos se dieran cuenta de que estábamos juntos nos felicitarían, nos darían su bendición y seríamos felices”, y “Yo quería estar a tu lado para siempre”.

Regresé corriendo al carro, arranqué y manejé sin rumbo durante un par de horas. Sí, había lágrimas en mis ojos, pero también un sentimiento de alivio que tenía tiempo de no sentir. La oscuridad del camino en la noche en un pueblo del campo japonés era la combinación perfecta para lo que estaba en mi corazón en ese momento. W no había sido lo que yo creía, pero había sido mi compañera fiel durante algún tiempo, y a su lado había conocido muchas áreas del lugar que de otra forma quizá nunca lo habría hecho. No sé qué era yo para ella exactamente, pero ella para mí, después de todo lo que pasó, era solamente una mujer a la que tuve oportunidad de conocer un poco más.

Los días que siguieron fueron mucho menos dolorosos de lo que pensaba, corroborando que la decisión que había tomado era la acertada, la que me estaba dando la paz interior que buscaba. Pensaba en W y en cómo estaría tomando la situación, pero no me costaba trabajo distraerme en algo más. Tampoco había escuchado nada de la amiga en común, pero estaba seguro que en algún momento me llamaría o iría a verme directamente para reclamarme. Ni modo; era un precio que tendría que pagar tarde o temprano.

Una semana después recibí por la noche un correo de W. En efecto, ninguno de los 2 habíamos borrado el contacto, por lo que en teoría podíamos comunicarnos, pero no creí que tan rápido. ¿El contenido? Había una cucaracha en su cuarto de baño y quería que fuera a matarla porque ella les tenía pavor (lo cual era totalmente cierto. Ya me había tocado ver su reacción y, si en realidad había una cucaracha, no estaba mintiendo en que estaba al borde del pánico). El correo me agarró en curva, porque si era cierto, sí necesitaba ayuda, pero no necesariamente tenía que ser yo. Además, era de noche, y otra vez en su departamento, lo cual no me daba buena espina, y yo no quería aprovecharme de la situación aun sabiendo que podía y sería realmente fácil. Decisiones, decisiones…

Opté por arriesgarme. Sería la oportunidad perfecta de dejar en claro que la relación habría acabado, y que aunque podríamos ser amigos, se necesitaba tiempo para que eso sucediera. Seguro de mí mismo, fui a su departamento.

Me recibió de forma normal, me invitó a pasar e inmediatamente me dijo que el bicho estaba en algún lado del cuarto de baño. Me dijo que si la mataba fuera con un periódico o algo que se pudiera tirar, porque de ser con uno de sus zapatos nunca se lo podría poner de nuevo (así de pesado). Recibí el mencionado periódico y me dirigí al baño. Ciertamente, había una cucaracha de ésas tamaño “jumbo”, y con el “bonus” de que era de las que volaba. No me había mentido. Acto seguido, procedo a exterminar al pobre insecto con un par de golpes con el periódico hecho rollo, tomo sus restos con el mismo papel, los meto en una bolsa de plástico y los tiro en el bote de basura. Todo tomó cuando mucho medio minuto. Solo tenía que decirle que la situación estaba resuelta, despedirme y regresar a casa, pero ella me invitó a sentarme y platicar.

Me preguntó cómo estaba, si estaba tranquilo, si podíamos pensar un poco… pero yo me negué. Le contesté de forma cortés, pero cortante. Ya había hecho mucho yendo a su casa a esa hora, aunque la razón fuera verídica; quedarme más tiempo solamente iba a hacer que todo empeorara. Se lo dije tal cual: “Me tengo que ir. No está bien que me quede más tiempo”. Ella no pronunció palabra alguna, pero su rostro mostraba tristeza. Simplemente asintió, me acompañó a la puerta, y yo salí de ahí tan rápido como pude. La tentación es grande, y si algo pasaba, todo el esfuerzo que había hecho la semana anterior se iría por el caño.

Pasaron los días, y luego las semanas. Me encontré con la amiga en común. Esperaba ser maltratado como nunca y que me dijera que iba a tener una muerte lenta y dolorosa… pero no fue así. Simplemente nos vimos, platicamos, me dijo que qué mal que las cosas habían terminado, pero que ella creía que era para bien. Además, hizo hincapié en que yo había hecho mucho por W, por lo que no tenía razón para atacarme o pensar mal de mí. Después de todo, ella estaba enterada de todo desde el principio, es decir, sabía cómo y bajo qué condiciones se había dado la relación, lo que le aseguraba que yo no había mentido en nada.

Aunque no nos vimos durante un tiempo, W poco a poco comenzó a juntarse de nuevo con el grupo en el que originalmente nos conocimos, y como yo tenía amigos ahí y de vez en cuando iba, era inevitable que nos viéramos. La única que sabía todo lo que había pasado entre nosotros era la amiga en común, lo que de alguna forma nos “obligaba” a hablar, o intentar hablar, normalmente. Está de más mencionar que las primeras veces el diálogo fue muy cortado y se sentía forzado, pero con el paso del tiempo fue regresando a la normalidad hasta llegar a ser casi como cuando de recién nos conocimos.

El tiempo hizo lo suyo. W y yo volvimos a ser simplemente amigos; solamente nos veíamos en grupo. Ella al poco tiempo se hizo de un novio, y cuando me lo contó me dio mucho gusto ver que ella comenzaría su nuevo camino, libre, sin mí.

Yo… necesitaba tiempo para disfrutar mi soledad. Así como con W, el tiempo me diría cuándo sería oportuno hacer el siguiente movimiento. Por el momento, solo había que dejarse llevar. Estaba en un país lejano, otra vez sin compromisos, y ahora sin tenerme que esconder. Algo bueno tenía que pasar.