4) ¿Será o no será?

Liga a las partes anteriores:

A) Aclaraciones y detalles del tema
0) Prólogo
1) Explorando terrenos desconocidos
2) Jugando con fuego
3) Tempestad y calma

Me tomó un poco más de tiempo darle formato a esta parte, ya que terminé escribiendo casi el doble de lo que había pensado originalmente.

Ya saben la recomendación para este tipo de escritos. Si ya están listos, entonces continuemos:

Cada año Iizuka es sede de uno de los torneos importantes de tenis en silla de ruedas, reuniendo a jugadores profesionales de muchos países, lo que lo hace un gran evento a nivel local; y como tal, el gobierno hace hasta lo imposible por ser buen anfitrión, y muchos de los habitantes de la ciudad participan de una forma u otra, pero generalmente siempre hacen falta voluntarios, especialmente personas bilingües que ayuden con el movimiento de los jugadores y funjan como traductores. Y como se habrán de imaginar, al haber 2 universidades en el lugar y una comunidad relativamente grande de estudiantes extranjeros, era a nosotros a quienes nos pedían ayuda en lo que a idiomas se refería.

La primera vez que participé tuve la oportunidad de auxiliar a un jugador chileno, así como ser maestro de ceremonias en la premiación, y al mismo tiempo traductor del gobernador de Iizuka para lo que se pudiera ofrecer, que generalmente era solamente al inicio o final del evento. Pero obviamente no había solamente estudiantes extranjeros, sino también japoneses que eran muy buenos en inglés, y entre ellos, obviamente chicas. No obstante, durante el torneo realmente nunca tuve oportunidad de intercambiar palabras con alguna, ya que a veces andaba ocupado o simplemente no coincidía con nadie. Mala suerte.

Una vez terminado el evento, un matrimonio japonés que vivía cerca del lugar organizó una fiesta para celebrar que todo había salido bien y convivir con gente joven. Yo fui invitado gracias a mi segunda mamá japonesa, pero para ser sincero yo iba por la comida (iban a asar carne) y no con la esperanza de conocer a alguien.

Durante la fiesta, y mientras disfrutaba de un bistec tamaño decente (después de mucho tiempo de no comer uno), una de las señoras mayores me presentó a una chica que inmediatamente me llenó la pupila. La llamaré “I”. I era la primera japonesa que conocía en Iizuka que realmente me llenaba la pupila en todos los sentidos, al grado que no creía que alguien tan bonita estuviera hablando conmigo. Yo estaba en las nubes. I se presentó en inglés (muy bueno), pero la señora le hizo hincapié que yo podía hablar buen japonés, así que la conversación se llevó a cabo en ese idioma. ¿De qué hablamos? Quién sabe. Yo como que oía campanitas, pero sí seguía la conversación normal en modo multitarea.

Al final de la fiesta, me animé a pedirle sus datos (teléfono y correo electrónico), a lo cual accedió con una sonrisa. El primer paso estaba dado, pero ahora venía lo verdaderamente bueno: si la invitaba a salir y se negaba, todo habría sido simplemente por cortesía y realmente nunca había tenido una oportunidad; se me caería de las nubes mi castillo.

No recuerdo exactamente cuánto tiempo pasó, pero sí fueron varias semanas de duda antes de decidirme a contactarla. El clásico miedo al rechazo, sobre todo cuando no te la crees que una chica linda cruza palabras contigo aunque no sean nada más que amigos (o conocidos para tal efecto). El plan era invitarla al cine. Tenía carro y un fin de semana sin compromisos. Tengan en cuenta que por más japonés que yo supiera, ignoraba la forma de llegarle a una chica en Japón, puesto que las culturas son diferentes y a lo mejor ya la había regado en no mandarle ni mensajes durante un tiempo; además, estamos hablando de alguien que físicamente sí me atraía. Como fuera, yo esperaba que me batearan muy lejos y terminara yendo al cine solo (como siempre lo hacía) o fuera a Fukuoka a jugar en las arcadias hasta que cerraran.

Tomé el teléfono, busqué su contacto, presioné el botón de marcar y comencé a temblar. ¿Habría sido una buena idea? ¿Y si mejor colgaba y me hacía el inocente para provocar que ella me marcara de regreso? Nada me aseguraba que ella había guardado mi contacto en su teléfono, por lo que bien podría pensar que era una llamada equivocada y no la regresaría. Sí, los nervios no habían faltado a clases ese día. Pero mientras decidía si mejor ahí le dejaba o no, ella respondió. ¡Madre mía! Hora de ser listo… o mejor dicho, de no desperdiciar la oportunidad.

La saludé, le dije quien era y si se acordaba de mí, y para mi sorpresa, su respuesta fue positiva. ¡OH SÍ! Todos sabemos que el primer paso cuando alguien nos gusta es asegurarnos de que la otra persona sabe que existimos, y en mi caso ya era prueba superada. Ahora venía lo bueno: le pregunté si le gustaría ir al cine el siguiente fin de semana (y ni me acuerdo qué película era), que yo iba por ella en carro y la regresaba a su casa. Su respuesta fue: “¡Claro que sí!”.

Yo: “…”, “…”, “…”

¿Había escuchado bien? ¿Había aceptado? Sí, había aceptado. De esas veces que quieres gritar y brincar de alegría pero te tienes que aguantar, contuve mi emoción y acordamos el lugar y la hora a la que iría por ella.

Tengan en cuenta el siguiente detalle: aunque Iizuka tiene un cine (y solamente uno), la gente no iba porque las películas que mostraban no eran siempre las más recientes, y las salas eran pequeñas y el sonido dejaba mucho que desear. Por tanto, para mí “ir al cine” era ir a uno fuera de la ciudad, uno de esos complejos con muchas salas, sonido Dolby LucasArts UltraMegaFregón etc., etc, y pantallas de tamaño decente. Eso implicaba manejar unos 50 minutos cruzando las montañas; no era una salida corta.

Todo lo anterior me aseguraba que tendríamos al menos un par de horas para platicar de quién sabe qué cosas, y quizá más si después del cine íbamos a cenar…  y eso me preocupaba. ¿Por qué? Porque siempre que salía con una chica uno de mis mayores temores era quedarme sin tema de conversación, y generar silencio podría convertirse en el factor que decidiría si nos volveríamos a ver o no. Tenía que pensar al menos de qué hablaríamos, pero obviamente los nervios no me dejaban.

Llegó el día y yo con la mente en blanco. Total, tendría 2 horas para pensar en algo y una chica linda en el asiento de al lado. Algo se me tendría que ocurrir. Me dirigí al lugar decidido días antes y llegué 10 minutos antes, como lo dictan los buenos modales en Japón (hay que llegar antes siempre, de preferencia con 10 minutos de anticipación. Llegar a la hora exacta está en la delgada línea de ser considerado malo). Ella no me hizo esperar, pues en un par de minutos había llegado. Nos saludamos, y olvídense por completo de saludo de mano o, peor aún, de beso. El contacto físico en Japón no es común y menos en una situación así. Ya con las formalidades hechas, subimos al carro y me dirigí al lugar de la cita.

Por más que intenté recordar de qué hablamos en el camino simplemente no pude acordarme. Recuerdo que fue muy ameno, y recuerdo su sonrisa, sus señas y expresiones, pero no cuál era el tema. Yo creo que manejé por inercia la primera parte del camino, porque en menos de lo que pensé ya habíamos cruzado las montañas; lo que seguía era irme por el atajo que unas amigas me habían mostrado antes para llegar más rápido al lugar, y lo admito: era para impresionar. Aunque no era una ruta escondida, había una parte en donde había una canal de unos 30 cm del lado izquierdo, y si no se era cuidadoso, las llantas se podían salir del camino, dejándote completamente atorado hasta que viniera una grúa. Yo, totalmente seguro de que eso no pasaría, me arriesgué… Cero problemas, y había sido un éxito, ya que comenzó a decirme que conocía el lugar más que los propios locales. Sí, yo faroleando 😛

Llegamos al lugar: un centro comercial grandísimo, que abarca los dos lados de una avenida transitada. Para cruzar de un lado a otro, había que usar un puente peatonal, y si era por carro, un puente para tal efecto. Recuerdo que el lugar me sorprendió la primera vez que fui porque había un autobús que daba vueltas por el centro comercial, aunque solamente funcionaba los fines de semana. El caso es que el lugar era enorme, y gracias a ello nunca tenías problemas de estacionamiento, salvo que a lo mejor te tocaba dejar el carro lejos de la entrada del cine (que fue exactamente lo que pasó). Me estacioné, y de ahí a ver la película.

Creo que en este punto cabe aclarar algo que seguramente más de uno está pensando en este momento: ya he mencionado arriba que el contacto físico en Japón es algo que se evita, por lo que ir al cine a “no ver la película” (entiéndase: a besarse, a meter mano) es prácticamente imposible. Creo que son pocos y contados los que se arriesgarían a hacer algo así en este país, aunque no dudo que los haya. Por lo que la idea del ir al cine no era (ni nunca había sido) para tener un momento así.

¿Qué película vimos? Quién sabe, pero salimos de ella platicando al respecto; era una de esas charlas naturales que tienes cuando sales del cine y comentas las escenas que más te gustaron, o en su defecto por qué la película estuvo del nabo. Increíblemente, los nervios que tenía antes de pasar por ella se habían esfumado, y ahí estaba yo, como a las 11 pm, hablando y riendo con una chica bonita, en medio de un estacionamiento enorme. Pero había un pequeño detalle: ninguno de los dos recordó en dónde había estacionado el carro. No, no, ¡no! ¡Trágame tierra! Sentía que todos los puntos que posiblemente había ganado durante la salida se iban a perder por ese pequeño detalle. Lo bueno es que no hacía frío, pero de todas formas buscar el carro nos iba a tomar un rato. Decidimos dividirnos para cubrir un área mayor, y sí, después de 15 minutos encontré mi carcacha. La había regado, feo; el mundo me iba a caer encima y seguramente no habría una segunda cita… mi cabeza era un mar de ideas pesimistas y mi autoestima cayó como piedra a un barranco. Suena exagerado, pero realmente me desilusioné muchísimo (gracias perfeccionismo). Afortunadamente, ella solamente se rio mucho de la situación, me dijo que no me preocupara y que era hora de volver.

Sentía que era una buena señal.

Al regresar a Iizuka, la llevé a su casa. Quedamos en volvernos a hablar, en salir de nuevo a algún lado a platicar, y nos despedimos. Después de todo, las cosas habían salido mucho mejor de lo que había pensado.

La situación mejoró mucho la siguiente vez que nos vimos, aunque no fue una cita en sí: me llamó un día por la noche, como a las 10 pm, diciéndome que estaba en un bar con unas amigas y que le gustaría que me uniera. Ya le había dicho que no tomaba, pero que eso no me impedía ir a bares o antros, y por eso decidió hablarme, además claro de querer que fungiera como chofer, ya que llevaría mi carro y tendría que ir a repartir a cada chica a su casa. “¿Qué mas da?”. Terminé lo que estaba haciendo en el laboratorio, me subí al carro y me dirigí al lugar.

Llegué por ahí de las 10:45 pm. Era un bar estilo japonés con una atmósfera tranquila, aunque el lugar estaba semioscuro, lo que acentuaba el ambiente que el dueño del lugar le quería dar; y como buen bar estilo japonés, las mesas a nivel del piso. El lugar no era nada grande por lo que encontrar a I no fue nada difícil. Me senté, me invitaron algo de lo que estaban comiendo y comenzamos a platicar. Llamaré a las amigas A1 y A2, sin un orden específico. Después de una charla de como hora y media, era hora de regresar (léase “de llevarlas a su casa”). Primero A1, después A2, y finalmente I, quien me dio las gracias por haber ido tan tarde y por la “molestia” de llevar a cada una a sus casas. Para mí no era molestia, ya que había que “hacer puntos” para ver si la relación prosperaba.

Pasaron algunas semanas antes de saber de nuevo de I. La falta de contacto no me agradaba del todo; trataba de recordar si en algo la había regado o si había dicho algo que hiciera que ella o sus amigas se molestaran, pero por más que repasaba en mi mente los sucesos acaecidos la última vez que nos vimos, nada parecía fuera de lo normal. Cuando por fin I respondió, entendí qué estaba pasando: yo no había hecho nada mal; ella se iba a Australia por un año, a trabajar con una visa de “Working Holiday”.

Ahora bien: no es que me estuviera enamorando de I, pero como sí me llamaba la atención y esperaba que pudiéramos llegar a más, la noticia me cayó como cubeta de agua fría. No estaba triste, pero sí completamente fuera de la jugada. Lamentablemente, no había nada qué hacer salvo apoyarla e irla a despedir cuando el día llegara. Entendí que con I no iba a llegar a ningún lado porque, aunque intentara hacer algún movimiento antes de que se fuera, realmente sería solo sufrir, sin importar la respuesta que me diera: si me decía que sentía algo por mí, la distancia y el tiempo iban a cambiar indudablemente las cosas; si me decía que no, seguramente la amistad que teníamos se perdería, y en realidad la valoraba. Mi decisión fue no decirle nada al respecto.

El día de la despedida llegó. I saldría muy temprano de su casa (alrededor de las 5:30 am), por lo que si quería ir a desearle buen viaje tenía que estar en movimiento a las 5. Me dirigí al punto acordado; I ya estaba ahí cuando llegué… y me invitó a pasar a su casa, donde estaba su familia. Era algo que no esperaba, pero que tampoco temía. Su mamá me saludó y me dijo que I le había contado mucho de mí, y me agradecía por siempre tratar bien a su hija. “Bueno, al menos tiene una buena imagen de mí”, pensé.

10 minutos después I partía con rumbo al aeropuerto. No estaba triste por el hecho de que se iba, solamente pensaba que esa vez no me tocaba.

El contacto con I siguió por correo. Me contaba cómo le estaba yendo, pero los correos eran cortos y se sentían apresurados, y poco a poco se fueron haciendo más escasos. Un par de meses después me pidió un favor: A1 y A2 irían a visitarla a Australia, y querían que les revisara su inglés para que al menos no tuvieran problemas a la llegada. Obviamente accedí, y a los pocos días A1 y A2 comenzaron a ir a mi departamento a tomar clases de inglés.

Dejemos de lado el hecho de que tenía a 2 japonesas bonitas en mi departamento y que su nivel de inglés no era nada bueno: de alguna forma todavía me sentía conectado con I, aunque solamente fuera mi idea. Una de las veces en las que estuvieron en el departamento, I las llamó por teléfono y pude intercambiar unas palabras con ella; nada fuera de lo común, solamente saludarla, preguntarle cómo estaba y decirle que A1 y A2 estaban listas para ir hacia allá; ella me dio las gracias, me deseó buena suerte en la universidad, y colgó.

Las amigas fueron a visitar a I y regresaron sanas y salvas. No me trajeron ni un recuerdito.

Pasó el tiempo. La comunicación por correo con I seguía, pero era mucho más escasa que nunca. Nunca me enteré cuando regresaría, y cuando menos lo pensé recibí un correo diciéndome que ya estaba de nuevo en Japón. Me dio gusto saber que estaba bien, pero yo solamente la consideraba mi amiga y nada más. El sentimiento que tenía de querer ser algo más con ella se había desvanecido con el tiempo, de forma natural, pero apreciaba su amistad, y aunque en menor medida, ella también decía que apreciaba la mía.

La siguiente vez que nos vimos en persona fue en el evento en el que la conocí: el torneo de tenis de silla de ruedas de la ciudad. Había pasado casi un año, pero no había cambiado nada. Cuando nos vimos, ella fue muy efusiva y recalcó que le daba mucho gusto verme. Conversamos alegremente, pero hasta ahí. Ambos estábamos concentrados en el evento y en lo que teníamos que hacer en él, y como desde hacía tiempo la consideraba solamente mi amiga, yo en ese entonces andaba tras de otra chica que me parecía atractiva tanto física como intelectualmente, así que lo de I ya estaba fuera de los planes.  Cero rencor, cero tristeza. Simplemente las circunstancias no ayudaron.

Al poco tiempo, sucedió algo curioso.

Como buenos anfitriones que son los japoneses, la ciudad de Fukuchi, en cooperación con Iizuka, celebra una fiesta con motivo de la visita de los tenistas que participan en el torneo. El lugar donde se lleva a cabo es enorme, ya que además de dar cabida a los jugadores, la gente del lugar asiste para convivir y divertirse, y los niños se la pasan pidiendo autógrafos de cuanto extranjero pueden, sin importar si es tenista o no (yo llegué a firmar autógrafos varias veces). En fin. El evento es ameno, presentan un poco de la cultura del lugar, se come rico, y a las 2 horas todo se acaba, lo que permite que los jugadores salgan a explorar la ciudad, pero depende totalmente de que algún local los saque a pasear, sobre todo por el problema de transporte (a las 8 pm ya no hay camiones y todo está lejos).

En la ocasión anterior habíamos llevado al karaoke a un grupo de tenistas y la verdad que la pasamos muy bien. El único inconveniente que se presentaba era que uno de los hostales en donde los jugadores se hospedaban tiene “toque de queda”: a la medianoche se cierran las puertas y no se abren hasta las 7 am. Si te quedaste afuera, tienes que buscar asilo en algún otro lado. Parece régimen militar, pero en muchos hostales en Japón esa regla existe. Por ejemplo, cuando viajé a Australia y regresé a Japón, en Tokio me quedé en un “Youth Hostel” que tenía toque de queda. Es algo inconveniente porque no puedes quedarte hasta tarde en algún evento o simplemente disfrutando una buena comida, pero lo compensa el precio que pagas por noche.

Regresando al tema, también ese año llevamos a varios jugadores al karaoke, pero fueron mucho menos, y la experiencia no fue tan agradable por un par de ellos que eran mala copa. Fue muy difícil tratar con ellos, lo que destruyó la diversión esa noche. Al finalizar, era hora de llevar a cada uno a sus respectivos lugares de alojamiento, y como yo tenía carro me tocaba llevar a alguien. En el grupo de voluntarios que fue al karaoke estaban varios amigos, incluida la chica que me interesaba, a la cual llamaré U, y en otro grupo que sacó a cenar a otros tenistas estaba I, pero justamente coincidimos en el hostal arriba mencionado. Faltaban alrededor de 15 minutos para que cerraran las puertas, pero un jugador (creo que era de Suiza) nos invitó a su cuarto aunque fuera por un momento, lo cual no agradaba mucho a los de la recepción porque intuían que tendrían que ir a sacarnos en unos minutos. Todos accedimos.

El cuarto era pequeño. Apenas cabíamos, pero el chiste era agradecer el gesto del jugador al invitarnos, estar unos minutos e irnos. I estaba presente también. Platicamos un rato, el tenista nos contó un par de historias de cómo fue que quedó en silla de ruedas, todo normal. Al cabo de unos 10 minutos, todos nos alistamos para salir del lugar. Comenzaron las despedidas, los agradecimientos, etc., y comenzamos a salir. Éramos 6 sin contar al tenista, pero al momento de salir del cuarto y cuando la puerta se cerró, nada más estábamos 5 afuera. ¿Quién faltaba? Nunca lo adivinarían 😛

Al principio pensamos que I estaría diciéndole algo más al jugador, o que se estaba poniendo de acuerdo para algo; pasaron uno, dos, tres, cinco minutos, y nada. Nos fuimos al lobby a esperar, e inmediatamente los de la recepción nos comenzaron a decir que ya era hora de cerrar. I no regresaba, no traía vehículo para irse a casa, y en teoría no podía quedarse por las reglas del hostal. Mientras pensábamos que hacer, U se percata de que olvidó algo en el cuarto. No era broma: era algo que para ella tenía mucho valor sentimental, y dijo que no podía irse sin eso, por lo que se aventuró a regresar al cuarto a recoger su pertenencia, y de paso para revisar qué onda con I.

Estoy seguro que en este punto todos ustedes saben o imaginan qué estaba pasando en el cuarto. U tardó fácil unos 5 minutos en ir y volver (ir al cuarto no tomaba más de medio minuto), y cuando lo hizo, tenía una cara de sorpresa y picardía al mismo tiempo. Ella no quiso ahondar mucho en lo que vio, pero sí comentó que cuando por fin le abrieron después de estar tocando por varios minutos, I salió con una cara de frustración y apariencia desaliñada, le entregó a U lo que había olvidado, y nos mandó decir que ahí pasaría la noche.

Más que la sorpresa de lo que I hizo, fue la forma en cómo lo hizo. Es decir: si te vas a enredar con alguien y sabes que el lugar donde se hospeda tiene reglas estrictas y que revisan que no hay irregularidades, mejor te buscas otro lugar más privado y te evitas problemas. Recuerden que estamos hablando de una ciudad pequeña, en donde las noticias (y los chismes) vuelan, y siendo el campo japonés, exponerte de esa forma no es realmente una buena idea.

Como era de pensarse, al día siguiente el chisme se expandió por todo el torneo. Independientemente de que fueran 2 adultos y que ellos deciden qué hacen y qué no, la acción no fue muy bien vista por muchos, pero todos hablaban a espaldas, tratando de mantener una discreción que a ojos vistas no existía. Incluso cuando otra amiga llamó por teléfono al hostal para preguntar por el jugador (por unos trámites que tenía que realizar), inmediatamente le preguntaron si era ella la que se había quedado toda la noche en su cuarto.

Nunca supe qué motivó a I a hacer las cosas tan aventuradamente, pero quiero suponer que el alcohol y un buen “verbo” tuvieron mucho que ver. Pero a fin de cuentas I era mi amiga y yo no la iba a juzgar por eso. Yo tenía ya mis intereses dirigidos hacia U, aunque apenas en etapa inicial.

Lo de I todavía no termina, pero necesito presentar en forma a U para poder continuar.

U

La menciono aquí porque en realidad no pasó mucho entre nosotros. Era obvio que nos caíamos muy bien, además de que físicamente era atractiva. Nos hicimos amigos rápidamente y se integró al grupo de voluntarios para el torneo.

U tenía carisma, y eso hacía que la gente se sintiera a gusto al acercarse a ella. Pero al mismo tiempo era calculadora, y pronto me di cuenta que de una u otra forma intentaba que las cosas se movieran a su favor. Esa característica hizo que me dieran ganas de conocerla más, y como me atraía, pensé que podría tener una oportunidad ahí.

La primera vez que la invité a salir fuimos a comer y pasamos una buena tarde juntos. Cuando la llevé a su casa, al despedirse me plantó un mega beso bien dado (que sinceramente no esperaba) y me dijo que nos veríamos pronto. En ese momento pensé que todo estaba marchando sobre ruedas, pero no me duró mucho el gusto.

Una vez que salimos al karaoke en grupo, U tenía que regresar temprano a su casa, y yo me ofrecí a llevarla (tenía que ganar puntos). Ninguno de los dos había mencionado el beso, pero era perceptible que a ninguno de los dos incomodaba. Sin embargo, durante el camino a su casa me soltó la sopa: tenía novio a distancia. Yo no podía creer mi suerte, pero a final de cuentas sabía que esta chica no hacía nada sin tener un plan, algo así como una inversión que en algún momento podría rendirle frutos, y yo caí redondito: era el chofer y el que la cuidaba, porque sus papás sabían de mí, me saludaban y siempre “me la encargaban”, y los papás también sabían que tenía novio. El caso es que mientras íbamos en camino a su casa y me decía lo de su relación sentimental, yo entendí que no tenía nada que hacer ahí, que lo del beso fue algo incidental y que mejor presionaba el botón “Siguiente” antes de meterme en problemas. Llegamos a su casa, me dio las gracias, me dijo que luego se comunicaría conmigo, y yo hice lo que lógicamente cualquiera hubiera hecho en esa situación: la jalé hacia mí y le planté un beso, exactamente igual a como ella lo había hecho la vez anterior. Ya no buscaba algo más, fue simplemente por instinto, algo así como “aquí te va de regreso”. Ella no se negó y respondió a la acción, pero ahí quedó todo.

Un tiempo después el novio visitó el lugar, y como U tenía amigos en común conmigo, me invitaron a salir en grupo, a lo que dije que sí. Recuerden que yo traía carro. ¿A quién creen que me tocó llevar?

El novio era extremadamente buena onda y me cayó muy bien. Por mi mente corría la idea de decirle “ten cuidado con tu novia”, pero no solamente por lo que había pasado conmigo, sino que fui testigo varias veces de que U besó también a otros extranjeros, lo que en realidad me sacó de onda, por un momento me puso triste, pero reafirmó la idea de “mejor ahí ni le muevas con ella”. Opté por no meterme en asuntos que no me correspondían.

Mantuve contacto con U durante un tiempo más, y después se perdió de forma natural. Debo reconocer que me caía muy bien y que como amiga era buena onda, pero tenías que aprender a tratar con ella para no ser usado.

I, otra vez

No pasó mucho tiempo desde que lo de U sucedió cuando I me llamó para invitarme de nuevo con ella, A1 y A2. Aunque ya sabía que era plan con maña para que terminara llevándolas a casa, sentía que era buena oportunidad para distraerme y dejar de pensar en U, porque a final de cuentas sí visualizaba que algo pudo haber pasado entre nosotros; y aunque no era para nada igual a un rompimiento ni nada por el estilo, sí me sentía algo triste. Acepté y me uní a la “fiesta”.

Fue una noche amena. Muchas risas, muchas anécdotas e historias sobre la tierra de los koalas. Esa vez nos quedamos hasta cerca de las 2:30 am, y salimos del lugar porque casi casi nos dijeron que ya iban a cerrar. Lo que seguía era llevarlas a cada una a su casa, justo como había sucedido antes, mas no contaba con que, después de haber dejar a A1 y A2, I me dijo que quería seguir bebiendo y platicando conmigo y que buscáramos un bar que estuviera abierto hasta tarde. A mí no me pareció una idea descabellada ya que I me tenía confianza y me había contado algunas situaciones personales, por lo que pensé que algo quería decirme sin que las amigas estuvieran presentes.

Encontrar un lugar no fue difícil, y entramos a uno que cerraba a las 5 am. Eso nos daba como hora y media para conversar. I pidió una cerveza, yo un té, y a platicar se ha dicho, solamente que I me preguntó que cómo estaba en el ámbito sentimental. Le dije lo de U, más o menos le conté lo que había pasado y le revelé que sí me sentía un poco triste, pero nada del otro mundo. Ella comenzó a darme ánimos, a decirme que todo estaba bien y que había muchos peces en el agua, y que no debía ponerme así. Con algunas copas de más, I me decía que debía seguir adelante, que le echara ganas y que seguramente pronto encontraría a alguien. Así se fue rápidamente una hora, y decidimos salir del lugar. Iban a ser las 5, pero ya estaba amaneciendo, y aunque sus papás sabían que estaba fuera y que estaba conmigo, era hora de regresar a casa.

Mientras caminábamos al carro, I me llevaba abrazado y seguía animándome diciendo que “debería aceptar la derrota” y que U no era para mí. Y que en vez de rogarle, era más “cool” retirarme de ella de forma silenciosa. Yo la escuchaba, pero el hecho de que me estuviera abrazando era algo nuevo, algo que nunca había pasado. No obstante, sabía que había tomado de más y no le di importancia.

I no mencionó mucho en el camino, aunque tampoco estábamos tan lejos. Al cabo de 10 minutos, habíamos llegado al estacionamiento de un establecimiento comercial muy cerca de su casa, el cual siempre usábamos como punto de encuentro ya que a ella le quedaba perfecto y yo podía estacionar el carro sin problemas. Por la hora, estaba completamente vacío; me estacioné, apagué el motor, le dije que ya habíamos llegado, pero I estaba dormida o eso parecía. Por más que le hablaba, ella solo respondía como cuando intentas despertar a alguien que quiere dormir. No obstante, estaba seguro que sí me estaba oyendo, porque reaccionaba levemente a mis llamados. Pasaron 10 minutos, y yo no sabía que hacer, ni tampoco en qué posición estaba. I era mi amiga y la respetaba, pero su actitud esa noche y la forma en la que se negaba a bajarse del carro me parecían una invitación a hacer algo más. Unos 10 minutos después, mis sospechas se hicieron mucho más fuertes: al estarla intentando despertar, de repente ella se levanta y me abraza, pero no de esos abrazos en donde estás exhausto y esperas que alguien te cargue: me ponía su cuello en la boca, y disimulando estar dormida lo movía de un lado para otro.

Voy a ser 100% sincero: la situación estaba a mi favor, y realmente tenía ganas de hacerle algo. Era más que obvio que me estaba dando entrada, y lo único que tenía que hacer era ¡hacer algo! … y sin embargo una razón desconocida me detenía. Sí, I físicamente me gustaba, pero estaba ya en el plano de amiga. ¿Qué tal que estuviera yo interpretando mal la situación y al momento de poner manos a la obra la reacción fuera diferente a la esperada? ¿Qué pasaría si traicionaba su confianza al equivocarme y tratar de aprovechar la situación? Un mar de pensamientos pasaban por mi cabeza como tren bala, y aunado al deseo que existía era difícil decidir cómo actuar. Con U había llegado más lejos (un par de besos), pero con I jamás hubo nada de nada.

Tenía que tomar una decisión, y tenía que ser rápidamente.