7) Las espinas de la flor

Ligas a las partes anteriores:

A) Aclaraciones y detalles del tema
0) Prólogo
1) Explorando terrenos desconocidos
2) Jugando con fuego
3) Tempestad y calma
4) ¿Será o no será?
5) Carrusel
6) En la entrada del campo floral

Perdonen la tardanza. Mucho ha pasado en poco más de un mes (y ya se enterarán en el blog), y he tenido mucho menos tiempo para escribir.

Esta parte es relativamente más corta que la anterior. Le estuve dando muchas vueltas a las memorias y el resultado es la mejor manera en la que pude plasmar esa etapa.

Una mañana desperté y me sentí raro. No estaba enfermo, pero había una ansiedad inexplicable en mí, y al mismo tiempo tenía la sensación de haber descansado plenamente; no era para menos, puesto que había soñado que después de mucho tiempo por fin tenía novia.

Tomó algunos minutos para que la mente despertara y me hiciera entender que lo que había pasado la noche anterior era real… Todavía no lo podía creer.

El día transcurrió normalmente. Emi y yo habíamos quedado en vernos ese día por la tarde, lo que me daba tiempo de terminar los pendientes que tenía en la universidad y en la casa… pero estaba totalmente consciente de que en realidad no podría concentrarme en nada porque mi mente andaba entre las nubes. Sabía que era solamente el principio de todo y que no debía emocionarme tanto porque era como la etapa de prueba, mas no quería dejar de disfrutar ese sentimiento de logro, júbilo, sorpresa e incredulidad que me invadía desde que había abierto los ojos.

Llegada la hora, me dirigí a recogerla cerca de su casa. ¿Por qué no directamente a la casa? Porque en Japón no se acostumbra presentar a las parejas con los papás sino hasta que el compromiso toma tintes más formales, es decir, cuando ya se piensa en matrimonio. De ahí nos fuimos a comer y luego a las arcadias, pero no a jugar algo complicado, sino a las máquinas en donde te tomas fotos y luego las decoras, llamadas “purikura”. En la vida había entrado a una, pero las conocía porque son cabinas muy grandes y llaman la atención, o porque hay lugares que dedican pisos completos a ellas.

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(Imagen original en https://morefunwithems.wordpress.com/2013/05/29/purikura-or-picture-booth-in-japan/)

Una vez que hubimos tomado las fotos y las decoramos, nos dedicamos a platicar de todo y nada, más que nada para irnos conociendo y saber qué nos gustaba y qué no. Era apenas el primer día, pero sentía como si la conociera desde mucho antes. Suena tonto porque no coincidiamos en muchas cosas, pero curiosamente no estaba tan nervioso como yo mismo lo esperaba.

Algo que vale la pena mencionar aquí es que el hecho de que le hubiera creado un juego de PSP se convirtió en tabú entre mis amigos, y hubo algunos que me pedían (casi rogaban) que no mencionara ese detalle a nadie porque tenían temor de que las japonesas que se enteraran creyeran que era normal que un novio o pretendiente extranjero hiciera ese tipo de detalles, lo que causaría que mis amigos perdieran las oportunidades que pudieran tener.

Comenzamos a vernos más seguido conforme a nuestros horarios y responsabilidades. A veces salíamos a cenar, otras solamente a pasear en el carro y comprar algo en la convini que nos encontráramos, y otras eran salidas a un lugar específico, como el zoológico, el jardín botánico, el cine, etc. Platicábamos mucho, y yo trataba de ir entendiendo su personalidad. Todo marchaba sobre ruedas.

La primera vez que Emi fue a visitarme al departamento es para mí un hecho inolvidable, pero no por el hecho de que me visitara, sino porque me tomó 3 días completos limpiarlo a medias. ¡A medias! La gente que me conoció durante esa época no me dejará mentir que mi departamento era un completo caos, y solamente lo limpiaba cuando de plano ya no había espacio para caminar. Por esa razón, cuando Emi me dijo que quería visitarme sudé frío porque sabía que tener el lugar limpio en “tan solo” unos días iba a ser una tarea de proporciones olímpicas, digna de medalla de oro en caso de ser completada satisfactoriamente en el tiempo proporcionado. Tenía que poner manos a la obra.

No crean que vivía en un lugar mega amplio. Estamos hablando de un departamento de un cuarto de 3.6m x 2.7m, con una mini cocina, un mini baño y una mini terraza. “¿Qué tanto se puede ensuciar?”, se preguntarán algunos, pero no juzguen por las medidas: nunca hay que menospreciar la capacidad de “ensuciamiento” que un hombre que vive solo tiene (aunque hay que reconocer que algunos la tienen de forma latente nada más). 3 días suenan más que suficiente para muchos, pero para mí era un lapso extremadamente pequeño, y si no me movía rápido estaba seguro que no terminaría a tiempo. Tomen en cuenta también que era muy pero muy malo haciendo la limpieza, hecho que dificultaba más la situación.

Relajo parte 1Relajo parte 2

Las fotos anteriores no reflejan fielmente cómo estaba el cuarto. Aquí está “limpio” en comparación como lo tenía esa vez… No me juzguen (*huye del lugar*)

Lavé perfectamente el baño, los trastes y la cocina en general, ya que todo estaba justo al entrar y era lo primero que la gente veía. Pero no puedo decir lo mismo del cuarto principal: por más que limpiaba y salían bolsas y bolsas de basura no parecía que fuera avanzando. Pero lo que más me dolió tirar fue mi colección de semanarios Magazine, que había comenzado a comprar desde hacía un par de años. ¿Por qué me decidí a tirarlos? Porque ocupaban una gran cantidad de espacio: eran como 3 columnas que iban desde el piso hasta como metro y medio de alto (había también números de la Afternoon ya que siempre leía Aa Megami Sama), y como no tenía donde ponerlos no había de otra más que deshacerme de ellos. Era algo que sabía que algún día tenía que hacer, pero nunca me imaginé que con tanta premura.

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Parte de las revistas que se fueron…

Los días pasaron… y solamente pude terminar de limpiar la mitad del cuarto. ¿Mi solución a la mexicana? Cubrir con una cobija la mitad sucia y pedirle a Emi que ignorara esa parte. Sí, estaba siendo por demás ingenuo, pero no veía otra solución factible dado el poco tiempo que me quedaba.

Afortunadamente, Emi entendió la situación, y ayudó mucho que me hubiera esmerado en dejar la otra mitad perfectamente limpia, para tener al menos lugar en dónde sentarnos. Aprendí (a la mala) que tenía que limpiar más seguido. Fue una buena lección.

Los primeros meses fueron como en cualquier relación, donde todo es color de rosa y el mundo es perfecto. Yo seguía con la universidad y ella en su trabajo. Emi es profesora de secundaria y preparatoria; tiene licencia para enseñar varias materias pero se especializa en japonés; no piensen en enseñanza para extranjeros, sino en algo como la materia de español que llevamos nosotros también en esos niveles educativos. Ella trabajaba por la mañana y noche en 2 escuelas diferentes como profesora de medio tiempo, lo que hacía que sus labores no fueran tan pesadas como las de otros profesores. Regresaré a este punto un poco más adelante.

Asimismo, como en toda relación, después de un tiempo las diferencias se hacen presentes y comienzan las “pruebas de fuego” para saber si ésta va a continuar o ahí va a quedar. Lo diferente en este caso es que no solo se trata de diferentes formas de pensar, sino de diferentes culturas, hecho que a veces hace más complicado poder llegar a un acuerdo.

Lo primero que recuerdo en que estuvimos en desacuerdo, y de hecho desencadenó una gran discusión, fue una vez que fui por ella a la casa de una amiga (otra profesora), en donde estaban bebiendo junto con un profesor ya maduro. Cabe aclarar aquí que este tipo de reuniones son básicamente consideradas trabajo, por lo que asistir es una obligación. Como estamos hablando del campo, era más fácil juntarse en casa de alguien y discutir ahí. Ese día yo estaba exhausto, pero había quedado de ir a recogerla. Lejos de molestarme, me agradaba poder estar más tiempo con ella, aunque con el cansancio que cargaba ese día sinceramente pensaba que sería nada más llegar al lugar, esperar a que se subiera y llevarla a su casa. Sin embargo, y como podrán imaginar, no sucedió así.

Al llegar a la casa donde estaban y contactarla para avisarle que ya estaba ahí, me respondió que quería que subiera para presentarme a los profesores con los que estaba. Accedí, ya que me parecía un signo de cortesía. Entré a la casa y estaban Emi, su amiga, y un señor como de unos 50 y algo años. Acto seguido, me invitaron a sentarme y a tomar algo (sin alcohol, ya que además de que no tomo, iba manejando); lo que pensé que sería una saludo y una plática corta comenzó a tornarse en una charla que parecía que iba para largo. Como quieran y gusten, aguanté. Durante la conversación, el profesor me dijo que le gustaría que fuera a hablar de algo con sus estudiantes, ya que le parecía interesante que alguien que había llegado de tan lejos le estuviera echando ganas en un lugar relativamente apartado, y además pudiera comunicarse en japonés sin problemas. La idea me pareció excelente y acepté sin pensarlo. “Bueno, al menos algo bueno salió de haberme aguantado”, pensé, pero el cansancio que sentía era real y lo único que quería era salir de ahí, llevar a Emi y regresar a casa a dormir.

Después de un rato que me pareció eterno, al fin comenzaron las despedidas. Los demás se pusieron de pie, nos dirigimos a la puerta… y la conversación siguió… y siguió… y siguió. Pasaron al menos 20 minutos y yo no veía esperanzas de que eso fuera a terminar. El cansancio me estaba venciendo y se me salió un bostezo, a lo que el profesor me preguntó si todo estaba bien. Mi respuesta fue: ” Sí, gracias. Solamente estoy un poco cansado”. El silencio que siguió después fue sorprendente y aterrador al mismo tiempo, y las palabras del profesor cambiaron del tono amable y cálido que habían tenido durante todo el tiempo que estuve a uno frío y seco: “Ah, bueno. Buenas noches”, y ni les digo que la mirada que Emi me echaba parecía una lanza que apuntaba directamente a mi cuello.

Salimos de la casa. Emi callada. Nos subimos al carro y fue ahí donde Emi explotó. Me dijo que cómo era posible que haya cometido tan horrenda falta de respeto hacia el profesor, que no lo podía creer, que ella tendría que disculparse formalmente para que no le afectara en su trabajo y que me fuera olvidando de la invitación que me había sido extendida, ya que por mis palabras eso había sido automáticamente cancelado. Yo no daba crédito a lo que escuchaba, y le pregunté que qué había hecho mal. Después de una serie de palabras de enojo, la respuesta que esperaba se hizo presente: no debí haber dicho que estaba cansado porque eso indicaba que me quería ir, y el profesor era el que decidía cuando se terminaba todo, es decir, que no me podía ir antes que el. ¿O sea que yo, que ni la debía ni la temía, tenía que esperar a que alguien que no conozco me diera permiso de regresar a mi casa porque estaba cansado y necesitaba dormir? (La respuesta correcta es “sí”, pero yo la ignoraba en ese entonces).  Obviamente le reclamé, pero de ahí se armó una discusión que no terminó hasta varias horas después, en plena madrugada, cerca de su casa, donde no había duda de que los vecinos habían escuchado todo.

Tardamos varios días en reconciliarnos, y cuando lo hicimos lo primero que me mencionó fue que, en efecto, se había tenido que disculpar formalmente con el profesor, y un tiempo después entendí que, sin decir una sola palabra al respecto, la invitación que me había hecho para dar una plática había sido totalmente olvidada por culpa de mi irrespetuosa acción.

Parece sin mucho chiste, pero este tipo de acciones tienen mucho peso en la sociedad japonesa, y por no conocerlas, me habían creado un conflicto con Emi… que por desgracia no sería el único.

Pequeños detalles comenzaron a salir, pero nada tan grave como lo arriba expresado. Todo iba, en general, bien, y cuando me di cuenta ya teníamos 6 meses de estar juntos y sentía que nos comenzábamos a acoplar, hasta que llegó lo que fue un parteaguas; no fue una pelea o discusión, sino algo que a primera vista parecía inofensivo y que se convirtió en un gran conflicto.

Un buen día, mientras cenábamos en la casa, el labor recibió una llamada que la puso muy contenta: le hablaban de una de las secundarias de la región para que ocupara un puesto de tiempo completo como profesora. Ella, hasta ese momento, tenía 2 trabajos de medio tiempo, pero para un profesor en Japón es mucho mejor tener un trabajo de tiempo completo tanto porque el sueldo es mejor como porque se gana mucho más prestigio de esa forma; Emi había estado buscando esa posición desde que se graduó y ahora la había obtenido. Me puse muy contento por ella porque crecería profesionalmente y yo estaría a su lado para ver ese crecimiento y apoyarla en todo. Habíamos pasado medio año juntos, por lo que el hecho de ver que uno de sus objetivos se había cumplido me hizo pensar que comenzaría algo nuevo en la relación.

Poco yo sabía sobre el trabajo de los profesores…

Los primeros días en los que comenzó a trabajar entendí que era difícil que nos viéramos puesto que tenía que acoplarse a su nuevo trabajo y a la forma en la que laboraban en la escuela. Optamos por vernos los fines de semana principalmente, lo cual en cierta forma a mí también me ayudaba a concentrarme en el laboratorio, pero comencé a notar un patrón diferente en ella: se notaba que no disfrutaba como antes el tiempo que pasábamos juntos. Las primeras veces lo comprendí totalmente porque sabía que era difícil acoplarse a un ambiente nuevo, pero conforme va pasando el tiempo esa presión inicial desaparece; sin embargo, en nuestro caso la cuestión iba de bajada. Primero era que ella no quería salir a ningún lado, y segundo que solamente quería dormirse cuando estábamos juntos. Cuando comenzamos de nuevo a vernos entre semana era a la hora de la cena, y por espacio de cuando mucho una hora, en algún restaurante. Nos veíamos, cenábamos, platicábamos por un momento y nos decíamos adiós. Yo sentía como poco a poco la relación se iba deteriorando, pero tomé las cosas con calma.

Al paso de unos meses de haber entrado a su nuevo trabajo, los primeros 6 que pasamos juntos y que en general fueron de ensueño (con sus altibajos, claro), parecían una época que había terminado hacía mucho tiempo. Los fines de semana se convirtieron en una vez cada dos semanas. Sí, nos veíamos entre semana, pero solo por un momento, y cuando nos podíamos ver con calma casi siempre era para ella se quedara dormida. ¿Me había perdido de algo?

Un profesor en Japón es altamente respetado; es una posición de prestigio, pero a la vez exige demasiado. El trabajo en general era hasta las 5 de la tarde, pero un profesor de tiempo completo debe hacerse cargo de uno de los clubes de actividades extraescolares, los llamados “bukatsu (部活)”, y estos comienzan justo a esa hora, y terminan alrededor de 7 u 8 pm, dependiendo del club y de la época del año. A Emi la pusieron de encargada del club de básquetbol, lo que la obligaba a estar al pendiente de los entrenamientos, más aparte el trabajo de preparar sus clases, de calificar trabajos y de diseñar exámenes. “Bueno, estaba ocupada entre semana, pero siempre existen los fines de semana”, podrían pensar, pero había un ligerísimo “inconveniente”: torneos y partidos amistosos. Si los estudiantes están en la escuela todos los días desde la mañana y entrenan por la tarde/noche, ¿cuándo creen que eran los torneos y demás? ¡Efectivamente! Y obviamente el profesor a cargo tiene que estar presente, y algunas veces hasta llevar a los estudiantes a sus casas. Todo lo anterior hacía que Emi no tuviera tiempo para nada. Olvídense de mí, ni siquiera tiempo para ella, para sus cosas, sus gustos, sus amigos. Prácticamente tenía 2 o 3 días al mes realmente libres, por lo que era entendible que en vez de querer salir o realizar alguna actividad simplemente quisiera estar en casa sin hacer nada, preferentemente dormir.

Estaba olvidando otra de las actividades que los profesores realizan: cada cierto periodo de tiempo, los profesores de un área específica se reúnen en la noche para salir a “patrullar” y revisar que los estudiantes no estén en la calle o en algún lugar que no sea su casa; revisan arcadias, centros comerciales, el interior de otras escuelas (porque a algunos les da por meterse a primarias y bañarse en la alberca, o acciones similares), etc. Si encuentran a alguno, deben llamarle la atención y pedirle que regrese a casa, y en algunos casos hasta llevarlos. Y por si todo lo anterior fuera poco, si durante clases los estudiantes se salían de la escuela (se hacían “la pinta”, se “volaban” las clases) y estaban en algún restaurante o local a esas horas, los profesores recibían llamadas de dichos establecimientos para que fueran por ellos. Emi tuvo que ir varias veces a restaurantes y disculparse con los dueños por la conducta de algunos estudiantes.

Como mencioné arriba, obviamente yo no tenía ni idea de las responsabilidades que un profesor de secundaria tiene en este país. Para mí, esa carga de trabajo era excesiva, y no pasó mucho tiempo antes de que lo discutiera con Emi. No obstante, no esperaba la respuesta que recibí.

Emi estaba sorprendida de mi postura ante la situación ya que cuando le mencioné lo que pensaba al respecto y le hice ver que no había un balance entre su trabajo y su vida, ella me respondió que pensaba que todo estaba bien y que ella estaba haciendo su parte en el noviazgo que teníamos. Lógicamente yo no me iba a poner en el plan de “tu trabajo o yo”, porque realmente entendía que era pesado para ella, pero definitivamente tenía que haber algo de reciprocidad en la relación; necesitábamos convivir, y si el tiempo que teníamos para hacerlo estaba limitado por el momento, entonces teníamos que hacer que valiera para los dos, y eso, en mi caso, no significaba nada más vernos para cenar un par de días y, con suerte, pasar medio día juntos el fin de semana, durante el cual ella simplemente cayera dormida. Insisto: entendía su situación, pero me costaba trabajo adaptarme, y definitivamente había hecho bien en comentarlo, puesto que para ella no había ningún problema, y a mí me ayudaba a entender el papel que el trabajo representa en una relación en Japón.

A pesar de haber hablado al respecto y haber acordado darle más calidad al tiempo que teníamos para nosotros, la realidad no era tan condescendiente: el trabajo la atrapaba poco a poco, y lo que al principio parecía que iba a mejorar solamente regresó a lo mismo al paso de las semanas. Entendía que no era su culpa, y que yo tenía que apoyarla, pero no sentía reciprocidad, y por mucho que estaba dispuesto a darle mi apoyo, yo lo necesitaba también, aunque fuera un poco, porque de lo contrario esto iba a ser una relación de un solo lado.

Comenzó entonces un patrón: mucho trabajo, hablábamos, se arreglaban las cosas temporalmente; enjuague y repita. Este ciclo siguió por varios meses, pero afortunadamente terminó cuando por fin ella tenía vacaciones reales de la escuela, tiempo durante el cual todo parecía haber vuelto a como había sido los primeros 6 meses. Ésa era la relación que yo buscaba y quería, pero en el momento que el siguiente periodo escolar comenzaba, el ciclo mencionado volvía a repetirse.

Aunque ciertamente había veces en que yo estaba ocupado y tampoco tenía tiempo para verla como quisiera, al menos yo separaba el trabajo (la universidad) de mi vida privada, y eso que me aventaba a veces hasta 15 horas en el laboratorio (por lo general mi jornada era de 9-10 horas), sobre todo porque en ese tiempo yo ya daba clases de inglés en primarias de la zona 3 días a la semana por las mañanas; era rara la ocasión en la que no podíamos vernos porque yo tenía algo más que hacer. Obviamente no quería decir que sus obligaciones fueran más ligeras que las mías, pero estaba bastante claro que, aunque ella quisiera echarle ganas, el trabajo la abrumaría, y su sentido de la responsabilidad le impedía dejar todo a medias (virtud que yo admiraba, porque eso era dedicación de verdad). Por ello, para mí, comenzó a hacerse rutina la forma de llevar el noviazgo, y para ser sincero, comenzaba a perder el interés y las esperanzas de que la situación pudiera mejorar.

Todo esto me llevó al punto de estar totalmente inconforme de tener que esperar a que la carga de trabajo aminorara para llevar las cosas como habían sido al principio. De la misma manera, las pocas veces que salíamos a cenar o a pasear (cuando alguna vez se podía), me aguantaba muchas cosas porque no quería desencadenar ninguna discusión, pero eso hacía que no me la pasara lo bien que quería.

Comencé entonces a valorar la situación y pensar si realmente valía la pena estar así. No quería tomar una decisión sin haber considerado antes lo bueno y lo malo, y no necesariamente que ella estuviera mal, sino el sistema en el que ella estaba y lógicamente no podía controlar. Siempre que me sentaba a reflexionar, antes que la rutina y la situación en la que estaba, venían a la mente los primeros 6 meses que habíamos estado juntos, y esos eran los que añoraba, pero me preguntaba si era bueno aferrarse a ese tiempo e intentar un poco más o de plano dejar todo por la paz.

Entre “estira y afloje”, y algunas veces apatía de mi parte, estaba por terminar el ciclo escolar (de un año), y mientras ella no recibiera ninguna llamada de alguna escuela para invitarla a trabajar, no había nada seguro para ella laboralmente hablando. Los profesores no cuentan con contrato de X cantidad de años, sino que el departamento de educación del área donde estén proveen a las escuelas con los datos de los profesores y son éstas las que llaman e invitan a trabajar por espacio de N cantidad de meses, aunque generalmente es por mínimo un año, y si la escuela lo decide, el siguiente año le pide directamente al profesor que se quede a seguir con sus labores ahí. Este tipo de relación laboral sigue hasta que el profesor sube de rango, y para eso hay que presentar un examen que se realiza una vez por año, y si se aprueba, se obtienen muchos más beneficios, pero al mismo tiempo la carga de trabajo y responsabilidades crece. Además, cabe hacer notar que este examen fue objeto de revisiones hace algunos años porque se descubrió que muchos de los resultados estaban arreglados y dependían de contactos, influencias y favores entre el círculo de directivos, y si no tenías nada de eso, las posibilidades de aprobar eran casi nulas, y los mismos profesores que presentaban el examen lo sabían, pero aun así lo presentaban porque era la forma de demostrarle a los superiores que le estaban echando ganas y que querían seguir adelante.

No voy a negar que esperaba que Emi no recibiera la llamada para invitarla a seguir trabajando de tiempo completo y que me gustaría que regresara a su antigua forma de trabajar, pero no podía hacer nada al respecto. Lo más importante es que ella entendía cómo estaba nuestra situación y se mostraba también preocupada por lo que podría pasar si todo lo que habíamos vivido durante ese tiempo se repetía, y al mismo tiempo ella tampoco quería renunciar a algo que había sido su sueño desde pequeña. Era una época tensa. No obstante, la llamada llegó, para bien o para mal: era la misma escuela donde había realizado labores durante el ciclo escolar que terminaba, y la invitaban a continuar en su puesto. Ella no tomó la decisión inmediatamente, sino que antes de eso me pidió de favor que le permitiera estar un año más, porque era su sueño y quería estar un poco más de tiempo ahí; me decía que sabía que era muy pesado para mí, pero que entendía la situación y que le pondría todo su empeño para que las cosas fueran mejor que el año anterior.

Ante tal situación y tales palabras, aun sabiendo que yo no era dueño de su persona ni de su tiempo, y estando yo mismo viviendo un sueño en ese momento (estar en Japón), no había más que pensar y le dije que ella decidiera, y si ella quería estar un año más yo la apoyaría, pero que realmente necesitaría que todo el ciclo que vivimos no se repitiera, porque no creía que pudiera soportarlo de nuevo.

Así, Emi comenzó su segundo año como profesora de tiempo completo, con todo lo que eso conllevaba.

Las primeras semanas sí se notó un cambio, y todo parecía indicar que, con dificultades, pero la situación iba a mejorar. Sin embargo, y como creo que se pueden imaginar, la realidad de nuevo nos pegó, y esta vez más fuerte: su carga de trabajo comenzó a ser muy pesada otra vez, y en cuestión de un par de meses volvimos a entrar al círculo vicioso, solamente que con un pequeño detalle: Emi trataba, lo más que podía, de que no fuera como el ciclo anterior; lo malo es que el trabajo se comía esa intención, y al final del día todo parecía que seguía igual.

Tuve que darme cuenta de algo que, por experiencia, ya sabía: en Japón, por lo general (recuerden que hay excepciones y que hablo del promedio) se le da la mayor prioridad al trabajo. Los japoneses que comienzan a laborar generalmente no saben nada, y las empresas los manejan como mejor les conviene; esto incluye también el horario en el que tu trabajo termina. ¿Tu horario oficial de salida es a las 6? Qué pena si el jefe necesita que te quedes más tiempo, te vea feo si te vas más temprano aunque no tengas nada que hacer, o te invite a los “nomikai” (reuniones para beber y “convivir”, que resultan ser más trabajo) y tengas que asistir a la fuerza, y no poderte ir antes de que tus “senpai” se vayan porque sería una falta de respeto, aunque por dentro te estés muriendo del cansancio. ¿Planes para después del trabajo? Por lo general nadie los hace, a menos que sea algo realmente muy importante, porque muchas veces no tienen el control de a qué hora van a salir o de si se va a presentar algo imprevisto. El trabajo es primero. Es parte de la cultura. Insisto: no es que realmente todos quieran quedarse y vean con buenos ojos caer exhaustos por el trabajo, pero para los japoneses eso es la norma y hay que aguantarse y acostumbrarse. Por ello, muchos optan por quedarse en casa todo el día cuando tienen descanso, ya que necesitan ponerle un freno a lo agitado de la vida, aunque su vida personal sea totalmente inexistente.

Al respecto, hace poco alguien en Twitter puso unos manga de una “Office Lady” (chicas que trabajan en cosas de oficina) que vive sola, y aunque es el caso de una chica, mucho de eso también aplica en los hombres:

“Dibujé a una OL que vive sola exclamando dolorsamente que ‘falta nada más un día'”

“Dibujé a una OL que vive sola, quien a pesar de que es un día muy bonito está juntano energías para ir a trabajar”

“Dibujé a una OL que vive sola tomando una bebida en una posición extraña y resistiéndose a que el día siguiente es lunes”

“Dibujé a una OL que vive sola y está harta de todo”.

Pueden seguir al autor en Twitter. Tiene muchas otras ilustraciones.

Por tanto, por mucho que Emi quisiera darme (y darse) tiempo, simplemente el trabajo se interponía, y siendo que ése era su sueño, yo no tenía ninguna autoridad ni peso para exigirle que lo dejara.

Quiero suponer que ustedes han hecho, o escuchado de alguien cercano, eso de “darse tiempo” en una relación. En nuestro caso, eso ocurrió en varias ocasiones, porque de plano yo ya no aguantaba sentirme así y era también cansado para ella estar siempre con la presión del trabajo y de pilón la de la relación. Era un hecho de que las cosas no iban bien, y al paso que íbamos, terminarían mucho peor.

No voy a negar que dentro de todo lo negativo que había durante ese tiempo también hubo momentos memorables, que aunque pocos, eran una bocanada de oxígeno para que las cosas continuaran. Siempre pensaba que sí, en efecto, esos momentos valían la pena, pero al mismo tiempo sentía que no era justo para ninguno de los dos tener que estar batallando durante largos periodos para poder tener uno o dos de esos momentos, cuando lo que ambos realmente queríamos es que esos fueran la norma y lo demás fuera secundario. Eran ese tipo de detalles los que me hacían reflexionar y sentir que todo valía la pena, y que definitivamente las cosas iban a mejorar, pero a la vez ahí siempre estaba el fantasma del sistema laboral japonés que se aferraba en interponerse e influía de forma negativa en mi percepción de la relación. Era algo nuevo tener que enfrentarse a esto, y estoy seguro que si me hubiera pasado algo similar en México no habría durado ni 6 meses con alguien así, porque sencillamente te muestra que nunca serás prioridad en su vida.

Mis sentimientos me decían que aguantara, que era solo un bache, una prueba de que lo mejor estaba por venir, pero era sincero conmigo mismo y sabía que estaba sufriendo más que lo que estaba ganando. Ese pensamiento generó el ciclo de los “tiempos” que nos comenzamos a dar. Quería estar ahí, quería verla superarse y vivir su sueño, quería ser quien estuviera a su lado para decirle que todo había valido la pena a final de cuentas… pero al mismo tiempo odiaba el sistema en el que estaba metida, sufría por no poder llevar una relación como yo quería y me dolía mucho tener que pasar forzosamente a segundo plano. Intentaba convencerme a mí mismo que, algún día en el futuro, todo lo que estaba pasando habría servido de algo, me habría dado una lección, y ultimadamente habría fortalecido nuestra relación a un grado que jamás me habría imaginado que podría llegar a tener con alguien, pero la realidad estaba ahí para aplicarme un “combo” y decirme que pusiera los pies en la tierra y que fuera sincero con lo que realmente sentía en ese momento.

Podía haber pedido consejo a alguna de mis amigas; podía simplemente argumentar que ya no podía más y dejar todo por la paz; podía decir que mis obligaciones en la universidad habían aumentado y alejarme de la relación poco a poco, esperando que se perdiera naturalmente… Cuando menos lo pensaba, me di cuenta que mi cabeza estaba repleta de pensamientos que me llevaban al mismo desenlace. La salida era obvia, estaba consciente de eso.

Otra vez estaba en el punto en el que tenía que tomar una decisión…

Sabía que había una flor hermosa al final del tallo que estaba entre mis manos, pero las espinas dolían y cortaban cada vez que intentaba llegar a ella.