Videojuegos: ¿qué significan para mí?

Muchos de los que amablemente leen todo lo que escribo quizá no tienen idea de lo importante que han sido los videojuegos a lo largo de mi vida. Es fácil deducir que me gustan mucho, pero tienen historia dentro de mi historia.

Los inicios

De niño me era difícil tener amigos de mi edad. Siempre fui el más joven en la escuela (incluyendo la universidad), por lo que sí tenía amigos, pero los intereses que yo tenía eran siempre diferentes a los de mis compañeros de clase. Así, en mi época de estudiante de primaria, mis compañeros de juego eran 2 vecinos unos 5 o 6 años mayores que yo.

Como era difícil encontrar con quién jugar, los videojuegos comenzaron su aparición. Primero, las famosas “maquinitas” de la tienda de la esquina. Costaba 5 pesos (de los antiguos, la moneda que tiene a Quetzalcóatl) un juego, y claramente decía en la máquina: “La duración de este juego depende de la habilidad del jugador”. El problema era que casi siempre me apagaban la máquina porque no perdía fácilmente y los otros que querían jugar tenían que esperar. El juego que me atrapó en ese entonces fue Solar Fox.

Después, a uno de mis vecinos le compraron un Pong… sí, un Pong, aunque quizá era una versión más moderna, porque recuerdo que el control para los 2 era un mismo control con 2 perillas en las orillas y algunos botones en el centro. Era un logro poder convencerlo de que dejara jugar. Luego, a unos primos lejanos les compraron una consola (no recuerdo cuál era), y lo más que logramos mi hermana y yo fue que nos dejara entrar a ver cómo jugaba.

La primera consola

Llegó la etapa del Atari 2600. A varios primos se lo compraron, y era como un sueño poder jugar Seaquest, Jungle Hunt y el famoso Moon Patrol… Yo tenía que conformarme con ir a las maquinitas de vez en cuando… hasta que uno de mis tíos que viven en Estados Unidos (y que ya he mencionado antes aquí como un ser para quien el dinero es lo único) me mandó un Atari 5200.

Ustedes saben: controles diferentes, cartuchos diferentes, juegos diferentes. Ciertamente tuve Pacman, Popeye, Missile Command y Super Breakout, y me pasaba horas jugando solo, tratando de llegar siempre más lejos. Pero no era lo mismo que salir a jugar a la tienda de la esquina, y obviamente no tenía ni Seaquest ni Moon Patrol.

Los videojuegos me habían pegado duro. Eran los compañeros de juego que no tenía, eran mi niñera y mi pasatiempo. Yo era feliz jugando y tratando siempre de superar mis récords. Sí, salía a jugar de vez en cuando, pero no había día en el que no prendiera el Atari y me pusiera a jugar.

La segunda consola

Luego me llegó otra consola: La Oddysey. Todavía no sé quién me la compró, pero era una consola diferente, ya que tenía teclado y los casettes tenían agarradera en la parte de arriba. Ésta si me duró mucho, incluso la seguía usando después de tener Nintendo varios años después. El problema que tuve con esta consola fue que una vez presté unos juegos y nunca me los devolvieron.

El encuentro con Mario

Tiempo después, hubo un cambio importante en la tienda de la esquina: Super Mario Bros., pero con un pequeño inconveniente: solo tenía el botón de brincar. Podías hacer el truco de las vidas infinitas en el 3-1 (o en otros stages con un poco más de práctica), pero al llegar al 4-3 o al 8-1 sencillamente no puedes pasar porque necesitas el botón B para hacer que Mario corra y poder brincar más lejos. Recuerdo que había teorías de cómo pasar esos stages: unos decían que había “elevadores” o “plataformas” invisibles y que tu salto tenía que ser muy exacto. Otros decían que había enemigos invisibles a los que tenías que ir pisando para poder pasar. La realidad era simple: nos hacía falta un botón.

Cuando el dueño de la tienda vio que su minita de oro estaba sola, nos comenzó a preguntar por qué, y cuando le explicamos que no se podía pasar, llamó al técnico. Una semana después teníamos Super Mario Bros. con 2 botones, pero sin poder hacer vidas. Era terminarlo con las 3 con las que empiezas. Las cosas cambiaron por completo: competencias a ver quién era el primero en terminar el juego, intercambio de estrategias en laberintos como el 7-4 o el 8-4. Te comenzabas a crear fama entre los de la cuadra por llegar más lejos que la mayoría. La época de “te voy a a apagar la máquina porque duras mucho” había terminado, pero para mí comenzaba otra: los “fajazos” (o “cinturonazos”) de mi papá por los videojuegos.

Fajazos, regaños, castigos… ¡pero sigo jugando!

Para mi papá, las maquinitas eran centro de vicio, y pensaba que dejaría de estudiar y que me haría de malas amistades por frecuentar la tienda de la esquina. Entonces, para poder jugar, tenía que estar espiando a que el carro de mi papá no llegara, porque en cuanto lo hiciera, tenía que dejar el juego como estuviera, e inventar un buen pretexto para explicar dónde estaba. Incluso llegaba a rodear toda la cuadra para llegar por el otro lado en el caso de que viniera de salida cuando yo estaba entrando. Así podía decir “vengo del mercado”, y me salvaba, pero cuando de plano me descubría, eran fajazos seguros… Incluso en la misma tienda. Mi papá a veces estacionaba el carro en otra calle y llegaba por otro lado a la tienda para pillarme, y varias veces lo logró, y ya se imaginarán el primer fajazo cuando estás brincando con Mario en un lugar difícil. Castigos, regaños, hubo de todo. Pero yo no cedía: me arriesgaba con tal de poder jugar, ya que las consolas que poseía no tenían un título como Super Mario Bros.

Las idas al centro (de Guadalajara) eran para mí un sueño por la cantidad de juegos que encontraba en los salones de arcadias. Quizá el que más me viene a la mente es Donkey Kong 3, en donde manejas a Pete y usas como arma un repelente de insectos. Pero a mi papá no se le quitaba de la mente la idea de que videojuegos = vicio. Con todo, después de un tiempo mi papá cedió y por fin decidió comprarme una consola. Yo moría por un Nintendo (NES), pero era difícil conseguirlo porque en todos lados estaba agotado.

Nintendo, ¡por fin!

Sería cuestión de tiempo para que mi papá encontrara lo que yo buscaba… pero en su versión “original”. Me llevó a una importadora (que todavía existe y a la que años después estaría visitando cada semana por el programa de radio “Mister Cómic”) en donde me dijeron que tenían un “Nintendo diferente”. Yo ni vi la consola… en cuanto vi Super Mario Bros. en la TV a color dije: “Sí, quiero esta consola con este juego”. Lo que me compraron y conservé durante muchos, muchos años fue:

el famicom original (japonés). Afortunadamente, a mi papá le explicaron que los cassettes de esa consola eran “chiquitos”, y que para poder jugar “los grandotes” era necesario un adaptador, que también me compraron esa vez.

Mi papá me veía contento, y aprovechó para decirme: “con esto ya no tienes por qué ir a las maquinitas”, a lo que yo respondí: “¡claro que voy a ir! No son los mismos juegos, no se ven tan bonitos en casa”. Los fajazos continuaron por algunos años.

Street Fighter

Tiempo, y varios juegos acabados, después, un título comenzaba a llamar la atención de la gente, pero no tanto por la temática, sino porque tenías que “frotar” la palanca para poder sacar “la bola”. Había llegado el primer Street Fighter. Lo jugué varias veces, pero nunca, nunca, nunca me salía la bola o “el helicóptero” (Tatsumaki Senpuu Kyaku), por lo que me enfadó y no le seguí mucho la pista. Sin embargo, cuando salió Street Fighter II, me dispuse a aprender a “frotar” la palanca para que me salieran “las bolas” (¡qué corriente se oye esto!).

Un poco de práctica, muchas, muchas fichas, y una gran coincidencia, me hicieron “descubrir” que no era necesario frotar la palanca para sacar el “abuken” (Hadouken). Estando agachado y marcando medio círculo hacia el frente hacían la magia. Fui invencible con Ken y Ryu durante un rato, que no duró mucho obviamente, sobre todo con la llegada de los mega combos de Guile, sus trabadas, apagadas de máquina, agarrones a la nada que te bajaban sangre, y por supuesto, más y mejores jugadores.

Super Nintendo y distanciamiento

No tuve Super Nintendo hasta que estuve en la preparatoria. Mi papá decidió no comprarme más consolas. Sus palabras fueron exactamente: “Yo no te voy a dar para comprar chingaderas”. Desde ese entonces y hasta la fecha, para mi papá es exactamente lo mismo un NES que un Playstation 3. ¿Cómo le hice para comprarlo? Tuve que guardar el dinero que me daban para ir a la preparatoria (Prepa 2, UdG) durante varios meses. Me quedé sin comer todos ese tiempo, lo que me dejó de regalo un indicio de gastritis, que con el tiempo se convertiría en una. Trabajé de medio tiempo en fotolito, como encuestador y hasta como ayudante de vendedor en un puesto de videojuegos (solo por jugar Super Mario World), y todo a escondidas de mi señor padre, para quien trabajar y estudiar al mismo tiempo nunca ha sido buena idea porque “una vez que te cae dinero, el estudio se te olvida y abandonas la escuela“. Como sea, tuve Super Nintendo, y el primer juego que compré fue Battletoads in Battlemaniacs. Me encantaba el Battletoads de Nintendo, así que el de Super Nintendo tenía que ser de los primeros que jugara.

El hecho de que mi papá nunca más me compraría una consola provocó más distanciamiento del que ya había entre mí y mi familia. Nunca fallaba en la escuela, prácticamente no podía trabajar en nada (todo era a escondidas y de vez en cuando), y no podía pedir nada. Las idas a las arcadias se hicieron cada vez más comunes, y el tiempo que pasaba con la familia era cada vez menos. Recuerdo que nos íbamos temprano a la prepa para poder jugar King of Fighters 94 en el local de la esquina, y aprovechábamos cada hora libre para ir a retar ahí. Los videojuegos y el estudio eran mi refugio ante una familia que estaba muy lejos de ser unida.

Universidad y torneos en juegos de pelea

En la preparatoria conocí a muchos de los amigos con los que más tengo contacto en Guadalajara. Variosde ellos son los mejores rivales que he tenido en juegos de pelea. Me ha tocado enseñar a algunos a jugarlos (Darkstalkers por ejemplo), y en otros ha sido una competencia relativamente pareja. Asistíamos a cuanto torneo hubiera. Primero, al de Super Street Fighter II Turbo, en una discoteca relativamente cerca a Plaza del Sol. Luego, al de Darkstalkers en donde nos fue mal; después, el de Street Fighter Alpha 2, en el que perdí en las semifinales por tenerle compasión al chavo contra el que jugué. Ese torneo lo ganó un amigo y justamente con mi Chun Li (usando mis técnicas). Años después, el estatal de Street Fighter Alpha 3 en donde perdí la final contra otro amigo, pero aún así nos fuimos 3 al torneo nacional, en donde nos fue más o menos. Lo bueno de esta experiencia fue que nos pagaron todo a los 3, nos llevaron al ahora extinto Capcom México, y le pusimos sus respectivas arrastradas a los de ahí, puesto que nos retaron para “medir” el nivel, y ni su configuración para solo un round los salvó del poder de Sakura (yo), Ryu (un amigo) y Dhalsim (el otro amigo).

Nunca fuimos a torneos de KOF porque, después de la 98 y con la entrada de los strikers, sentíamos el juego muy desbalanceado y preferimos simplemente dejarlos pasar. Yo regresaría a las KOF en 2002, aprendiendo a manejar a Blue Mary y a Kula, y recordando los movimientos de Athena y de Mai.

La universidad me dejó los mejores recuerdos de mi vida en cuanto a vida universitaria a los amigos que ahí hice, y también me dejó, gracias a mi primer trabajo en forma cuando entré a 5to. semestre, poder comprarme, con mis propias ganancias, mi tan deseada TV de 14″, mi videocasetera VHS y mi PlayStation. Mi cuarto era mi guarida, mi refugio. En la casa podían estarse peleando a muerte, y yo en mi cuarto era feliz. Una simple habitación de 3×3 era mi mundo. Lo malo es que nadie me visitaba precisamente por la actitud de los otros miembros de mi familia.

Durante mis años universitarios, comencé a tener acceso a internet, y ahí descubrí el hilo negro que usaban los chavos que iban a jugar Mortal Kombat al centro (y que se convirtieron en los mejores rivales para nuestro equipo): Veían las fatalities por internet, iban al centro, jugaban, y para que nadie les copiara, se ponían un suéter encima de los controles. El conocimiento era limitado, y saber algo antes que nadie te daba estatus, presencia, nombre. Aquellos jugadores que veía lejanos, superiores, pasaron a ser “otros más”. Jugadores buenos, cierto, pero cada quien con su personalidad y su carácter, razón que luego los llevó a separarse. De muchos no me sé sus nombres; a unos los dejé de ver, mientras que otros después aparecieron nuevamente en mi camino, pero de forma diferente. De cualquier forma, me refiero a Juan (quien siempre me abrió las puertas de su casa), Joel (conocido como “El Bishamón”), el famoso y “legandario” Eddy (a quien siempre le atribuían movimientos o conocimiento que nadie más poseía), Daniel (conocido por nosotros como “El Rolento”), el “maestro” (que después se convirtió para nosotros en “el alumno”), el “apá” y su inolvidable forma de manejar a Chun Li moviendo TODO el armazón de la máquina, y otros que de momento no me vienen a la mente. La rivalidad, y después amistad, que tuve con varios de ellos también forma parte del baúl de los recuerdos.

Y de ahí en delante…

Después de graduarme de la universidad y continuar trabajando de tiempo completo, aprovechábamos el tiempo libre para reunirnos (los amigos de la prepa) para hacer maratón de juegos de pelea. El título era el que estuviera de moda. Así pasaron Street Fighter III, Capcom vs. SNK I y II, entre otros. Podíamos pasar horas encerrados en un cuarto, con una televisión de 28″, falta de sillas, frituras y las tradicionales “cocotas” (coca-cola de 2 litros).

Llegamos a ir, y ganar, mini-torneos en las pseudo-convenciones de animación japonesa que ahora inundan el país. Pero no había ya el entusiasmo de antes, no de nosotros, sino del ambiente en general. Los juegos nuevos no llegaban a la ciudad, y los títulos comenzaron a estancarse. Hacíamos exhibiciones de Dance Dance Revolution los domingos por la noche en las arcadias Galex de San Pedro Tlaquepaque, y después fui el único que le siguió en serio al DDR; llegó el Pump it up, y dominó la escena no solo en Guadalajara, sino en todo el país, pero nunca le entré de lleno. Siempre he sido (y hasta la fecha) DDR de corazón. Parecía que todo se terminaba.

El Playstation 2 lo compré en una ida a Estados Unidos, concretamente la primera vez que fui a Anime Expo (2001, creo). Y como cualquier jugador, lo cuidé, lo usé hasta el último momento, y cuando se decidió que vendría a Japón, lo vendí. Terminé muchos juegos con él. En esa misma ida, uno de mis primos me regaló el GameBoy Advance, que todavía conservo, por cierto. Ese GameBoy fue mi salvación los primeros meses que estuve de este lado del mundo: no tenía nada en casa excepto mi futón, por lo que regresar a casa para mí no era gran cosa. Estaba solo, sin siquiera cortinas, y lo único que me consolaba era poder jugar Golden Sun o Castlevania en mi GameBoy. Ni siquiera tenía televisión. Es quizá, hasta el momento, la parte más difícil que he superado en mi vida. Por eso, no importa que ya esté viejo, que haya modelos diferentes (GameBoy Advance SP, GameBoy Micro), ese GameBoy Advance se quedará conmigo para la posteridad.

Para un chico de 24 años, solo, en otro país, con, en ese entonces, una novia en México que había dejado por el sueño de una beca, el GameBoy era mi mejor amigo. Los videojuegos me habían salvado otra vez.

Después de conocer el centro de juegos de la ciudad, ir y ganar 32 seguidas con Sakura en SFA3, descubrí que seguía dormida esa sensación de reto, de competición. Quería tener consolas, quería volver a sentir la adrenalina de una buena pelea en un título interesante. Compré mi Playstation 2 japonés, jugué y terminé en japonés Final Fantasy X-2, y luego muchos títulos más. Obtuve también mi Game Cube al mismo tiempo. Me quedé sin nada de dinero, pero tenía pizzas congeladas y sandwiches en el refrigerador, suficiente té verde, una TV de 14″ de segunda mano que después tuve que cambiar por defectuosa y 2 consolas que disfrutar. Japón comenzaba a parecer un buen lugar después de todo.

Hoy en día, sufriendo por obtener un doctorado, por haber tenido un asesor incompetente y ahora por una hernia en la espalda (que no duele mucho, es casi imperceptible), los videojuegos siguen siendo parte fundamental en mi vida, aunque no tenga tiempo para sentarme y jugar. Ahí están, siempre han estado y creo que siempre estarán para mí. Por supuesto que no los puedo comparar con la compañía humana, pero gracias a ellos he hecho grandes amigos, y me han sacado varias veces de depresiones que pensaba que me tumbarían por siempre.

Eso, para mí, son los videojuegos.

Por cierto, estoy a punto de subir a Shura en Tekken 6. El entrenamiento y las arrastradas que sufrí en Tekken 5 Dark Resurrection hace un par de años por fin están dando frutos. Las retas continúan.