Encuentros cercanos con situaciones extrañas

Hace casi 10 años conté la historia de X y en qué terminó todo.

Durante el descanso de año nuevo me tocó ver en un programa cómo le lavaron el cerebro a una artista japonesa y le sacaron 500 millones de yenes gracias a una serie de manipulaciones muy bien planeadas por parte de los estafadores. No ahondaré mucho en eso (por ahora, pero puedo contar la historia si están interesados), pero por alguna razón me hizo recordar a X (arriba mencionada), la soledad que sentía cuando recién llegué a Japón por no conocer a nadie, y algo que pasó en ese tiempo que pensaba que ya había comentado por acá. Hay detalles que no recuerdo muy bien, pero más o menos la historia es como sigue:

Tenía poco menos de un año de haber llegado a Iizuka. Había ido de paseo a México hacía unos meses, y aunque ya me estaba aclimatando a la falta de idioma español, sentía todavía algo de nostalgia cada vez que escuchaba algo en mi lengua natal. Ya he comentado antes que lo primero que escuché de español en Iizuka fue la canción “Aserejé” en una de las arcadias de la ciudad; odiaba la canción, pero escucharla en ese momento me dibujó una sonrisa en el rostro.

En una de mis salidas a explorar el lugar, fui a parar al centro comercial de la ciudad (noten el uso de “el”, y no “un”). Por azares del destino, y creo que por mi cara, una chica japonesa me habló… en español. Se presentó como María, y me dijo que era mitad japonesa y mitad paraguaya. Iba de compras con su esposo (japonés) y me preguntó de dónde era y qué hacía en un lugar como Iizuka; a grandes rasgos le conté mi historia, intercambiamos números telefónicos y quedamos en ponernos en contacto después para platicar más a gusto.

Podrán imaginarse mi sorpresa: en medio del campo japonés, conociendo apenas a unas cuántas personas que hablaban español, algunas a punto de regresar a su país y otras totalmente ocupadas y que solamente podía ver una vez al mes cuando mucho, tener contacto con otro hispanohablante más era muy agradable.

Si mal no recuerdo, hablamos un par de veces por teléfono, quedando en que me visitaría en mi departamento junto con unos amigos que quería presentarme. “¡Genial!”, pensé yo. Tener conocidos además de la gente del laboratorio era una idea que me agradaba mucho, a pesar de que todos los amigos de María eran japoneses.

El día acordado llegaron a mi casa: era María, sin su esposo, y como 6 japoneses, todos vestidos formalmente. No le di mayor importancia a eso y los invité a pasar. Mi departamento era un solo cuarto, pequeño, pero 8 personas cabían bien sentadas (en el suelo, siempre tuve las cosas muy al estilo japonés). Varios de ellos comenzaron a ver mis cosas, en especial la pila de mangas semanales (Shounen Magazine) que tenía en un rincón, así como una serie de revistas con juegos para practicar kanji. María comenzó a platicar conmigo e inmediatamente las cosas tomaron un tinte religioso. Hasta ese momento todavía no me caía el veinte, puesto que siempre había disfrutado de debates de ese tipo, y siendo sinceros, el simple hecho de poder hablar español era suficiente para mí. No obstante, la discusión se convirtió poco a poco en una especie de sermón de su parte, en la que sus amigos comenzaron a tomar parte (en japonés). Comencé a notar entonces que varios de ellos trataban de hacerme plática preguntándome sobre mis gustos y pasatiempos, basados obviamente en lo que veían en mi cuarto (consolas de videojuegos, figuras de anime, muchos manga), y cualquier cosa que les contestaba ellos mágicamente tenían el mismo gusto; incluso uno de ellos me invitaba a jugar videojuegos en su casa, diciendo que X juego era de sus favoritos, donde X era el juego que yo acababa de decir.

María se encargaba de decirme cosas en español, invitándome a participar en “un grupo”, donde conviviría con mucha gente, y los “amigos” eran cada vez más insistentes (léase “enfadosos”) con lo que decían. Era más que obvio que querían ganarse mi confianza a como diera lugar; después de todo, era un mexicano, solo en el lugar, presumiblemente buscando alguna comunidad a la cual pertenecer, y el hecho de que María hablara español era un gancho perfecto.

Terminé rechazando todas sus invitaciones y todo lo que me decían. La plática se había tornado en algo netamente religioso y en un grupo de japoneses queriendo mostrar su mejor cara para que confiara en ellos.

Como sea, después de un rato se fueron, pero quedaron de comunicarse conmigo y me invitaban a hacer lo mismo. En ese momento yo sabía que ni de chiste los volvería a ver.

María me llamó un par de días después intentando “visitarme” de nuevo en mi casa. Fui totalmente directo con ella, y le dije que si era con el fin de hablar de religión e intentar reclutarme en su grupo de “amigos”, mejor se evitara la molestia. Ella me preguntó “¿por qué?”, y simplemente le dije que respetaba la religión e ideas de los demás, pero que su intento de reclutarme había sido más que obvio y no quería verla ni a ninguno de sus “amigos” si de eso se iba a tratar la visita.

Fue la última vez que supe de ella.

Para ser sincero, ignoro exactamente a qué religión pertenecían o me querían invitar. No estoy en contra de otras ideas o religiones (simplemente varios de mis mejores amigos en México no son católicos y nunca hemos tenido problemas por las diferencias de religión), pero ese tipo de trucos para reclutar nuevos miembros nunca han sido de mi agrado. Mejor que te digan directamente de qué se trata todo, y con base en eso tú decides si escuchas lo que te quieren decir o asistes a donde te estén invitando.

Menciono todo esto porque algunas personas al llegar a Japón se van a sentir solas y aisladas, y con las defensas bajas es más probable que termines en situaciones en las que normalmente no te inmiscuirías, o que sean completamente diferentes a lo que inicialmente habías pensado o te habían dicho que serían. El caso de X es uno, pero no es el único que conozco.

Curiosamente, durante la prepa, un buen amigo una vez me invitó a una conferencia “sobre el fin del mundo”, sabiendo que ese tipo de temas me gustaban mucho. Terminé invitando también a 2 amigos de mi cuadra porque a ellos también les llamaba la atención saber qué onda al respecto… La “conferencia” no era otra cosa que el sermón que dan en iglesias cristianas durante su ceremonia semanal; es decir, fuimos invitados a la ceremonia, pero este amigo nos dijo que eran unas “conferencias sobre el fin del mundo”. Al final del evento, nos nombraron a mí y a mis amigos como nuevos miembros de la comunidad y nos invitaban a seguir asistiendo. Los 3 dijimos al unísono que no, y el amigo que nos invitó nunca volvió a mencionar el tema.

Ahora que recordé todo esto, me pregunto qué habría pasado si hubiera seguido viendo a María y al grupo de japoneses que la acompañaban.

Como dato extra, en el final de “Los años maravillosos” mencioné a M, mi primera mamá japonesa, y de cómo nos llevábamos bien a pesar de que nuestras ideas religiosas eran diferentes. La relación con M fue muy, pero muy buena, hasta que algo pasó y me hizo cortar todo tipo de comunicación con ella, pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.