17 años es una vida

Con todo lo que ha pasado en el mundo en los últimos meses ni siquiera recordé que en abril pasado cumplí 17 años en tierras japonesas. No es que sea necesariamente una fecha que celebrar, pero conforme pasan los años y uno se hace más viejo, volteas a ver lo que hay detrás e invariablemente piensas en todo el tiempo que has pasado fuera del rancho y en las experiencias que has acumulado a lo largo del trayecto.

Cuesta decirlo, pero los años mozos ya quedaron atrás. Por mucho que pudiera intentar ocultarlo (aunque no lo hago), la realidad es que los años de juventud son cosa de la historia, y ahora me acerco más a la época en la que recordar ese periodo trae consigo un baño completo de nostalgia.

En repetidas ocasiones en este blog he mencionado que en realidad yo no me siento un triunfador, ni mucho menos un modelo a seguir. Sí, le he echado muchas ganas a todo, pero también el factor suerte (aunque muchos digan que no existe) ha jugado un papel importante durante mi estancia en el pais nipón. Hay muchas cosas de mi persona que no me gustan, hay otras que estoy intentando cambiar, pero vaya que me está costando trabajo (gracias antiguo jefe…), y hay otras que de plano son ideas mías que no tienen razón de ser. Lo cierto es que, ahora con 41 años, apenas comienzo a comprender lo que significa “la crisis de los 40”, y por qué siento que aplica muy bien a la situación interior que estoy viviendo.

Mi familia es una bendición, nunca lo he negado. No obstante, no puedo dejar de pensar en lo sabias que son las palabras que dicen que uno haga todo lo que quiera hacer e intente todo lo que pueda ANTES de tener familia, pues ya con ella, uno la antepone en cualquer decisión, pues ya no te afecta nada más a ti.

Fukuoka me dio la oportunidad de crecer en un ámbito en el que dudo mucho que hubiera podido tener en México. Llegué de 24 años por acá, pero aun con experiencia laboral (en México y Estados Unidos), inglés, y un buen nivel de japonés, era un pollito recién salido del nido, con muchas ganas de todo pero experiencia en casi nada. Quizá eso ayudó mucho a que mi integración a la cultura japonesa fuera menos dolorosa en comparación con los casos de muchos extranjeros que intentan echar raíces en este país. De hecho, si hay algo de lo que me arrepiento es de no haber tomado decisiones a largo plazo en este entonces, aunque en mi propia defensa ni yo sabía que estaría tanto tiempo por este lado del mundo, mucho menos que aquí me casaría y tendría familia.

Tokio me ha dado la oportunidad de crecer profesionalmente y de cuestionar todo lo referente a mí: desde mi selección de carrera hasta de mi propia existencia. Se oye fatalista, pero no va por ahí: es más bien darse cuenta de la posición que juega uno en la vida de las personas con las que convive y ha convivido; en evaluar lo que uno es y en pensar en qué es lo que viene después. Tengo ya casi 9 años viviendo en la capital japonesa, pero con todo y las comodidades y las opciones que ella ofrece, si tuviera en Fukuoka una opción laboral similar a la que tengo ahora, me mudaría sin pensarlo. Tanto así me atrapó el lugar.

Una plática reciente con una muy buena amiga mexicana tocó el tema de regresar a México. Ella me preguntaba que cuáles serían las condiciones en las que consideraría regresar al rancho, y mi respuesta fue, en resumen, la misma que he comentado aquí muchas veces: regresar a México nunca ha estado fuera de mi lista, pero de momento es algo que no considero ni de forma profesional ni tampoco en lo familiar. Cierto, mis padres y hermanos están allá, pero yo también tengo personas que dependen de mí y he puesto en una balanza las ventajas y desventajas de quedarme aquí así como las de irme de regreso, y en estos momentos se inclina a Japón, aunque eso no quiere decir que así será siempre.

¿Que si Japón ha cambiado algo más en mí en estos años que he estado en Tokio? Hmm… yo no diría que fue Japón, sino más bien la edad y las responsabilidades. Japón ha contribuido en que es el país en donde estoy ahora, y basado en mi experiencia, no quiero en años futuros arrepentirme de lo mismo que mencioné arriba. por lo que he estado tomando decisiones que afectarán al menos a mediano plazo. ¿Retirarme en Japón? No lo sé, pero he tenido que comenzar a moverme por si eso llega a suceder.

Me sigue gustando mucho el anime, el manga y los videojuegos, pero es un hecho que ya no tengo el mismo tiempo que antes para estar al tanto de tooooodo lo que sale nuevo. Medio ando al tanto de la cultura pop de este lado del mundo, pero obviamente no soy un experto y hay gente que está mucho mejor preparada que yo. Además, las generaciones se mueven, los medios cambian. Varias personas me han dicho que por qué no me cambio a X o Y plataforma para tener más “visitas” o “seguidores”, pero yo no veo la necesidad. El blog ha sido mi refugio durante todo el tiempo que ha existido, y bien que mal, me gusta escribir, así que, mientras mis obligaciones familiares y profesionales me lo permitan, aquí seguiré escribiendo. No crean que me he quedado sin temas: me he quedado sin TIEMPO :/, pero de cuando en cuando me doy mis escapadas.

17 años es una vida. Seguramente habrá jóvenes que nacieron el mismo año que yo llegué por acá y ahora están buscando venir a Japón becados… o quizá ya hay algunos por acá.

Changos… ya estoy viejo, pero todavía “la armo”.

5 años 5

No. El título no es error 😀

Obviamente no soy el único al decir que nunca pensé que estaríamos en medio de una pandemia en mayo 2020. Los planes de prácticamente todo el mundo, así como la forma de vivir, han cambiado drásticamente debido al coronavirus… y parece que falta mucho para que se vea la luz al final del túnel.

No obstante, hasta enero de este año todo estaba en relativa normalidad (al menos en Japón), y me pude dar el gusto de llevar a mi hijo a México a que conviviera con su familia de allá en épocas navideñas. Es quizá la memoria más grata que tengo de todo este año que pasó. Parece mentira que fue hace un año cuando pensaba cómo iba a cambiar mi hijo con el kínder. El tiempo simplemente pasó volando.

Entre infinidades de salidas a pasear juntos, una ida al mar en verano que me tomó casi 8 horas de manejo EL MISMO DÍA (gracias tráfico de Tokio), múltiples sesiones de videojuegos, juegos de mesa, juguetes (con las reglas de mi hijo acomodadas de tal manera que él nunca va a perder), regaños y situaciones en las que es inevitable tener que ponerme el sombrero de papá, y ahora con otro hijo al que cuidar y atender, no me cabe la menor duda (y realmente nunca he dudado) que convertirme en padre ha sido una de las mejores experiencias que he tenido en la vida, incluyendo las desveladas, vomitadas, baños de pipípopó al cambiar pañales, y lo mejor, poder hablar en español con mi hijo, que hoy, justo en el momento en el que esto es publicado, cumple 5 años de haber venido a complementar mi vida de un sentimiento que realmente no entendía hasta que lo tuve en mis brazos.

Lo único que sí lamento no haber podido hacer, aunque me queda la conciencia tranquila de que en realidad sí lo tenía planeado y sí me comencé a mover para que se realizara pero el coronavirus vino a deshacer todo, es que todavía mi hijo no sabe andar en bicicleta :/  Bueno, al menos ya sabemos qué va a pasar cuando todo vuelva a la normalidad, porque estoy seguro que de va a volver… en algún momento.

¡Feliz quinto cumpleaños hijo! Quizá nunca vayas a leer esto, pero me siento súper orgulloso de ti por todo lo que eres y por todo lo que sé que serás en el futuro.

Relatos de cuarentena en Japón

Como suele suceder, apenas tengo un respiro y me doy cuenta que otro mes se termina. Estamos en cuarentena (no obligatoria), y aunque no he dejado de trabajar tampoco he salido de casa más que para lo necesario, por lo que se supone que los días tendrían que pasar lentamente… pero no es así.

En los últimos días he pensado mucho en la situación actual y cómo nos está afectando a nosotros como familia y a mí como persona. Creo que el que más la está llevando de perder es mi hijo mayor. Le hace mucha falta el kínder, salir, correr, jugar, ensuciarse, mover el cuerpo… Él de plano no se aburre, pues mientas yo estoy trabajando, mi esposa está atendiendo a mi segundo hijo y mi suegra nos ayuda con labores de la casa, mi hijo mayor se la pasa entre viendo a sus Youtubers favoritos, jugando videojuegos, sacando sus juguetes, y en menor medida, estudiando y haciendo actividades que le han mandado del kínder. El único problema verdadero que tengo con él en este momento es que no se le acaba la pila y hacerlo que se duerma es difícil. Al menos cuando se rinde me pide que leamos algún libro, y hemos estado leyendo historias de Charles Dickens, así que hay fantasmas de por medio y eso hace que le entre una interesante muestra de curiosidad y miedo que hace que al final se quede dormido rápidamente… definitivamente no es cansancio.

Mi esposa se pregunta, al igual que creo que todo el mundo, cuándo se irá a acabar, o más o menos normalizar, todo esto. Japón parece que está jugando a algo porque sus medidas han sido criticadas, y con eso de que el estado de emergencia se acaba el 6 de mayo (en teoría), la gente está pensando si de verdad la próxima semana ya podrá regresar a sus actividades normales. Lo interesante de esto es que hay muchos escépticos, y el gobierno ha estado lanzando indirectas de que el mencionado estado podría alargarse… Incluso se ha estado mencionando la posibilidad de comenzar el año escolar en septiembre, argumentando que, además de esperar que para ese entonces la situación respecto al coronavirus ya esté un poco más estable, sería un paso importante en la globalización de Japón al comenzar el ciclo escolar igual que otros países (los noticieros hacen la comparación directa con Estados Unidos). Pero definitivamente no la tiene fácil: si bien es cierto que esto ayudaría a que los estudiantes no perdieran estos meses en los que no hay clases, la realidad es que habría que cambiar mucho más dentro de la sociedad japonesa para que esto funcione. Un ejemplo directo es el inicio del año fiscal y la época de contrataciones de recién egresados. Se necesitarían muchos cambios de logística para que no hubiera períodos en blanco, porque cambiar el año escolar sin las contrataciones en empresas significaría que los recién graduados tendrían que esperar hasta 8 meses para comenzar a laborar.

El bebé… es el bebé. Llorando, creciendo. A él lo que le importa es estar a gusto y con la panza llena de leche materna 😀

En cuanto a mí…

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El milagro de la vida… por segunda vez

Lo que sigue va a ser medio aburrido para muchos. Quizá sea porque ya me pegó “el viejazo”, la famosa crisis de los 40, o porque desde que me volví padre también me volví mucho más sensible en algunos aspectos que más joven consideraba como “meh”.

Cuando uno está más joven, sentimos que somos invencibles. Muchas veces durante mi adolescencia, en los tiempos en los que era mucho màs mamón de lo que ahora muchos podrían considerar, llegué a pensar que las tragedias (de cualquier tipo) eran algo muy lejano; el típico “a mí no me va a pasar eso”, o “eso está muy lejos de donde estoy”. No me ponía a pensar, ni por un momento, en la mística dualidad de la vida: tan increíble, y a la vez tan frágil. Pensé, e incluso intenté, en el suicidio al menos un par de veces; pensaba en ese entonces: “total, nada se perdería”, “nadie me extrañaría si no estuviera aquí”. Creo que la última vez que sentí deseos de no estar en este mundo fue cuando definitivamente terminamos mi primera novia y yo. Idealicé mucho a una persona y obviamente todo terminó, como normalmente terminan las relaciones platónicas. En ese entonces por supuesto que no lo veía, y culpaba a todo y a todos, y pensé (por un momento breve, pero lo pensé) que lo mejor para todos sería que yo simplemente no estuviera en este mundo.

Idioteces de la ya no tan adolescencia, porque para ese entonces esa etapa ya era cosa del pasado.

Al menos su servidor nunca se puso a pensar en lo que uno tiene cuando vive con sus padres, y todo lo daba por hecho: casa, techo, comida, vestimenta… y en cambio yo no daba nada a cambio, ni siquiera las gracias. Todo lo contrario: exigía. En fin, fue una etapa que en retrospectiva me hace pensar en que, quizá nada más poquito, ya no soy del todo un puberto.

Si bien cuando llegué a Japón sufrí el golpe de vivir y estar completamente solo, eso ayudó a que comprendiera los sacrificios que mis padres hicieron para que llegara hasta acá. Detalles enormes, pero que uno sencillamente no ve por las razones que quieran y gusten. Pero después de eso, lo que me hizo entender todavía más fue cuando nació mi primer hijo, y los casi 5 años que, al momento de escrbiir esto, he pasado criándolo. Ahora siempre digo: si yo con uno ya pido esquina, no sé cómo le hicieron mis papás para tener 4, ni mis abuelos maternos para tener 12, o mis abuelos paternos para tener 21… Digo, está bien que quizá no tenían tele, pero mantener a tanta gente requiere un montón de sacrificios, independientemente de si la vida era más fácil antes que ahora (en el caso de que lo haya sido).

Ayer, el nivel de dificultad en mi quest actual de paternidad subió: nació mi segundo hijo.

Esta vez sí estuve ahí para verlo salir del vientre de su madre. Fue un parto largo y doloroso, pero ni siquiera ver el sufrimiento de mi esposa me quebró. Sin embargo, en cuanto vi al bebé no pude contener las lágrimas. Creo que no hay palabras para describir el momento en el que esa criatura que había estado durante 9 meses dentro de la panza de mi esposa por fin salió a este mundo… en medio de una crisis epidemiológica mundial, pero eso ya es harina de otro costal.

Fue solamente un momento, pero el hecho de ver a mi segundo hijo me hizo pensar al instante en la dicha y la friega que es ser padre y que sin lugar a dudas mis padres vivieron durante tantos años de su vida. Unos segundos bastaron para recordarme lo equivocado que estaba cuando era un escuincle que, si bien podía estar estudiando en la universidad, de la vida real no sabía absolutamente nada. Asimismo, fue suficiente para voltear a ver a mi yo de hace algunos años, cuando me casé y le decía a mi esposa que quería 5 hijos, y que ojalá los tuviera en dos partos: primero 3 y luego dos. Necesito una máquina del tiempo para regresar a ese instante y decirme a mí mismo: “¡Estás pero si bien pendejo!“.

En fin. Ahora siendo un viejo cuarentón y padre de dos niños, me toca comenzar la segunda parte de la paternidad.Les mentiría si les digo que no tengo nada de incertidumbre respecto al futuro, pero al menos ya tengo mucha más determinación que antes.

Aquí sigo.

Ser otaku

El famoso término que desató (y a la fecha creo que sigue desatando) controversia; aquí mismo he mencionado la diferencia de connotaciones que tiene en diferentes países, pero de un tiempo para acá me he puesto a pensar un poco más a fondo en la situación que viven los que son denominados así en Japón, especialmente por los casos de abuso (bullying) que se presentan en este país y por las consecuencias que estos pueden tener.

La gente califica a los otaku de “inadaptados sociales”, de gente “enferma” por vivir solamente para su afición, de vivir en un estado perpetuo de sueño al pretender convivir (y hasta casarse) con personajes ficticios, y de llamar “yome” (literalmente “novia”, pero usado principalmente para nombrar a la esposa de uno); critican su falta de cuidado personal, pobre presentación, y a veces hasta de higiene. Para ser sincero, sí: hay quienes encajan perfectamente en el estereotipo, y por eso muchas veces se piensa que son caso perdido. No obstante, pocas personas realmente se ponen a pensar en el transfondo de las cosas, en lo que hay detrás de la persona que vemos y señalamos como “otaku”. 

Como miembros de una sociedad, por naturaleza buscamos estar en un grupo; necesitamos comunicarnos, conocer otros puntos de vista y expresar el nuestro. Necesitamos “encajar”, y qué mejor si es en algo que te gusta. El problema es que desde el momento que los puntos en común son caricaturas, videojuegos, juegos de mesa o algo que la gente promedio no considere “normal”, automáticamente te conviertes en alguien “raro”, y de ahí se agarran todos para decirte cómo no encajas en el grupo de la “sociedad normal” (cualquiera que ésta sea, y si es que existe). Y esto no es exclusivo de Japón o México.

Alguien a quien le guste el fútbol en demasía puede ser llamado de muchas maneras, pero no necesariamente es un desadaptado social para los demás. ¿Por qué? Porque el fútbol se considera algo “normal”; hay mucha gente a la que le gusta y eso es suficiente para encajar en la sociedad. Ciertamente también hay detractores, pero la forma en la que estos se expresan de los amantes del fútbol no se parece a la que usan los que se quejan de los “otaku”.

La comunidad “otaku”, por muy “desadaptada”, “aislada” o “rara” que pueda ser, no es en realidad tan diferente en esencia a, por ejemplo, los grupos de personas que gustan de la lectura y se juntan para leer, o de las mujeres que gustan de una actividad en común y se juntan para realizarla y hablar al respecto.  Los “otaku”, o al menos la gran mayoría, lo que hacen es lo mismo: buscan encajar en algún lado; su refugio es su afición. Tienen trabajo, lo realizan bien y obtienen ganacias por él, y las usan para alimentar su afición. ¿Excesivo? Sì, y todo en exceso es malo, pero no es tan diferente como el aficionado al fútbol que gasta parte de su sueldo en ir a ver los partidos de su equipo favorito, en comprarse la playera oficial, etc., etc. ¿Que los “otaku” se ven ridículos con sus camisetas de monas chinas? A lo mejor, pero ¿qué hace diferente de traer la playera del Atlas a traer una de Belldandy? La aceptación de la gente.

Estamos en una época donde los que vimos animación japonesa fuera de Japón cuando éramos jóvenes ya tenemos la suficiente edad para comprarnos y darnos gustos que antes eran muy difíciles o de plano no podíamos. Ya muchos de nosotros no somos aprendices o recién egresados, sino personas económicamente activas, con una profesión u oficio, y ya no nos sorprende (o no debería sorprendernos) ver cómo la cultura popular de las caricaturas en general (no nada más las japonesas), los juegos de rol y de mesa, los videojuegos y demás aficiones consideradas raras o “solo para niños” en el pasado ahora están presentes en la vida diaria. Lejos estamos de aquellos días en donde tener una convención, bueno, una pseudo-convención de anime y manga era un evento tan especial y tan raro que simplemente no te podías perder. Ya no tenemos que preocuparnos tanto porque nos vean jugando Magic The Gathering, Yugi-Oh o similares y nos digan que estamos invocando al diablo. Ya no hay comentarios tan seguidos de gente que ve un semidesnudo en una caricatura japonesa y automáticamente la tilda de “pornográfica” y “dañina para los niños”. 

No obstante, la crítica a estas aficiones sigue viva: basta ver las reacciones de la gente ante los e-sports. Los comentarios respecto a las grandes cantidades de dinero que alguien se gana en un torneo “solamente por jugar vieojuegos” son generalmente de menosprecio: “¿Cómo puede ser que un chavo de 16 años se gane 3 millones de dólares solamente por estar de ocioso? “. Y ni se mencione que los videojuegos podrían convertirse en deporte olímpico porque “eso no es deporte. No tiene chiste, no hay muestra de habilidades excelsas”, cuando el tiro es deporte olímpico y podría alegarse que necesita mucha menos coordinación que la que se requiere para poder meter un combo complejo en una situación tensa en la final de un gran torneo de juegos de pelea. Me encantaría ver que uno de los que se quejan de esto se pusiera a jugar y entrenara para ganar un torneo de Street Fighter o de Fortnite, a ver si realmente es tan fácil tener el nivel que se requiere para al menos hacer un papel decente en ellos.

Puedes estar en desacuerdo con los “otaku”. Puede que no te guste lo que a ellos les gusta y puede que no te guste cómo lo expresan (algunos sí se manchan, sobre todo los que se clavan con algo y tratan de que todos vean el mundo con su mismo cristal). Sin embargo, y como en todo, no es que toda la comunidad sea así. En muchos de los casos cada individuo simplemente quiere sentirse parte de un grupo, de una comunidad, y fue en las monas chinas, en los “Nintendos”, en los “Pokemon”, esas cosas “de niños rata”, donde encontraron lo que buscaban. A veces es incluso para llenar un sentimiento de soledad o esconderse de algún factor de su vida que los asusta o los intimida (abuso, falta de atención de los padres, problemas personales en la escuela, etc., etc.), y es ahí donde hay que voltear a ver y donde hay que atacar, y no simplemente señalar a una afición como la causa de un suceso lamentable solamente porque la mayoría no la entiende. No es necesario que todos acepten todo, pero que no aceptes algo no quiere decir que es forzosamente malo o que tengas que ofenderlo. Una cosa es tirarles carro (SMASH NO ES UN JUEGO DE PELEAS), pero otra muy diferente es insultarlos.

¿Que si yo me considero un “otaku”, en la definición correcta de la palabra? No, para nada. Me gustan mis aficiones, trato de disfrutarlas al máximo y he aprendido a aceptar que hay gente que nunca las va a entender o a aceptar, pero no me cierro a opiniones y estoy abierto a discusiones al respecto. Tampoco estoy de acuerdo en que alguien vuelva dañino su gusto, ni que trate de convencer a los demás de que X o Y obra es lo mejor del mundo sin estar dispuesto a discutirlo. La única verdad que no necesita ser discutida es que el mejor Final Fantasy de todos los tiempos es el VI 😀

Al final, creo que se trata de simple tolerancia. Conforme me voy haciendo viejo me doy cuenta de lo simples que son problemas o situaciones a las que me enfrenté en mis años mozos, pero bien dicen que no se experimenta en cabeza ajena y que más sabe el diablo por viejo que por diablo.

¡Feliz 2020!

Ha comenzado el año, y también el 干支 (eto, calendario chino). Es el año del ratón, el animalito que fue lo suficientemente listo para ser el primero en llegar al lugar donde los animales fueron llamados para formar dicho calendario (aunque engañando a la vaca, quien se supone sería la primera).

Estoy seguro que todos ustedes tienen proyectos y própositos para este 2020. No dejen que se queden en ideas o en papel y muévanse para intentar hacerlos realidad. Los sueños grandes toman tiempo, pero si trabajan en ellos, es un hecho que verán resultados tarde o temprano.

Ojalá que este año sea mejor que todos los anteriores, que esté lleno de esperanza y salud, y que si van a venir a Japón avisen para ir a saludarlos.

¡Échenle ganas!

El 2019 en un kanji

Kanji de los años anteriores:

Creo que es tradición mencionar aquí que uno ni cuenta se da cuando es diciembre. No obstante, comparado con el 2018, este año fue muy muy muy diferente. La gente que me vio en persona el año pasado y éste me dice que estoy completamente cambiado; que el año pasado me veía gris, triste, sin mucho ánimo de nada, pero que este año me veía vivo, más alegre y con más ganas de todo.

La razón es obvia: el cambio de trabajo. Si bien la empresa anterior no se acerca ni de chiste a la descrita en Luz, los últimos años ahí fueron desgastantes y tediosos profesionalmente hablando. El nuevo trabajo ha probado ser un gran reto pero un cambio benéfico, y es la base para el kanji que escogí para sintetizar lo acaecido este año.

Este kanji tiene muchos significados, pero por el que lo escogí es “ver claramente”, “brillar intensamente”, “brillante”. Su lectura es “mei”.

Pensé mucho en poner el kanji de “ocupado” (忙) por el poco tiempo que tuve para mis cosas, incluyendo el blog, pero me decidí por éste debido a que una vez que mi ambiente cambió todo fue mucho más claro, y aunque ya tenía mis metas establecidas, ir recobrando la autoconfianza me ha ayudado a expandirlas y a trazar nuevas. No soy alguien nuevo: comienzo a recobrar el yo que era antes, y ¿saben algo? Eso me agrada mucho.

El kanji del año (en todo Japón) fue el que todos se esperaban: 「令」. Hay muchas razones, pero la principal es el cambio de era por el ascenso al trono del nuevo emperador.

El próximo año va a ser divertido porque las olimpiadas se van a celebrar en Tokio, y también porque estoy seguro de que veré algunas caras conocidas por este lado del mundo. Pero lo más importante es que me convertiré en padre por segunda vez y comenzaré de nuevo a escalar la montaña de cuidados de bebé que eso conlleva, aunque creo (y dicen) que será más fácil porque es el segundo. En estos momentos estoy debatiendo conmigo mismo sobre el nombre que le voy a poner.

Como siempre, agradezco mucho a los lectores por su tiempo, por sus comentarios, pero más que nada por su paciencia ante la sequía de publicaciones. El blog no desaparecerá ni está abandonado. Sigo respondiendo mensajes y todavía hay mucho por escribir, aunque ya ande en el cuarto piso.

Deseo que la pasen muy bien lo que resta del año, y que el siguiente esté lleno de éxitos. Reciban todos un fuerte abrazo desde Tokio.

Acostumbrarse

No hace falta mencionarle a la gente de México que mi rancho (Guadalajara) es una ciudad relativamente grande, aunque se queda corta ante la CDMX. No obstante, al menos las veces que he regresado a visitar a mi familia, cada ez me encuentro con una Guadalajara cambiada, con menos árboles y más carros. A lo mejor es mi impresión y puede ser que esté totalmente equivocado; después de todo tengo más de 16 años de no vivir ahí. Sin embargo, lo que sí recuerdo es que las horas pico eran, desde mis tiempos de estudiante de bachillerato, toda una aventura.

No te extraño para nada
No te extraño para nada

Las idas a la escuela por la mañana eran memorables. Salir de casa a las 6:10 AM, caminar 8-9 cuadras hasta la parada del minibús y que éste pasara completamente atascado pero todavía se frenaba para subir a 2 o 3 pasajeros más que, de forma que hoy que lo pienso es totalmente milagrosa, todavía cabían, era el pan de cada día cuando tu primera clase era a las 7 AM (y lo peor cuando era contabilidad…). Ir colgado de alguna de las puertas servía mejor para despertarte y ponerte 100% alerta antes de llegar a tus labores estudiantiles, pues tenías que ir esquivando postes, árboles, y en el peor de los casos, bicicletas o motocicletas que hasta parece que le jugaban carreras al chofer. Y ahora que lo menciono se me hace increíble que nunca me tocó un accidente en esas circunstancias. Y ni se diga de la gente que iba dentro, estrujada en medio de quién sabe cuántos cuerpos que sufrían el mismo “castigo”. Y pobre del que fuera sentado y tenía que bajarse a la siguiente cuadra; era una tarea titánica.

Todo lo anterior no es raro en ninguna ciudad que se considere “grande”. Estoy seguro que situaciones similares se viven en muchos otros lugares, no solo de México sino también del mundo entero. Y también estoy seguro de que quienes han experimentado esto entenderán el estrés que causa. Pero no hay de otra: si vas en transporte público a la hora en la que la gran mayoría de las personas tienen que moverse de un lado a otro: o bien si agarras tu propio carro y te lanzas a la aventura al mismo tiempo que los otros miles de trabajadores que pensaron lo mismo que tú; o incluso si agarras tu moto o tu bici para poder pasarte entre el tráfico… de la manera que sea vas a sufrir estrés, y eso puede arruinar todo tu día, o al menos reduce la probabilidad de que vaya a ser bueno, porque llegar de malas a tu trabajo significa que vas a tardar más en poder concentrarte y comenzar tu día.

Uno creería que la gente que pasa por todo esto día a día termina acostumbrándose y no le da tanta importancia a los detalles de lo que pasa durante su trayecto a sus labores, pero la realidad es que hay gente que no lo puede tolerar. No hablo de la persona común y corriente que quizá haya tenido una mala mañana antes de salir de casa (eso es quizá mala suerte), sino de aquellos que, a sabiendas de lo que van a vivir terminan su viaje con un mal sabor de boca, o peor aún, inician o se entrometen en una trifulca que trae aún peores consecuencias. El caso es que no es nada fácil.

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En la cuenta regresiva

Solamente quiero dejar registro de que hoy cumplí 41 años. La cuenta regresiva para el retiro, la vejez, el futuro, etc., etc., ha comenzado.

Por muchas razones, este año ha sido muy pesado. Por ratos he sentido que de plano no la libro, pero la terquedad que me caracteriza me ha ayudado a salir adelante. Ha ayudado mucho también el cambio de trabajo.

Con todo, sigo perdiendo cabello 😛

Al tiempo no le voy a ganar, pero hay que agarrar la experiencia que traen consigo los sucesos a los que uno se enfrenta día con día.

Todavía no termino todo lo que quiero escribir aquí, pero estará listo para antes de que termine el año.

Saludos a todos, y gracias por seguir leyéndome.

Estatus actual

Cuando menos lo pensé, ya era septiembre. Los días, y en mi caso los meses, se pasan volando, y lo peor es que a veces ni cuenta me doy.

Aunque es cierto que quería sacar un artículo mucho más grande que he estado escribiendo desde hace tiempo, la realidad es que todavía me falta, y con eso de que el tiempo libre no ha sido mi aliado desde hace tiempo, elegí sentarme hoy a escribir un poco cómo me ha ido y a explicar también, sin entrar en muchos detalles, la razón de la falta de actividad en el blog.

Como saben, en abril me cambié de trabajo, y en retrospectiva ha sido la mejor decisión profesional que he tomado en mucho tiempo. Pero de eso ya hablé en el artículo pasado. Vamos a lo que no he mencionado.

Mi ritmo de vida cambió drásticamente. Primero, tengo que salir de casa a las 6:30 AM para poder llegar antes de las 8 a la oficina. Salgo del trabajo a las 5 y me regreso directamente a la casa, a donde llego poco antes de las 6:30 PM. Como mi hijo se tiene que dormir temprano para poder ir al kínder, prácticamente a las 9 PM ya estamos dormidos (al menos él y yo).

Ahora bien: 9 PM suena un poco temprano, pero en realidad no lo es. Comencé a ir a un gimnasio y la “mejor” hora para ir en mi caso es alrededor de las 4 AM. Eso se traduce a que me tego que levantar a esa hora, hacer ejercicio, regresar a bañarme y desayunar, y de ahí a la chamba. ¿Que por qué de repente me dio por entrar a un gimnasio? Contrario a lo que se pudiera pensar, la realidad es que la decisión no fue “de repente”, sino que ya tenía rato considerándola, pero el tiempo, la ubicación de los gimnasios cercanos y la mensualidad que tendría que pagar eran todo factores para considerar el gasto… hasta que comencé a ponerme todavía más marrano por la reducción de movimiento que tuve desde que entré a la chamba nueva (aunque mis hábitos alimenticios por lo general permanecieron igual). Cuando abrieron muy cerca de la casa un gimnasio que da servicio las 24 horas me forcé a inscribirme… y ahora sí, no hay pretextos para no hacer ejercicio.

Fuera de broma: sí hacía ejercicio, pero salir a correr en invierno o cuando estaba lloviendo era totalmente impensable, y de ahí me agarraba para mejor quedarme en casa, provocando así falta de actividad física y por ende que el nivel de cerdez aumentara.

Digamos que hasta aquí todo bien.

Hace aproximadamente un año, cuando todavía hacía transmisiones en vivo a la hora de la comida, comentaba que el principio de este año sería muy difícil, y así fue. No entraré en detalles (al menos no de momento), pero hubo algunos problemas de salud en la familia y se tuvieron que tomar algunas medidas grandes. A final de cuentas todo salió bien, pero fue un buen susto.

A finales de junio me dieron otra noticia muy buena y alegre: ¡el próximo año voy a volver a ser papá!

La noticia se oye excelente (y de hecho lo es)… pero digamos que el embarazo esta vez no ha sido nada, pero NADA, pero NADA fácil. Desde las náuseas típicas, que al momento de escribir esto todavía no terminan, varios riesgos que hay que tener muy en cuenta y que limitan muchas de las cosas que mi esposa puede hacer, un niño de 4 años que quiere jugar, jugar y jugar, un trabajo que, aunque totalmente comprensivo y dispuesto a ayudarme al 100% también exige resultados de alta calidad, y ni mencionemos el estado de las cosas con mi familia en México (otro conjunto de emergencias y situaciones de cuidado)… En resumen: es poco y contado el tiempo que realmente he tenido para mí.

Ciertamente la situación ha mejorado si la comparamos con lo que fue julio y agosto. Poco a poco algunas cuestiones se han ido normalizando y eso me ha dado oportunidad de, por ejemplo, ir al Tokyo Game Show y al Torneo Premier de Asia de Street Fighter V, pero hasta ahí. En agosto tuve que hacer un mandado que incluía enviar cosas a México, y por pura coincidencia fue que pude ver la película de 天気の子 (Tenki no ko) en un momento de calma temporal que tuvo mi esposa. Digo yo que hasta los astros se alinearon para permitirme ver la película, porque se me hacía que no tendría oportunidad. No obstante, todavía falta para poder decir que las cosas están “normales”. Y aun así, hemos tenido que salir a hacer trámites que bajo otras circunstancias implicarían un paseo por lugares que no visitamos tan frecuentemente y terminarían con una cena familar en algún restaurante, pero que han sido experiencias estresantes por la condición de mi esposa, la “amabilidad” y “cortesía” de los japoneses al no cederle el asiento a las mujeres embarazadas (ni siquiera en los asientos designados para tal efecto), los “salaryman” a los que les importa poco aventar a quien sea con tal de llegar 10 segundos antes a sus trabajos… y otra serie de sucesos que no vale la pena relatar aquí (misteriosa desaparición de 35 minutos de la persona que nos atendía en la embajada, entre otros).

Sé que hay que “aguantar vara”, pero hay veces en que de tanto que tienes en la cabeza, de tanto que hay que hacer y de qué preocuparse,  de que tienes que estar alerta a todo momento, de que no puedes dormir lo que deberías por una u otra razón, y de que el único respiro que tienes es que te toque sentarte en el tren y no se suba alguien que necesite el asiento (porque sí lo cedo, en serio) para poder sacar el Switch y jugar 40-45 minutos en lo que llego a la estación del trabajo o la casa… que lo único que quieres es simplemente estar solo, sin hacer nada, y buscas algo que te dé el relajamiento que, al menos de momento, no puedo tener como es debido. Obviamente entiendo que todo va a mejorar, pero cuento los días para que eso suceda. Es más: uno de mis colegas se ha ofrecido a cuidarme a mi hijo para que me pueda ir a cenar con mi esposa, porque le comenté que no hacemos eso desde poco antes de que mi hijo naciera, y no podía creerlo (las desventajas de que la familia esté lejos).

Por lo expuesto arriba, raro es cuando me puedo sentar en la computadora a hacer algo. Puedo intentar ver algún torneo o estar twitteando algo que me interesa, pero siempre estoy al pendiente de algo más. De ahí que, aunque quisiera, me era muy difícil hilar pensamientos para escribir aquí aun cuando tengo una lista de artículos por terminar y de que he estado trabajando en uno desde hace ya un buen tiempo, pero que nada más no se ve para cuando vaya a terminar.

Se acerca mi cumpleaños número cuarenta y zafo, y mi jefe (del trabajo) me decía que lo que necesitaba era tener aunque sea un día 100% para mí, pero no para ir al cine o para dedicarlo a jugar videojuegos o algo así, sino para estar lejos de todo, estar conmigo mismo nada más, quizá disfrutando de un buen paisaje y tomando algo. Se oye bien, bastante tentador de hecho. ¿Se podrá? Espero que sí.

No he abandonado el blog. Ni siquiera me ha pasado la idea por la cabeza. He seguido pendiente de los comentarios y he respondido a la brevedad los que me han dejado. Parece que, poco a poco, llegará una calma relativa y podré tener un poco más de tiempo para mí (en general). Calma “relativa” porque, el año que entra, voy a “subir de nivel” mi categoría de papá. Pero bueno, creo que será el regalo perfecto después de todo lo que hemos pasado.

¡Ah! Notarán el cambio de apariencia en el blog. La verdad es que no quería cambiarlo, pero no podía escribir nada porque el editor estaba deshabilitado y tuve que estar probando hasta encontrar la causa. Cambié el tema como parte de esas pruebas… y por lo pronto creo que así se va a quedar. Ya después con calma lo voy arreglando poco a poco… o quizá hasta lo cambio a como estaba antes. No sé. Ya veré qué será mejor.

Aquí sigo.