Hospitalizado

Desde principios de febrero he tenido un dolor en la parte derecha del estómago. No es punzante, pero ahí está, a veces ligero, a veces más fuerte. Desaparecía por ratos (a veces días), pero regresaba. Decidí ir al hospital.

El doctor que me revisó me hizo estudios (me metieron a una cámara estilo 2001 Odisea del espacio) y me dijo que probablemente estaba estreñido ya que la parte donde empieza el intestino presentaba inflamación y se veía excremento acumulado en esa parte. Me dio unos laxantes y me dijo que volviera en 2 semanas.

Los laxantes apenas surtían efecto. El doctor mencionó que yo tenía que regular la dosis porque el efecto dependía de cada persona. Empecé con un sobrecito… nada; sobrecito y medio… apenas se notaba algo; dos sobrecitos… bueno, esto al menos funcionaba, ya que sí sentía ganas de ir al baño pero no eran diferentes a las que tenía normalmente.

Pasaron las 2 semanas. Nada cambiaba. Volví a ir con el médico y me dijo que lo mejor era que me revisaran en un hospital más grande, con mejor equipo, ya que probablemente necesitaría estudios más específicos. Fue así como vine a este hospital: El hospital de Tokio (東京病院).

Sólo tuve una consulta. Me hicieron examenes de sangre y revisión del área afectada: parece que algo está como hinchado, pero los resultados no reflejan ningún problema. El doctor entonces me sugirió examenes internos: ver el intestino por dentro para ver si encontraban alguna anomalía. Ésa fue la antesala a mi hospitalización. El plan: 2 días hospitalizado. El primero era para controlar la comida y algo de medicina, mientras que los estudios reales se harían el segundo (porque el intestino debe estar perfectamente limpio para no errar el diagnóstico).

Hospital de Tokio

El hospital

Por pura suerte, este hospital está muy cerca de mi casa. Caminando se hacen 20 minutos, por lo que la ida y la regresada no es problema (me fui en bicicleta a final de cuentas).

Al llegar, dejas los formularios previamente escritos en la ventanilla y te sientan a esperar. Una enfermera llega por ti y te guía hasta tu cuarto, explicando cada parte del hospital mientras caminas.

Escogí un cuarto compartido ($$$). Al llegar, saludé a mis “vecinos” por un día. Somos 4 en el cuarto, y sólo el de al lado me hizo plática y se mostró amigable. Los otros 2 regresaron el saludo por pura cortesía, y después de eso cada quién a su rollo. No esperaba menos.

Cama hospital

Por lo general, en los hospitales japoneses te piden que traigas todo lo necesario para los días en los que estarás aquí: ropa, utensilios de baño, toallas, cubiertos (si no, no puedes comer), pañuelos, bebidas, etc. En mi caso, tengo la comida restringida, pero puedo beber cualquier cosa. Si se te olvida algo, dentro del hospital hay una tienda de autoservicio en donde se puede comprar de todo (estilo 7/11). De inmediato fui por mi botellota de té, cucharas (que se me olvidaran) y vasitos de papel.

Yo pensaba que el primer día sería nada más para restringir la comida y prepararme para el segundo, pero resultó que desde el primero ya tenía estudios programados: electrocardiograma, radiografías y pruebas de sangre. Aunque moviéndome de un lado a otro del hospital, en general todo estuvo tranquilo.

Las 3 comidas en el hospital se sirven a las 8 am, 12 pm y 6 pm. Como a mí me citaron a las 10 no me tocó desayuno, pero estaba más que puesto para la hora de la comida. Sabía que no podría comer como quisiera y que el menú que me traerían sería especial, pero no imaginaba lo que tendría que comer: un plato de kayu , un tazón de sopa, un vaso de té y media taza de jugo de quién sabe qué era (no le encontré sabor, solo sé que es dulce). El sabor era mejor de lo que esperaba, pero la cantidad era el problema. Para mi consuelo, también me dieron un par de galletitas para mitigar el hambre alrededor de las 3 pm. lo que en Japón se le conoce como “oyatsu“.

kayu

En este hospital, las regaderas están abiertas hasta las 5; cada paciente puede usarlas por hasta 30 minutos, pero a fuerzas hay que hacer reservación. Cuando me di cuenta de esto, el último turno (4:30 – 5:00 pm) ya estaba ocupado, y lo más tarde que podría tomar un baño sería a las 3:30 pm. Así lo hice, y durante y después del baño realmente no hubo mucho qué hacer por aquí.

¿Qué hice mientras tanto?

  • Escribí la primera parte de este escrito.
  • Continué con otro que pondré aquí a principios de abril (de esos kilométricos que necesitan palomitas y refresco).
  • Seguí leyendo el manga que sigo en este momento: Black Jack ni yoroshiku.
  • Leí la PC Magazine de este mes.
  • Estudié un poco de PCFGs (Probabilistic Context Free Grammars).

Me comí el par de galletas alrededor de las 4 pm. Mi estómago rugía por comida, pero me tenía que aguantar. No me habían prohibido beber líquidos, así que me la pasé “engañando” al estómago bebiendo té de trigo. Tenía rato de no anhelar la cena tanto como esta vez.

Dieron las 6 de la tarde y el llamado de la enfermera para que fuéramos a recoger nuestra comida sonó como una melodía alegre que el viento carga y llega a las personas que disfrutan un día soleado al lado de un río. Sabía que sería poco lo que podría comer, pero no importaba: el hambre es canija, y además tenía que aguantarme para que supieran cuál era la causa de mi dolor. Total: después de lo que comí en la tarde, ya la comida del hospital no me podría sorprender. ¡Qué equivocado estaba!

Lo que pensé que era un plato de arroz era crema de maíz. “Bueno, pasa“, pensé. Pero la “tragedia” ocurrió al abrir el otro plato que la acompañaba: una sustancia viscoza, con todo el sabor a hospital que puedan imaginarse (en serio: por más que busco algo, ya ni siquiera comida, que sepa remotamente igual a eso, no lo puedo encontrar). El vaso de té y la media taza de jugo de naranja complementaban el menú. “Querías hospital…” me dije a mí mismo.

Como quieran y gusten me terminé la comida. Era eso o aguantarme hasta la noche del día siguiente (mínimo 24 horas) para poder volver a comer algo sólido (o remotamente sólido). No obstante, no recuerdo haber hecho tantas muecas al ingerir los alimentos como esa noche. Si me hubieran tomado foto, seguramente nos habríamos dado cuenta de que mis gestos se parecían a los que hace un niño al que no le gustan las verduras pero lo obligan a comerlas.

Lo que seguía era planear cómo pasaría el resto del día. Había preparado un par de películas para ver en la noche, pero terminé comprando una tarjeta para poder ver la TV y disfruté del especial de primavera del programa “London Hearts”. 3 horas. Valió la pena. De lo poco que me hace reir por acá. El programa terminó poco antes de las 10, y cuando me disponía a seguir leyendo vi que habría partido de futbol: Japón vs. Jordania, a las 10:30 pm. Me quedaba crédito en la tarjeta, ya habían apagado las luces del lugar y no había realmente mucho que hacer, así que no fue difícil decidir que lo vería… o eso pensé: me dormí todo el primer tiempo y casi la mitad del segundo. Fue suficiente para ver cómo Japón fue superado 2-1.

Día 2

El día comenzaría muy temprano: según el plan que me dieron, a las 7 am me traerían el líquido para lavar los intestinos: 2 litros de una sustancia transparente con un leve sabor a limón. Tendría que tomarme eso en un espacio de 2 horas. Después, algo que llaman 浣腸 (Kancho), que básicamente es que te meten un líquido por el trasero para ayudarte a que saques todo. Por tal motivo, estuve entre dormido y despierto durante toda la noche; cuando dieron las 6:40 am, me desperté a esperar a la enfermera. Además, otro punto me preocupaba: me prohibieron desayunar y comer en este día: nada hasta que me hicieran los estudios. Ni modo… tendría que aguantar.

Quién sabe por qué, pero pasaban de las 7 y la enfermera no venía. Ya mi mente estaba preparada para soportar el día, y tenía fuerza de voluntad (y ganas de curarme) para tomarme lo que me trajeran. Terminaron trayéndome el líquido a las 7:40 am. “Bueno, sabor a limón. Al menos será mejor que la cena de ayer”, me trataba de convencer a mí mismo. Tomé un vasito de papel, vertí líquido en él, y la batalla comenzó. El sabor ciertamente era algo semejante a limón, lo que hacía que la sustancia fuera fácil de ingerir.

Tardé fácil unas 3 horas en terminarme todo el líquido. El sabor ya me había hartado. Vinieron a ponerme el otro líquido por el trasero, y las enfermeras se sorprendieron de que a pesar de que había bebido todo lo que me habían dado, no había ido ninguna vez al baño. Sí, mi estómago rugía y hacía sonidos extraños, como si un alien estuviera a punto de salir, pero de ir al baño, apenas al terminarme el líquido como que me dieron ganas. Pero después del kancho, no pasaron ni 5 minutos y derechito a sacar todo. No obstante, ni con eso fue suficiente para limpiarme el intestino, por lo que fue necesario tomar otro litro del líquido sabor limón antes de poder hacer el estudio.

Lo que me hicieron fue una endoscopía, que en japonés se dice 内視鏡 (ないしきょう, naishikyou), y aunque ciertamente al principio no dolió, cuando movian la cámara por dentro si sentía un dolor intenso. Sin comer nada, harto del sabor a limón de lo que me dieron a tomar, con oxígeeno y suero y después de cerca de una hora (que fue lo que vi que duró todo por un reloj que tenían ahí), lo más difícil había pasado.

Me llevaron en silla de ruedas (con todo y suero) a tomarme una radiografía, y de ahí, hasta mi cama. Mi primera vez en silla de ruedas. La enfermera se portó muy linda también. Me dijo que me recostara y que esperara instrucciones. Así lo hice. Pensé que caeria dormido, pero no fue así. Llegó el doctor, y me dijo que de momento no se veía nada que fuera de mayor preocupación, que regresara en un par de semanas, y me dio algunas indicaciones extra para mitigar el dolor. Se me indicó que cenaría en el hospital, y después de eso podría salir.

La cena que me sirvieron ese día fue un poco más generosa que la del día anterior, y a pesar de que no dejaba de ser comida de hospital, me supo a gloria. Era lo primero que probaba de comida en más de 24 horas.

Acto seguido: fui a pagar la cuenta (que sí estuvo cara, pero fue menos de lo que me habían dicho originalmente), me cambié y de regreso a casa. Lo que sucedió después fue que prácticamente caí dormido cuando llegué (alrededor de las 8 pm) y no supe nada de mí hasta las 6:30 am del día siguiente.

En conclusión

Que yo recuerde, salvo cuando me extirparon las anginas cuando tenía 4 años, nunca me han hospitalizado en México, por lo que sinceramente no puedo comparar el trato que dan en México con el de aquí. Sin embargo, aunque la experiencia fue cansada y dolorosa, cada que una enfermera entraba al cuarto daba una seguridad indescriptible.

El hospital de Tokio es público (lo maneja el gobierno). Las enfermeras llevan una especie de carrito que contiene varios instrumentos médicos, así como una laptop de 15″, iCore 5 y calculo que mínimo 4 GB de RAM; ahí tienen la historia clínica de cada paciente y anotan cualquier comentario o suceso con el paciente. De la misma manera, los doctores manejan todo por computadora, y los resultados de las radiografías, CT (Tomografía computarizada) y estudios realizados al paciente salen todos en computadora. Todo muy moderno.

A uno de paciente le ponen una banda de plástico en la muñeca con el objeto de identificarlo. Esta banda contiene el nombre del paciente, su fecha de nacimiento y un código de barras que es leído cada que un estudio va a ser realizado. Por ejemplo, si se necesita una radiografía, vas a la recepción de rayos X, te leen el código de barras y en la computadora aparece el área que tienen que tomar y los datos de la persona. Todo esto hace que el servicio sea mucho más eficiente y reduce en gran medida los errores y los traspapeleos.

En resumen, la experiencia fue única. Sí, mi salud es primero y espero que realmente no tenga un problema grave; pero aun con los estudios realizados y lo doloroso que fue, tener la oportunidad de ver por dentro un hospital en Japón y cómo se manejan las cosas es sumamente interesante.