La vida en la capital

Vivir en Tokio es, para mí, como haber regresado a Guadalajara. Después de haber estado 8 años y medio en el campo japonés, volver a la gran ciudad se siente bien, pero al mismo tiempo raro.

Afortunadamente no tengo que tomar tren para ir al trabajo, aunque podría hacerlo si así lo quisiera. Generalmente me voy en bicicleta y tardo aproximadamente 25 minutos en llegar, no sin antes echarle los kilos a dos mega subidas que me dan la bienvenida cada mañana (así llego con más ganas al trabajo); caminando se hacen 40 minutos por la vía más corta. En cualquier caso, puedo regresar a casa de forma relativamente fácil.

Menciono lo anterior porque hace unas semanas nos pegó de lleno un tifón a eso de las 6 de la tarde, pero para las 4 ya muchas líneas de tren estaban detenidas, y cuando el tren se detiene en Tokio se desata un caos por la gente que no puede regresar a casa y tiene que esperar en la estación o en las cercanías hasta que logra subirse a un medio de transporte. La empresa nos dejó salir como a eso de las 4:30 pm; opté por irme en metro (son nada más 3 estaciones con un cambio de línea), pero nunca pensé que en el cambio al segundo tren la suerte me fuera a dejar: trenes detenidos hasta nuevo aviso. “Si es metro, ¿cómo afecta?” pensé ilusamente, pero luego me di cuenta de mi ingenuidad al entender que no nada más yo, sino MUCHA gente pensaba lo mismo: todos querían subirse al metro y éste no daba abasto para tantos usuarios. Tenía la opción de esperar hasta que todo se arreglara o simplemente regresar caminando (o mejor dicho: corriendo) antes de que comenzara a soplar el viento en serio. En medio de la lluvia, ni siquiera pensé en abrir el paraguas: corrí y corrí y corrí hasta que llegué a la casa. En total hice una hora y media desde que salí de la oficina, pero me fue bien en comparación de gente que salió a la misma hora que yo y llegó a su morada después de las 10 pm.

En contraste, cuando pegaba un tifón fuerte en Iizuka, no había mucho de qué preocuparse: salía del trabajo, iba a comprar víveres al súper de al lado, y manejaba 5 minutos a la casa. Si acaso había embotellamiento en la calle principal, era, cuando mucho, por unos 10 minutos. ¿Se nota la nostalgia de no traer carro? 🙁

Por lo demás, Tokio obviamente presenta muchas más opciones de esparcimiento que las que tenía en Kyushu, aunque con mucha menos naturaleza. Lo que se me hace curioso es que tengo poco más de un mes de vivir por acá y sólo he ido 2 veces al cine, siendo que es mucho más accesible que cuando estaba en Fukuoka pues tenía que manejar mínimo 40 minutos para llegar al cine más cercano, que está de más mencionar que está fuera de la ciudad. No obstante, apenas le voy “agarrando la onda” a todo lo que hay por este lado del país.

Respecto a la cuestión laboral, la empresa en donde estoy trabajando es la viva imagen de la compañía típica japonesa y de los más puros Salary Man. Si alguien todavía necesitaba prueba de que trabajar en una empresa japonesa es toda una odisea, nada más pregúntenme: NADIE se mueve a la hora de la salida; el ambiente en un funeral es mucho más animado que en la oficina. Comparándola con mi trabajo anterior, la empresa en Iizuka era una súper fiesta en donde todos estaban invitados… pero bueno, le aposté a un cambio para desarrollarme más en ciertos aspectos y no voy a dejar que el “súper” ánimo de mis compañeros de trabajo me atrape y me haga como ellos. En cierta forma, todo esto me recuerda a los hombres grises que salen en Momo (el libro de Michael Ende, que es uno de mis favoritos).

La vida en la capital no es nada nuevo para mí; la forma de trabajar que tengo ahora sí. Me costará mucho adaptarme, pero será mucho más difícil no volverme uno de ellos.

Por acá andamos.