Los años maravillosos – Parte 4

Ingeniero – Parte 2

Justamente en el tiempo que estuve buscando trabajo mientras llegaba el día de la renuncia de la empresa, encontré el lugar a donde “brincaría” después.

Me hicieron entrevista, algunas preguntas en inglés, y todo sonaba perfecto: ganaría más que en el trabajo anterior, por fin aprendería Java, estaría programando. En fin, tuve suerte, por lo que entré casi al mismo tiempo que salí de la empresa anterior, tomándome si acaso una semana libre para descansar y reponer energía.

El primer mes era totalmente de entrenamiento: aprender Java, eso es lo único de lo que teníamos que preocuparnos todos los nuevos integrantes, que éramos más o menos unos 10. Los primeros días fueron pesados, porque era entrar en un cuarto y pasar 8 horas estudiando un libro de Java; solo había una computadora y nos la teníamos que turnar para probar programas, o simplemente para revisar correo o perder el tiempo en internet un rato. Pero todos sabíamos que el esfuerzo valdría la pena, además de que adquiriríamos conocimiento nuevo. Con todo, los días comenzaron a pesar, y la gente a desesperarse.

La condición para poder salir del entrenamiento y ya entrar a programar era aprobar un examen de Java del sitio http://www.brainbench.com/ (que me sorprende que todavía exista). El punto es que el libro que nos dieron para estudiar era de lo elemental de Java 2, pero en el examen a veces salían preguntas referentes a Java RMI o a Corba, que definitivamente no son temas básicos. Y la promesa era que, una vez programando, nos pagarían la certificación de Sun en Java, lo cual, para un programador, es una oferta difícil de rechazar (sin contar a los que no les gusta Java, claro, pero una certificación es una certificación).

Reprobé la primera vez que intenté obtener la certificación de Brainbench, pero a la segunda lo pasé sin muchos problemas. Ahora sí, ¡a programar! Solo que… no había qué programar. La empresa era una especie de “sucursal” de una compañía estadounidense, que, por ser más barata, usaba mano de obra mexicana. El responsable de la parte mexicana reclutaba gente, pagaba casi casi directamente en dólares, y a los más aptos los enviaba a Texas durante un tiempo a trabajar en la compañía original. Sin embargo, la empresa carecía de proyectos suficientes para darle trabajo a todos los recién contratados, y como no es negocio darle dinero a alguien que no hace nada (y no porque no quiera), comenzaron los despidos.

Sinceramente, tuve suerte de haber obtenido un proyecto antes de que comenzaran a mandar a volar a la gente, por lo que soy de los pocos que se salvaron. Los despidos fueron paulatinos, y comenzaron con los miembros que se veían menos capaces, y poco a poco fueron escalando, hasta llegar al punto en el que no había “carne fresca” a la cual despedir y verse obligados a despedir también a empleados que se supone que tenían el puesto asegurado. Lo anterior causó problemas legales: varios empleados demandaron al dueño. La situación se veía pesada.

Para los que quedábamos, hubo una serie de proyectos piloto que nos obligarían a ir a Texas varias veces, por lo que la empresa tramitó las visas de cada uno. Fue así como obtuve mi visa láser por 10 años, que nunca usé con esa empresa.

Trabajé en 3 proyectos diferentes: 2 en Java y uno en Visual Basic. Aprendí, es cierto, pero el ambiente se veía cada vez más difícil. De esos proyectos, ninguno se concretó porque fueron cancelados (y el primero de ellos con justa razón: estaba muy mal planeado). El descontento de la gente comenzó a crecer cuando los sueldos comenzaron a retrasarse, primero unos días, y después quincenas. Y lo peor vino después: los ataques terroristas del 11 de septiembre en Estados Unidos.

La empresa estaba ubicada justo al lado del consulado de los Estados Unidos en Guadalajara, por lo que el día de los atentados nos llegaron a evacuar argumentando que había peligro de que el consulado fuera atacado. Para no dejar de trabajar, transportamos los servidores y las computadoras a la casa del dueño, y ahí laboramos durante unos días. Los atentados, su “golpe en la economía estadounidense” y quizá la alineación de algunas estrellas, fueron las razones que se usaron para que la empresa se cerrara, dejándonos sin trabajo y con quincena de sueldo sin liquidar. La secretaria nos pidió llorando que no fuéramos a demandar al dueño, que porque tenía familia, que tuviéramos corazón, etc., etc., pero a nosotros, los empleados, nos llevaba la fregada y teníamos que hacer algo.

Después de varias juntas para decidir si demandaríamos o no, el dueño nos citó y nos pidió disculpas, y como liquidación nos a cada uno la computadora con la que, hasta ese momento, habíamos trabajado. No era una quincena de sueldo, pero al menos uno no salía con las manos vacías. A mí no me pareció un mal trato a pesar de que yo saldría perdiendo, pero sinceramente me quise evitar problemas legales y dejé todo por la paz, pero el dueño después tuvo el descaro de decirnos que, si él quería, nos podía acusar de robo aunque nos hubiera dado un recibo firmado de que sacábamos las computadoras de la empresa con su permiso. Esto fue lo que me hizo arrepentirme de no ejercer acción legal contra él. Y hasta donde sé, la fue difícil manejar las demandas de quienes sí lo hicieron. No obstante, para acabar de perder una empresa, su actitud era muy tranquila, hasta parecía que era lo que esperaba que pasara.

Tiempo después, supe que había creado otra empresa básicamente igual a la anterior, solamente que con otro nombre, y con nuevos empleados, con excepción de uno, que parece que siempre fue su mano derecha. Ese chavo era buena onda, se podía platicar con él, pero sí se notaba una lealtad diferente hacia la empresa. De ahí en fuera, no tengo idea de cómo les fue ni de qué estén haciendo ahora. Mi labor ahí terminó en el momento en el que acepté la computadora como finiquito. Sí, me molestó mucho la actitud del dueño, pero preferí dejar las cosas por la paz. Además, había aprendido Java y había obtenido mi visa de negocios para entrar a Estados Unidos, y por espacio de 10 años, así que, ya haciendo cuentas, sentí que había ganado mucho. Solamente estuve ahí por 6 meses.

Mientras estuve en esta empresa (2001) comencé a moverme otra vez para obtener la beca de Monbukagakusho, pero el destino no me sonreiría todavía.