Los años maravillosos – Parte 4

La graduación

Nunca pude obtener aquel semestre perfecto tan deseado. Los últimos 3 semestres de la universidad fueron los más divertidos académicamente hablando; conocí muy buenos maestros, algunos de ellos realmente amigables y con los cuales todavía tengo contacto. La graduación llegó, y me pude titular por excelencia, es decir, sin tener que presentar examen profesional o tesis, y antes de que digan “¡qué envidia!”, les comento que después me arrepentí de no haber desarrollado una tesis, ya que me di cuenta lo mucho que aprendes al hacerla.

La fiesta de graduación fue un momento para recordar. Fueron mis papás, mi hermana menor y V. En el trabajo me habían ofrecido contratarme ya de tiempo completo, me iba a titular sin muchos contratiempos… todo sonaba muy bien. Y con la graduación llegó otro momento que había estado esperando durante toda la carrera: postular para la beca de Monbukagakusho… por segunda vez.

Beca de Monbukagakusho: 1er. intento

Aunque mi interés por el japonés comenzó desde antes de entrar a la universidad, realmente no tenía un objetivo específico para seguir estudiándolo, excepto el de la diversión: era mi pasatiempo sentarme a leer el diccionario y aprender nuevas palabras y expresiones; hacer planas y planas de hiragana y katakana no me parecía para nada una tarea enfadosa; mis primeros kanji escritos eran horribles si los comparamos con los que escribo actualmente. En resumen: el japonés era una forma de divertirse.

Conocí sobre las becas a Japón gracias a Omar; cuando comenzamos a platicar en el primer semestre y supo que me gustaba el japonés, me reveló que él había intentado irse a estudiar a Japón algunos años atrás, pero que no lo había conseguido. Ésa fue la primera vez que escuché hablar de Monbukagakusho, de becas, y de Japón como una alternativa a estudiar en México. Investigué a fondo, y cada vez me gustaba más la idea, que poco a poco se fue convirtiendo en un reto.

Sin nada que perder, me decidí a postular: conseguí todos los documentos que me pedían, asistí a la junta en la embajada, envié mi solicitud. Todo estaba en orden. Solo necesitaba que me llamaran por teléfono para avisarme cuándo serían los exámenes, para los cuales me preparé lo mejor que pude. Esperé, esperé, y esperé… y la llamada no llegaba, y no llegaba. Desesperado, decidí llamar yo para ver qué pasaba. Me quedé helado con lo que me dijeron: “Los exámenes se aplicaron hoy. Parece que hubo un traspapeleo y efectivamente no le informamos a tiempo, por lo que le pedimos una disculpa. Lo que podemos hacer es que se venga inmediatamente a México en avión, aquí lo esperamos y nos quedamos hasta que termine, ya que es la única fecha en la que podemos aplicar el examen”.

WHAT!? Sin nada planeado, ni dinero para ir en avión, pedirle a mi papá para algo así me pareció, en su momento, fuera de lugar. Respondí que no había forma de que pudiera llegar ese mismo día a la Ciudad de México, y que lo que podía hacer era subirme en un camión y llegar a la mañana siguiente a la embajada, pero la respuesta obtenida fue que si los exámenes no se aplicaban ese día, no tendrían validez. Resignado, di las gracias, colgué el teléfono muy pacíficamente, y maldije al mundo por tener tan mala suerte.

Cierto: no tenía nada que perder, pero ni siquiera había tenido la oportunidad, y para mi forma de pensar en ese tiempo (“yo soy mejor que todos”), ese fallo, aunque no había sido del todo mío (debería haber presionado por teléfono) era una herida enorme en mi orgullo.

Me deprimí por un tiempo, es cierto, pero me puse a pensar en las posibilidades que ahora tenía, y me di cuenta de que tenía 2 caminos, cada uno con sus pros y sus contras:

  1. Esperar un año y volver a postular el siguiente. De pros no tenía más que el de ser perserverante, pero el “contra” mayor era que, en caso de obtener la beca, tendría que comenzar mi carrera en Japón otra vez desde el principio, lo que significaría que el año y medio que habría cursado para ese entonces no tendría mucho sentido.
  2. Terminar mi carrera en la Universidad de Guadalajara, graduarme, y después de eso postular para la beca de postgrado. Pros: tendría título, y aunque no obtuviera la beca al menos podría encontrar trabajo. Si la obtenía, lo hecho en México tendría valor y no lo sentiría como tiempo perdido. Contras: tendría que ser paciente y esperar como mínimo 3 años y medio para graduarme y después al menos uno para los trámites.

Habiendo quedado fuera de las listas la primera vez que intenté entrar a la universidad, tenía todavía herido el orgullo, por lo que decidí, quizá por primera vez en mi vida, ser paciente, y esperar a terminar mis estudios en México para después intentar “brincar” a otro lado. Y no era el único que pensaba así: Omar también tenía esa meta desde antes que yo, así que, en el futuro, Omar y yo seríamos “rivales” al momento de pelear por la beca.