Shibuya de noche

10 años

La típica advertencia cuando redacto escritos de este tamaño: agarren palomitas, refresco y pónganse cómodos. Aunque no es el escrito más largo que haya hecho, sí les tomará tiempo leerlo todo.

Aclarado el punto anterior:

Cuando me subí al avión que me traería a Japón como becado de Monbukagakusho aquel ya 1 de abril de 2003, nunca me pasó por la mente que el plan de estar 2 años por acá se extendería hasta estos días. Había esperado mucho por la oportunidad de estudiar en el país del sol naciente y no tenía miedo del famoso “mal de patria”, pero mi idea original era terminar rápidamente la maestría y regresarme. Ya detallaré al respecto en la siguiente entrega de “los años maravillosos”.

Llegué aquí de 24 años. Ya no era un niño; había también laborado en mi país desde la segunda mitad de la carrera y hasta tuve la oportunidad de ir un tiempo a Estados Unidos, por lo que se podría decir que no estaba “muy verde”. Sin embargo, volver a la vida de estudiante (y ahora estando becado) en un país completamente diferente al tuyo, abre un mundo de posibilidades, incluyendo entre ellas la de comenzar a desarrollarte nuevamente: tienes el carácter y la personalidad ya formados, pero trayendo como antecedente la cultura de tu país te brinda la oportunidad de compararla con la que se te presenta por acá. De entre todas esas opciones que aparecen frente a ti, debes escoger una. Obviamente, en ese momento no sabrás si fue la correcta o no, pero no hay que arrepentirse por eso.

Japón me ha ayudado a afianzar partes de mi personalidad, ha provocado cambios en otras y me ha mostrado un mundo de situaciones que, estando en México, no habría podido ver (algunas veces porque no las hay, otras porque no las vemos). He tratado de acoplarme a la sociedad lo mejor que he podido, sin perder mi espíritu mexicano, mi alma latina, de la que estaba tan avergonzado cuando vivía en suelo mexicano. Efectivamente: como muchos otros casos de migrantes, yo también soy uno de los que se dio cuenta de la riqueza de la cultura de su país hasta que salió de él.

La perspectiva que tenía de México dio un giro (ciertamente no de 180 grados): bien dicen que nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido, y cuando comencé a ver esos pequeños detalles que das por hecho en México pero que aquí ni siquiera se toman en cuenta fue el momento en el que sentí el mal de patria, en el que comencé a extrañar lo que para mí era común todos los días: desde algo tan simple como un jugo de naranja recién exprimido en el mercadito, hasta algo como la música mexicana.

Mi abuelo materno (Q.E.P.D) era mariachi. Nunca menosprecié su trabajo, pero tampoco nunca lo valoré. Él era la persona más saludable que recuerdo haber conocido mientras vivía en México. No me extrañaba verlo en traje de charro, ni con sombrero, pero nunca me pasó por la cabeza imitar su atuendo. Era de los de “¿yo ponerme un traje de charro? ¡Ay por favor!”. De cuando en cuando lo escuchaba también ensayar con el violín, la trompeta, la guitarra, la mandolina y el violoncelo; y ni aun así lograba comprender qué podía tener de especial lo que él hacía, sobre todo cuando escuchas que ya no tiene mucho trabajo.

Contra todo lo que pudiera haber creído, un buen día me dio por decir que quería que mi abuelo me enseñara música, sin entender exactamente qué era lo que estaba pidiendo. Me di cuenta de que algo me hacía falta en mi “repertorio de habilidades”: saber tocar un instrumento musical. ¿Quién mejor que mi abuelo para enseñarme? Era el plan perfecto… lo malo es que nunca me di el tiempo para llevarlo a cabo, y cuando menos acordé, ya estaba en Japón.

Mi abuela materna era ama de casa. Entre mis abuelos criaron a 12 hijos (¿cómo le hacían, si yo veo que las familias actuales con 2 ya piden paz?), y mi abuela se dedicaba solamente al cuidado del hogar. Con mi abuela me podía sentar a platicar de lo que sea (y realmente me refiero a lo que sea), ya que ella tenía su forma de ser directa sin perder la discreción. “Hijo: una hizo de todo. No me espanta con lo que me puedan salir los jóvenes de hoy”, me decía. Escuchar las anécdotas de su juventud, de cómo conoció a mi abuelo, de cómo fue su relación, de cómo lo bateó varias veces y de cómo terminaron juntos era mágico. Y aun así, no crean que me la pasaba hablando diario con ella, ni que las veces que hablamos fueron muchas, pero las pocas veces que lo hacíamos siempre dejaba algo en mi interior.

Siempre tuve ganas de que mi abuela me enseñara a tejer (sí, a tejer), pero fue algo a lo que tampoco le di tiempo.

Ver a la familia reunida en navidad y año nuevo en la casa de los abuelos era lo normal. Si bien ver a tus primos, jugar con ellos, y de vez en cuando recibir obsequios era la verdadera razón por la que quería, no, exigía ir, de tan común que era eso no alcanzaba a ver la importancia de dicho suceso, incluso cuando salían con que “tía fulanita no le habla a tía sutanita porque se pelearon por X razón”.

Todo eso desapareció una vez estando en Japón.

Mis abuelos paternos fallecieron en 2004. Primero mi abuela, en agosto, y luego mi abuelo, en octubre. La última vez que los vi fue cuando regresé de vacaciones a México a los 6 meses de haber llegado a Japón. Mi abuela salió a despedirme, dándome su bendición y riéndose por una broma que había dicho. Curiosamente, recuerdo haber visto a mi abuelo esa vez, pero no recuerdo qué estaba haciendo ni qué fue lo que conversamos. Pero la última vez que hablé con ellos yo estaba de este lado del mundo, y cada una de las situaciones fue diferente:

  • Hablé por teléfono a casa de mi abuela, y ella respondió el teléfono. La saludé, y no me conoció la voz. Le dije quién era… y no me reconoció. No se acordaba de ningún Manuel. La impresión que sentí en ese momento es, hasta estos días, indescriptible. Tuvieron que pasar un par de minutos hasta que recordara. Bromeó y me dijo que la edad ya hacía que se le olvidaran cosas.
  • Con mi abuelo hablé por última vez en el funeral de mi abuela, al que tampoco pude ir. Me había enterado de la muerte de mi abuela días atrás, y aunque ya había hablado con mi familia, realicé la llamada justamente cuando estaban enterrando a mi abuela. Mi abuelo estaba inconsolable, y lo único que me dijo fue: “Hijo, ¡gracias por llamar!”.

Desde ese momento, mi abuelo, aquella persona súper saludable, alegre y activa, cayó enfermo, y no se levantó. Según me cuentan, tuvo un brío de nuevas esperanzas como a los 2 meses después de que mi abuela partió de este mundo, pero no fue suficiente: a los 3 meses del fallecimiento de mi abuela, ella vino por mi abuelo. Como podrán imaginarse, tampoco pude ir al funeral.

La siguiente vez que me encontré con mis abuelos fue en el panteón, delante de su tumba. No lloré. Sentía tristeza, pero el hecho de ver sus nombres juntos grabados en la lápida me dio una rara sensación de paz. Hoy, ese lugar es una visita obligada cada que regreso a mi rancho, y en cada oportunidad aprovecho para conversar con ambos. Sé que están bien, mucho mejor que todos los que quedamos de este lado. Eso es suficiente. Además, sé que mi abuelo se rió de mí todas las veces que fui a hacer presentaciones sobre la cultura de México vestido de charro (gracias al traje que un tío me regaló) y con todo y sombrero (que mis papás me mandaron desde Guadalajara con mucho esfuerzo). Me lo tengo bien merecido.

Mentiría si dijera que la partida de los padres de mi mamá no fue dolorosa, pero también lo haría si dijera que me afectó mucho. No quiero sonar insnsible, pero la distancia ayudó a asimilar la pérdida más rápidamente. Además, eso me motivó a traer a mi señora madre a Japón en marzo de 2005. Originalmente yo tenía pensando ir a México para esas fechas, pero dados los hechos decidí mejor mandar por mi mamá y pasearla por este lado del charco.

Mi madre estuvo por acá 15 días. Como vivía en el campo, tenía carro y podía disponer de mi tiempo como quisiera ya que eran vacaciones de primavera en la universidad y yo acababa de terminar mi primer año de maestría, pude pasar casi todo el tiempo con ella, y llevarla a diferentes lugares a que conociera y experimentara lo que es Japón, sobre todo en la parte donde no hay montones de gente. Y lo que más recuerdo de esas 2 semanas fueron las palabras de mi mamá el día que la llevé a Tokio y la acompañé hasta antes de que se subiera al avión: “no me quiero regresar”.

Para ese entonces, ya había comenzado este blog. Fue más que nada una idea que el panda me dio ya que me la pasaba enviando correos aproximadamente cada semana a varios amigos que seguían de cerca mis andanzas por estos lares. No tenía nada qué perder y me gustaba la idea, pero hubo que tomar una decisión importante: ¿escribiría en inglés para que el blog tuviera más alcance o lo dejaría en mi lengua materna y le daría el enfoque principal como mexicano (y latino, para tal efecto). La respuesta ya todo mundo la sabe 🙂 .

En el párrafo anterior toqué un tema que debo desarrollar más: los amigos. Haber venido a Japón fue como un parteaguas para muchas personas, y las reacciones de algunos sinceramente me dejaron con la boca abierta, pues sinceramente no lo podía creer. Está la gente que siempre me apoyó y le daba gusto que por fin hubiera obtenido la beca y estuviera representando a mi país por acá; sin embargo, por otro lado descubrí que hubo gente a la que mi suerte no le gustó ni tantito y de buenas a primeras dejaron de comunicarse, de hablarme por completo. Parece mentira, pero así fue. Por esa razón fue por la que en mi MSN puse una categoría llamada “pseudoamigos”, en donde puse a los contactos a los que simplemente ya no les interesaba hablar conmigo. Nunca los bloqueé, y fueron pocos y contados con los que volví a entablar algún tipo de conversación (no porque yo no quisiera).

Las personas que me apoyaron nunca dejaron, ni han dejado, de hacerlo. Ellos han sido los principales testigos de mis triunfos y fracasos en esta experiencia llamada Japón, y su ánimo y sus palabras siempre han llegado en los momentos en los que son más necesarios. Descubrí quiénes son amigos en realidad y quienes sólo son conocidos, y ojo con esto: no necesariamente porque no hable o haya hablado con alguien en mucho tiempo quiere decir que lo haya dejado de considerar mi amigo. Para mí, la amistad no se trata nada más de estar llamándose por teléfono o entablando conversaciones cada cierto tiempo (aunque ciertamente es un detalle importante), sino tener la confianza de saber que si necesitas de alguien esa persona va a estar ahí para ayudarte, y viceversa.

Con el paso del tiempo, conocí muchas personas e hice nuevos y muy buenos amigos, y no solamente japoneses o mexicanos, sino de muchas partes del mundo. Las amistades se desarrollaron de una forma muy grata, y aunque no mencione nombres todos ellos saben quiénes son y el aprecio que les tengo.

En este punto, estoy seguro que muchos se preguntarán qué pasó por el lado amoroso. Quienes me han honrado con seguir el blog desde hace muchos años sabrán que sí llegué a escribir al respecto aquí, pero después decidí dejar de hacerlo. No toco el tema en el blog, pero si me preguntan directamente por twitter o por correo por lo general siempre respondo. Aquellos que leen un poco de japonés seguramente no se preguntan nada al respecto por cierta información que escribí aquí mismo hace tiempo.

Más arriba, cuando hablaba de la época cuando mi mamá vino a Japón, comenté que tenía carro; en efecto: en la primavera de 2004 me hice de un carro por la módica cantidad de 0 yenes. Sí, fue un regalo por parte de un estudiante chino que se graduaba y se iba a trabajar a Tokio, por lo que quería deshacerse del carro pero de preferencia no hacerlo chatarra, sino que alguien más lo usara. Por pura suerte me tocó ser esa persona, y sin realmente haberlo planeado, en el transcurso de un par de semanas ya tenía carro. No obstante, ¿qué hay de la licencia de manejo? Eso en realidad no era problema, porque la había sacado hacía cuestión de unas semanas.

Un buen amigo de Cuba me hizo la recomendación de cambiar mi licencia mexicana por la japonesa aunque no tuviera planes de conducir en Japón, ya que era una identificación oficial, y, de acuerdo a sus palabras, vivir en el campo japonés me obligaría a tener un carro más pronto o más tarde. La ventaja que tenía es que no había que hacer el trámite desde el principio (como un japonés lo haría), sino que México y Japón son miembros de un tratado, y podía hcer el cambio a la licencia local sin gastar tanto dinero (nota al margen: sacar la licencia de manejo en Japón cuesta en promedio unos 280,000 yenes, y no, no me equivoqué en la cantidad). Al segundo intento la obtuve, y justo cuando me dieron el carro, ya podía manejarlo. Claro que también le metí seguro para evitar gastos estratosféricos en caso de que algo pasara.

Gracias al carro y a la libertad de movimiento que me proporcionaba (además de ser una necesidad por vivir en el campo) se me abrió otra posibilidad: entrar a un programa en donde enviaban a extranjeros a escuelas dentro de la prefectura de Fukuoka a hablar sobre la cultura de su país. A pesar de que dudé al respecto, terminé por aceptar, y nunca me he arrepentido de eso.

Por muy insignificante que parezca, tener la oportunidad de hablarle de tu país a niños (y más adelante también lo hice con adultos) que viven en una parte remota de Japón te llena de orgullo, aunque debo confesar que es raro puesto que nunca (que recuerde) me había sentido de esa manera al hablar de mi país. En poco tiempo, las memorias de lo que vivía en mi país, de lo que jugaba cuando era niño y de lo que hasta unos años atrás era “lo normal” para mí, se convirtieron en recuerdos muy valiosos, y hablar del mariachi y aprenderse canciones típicas mexicanas dejó de ser vergonzoso para convertirse en algo de lo que me daba gusto hablar.

Las primeras ocasiones fueron muy complicadas, y no por el idioma (los niños sólo hablan japonés), sino porque había que explicarles detalles y costumbres de la vida cotidiana en México que en Japón obviamente no existen. Todavía recuerdo lo complicado que fue explicarles a niños de 2do. primaria lo que es una tortilla. No obstante, con cada ida aprendía algo nuevo: escogía temas, y los que veía que causaban más asombro o generaban una mejor respuesta los iba expandiendo más. Opté por crear una presentación en OpenOffice (¿a poco creyeron que iba a decir Power Point? :P) e ir agregando lo que funcionaba. El resultado fue mejor de lo que esperaba: si al principio me costaba trabajo hablar 15 minutos sobre mi país, después de varias ocasiones y de mucho ensayo y error no me ajustaban ni 45 minutos para poder terminar de hablar de todo lo que quería.

No crean que todo era diapositivas: cada que iba a una escuela, preparaba un video usando Google Earth: les mostraba a los niños dónde vivía (en Japón), y les mostraba el camino que había seguido para llegar a su escuela; de ahí, de nuevo los llevaba virtualmente a las alturas para que vieran su país, y de ahí hacía el brinco hasta México, luego Guadalajara y luego la casa donde viví y crecí los primeros 24 años de mi vida. Recordé que a nadie le gusta que le estén hable y hable y hable de algo que de entrada no despierta nada de interés, así que lo primero que hacía era mostrarles ese video, y poco a poco comenzaba a hablar de las diferencias entre ambos países.

También me llevaba dinero mexicano, y permitía que los niños lo vieran y lo tocaran, y de ahí salía un juego de preguntas y respuestas estilo: “¿Cuánto cuesta X cosa en Japón? ¿Cuánto creen que cuesta en México?”. De ahí saltaba a hablar de música, deportes, y luego de juguetes y juegos mexicanos: mi as bajo la manga era un balero de tamaño decente que les mostraba mientras lo comparaba con la “kendama”, lo que podríamos considerar como el balero japonés. Preguntaba a los niños que quién bueno con la kendama y los pasaba al frente a intentar jugar con el balero; si lograban tener éxito en 3 ocasiones, les regalaba un mini balero de recuerdo (me había llevado como 500 para regalarlos la primera vez que visité este país en septiembre de 2002. A veces nadie tenía éxito, a veces todos lo conseguían. Y para que los maestros no se aburrieran, les preguntaba a los niños si querían que los pasara a ellos también al frente. El resultado era el esperado y ahí tenía a los maestros también jugando con el balero.

Hubo una vez en la que me pidieron que les enseñara a los niños un juego típico de México que no fuera tan complicado y que pudieran disfrutar. Estuve pensando en mis opciones durante días, y al final reduje todo a dos: “Changai” (si alguien es de Guadalajara y sabe de qué hablo, anótense un internet de mi parte) y “Bebe leche”, mejor conocido en otras partes de la república como “el avioncito”. El primero era sin duda la mejor opción por la ligera similitud con el béisbol (el deporte más famoso en Japón), pero preparar varios juegos de palos me tomaría tiempo y dinero, así que terminé descartándolo. El avioncito no era más difícil, ya que aquí existe un juego relativamente parecido llamado “Ken ken pa”. Estaba decidido; lo que faltaba nada más era practicar la explicación que les daría. Llegado el día, todo salió a pedir de boca.

Este tipo de presentaciones continuó por muchos años, incluso hasta poco antes de mudarme a Tokio. Y aunque realmente está muy mal que yo lo diga, era uno de los “preferidos” en el programa. Varias escuelas me mandaban llamar por recomendación de otras, y si un dí no podía ir se acoplaban a mi horario. Por lo general siempre íbamos en grupos de dos, e insisto, aunque suene mal que yo lo mencione, si a mí me tocaba presentar primero, en la mayor parte de los casos las personas que presentaban después que yo se sentían presionadas porque no tenían los mismos preparativos que yo. Con todo, yo también estuve del otro lado de la moneda: así me llegué a sentir cuando me ponían a alguien con cualidades musicales y esa persona llevaba instrumentos típicos e interpretaba melodías de su país. En otras ocasiones, los pares eran de un extranjero y un japonés que hubiera vivido fuera de Japón, y algunas veces también le sufrí porque a los japoneses se les facilitaba mucho más hacer comparaciones de la situación que vivieron en el extranjero con la vida y costumbres a las que los niños estaban acostumbrados.

¡Ah! ¿Pero todavía creen que siempre me fue bien y que tenía todo controlado? ¡Pues claro que no! A veces las peticiones de las escuelas, ayuntamientos o centros comunitarios eran complicadas, y en más de una ocasión me dieron dolores de cabeza. A continuación relato una de ellas:

Me invitaron a un festival de una escuela primaria. Querían que hablara sobre México, pero que de ser posible, bailara o cantara algo típico de mi país. ¡En la m.! En mi vida he practicado baile regional, y la cantada no es lo mío. Decidí irme por lo segundo: total, no aprendería a cantar en un par de semanas, pero al menos los preparativos no serían tan complicados. No me imaginaba la respuesta que me dieron al comunicarles mi decisión: “Sí. Una canción está bien, pero entonces necesitamos que escribas la letra en katakana y la traigas en diapositiva para que los niños puedan cantarla también.”. ¿Una canción típica mexicana que los niños japoneses pudieran cantar? NADA me pasaba por la cabeza.

Pasaron los días y de plano ninguna idea se me ocurría. Fuera la canción que fuera, necesitaba decidirla ya porque tenía que escribir la letra en katakana. Ya saben que el tiempo no espera, y llegado el día en que tenía que decir qué iba a interpretar, mi maravillosa mente no tuvo otra idea más que “La bamba”. Días atrás había visto el video del baile tradicional y nunca pude sacarla de mi cabeza. Bueno. La selección había sido hecha. Lo que me quedaba era echarle los kilos para saliera bien.

Llegó el momento de la verdad. Auditorio lleno de niños con sus papás. Un escenario perfectamente colocado en donde todos pudieran apreciar lo que en él se parara sin hacer gran esfuerzo. Llevaba “La bamba” escrita en katakana en una diapositiva de Open Office. Aquí muchos pensarán que tenía todo bajo control, pero no les he dicho cuál era mi vestimenta: un sombrero de charro y un poncho color bandera mexicana. Yo vestido así, arriba de un escenario, cantando la bamba y con el video del baile tradicional de fondo. Nada que ver una cosa con la otra. Y aunque al público le encantó la presentación, no fue del todo un éxito: los maestros consideraron que la canción era muy rápida para los niños y que la letra “no se prestaba” para que ellos pudieran cantarla. Seguramente habría sido mejor llevar la cucaracha y explicarles qué es “marihuana” para que estuvieran a tono 😛 Pero por lo demás, no hubo problemas.

No quise hablar del tema durante un tiempo porque realmente me daba vergüenza haber mezclado cosas que no van, pero los japoneses tienen la cualidad de que creen gran parte de lo que le dices sobre el extranjero, por increíble o raro que pueda parecer: dudan menos que nosotros al escuchar que en X país se acostumbra Y cosa. Eso es debido al aislamiento que todavía tiene este país con las culturas de otros alrededor del mundo.

Mi estancia en Fukuoka también se vio aderezada con la oportunidad que tuve de enseñar inglés en escuelas primarias alrededor de la prefectura. De hecho, tengo varios escritos al respecto, y en algunos me quejo de la mala administración de la compañía que nos contrataba (porque no era solamente yo, sino otros 3 o 4 extranjeros de diferentes nacionalidades).

En general, puedo decir que estar como profesor me ayudó a cambiar mi perspectiva sobre algo que sinceramente no soportaba mientras estaba en México: los niños. Cuando me ofrecieron el trabajo, mi madre todavía estaba de visita en Fukuoka; ella me dijo que si me llamaban para darme la oportunidad era porque estaban seguros que podía con la carga. Yo no tenía problema enseñando idiomas, sino más bien que mis pupilos serían niños de entre 6 y 12 años y no tenía idea de cómo manejarlos. De repente me imaginaba estilo Arnold Schwartzenegger en “Kindergarden cop”, especialmente en su primer día: si no soportaba a un niño a 10 metros de mí, mucho menos lo haría con 35 a 5 metros de distancia.

Sin embargo, tuve una experiencia con un grupo de niños mucho antes de lo de arriba. En verano de 2004 participé en un programa llamado 飯塚少年の船 (Iizuka Shonen no Fune, el barco de jóvenes de Iizuka), el cual consistía en llevar a pasear a Okinawa a niños de primaria de la ciudad de Iizuka que fueran sobresalientes. En el programa, cada año invitaban a un par de estudiantes extranjeros y me tocó ir ese año junto con un pareja de chinos. La idea del viaje era convivir con los niños, ya que participaríamos en todas sus actividades y nos moveríamos al horario y al paso de ellos, por lo que realmente no habría tiempo de andar de turista; pero sabiendo que podría ir a Okinawa pagando en total sólo 10,000 yenes era una oportunidad que realmente no me podía perder.

Lo dicho: aunque tuve la oportunidad de visitar una de las playas más bonitas de Japón, sólo se me permitió nadar una hora, y eso fue porque estuve rogándoles que me dejaran, ya que el plan era que “los adultos” fuéramos ver una fábrica mientras los niños se divertían en el mar. Esa vez me convino quedarme con los niños, pues como con ellos iban varias chicas como guardianes de grupo, me pude echar un taco de ojo con el cuerpazo que se cargaban :D. Eso sí: me perdí del regreso en barco. Tenía unos pendientes en el laboratorio y, con todo el pesar de mi corazón me tuve que regresar con “los adultos” en avión, mientras que los niños se regresaron en barco de Okinawa a Kagoshima, y de ahí en autobús hasta Iizuka.

Fue un viaje corto, y debo reconocer que un poco cansado, pero al menos me dio la oportunidad de conocer la isla de Okinawa y algunos de los lugares famosos de ahí. Es la única vez que he ido en estos 10 años, y aunque tengo muchas ganas de ir de nuevo, me conviene más ir al extranjero, ya que el viaje es relativamente caro.

También debo mencionar aquí algo que en su momento me preguntaron mucho, y todavía en estas fechas a veces recibo comentarios al respecto: ¿qué onda con el anime y el manga?

En mi caso, durante los primeros años que pasé por acá sí veía y leía mucho. Recuerdo haber contratado Sky PerfecTV (un sistema de televisión satelital) sólo por el canal “Kids Station”. Gracias a él, pude ver completas series como “Maison Ikkoku” (que instatáneamente se convirtió en una de mis favoritas), Panda Z, entre otras ya “viejas”; en la TV abierta no podía faltar a ver Inu Yasha y Detective Conan (en 2003 se transmitían los lunes a las 7 y 7:30 pm respectivamente), Gundam Seed y Gundam Seed Destiny, Tsubasa Reservoir Chronicles (que por cierto nunca terminé de ver), y también vi completa toda la serie “Live Action” de Sailor Moon (y hasta la grabé en VHS, pero esos videos los tiré cuando me mudé del departamento). De la misma manera, todos los jueves compraba el semanario “Shonen Magazine” y tenía mi mega colección; aunque al principio lo compré nada más por leer Tsubasa Reservoir Chronicles de CLAMP (me tocó leerla desde el principio), pensaba que era un desperdicio pagar los 200 y algo yenes que costaba y sólo leer una de las tantas historias que ahí se publicaban; por tanto, poco a poco comencé a agarrarle el hilo a historias como School Rumble, Ore wa Captain, Mahou Sensei Negima (que también me tocó leerlo cuando recién salió) entre muchas otras. Y claro que mi favorita no podía faltar: Aa Megami Sama! ¡Ohh sí!

Recuerdo que mi lema era: “No le hace que me quede sin dinero con tal de poder leer a Belldandy”. Sí, así de fan era/soy de ese manga. Me puse al corriente en la historia, pero me desesperaba que un 単行本 (tankoubon) tardara tanto en salir. Cuando le pregunté a uno de los del laboratorio al respecto, me dijo dónde se publicaba cada capítulo, por si quería estar al día: el compilado mensual de mangas llamado “Afternoon”. Ni tardo ni perezoso me lancé a su búsqueda y rápidamente lo encontré en una librería. “¡Sí!” Pensaba, y en ese entonces ya tenía 2 compras obligatorias: Shonen Magazine cada semana y Afternoon cada mes. Mi pequeño departamento poco a poco se iba convirtiendo en bodega de manga (o biblioteca, como prefieran llamarlo). Tiempo después me comencé a enganchar de las historias publicadas en la Shonen Jump, especialmente Death Note, y hubo un tiempo en que también la compraba. Gracias a eso conocí Ichigo 100%, me enamoré de Aya y terminé comprando los tankoubon (todos) cuando salieron.

Con todo, a pesar de estar al día con Belldandy, haber conocido a Kyoko Otonashi, tener un buen de mangas que leer cada semana y estar viendo muchas series de anime, creo que lo que más me gustó de esa época fue haber visto, después de tantos años, el anime completo de Yawara! Pero, ¿por qué Yawara?

Yawara, obra de Naoki Urusawa, fue el primer manga que leí completo en japonés. Conocí la historia en México gracias a un amigo que había visto unos capítulos del anime. Investigué al respecto y la historia me enganchó, pero era difícil encontrar material de anime y manga en ese entonces en México (hablamos de 1997 aproximadamente), especialmente de uno que no era popular. Pero gracias al buen panda, me enteré de una tienda en Cuernavaca llamada “Momiji” en donde vendían mangas “no tan conocidos”. Mi primera visita valió la pena y marcó mi único destino cuando visitaba esa parte del estado de Morelos: encontré manga de Yawara (incluyendo el número 1). En cuanto lo vi, lo agarré y me dispuse a comprar cuántos volúmenes mi dinero me permitiera. Aún recuerdo las palabras de la señora que me atendió ese día: “¡Al fin se vendió Yawara! Nadie la quiere comprar!”. Yo feliz de la vida. En esa tienda conseguí gran parte de los volúmenes, pero la colección la terminé pidiendo los números 28 y 29 por internet. Pero mucho antes de completarla, mi trabajo era leerlos: conocía la historia por haber visto los primeros 4 capítulos con subtítulos en inglés, pero si quería realmente saber qué estaba pasando y no nada más quedarme con la idea de “tengo los mangas. Se ven chidos, pero no entiendo nada de lo que está escrito”, tenía que leerlos. El problema: Yawara fue publicada en una revista para jóvenes, lo que significaba que los kanji no venían acompañados de su lectura. Eso hizo la tarea mucho más difícil, pero no imposible. A base de dedicación y motivado por conocer la historia, leí uno a uno los tomos, pero cada uno me llevaba en promedio 3 meses, y el primero me tomó casi medio año. Pero el esfuerzo valió la pena, ya que aprendí mucho, realmente mucho vocabulario, y al mismo tiempo aprendí un poco de las reglas del judo (siendo un manga de judo, es necesario conocer al respecto para sentir emoción en los encuentros en los que Yawara participa).

Al leer lo anterior, muchos pensarán que estoy en el paraíso, y en cierta forma lo estoy. El punto es que toda esa euforia sobre anime y manga ha decrecido con el paso de los años, pero no porque me haya dejado de gustar o porque piense que “ya estoy grande”, sino porque poco a poco vas adquiriendo compromisos en la sociedad y el tiempo que antes tenías para hacer lo que te gusta se ve reducido drásticamente, especialmente cuando das el salto de ser estudiante a ser persona económicamente activa.

Japón nunca ha dejado de ser un sueño para mí, ni siquiera después de conocer mucho de cómo se manejan las cosas aquí ni de darme cuenta de que existe discriminación hacia los extranjeros. Todos los lugares tienen sus altas y bajas. Lo malo es que debido a la forma en la que se mueve la sociedad, mantener tu individualidad se vuelve cada vez más pesado, y comienzas a darle prioridad a otras cosas o bien a sacrificar gustos con tal de adaptarte a lo que pasa alrededor. No se trata de “ir con la borregada”, pero sí de entender cómo se mueve todo para poder acoplarte de manera que no seas uno más. En mi caso, la cantidad de manga que leía y anime que veía se vio reducida enormemente después de graduarme como doctor. Cierto: todavía leo algunas obras, veo algunas series, pero ya no como antes. Tengo mucho que no compro nada de Aa Megami Sama; tengo más de 2 años de no leer ni saber nada de Naruto; intenté ver One Piece hace un par de años y lo dejé porque no tenía tiempo de ponerme al corriente con la historia. Me tuve que hacer mucho más selectivo de lo que leo y veo debido al poco tiempo que le puedo dedicar a ese pasatiempo. Javier, un buen amigo que vive en Gifu (@Gifurama en Twitter) lo dijo en palabras sabias:

La cantidad de anime y manga que ves es directamente proporcional a la distancia a la que estés de Japón.

Totalmente cierto.

¿Videojuegos? Es quizá el pasatiempo al que le dedico más tiempo (pero también mucho menos que antes). Me ha tocado estar en la salida de consolas e incluso formarme a comprar una (el Nintendo Wii). Estando en Japón conocí Tekken en forma, jugué Final Fantasy X-2, conocí Kingdom Hearts, jugué Metal Gear Solid a partir del 3, vi el lanzamiento del PS3 y lo compré cuando costaba una fortuna todavía (ahorré mucho para poder hacerlo); me metí en serio a estudiar sobre los hacks para PSP e incluso llegué a anunciarme en foros ofreciendo servicios de instalación de Custom Firmware en Japón (me llegaron a mandar una docena de consolas para que las modificara); jugué Resident Evil 4 y Zelda desde el Wind Waker; he asistido a 4 Tokyo Game Show; vi la salida de Final Fantasy VII Advent Children; he participado en torneos de juegos de pelea (Tekken y Melty Blood hasta el momento); tuve aquella épica noche en donde gané 32 batallas seguidas en Street Fighter Alpha 3 cuando recién llegué a Iizuka; he sido partícipe de cómo el XBox nomás no pega en Japón; no estuve presente en el boom de FPS que se dio en América en los últimos años, por lo que no estoy acostumbrado a esos juegos; viví esa extraña transición en donde estar en Japón no necesariamente significaba estar en donde se hacen los juegos más divertidos o interesantes, cuando en la era del Super Nintendo lo que más queríamos era poder tener las cosas directamente de Japón. En fin: he disfrutado (y sigo disfrutando) de los videojuegos, pero a un ritmo que ciertamente no me llena.

¿Qué pasó con el Kyudo?
Era una de las actividades que más disfrutaba. Tirar con arco siempre me pareció interesante, y hacerlo con el arco tradicional japonés le daba un toque todavía más llamativo. Logré subir a primer dan en menos de un año de práctica. Sin embargo, tuve que dejarlo porque mi maestro de Kyudo me dijo que si quería mejorar tendría que ir 3 veces a la semana como mínimo, siendo que durante el año y cacho que tenía asistiendo al dojo lo hacía a un ritmo de una vez por semana. Si por mí hubiera sido, habría ido diario; lo malo es que tenía que estudiar, entregar tareas y estar en el laboratorio, situación que en el dojo no entendían, sobre todo porque pensaban que, al igual que la mayoría de estudiantes japoneses, los estudiantes extranjeros también teníamos mucho tiempo de sobra y que no era tan necesario estudiar para poder graduarse.

He tenido ganas de volver a practicar, pero ahora en Tokyo me es más difícil. Si encuentro un dojo cerca de la casa y me dan chance de ir a practicar una vez a la semana seguramente lo retomo.

Vivir de este lado del mundo también me ha brindado la oportunidad de ver cómo los medios muchas veces tergiversan la información que sale de este país. Hablar japonés a un nivel muy alto me proporciona la ventaja de entender de primera mano lo que se dice y se comunica por acá, y al mismo tiempo, de corregir o desmentir a quienes inventan información con tal de ganar popularidad o audiencia. Los casos que más recuerdo son:

Nunca me he jactado del nivel de japonés que tengo, y siempre ha sido mi prioridad ayudar a los hispanohablantes que quieren aprender el idioma, pues entiendo en dónde y por qué se “atoran”, y las barreras a las que se van a enfrentar. Y aunque es cierto que mi japonés no es perfecto y puede mejorar mucho más, el conocimiento del idioma que tengo me hace relativamente fácil destapar casos como los anteriores. ¿Me podría mantener como traductor? Sin lugar a dudas, pero no es realmente mi idea. Me ayuda mucho el hecho de que tuve que aprender japonés como lo aprenden los japoneses para poder llevar a cabo parte de mi investigación, así como la arriba mencionada experiencia de ser profesor en primarias. Me quejé durante mucho tiempo de haber vivido en el campo japonés, pero eso me ayudó a conocer el Japón que como turista nunca se podrá ver, y al mismo tiempo me presentó la oportunidad de aprender uno de los muchos dialectos de japonés que existen. Incluso en estos días, cuando hablo de forma informal, uso las inflexiones y palabras de ese dialecto. Pero como aquí en Tokyo hablo generalmente en lenguaje formal, no es muy notorio. No cabe duda que haber ignorado los comentarios negativos y de desaliento que recibí en México cuando recién comencé a aprender japonés fue una de las mejores decisiones que he tomado en la vida. Me tocaron comentarios del estilo “eso no te va a servir para nada” y “estás perdiendo el tiempo”.

Este blog ha sido testigo de mi desarrollo a lo largo de estos años. Lo que comenzó como una forma de informarle a mis amigos cómo me encontraba y cómo me la pasaba de este lado del mundo (en vez de estarles mandando correos masivos cada semana) poco a poco se convirtió en un acervo de experiencias y conocimiento que, afortunadamente ya no nada más me sirve a mí, sino que (espero) que a alguien más le sea de utilidad. Y también, durante estos 10 años han llegado más mexicanos por acá y han abierto blogs también describiendo sus experiencias. Yo sinceramente ignoro si fui el primero, pues cuando recién llegué no había mucha información de mexicanos en Japón, pero me da mucho gusto no ser ya el único bloguero mexicano en Japón.

Tengo 34 años al momento de escribir esto. Vine por segunda vez a este país hace exactamente 10 años, Algunos ya no me consideran joven. Yo me considero siempre en la edad apropiada para hacer lo que tengo que y quiero hacer. Soy mexicano 100%, pero nunca podré negar que Japón me marcó en muchos aspectos, y que lo que pase en el futuro, haber venido a este país fue, durante los años que tenga que durar, un acierto y no un error. He tenido sinsabores, y he vivido la peor experiencia en mi vida de este lado del mundo, pero ni eso, ni la forma en la que muchas veces soy tratado en este país, puede manchar el gozo, la dicha y la alegría de haber cumplido el sueño de venir y desarrollarme en este país. Aquella aventura que comenzó en 2003 y que originalmente estaba planeada para durar un par de años se ha extendido hasta una década. Y a pesar de no saber en este momento si mi futuro está aquí y después de haber salido del hoyo en el que me encontraba el año pasado, poco a poco vuelvo a encontrar ese sentimiento bonito de estar aquí y de disfrutar lo que este país me ofrece. Quizá ya vea las cosas con un ojo más crítico (más sabe el diablo por viejo…), pero todavía estar aquí significa estar viviendo un sueño.

A Japón:
ここに来てから、10年が経ちました。 時には順風満帆、時には波瀾万丈、今までは本当に色々ありました。しかし、ここで経験してきたそれぞれの出来事は私にとって、とても貴重で掛け替えのない経験です。ここにいる事自体は夢であり、これからも夢であり続けて欲しい。 そして、いつかここから離れたとしても、一生あなたのこと忘れません。 その時が来るまで、もっともっとあなたの神秘的な魔法を見せて欲しい。 10年が経った今でも、有りっ丈の情熱で毎日を送っていきたい。 これからも宜しく!

A ustedes que me hacen el favor de leerme:
Muchas gracias por todos estos años. A pesar de ya no escribir tan seguido como antes, aquí sigo poniendo mis loqueras, mis vivencias y mis puntos de vista respecto a este país. Ignoro cuánto tiempo más vaya a durar este sueño, pero mientras dure, trataré de vivirlo al máximo.

Para finalizar, les dejo algunos videos que tomé hace muchos años, así como la mini entrevista que le hice a Ken Akamatsu en Anime Expo Tokyo, y uno de los podcasts que solía transmitir de 2004 a 2006, titulado “Diario de un mexicano en Japón”. Tengo que volver a hacer eso algún día. Noten también la euforia y la sorpresa con la que hablo y describo las cosas. Tenía poco de haber llegado. Muchas cosas todavía eran nuevas y sorprendentes 🙂