Mal jefe, mal empleado

En repetidas ocasiones me he quejado de lo malos que son algunos jefes que me han tocado, pero no en el sentido de “malos” en cuestiones técnicas, sino más bien en su forma de tratar empleados. Entiendo, o mejor dicho, quiero creer que no es “lo normal”, pero parece que es un estándar en todos lados; incluso leía hace unas semanas en… no recuerdo si fue en Techcrunch, en donde comentaban que grandes figuras de los negocios o de la ciencia por lo general tenían mal carácter y trataban a los demás como basura, y justamente mencionan (entre otros) a Steve Jobs.

No obstante, también me pongo a reflexionar del otro lado de la moneda: ¿cómo soy yo como empleado? Para poder hacer una crítica más constructiva, es necesario ver desde diferentes ángulos; eso nos ayuda a encontrar puntos en los quizá debamos trabajar nosotros también.

La conclusión a la que llegué no difiere mucho a lo que originalmente pensaba, pero sí me ayudó a sacar a la luz detalles que he de tomar en cuenta si realmente quiero ser jefe algún día.

Primero que nada: nunca, en mi vida laboral, he tenido a nadie trabajando o haciendo algo bajo mi supervisión; por tanto, carezco de experiencia en ese sentido. Cierto es que en el trabajo que tuve en Fukuoka yo era el que dirigía al jefe y el que le daba el visto bueno a lo que él hacía, pero nada más. No tenía poder de decisión para planear las cosas.

Segundo: sé respetar la autoridad y no me gusta “brincármela”, pero no me cae cuando el respeto no es recíproco. Es un hecho que no me gusta recibir órdenes, pero también sé que debo acatarlas para llevar la fiesta en paz, y sólo las rompo cuando sé que el resultado final va a ser mejor de lo esperado, aunque eso signifique que me tenga que agarrar del chongo por no haber hecho las cosas como me dijeron. Si yo respeto a la persona a la que le tengo que rendir cuentas y trato de entender que su trabajo también es pesado, es lógico que también espero que la otra persona entienda que soy humano, que razono, y que también siento. Jefes como el que tuve en el trabajo pasado existen simplemente para ser olvidados.

Aclaro algo: nunca me ha parecido, ni me parecerá mal que alguien no sepa. Nadie lo sabe todo. El trato a las personas no se mide por estatus social, título o reconocimiento. Puedes ser la personas más rica y poderosa del barrio, ciudad, pueblo o mundo, pero eso no significa que eres más que los demás. A mí me merece el mismo respeto el presidente de la república que el barrendero de la colonia, y quizá el último me caiga mejor por su actitud y su personalidad. Creo firmemente que cualquier persona puede salir adelante si tiene 1) la oportunidad y 2) las ganas de aprovecharla.

Yo de empleado creo exigir lo mismo que me exigen, pero he de reconocer que, por falta de experiencia, mis ojos no veían más allá del proceso existente entre el jefe y yo; las políticas en un lugar (empresa, universidad) existen por algo, y antes de querer romperlas “por mis desos” es necesario ver las consecuencias que eso traerá. Vamos: saber en qué parte de la maquinaria va tu engrane y como afecta si lo cambias por uno con más o menos dientes. Aunque ya tiene tiempo que me di cuenta de esto, la verdad es que todavía me falta mucho por entender si es que realmente quiero ser el jefe que me hubiera gustado tener (que sí los tuve, pero son contados).

Con todo, seguir reglas y aprender a ver más allá del escritorio personal no significa mecanizarse: superarse significa tomar riesgos, aventurarse a hacer algo diferente, proponer y no ser títere de nadie, pero nunca, nunca dejar de escuchar a los demás. Esas son características que veo que les faltan (o les han faltado) a varios de los líderes o jefes que he tenido, y de no haberme dado cuenta es casi seguro que yo también las tendría porque exigiría de la misma forma que lo hacía cuando era empleado (el día que sea jefe, líder, profesor, etc.).

Tratar de entender las dos caras de la moneda es difícil porque cada una tiene sus conflictos, objetivos y metas. No obstante, pienso que es necesario hacerlo no importando de qué lado estemos, seamos jefes o empleados, o profesor y alumno, o maestro y discípulo. Nos ayudará a entender mejor dónde estamos y qué nos hace falta para poder llegar a donde queremos estar. Y si ya están en donde quieren, ayuda a mantenerse en ese sitio.

Lo anterior es un extracto del post que originalmente pensaba escribir justo después del de “Luz“. Lo que sigue después como que perdió rumbo y mejor lo borré. Nótese que andaba muy pensativo 😛