Adiós Iizuka

8 años 4 meses fue lo que viví en Kyushu, en la prefectura de Fukuoka, en la ciudad de Iizuka. Muchos o pocos, lo cierto es que fue el tiempo necesario para conocer el otro lado de la moneda: vivir en Japón y en el campo.

Siendo originario de Guadalajara y habiendo crecido ahí, un lugar como Iizuka me pareció extremadamente aburrido cuando llegué; no había bullicio, ni mucha gente, ni muchos carros. El transporte público (autobuses) son solamente los necesarios y el último pasaba a las 8 pm. Durante los primeros meses (que ya relataré en otro escrito) entendí que tenía que buscar mi propia forma de transportarme, de lo contrario estaría viviendo de lo que hubiera en la tienda de autoservicio más cercana (10 minutos caminando). Primero fue bicicleta, después carro.

El campo japonés se disfruta enormemenete cuando se tiene libertad de movimiento. Con automóvil propio, una licencia de manejo recién obtenida y muchas ganas de lanzarme a la aventura comencé a explorar el lugar. Comencé por Iizuka, pero poco a poco me fui extendiendo por todo Kyushu. Nada más me faltó manejar a Miyazaki y a Kagoshima, pero a las demás prefecturas de la isla sí tuve la oportunidad de conducir.

Aprendí a disfrutar del paisaje, del silencio de la ciudad, de la falta de gente, de embotellamientos que duraban 5 minutos debido a que las calles son de un sólo carril. Conocí la bondad de la gente del campo, su forma de vida, sus costumbres, y cómo ven al mundo desde sus casas rodeadas por campos de arroz. Quién diga que “en Japón ya no caben”, necesita darse una vuelta por Kyushu (la parte sur de Japón) o por Hokkaido (la parte norte); se sorprenderán gratamente de ver grandes espacios, grandes casas, naturaleza al por mayor, y en general todo aquello que no se muestra mucho en los medios extranjeros. Y al mismo tiempo, Iizuka me enseñó lo que en México nunca pude ver: la importancia del apoyo al campo.

No voy a negar que el conocimiento del idioma me ayudó enormemente a disfrutar y conocer las costumbres del sur de Japón. Participé activamente en eventos culturales y de caridad. Fui a innumerables escuelas, desde primaria hasta preparatoria, a hablar sobre México y presentar su cultura. Las reacciones de la gente al conocer detalles que para nosotros son normales, y para algunos incluso “nacos”, me motivó a conocer mucho más de mi país, y sobre todo, a valorarlo. Gracias a ello, en Japón me vestí como charro por primera vez en mi vida, algo que nunca habría hecho si me hubiera quedado en México. Me puse un poncho, un sarape, un sombrero, usé huaraches (que por cierto odiaba cuando vivía en Guadalajara); CANTÉ (o mejor dicho “berrée”) la bamba a ritmo jarocho enfrente de una multitud de personas, quienes nunca tuvieron idea de que lo que estaba interpretando nada tiene que ver con el sombrero y el sarape multicolores que vestía en esa ocasión. Fui además a escuelas e instituciones para niños con discapacidades varias, y aprendí que no importa que ellos no puedan hablar (algunos incluso ni moverse), todo lo que dices lo escuchan; que reaccionan cuando les das la mano, y que un movimiento apenas reconocible en su cara o en sus labios significa una gran sonrisa y un agradecimiento de todo corazón… me di cuenta de que a mí también se me escapan lágrimas de alegría.

Me habría gustado tener un recuerdo grato de mi vida en el laboratorio, cuando estuve en la maestría y el doctorado. Quizá los 2 primeros años (1 de investigador y el primero de la maestría) fueron en los que hubo más convivencia entre los miembros del grupo (unidad, diversión y seriedad, todo mezclado). Sufrí como todo el que quiere un posgrado, pero después vi que el caso de nuestro laboratorio era especial. Nos teníamos que rascar con nuestras propias uñas (algo normal) sin ningún guía que nos orientara hacia donde movernos o por dónde buscarle (algo no tan normal).

Con el paso del tiempo, el dialecto que se habla en la región (筑豊, Chikuhou) comenzó a fluir de mis labios de manera natural. Ya no decía 「何をしている?」(nani o shiteiru?) sino 「何しようと?」(nan shiyou to?); ya no usaba la partícula 「から」 (kara) para expresar “porque…” sino el fantabuloso 「き」(ki); cuando los niños de las escuelas me preguntaban si tenía carro (「車持っちょうと?」”kuruma mocchou to?”), ya no les respondía 「うん、持っているよ」(un, motteiru yo), sino 「うん、持っちょうばい」 (un, mocchou bai); ya no decía 「しまう」(shimau) para referirme a “guardar” algo, sino 「なおす」(naosu); aunque es dialecto de Hakata, entendí el anuncio de 博多通りもん (Hakata Toorimon, un dulce típico de Fukuoka):

http://www.meigetsudo.co.jp/04movie004.html

Muchacho: こうせいさん、博多もだ~いぶ変わったね。(Kosei-san, Hakata mo daaibu kawatta ne)

Señor Kosei: ばってん、変わとらんもんもあるったい。(Batten, kawatoran mon mo aru ttai)

Muchacho: 変わとらんもんってなん? (Kawatoran mon tte nan?)

Señor Kosei: まぁ、通りもんば食べんね?(Maa, toorimon ba taben ne?)

Muchacho: うまか! (Umaka!)

Básicamente, el chico le comenta al señor Kosei que Hakata ha cambiado mucho con el paso de los años, pero el señor Kosei le responde que también hay partes que no han cambiado mucho, y le ofrece un toorimon.

Me dejé de sorprender cuando alguien preguntaba, 「これ、とっとーと?」(kore, tottooto?) para preguntar si algo ya estaba designado o apartado, o cuando alguien mencionaba la frase 「良かばい」(yoka bai) en vez de 「いいよ」(ii yo)… En pocas palabras: todo eso se convirtió en parte de la vida cotidiana.

Buenos o malos, los recuerdos que Iizuka dejó en mi mente y mi corazón estarán ahí para siempre. La amabilidad de la gente y el trato inmejorable hacia con los extranjeros hacen que sea como mi segunda casa. Y hablando de casas, anexo algunas fotos de la mudanza y de cómo se veía la morada que me alojó en Kyushu por espacio de 2 años 4 meses:

Nací y crecí en Guadalajara, pero comencé a desarrollarme en un lugar al norte de Kyushu, en una pequeña ciudad de aproximadamente 131,000 habitantes (gracias a que se fusionó con otros pueblos pequeños). Hoy es momento de despedirse, pero con la firme idea de que volveré en el futuro.

飯塚市、そして、飯塚、福岡、北九州の皆さん:大変お世話になりました。
また遊びに来ます。その日が来るまで、お元気で。

¡Vámonos a Tokio!