Lo que no extraño

Ya se la saben: con esto de la pandemia, este tipo de escritos han tomado prioridad. Como ya he mencionado antes, es momento de “aguantar vara”, y al mismo tiempo de expresar lo que uno siente durante este tiempo para que quede como recuerdo una vez que todo vuelva a la normalidad que conocíamos.

Sé que cada persona piensa diferente y que cada uno está viviendo la pandemia de forma diferente, aunque lamentablemente no todos la toman con la debida seriedad o caen en un valemadrismo que sobrepasa, por mucho, los límites de la arrogancia. No le deseo mal a nadie, pero realmente sí pienso que hay quienes han sido muy, pero muy afortunados de no haberse infectado o de ser asintomáticos… sin considerar claro que ellos pueden ser los que infecten a otras personas que no “la vayan a librar tan fácil”.

Independientemente de todo, hay que tener esperanza de que esto terminará en algún momento.

No cabe duda que la situación actual nos ha limitado de muchas maneras; hay cosas que de plano no se pueden hacer, hay cosas que se hacen de forma diferente… hay cosas que extrañamos, pero curiosamente también hay cosas que no se extrañan. En mi particular caso, siendo jefe de familia de 4, viviendo a las afueras de Tokio, puedo decir que lo que la pandemia no me ha hecho extrañar nada es lo siguiente:

  • Zapatos y calcetines. Estar descalzo en tu casa es una sensación a la que te acostumbras rápidamente. El hecho de no tener que salir más que a lo necesario implica que no siempre tengo que ponerme zapatos o calcetines, y ahora en verano es una delicia, para mí, salir en sandalias a todos lados.Si de por sí cuando voy a México se me hace raro usar zapatos dentro de las casas, ahora con tanto tiempo en casa, las pocas veces que he usado calzado cerrado para salir son pocas y contadas. Y no hay nada como trabajar sin usar ni siquiera calcetines. ¿Y qué pasará cuando haga frío? Además de la calefacción, uno de estos debajo del escritorio funciona de maravilla

  • Ropa. No es que esté desnudo en la casa, pero creo que a estas alturas ya todo mundo se imagina cómo es la vestimenta cuando se trabaja desde casa. Alguien en Twitter subió está imagen que ilustra la evolución del “salaryman”
    Aquí vemos a los salaryman de las eras Showa, Heisei, y la actual Reiwa.

    El tweet original:
    https://twitter.com/amaitorte/status/1296778686981500928

    No. Tampoco es que ande en puros calzones, pero sí he de decir que es mucho más fácil preocuparse por traer una camisa decente que por todo el coordinado de la ropa. Además, en mi actual empresa la vestimenta es libre y en verano es común que muchos empleados vayan en short y sandalias a trabajar; así lo hacía yo también el año pasado en verano.

    Mencioné en el artículo anterior sobre una presentación importante que tuve que dar hace algunas semanas. Pregunté si se esperaba que estuviera de traje o algo así formal y la respuesta fue que no. Así que simplemente agarré una de las camisetas que me pondría para ir a la oficina y listo.

  • Gel para el pelo. Si de por sí me estoy quedando calvo y nada más no doy mi brazo a torcer para raparme, con la todavía greña larga (o lo que queda de ella) si tenía que medio acomodar el pelo para que no “explotara” a medio día… los que tienen el cabello “chino” entenderán a lo que me refiero. Mi súper tubo de gel estilo “Moco de gorila” todavía tiene más de la mitad, y estoy casi seguro que tengo más de un años con él.
  • Trenes en hora pico. El tren que normalmente tomaba para ir a la oficina pasa a las 6:52 AM, y obviamente ya está atascado, y como generalmente no me podía sentar, era aventarse una hora en calidad de sardina. Es más, me he ido en el primer tren de la mañana, a las 5:12 AM y ahí sí me puedo sentar… pero el problema es que tengo que cambiar trenes porque ése no llega hasta mi destino y en el que sigue de plano nunca he me podido sentar.

    El regreso a casa depende mucho del tren que tome: si alcanzo a tomar el tren de las 5 PM, los últimos 20 minutos del trayecto es casi seguro que puedo sentar. ¿El de las 5:10 PM? Ni de chiste: parado y en calidad de sardina hasta llegar a casa.

    No he tomado un solo tren desde febrero. Extraño hacerlo con mi hijo (el grande; ahora que ya tengo 2 hay que aclarar cuál de ellos, je) cuando salíamos los fines de semana, pero en lo que respecta a las idas al trabajo, no gracias.

  • Las aglomeraciones de gente. Soy originario de una ciudad grande… aunque realmente siempre lo he considerado un ranchote (GDL FTW!!!!!111one) y estoy acostumbrado a las filas interminables, a los montones de gente en todos lados y tener que estar esquivando personas cuando vas corriendo con toda tu alma a alcanzar el tren que debes tomar. Sin embargo, he de confesar que aprecio mucho la calma de no vivir en la zona metropolitana de Tokio y no tener que entrar a ella en este momento (insisto, es historia diferente cuando voy a divertirme con mi hijo el mayor). Es cierto que también por estos lares hay mucha gente en los supermercados, tiendas, etc., pero aprendes a identificar las horas en las que seguramente vas a tener que hacer fila para algo, lo que es muy diferente a ir al corazón de la capital nipona y encontrar gente a todas horas. De ahí que digamos de broma que formarse es el “deporte nacional de Tokio”.

2020 ha sido un año raro, difícil, y pónganle todos los adjetivos que quieran. Pero tratando de ser positivos, ¿hay algo que ustedes no extrañen de antes del coronavirus?

De semanas pasadas en pandemia

Definitivamente me he hecho a la idea de que los escritos que tengan que ver con lo que me ha sucedido (y está sucediendo) durante esta pandemia tienen mayor prioridad que los borradores de otros que ya he comenzado y que la lista de temas pendientes por desarrollar. Ni modo. Siento que esta situación extraordinaria requiere que escriba al respecto porque:

  1. Es forma de sacar el estrés que genera estar encerrado en pleno verano. En un verano normal ya habría ido a la playa/albercas con mi hijo, y estaríamos pasándola muy bien yendo a lugares que normalmente acostumbrábamos.
  2. Queda el registro para el futuro de cómo la estábamos pasando en estas fechas. Eso conlleva la esperanza de que todo termine y que podamos volver a como era antes (o algo similar en caso de que no sea posible).

Habiendo dicho lo anterior…

La semana antepasada fue de ésas en donde parece que todo en la chamba va estar tranquilo y que la misma semana va a terminar relativamente tranquila, lo que significa una carga de trabajo habitual… pero no fue así. De repente me hicieron el responsable de dar una presentación técnica a otra empresa, pero en japonés.

Aunque no me ensalzo de mi habilidad en dicho idioma, lo cierto es que es quizá de lo poco que sé que puedo manejar relativamente bien. No obstante, una presentación a una entidad externa implica mucha más preparación, y si los temas son técnicos, la dificultad aumenta. Asustado no estaba, pero sí preocupado porque el tiempo que tenía para hacer la presentación iba a ser muy limitado. En cuanto se tomó la decisión, comencé a trabajar al respecto.

Creo que no hace falta decir que pasé todo el fin de semana antepasado creando diapositivas, y al mismo tiempo una especie de guión en el caso de que me atorara al decir algo en la lengua nipona. Dos ensayos estaban planeados, y aunque es cierto que me basé en una presentación anterior y que las diapositivas podían estar en inglés, pensar todo en japonés, encontrar las expresiones y tecnisimos correctos fue una tarea mucho más demandante de lo que al principio había pensado.

Estar cansado no era tanto problema. Lo que más me dolió fue que no pude jugar nada, pero nada, con mi hijo el grande. Le expliqué lo que estaba pasando y él decía que entendía, pero al final de los días siempre me esperaba despierto con la esperanza de que pudiera jugar con él aunque fuera un rato, y aunque mi rol en su juego fuera totalmente pasivo.

La presentación salió bien, pero dije dos cosas equivocadas que luego tuve que corregir (y disculparme por ellas). Todo parece indicar que sí cumplí con las expectativas que los jefes tenían; la empresa no es japonesa, y aunque hay japoneses laborando, los del área de negocio no cuentan con los conocimientos técnicos necesarios para explicar detalladamente la tecnología que la compañía posee.

Terminé exhausto después de una semana de labor sin descanso. No me quejo, puesto que en este trabajo esos casos son excepciones, no reglas como sería en una empresa tradicional japonesa. Sin embargo, el cansancio no salió hasta un día después de la presentación: trabajé normalmente, pero al final del día de plano estaba “molido”, y al día siguiente supe que no sería productivo por lo que me tomé el día libre… Y ya se la saben lo que es un día libre con dos niños en casa, pero al menos no tenía que preocuparme por el trabajo.

Además de las dos razones expuestas al principio, decidí escribir sobre la presentación porque necesitaba (y creo que sigo necesitando) un poco de apoyo para recobrar autoestima perdida. La verdad es que no estoy en los niveles que estaba hace un año, cuando tenía relativamente poco de haber entrado a trabajar, pero no estoy todavía cerca de los niveles que tenía antes de venir a Tokio. Ya no sé si es la crisis de los 40 aunada con el “power harassment” sufrido en mi primer año en la capital nipona; el caso es que necesito dejar huella de algo que haya salido bien en la chamba para poder voltear a verlo y darme cuenta que no estoy tan tirado a la calle como a veces creo, a pesar de que yo mismo no suelo voltear a ver el pasado. Y como exponía también al principio, la situación que vivimos a nivel mundial tampoco ayuda mucho.

Por lo pronto, denme permiso de darme palmaditas en la espalda, aunque sea por esta vez. Obviamente el trabajo no termina y ya hay que estar listo con lo que sigue, pero siempre es grato disfrutar de las pequeñas victorias ya que ayudan a seguir adelante y a buscar otras actividades más retadoras.

Es un verano muy triste para mí (es mi época favorita del año), pero es momento de aguantar.