Lo que no extraño

Ya se la saben: con esto de la pandemia, este tipo de escritos han tomado prioridad. Como ya he mencionado antes, es momento de “aguantar vara”, y al mismo tiempo de expresar lo que uno siente durante este tiempo para que quede como recuerdo una vez que todo vuelva a la normalidad que conocíamos.

Sé que cada persona piensa diferente y que cada uno está viviendo la pandemia de forma diferente, aunque lamentablemente no todos la toman con la debida seriedad o caen en un valemadrismo que sobrepasa, por mucho, los límites de la arrogancia. No le deseo mal a nadie, pero realmente sí pienso que hay quienes han sido muy, pero muy afortunados de no haberse infectado o de ser asintomáticos… sin considerar claro que ellos pueden ser los que infecten a otras personas que no “la vayan a librar tan fácil”.

Independientemente de todo, hay que tener esperanza de que esto terminará en algún momento.

No cabe duda que la situación actual nos ha limitado de muchas maneras; hay cosas que de plano no se pueden hacer, hay cosas que se hacen de forma diferente… hay cosas que extrañamos, pero curiosamente también hay cosas que no se extrañan. En mi particular caso, siendo jefe de familia de 4, viviendo a las afueras de Tokio, puedo decir que lo que la pandemia no me ha hecho extrañar nada es lo siguiente:

  • Zapatos y calcetines. Estar descalzo en tu casa es una sensación a la que te acostumbras rápidamente. El hecho de no tener que salir más que a lo necesario implica que no siempre tengo que ponerme zapatos o calcetines, y ahora en verano es una delicia, para mí, salir en sandalias a todos lados.Si de por sí cuando voy a México se me hace raro usar zapatos dentro de las casas, ahora con tanto tiempo en casa, las pocas veces que he usado calzado cerrado para salir son pocas y contadas. Y no hay nada como trabajar sin usar ni siquiera calcetines. ¿Y qué pasará cuando haga frío? Además de la calefacción, uno de estos debajo del escritorio funciona de maravilla

  • Ropa. No es que esté desnudo en la casa, pero creo que a estas alturas ya todo mundo se imagina cómo es la vestimenta cuando se trabaja desde casa. Alguien en Twitter subió está imagen que ilustra la evolución del “salaryman”
    Aquí vemos a los salaryman de las eras Showa, Heisei, y la actual Reiwa.

    El tweet original:

    No. Tampoco es que ande en puros calzones, pero sí he de decir que es mucho más fácil preocuparse por traer una camisa decente que por todo el coordinado de la ropa. Además, en mi actual empresa la vestimenta es libre y en verano es común que muchos empleados vayan en short y sandalias a trabajar; así lo hacía yo también el año pasado en verano.

    Mencioné en el artículo anterior sobre una presentación importante que tuve que dar hace algunas semanas. Pregunté si se esperaba que estuviera de traje o algo así formal y la respuesta fue que no. Así que simplemente agarré una de las camisetas que me pondría para ir a la oficina y listo.

  • Gel para el pelo. Si de por sí me estoy quedando calvo y nada más no doy mi brazo a torcer para raparme, con la todavía greña larga (o lo que queda de ella) si tenía que medio acomodar el pelo para que no “explotara” a medio día… los que tienen el cabello “chino” entenderán a lo que me refiero. Mi súper tubo de gel estilo “Moco de gorila” todavía tiene más de la mitad, y estoy casi seguro que tengo más de un años con él.
  • Trenes en hora pico. El tren que normalmente tomaba para ir a la oficina pasa a las 6:52 AM, y obviamente ya está atascado, y como generalmente no me podía sentar, era aventarse una hora en calidad de sardina. Es más, me he ido en el primer tren de la mañana, a las 5:12 AM y ahí sí me puedo sentar… pero el problema es que tengo que cambiar trenes porque ése no llega hasta mi destino y en el que sigue de plano nunca he me podido sentar.

    El regreso a casa depende mucho del tren que tome: si alcanzo a tomar el tren de las 5 PM, los últimos 20 minutos del trayecto es casi seguro que puedo sentar. ¿El de las 5:10 PM? Ni de chiste: parado y en calidad de sardina hasta llegar a casa.

    No he tomado un solo tren desde febrero. Extraño hacerlo con mi hijo (el grande; ahora que ya tengo 2 hay que aclarar cuál de ellos, je) cuando salíamos los fines de semana, pero en lo que respecta a las idas al trabajo, no gracias.

  • Las aglomeraciones de gente. Soy originario de una ciudad grande… aunque realmente siempre lo he considerado un ranchote (GDL FTW!!!!!111one) y estoy acostumbrado a las filas interminables, a los montones de gente en todos lados y tener que estar esquivando personas cuando vas corriendo con toda tu alma a alcanzar el tren que debes tomar. Sin embargo, he de confesar que aprecio mucho la calma de no vivir en la zona metropolitana de Tokio y no tener que entrar a ella en este momento (insisto, es historia diferente cuando voy a divertirme con mi hijo el mayor). Es cierto que también por estos lares hay mucha gente en los supermercados, tiendas, etc., pero aprendes a identificar las horas en las que seguramente vas a tener que hacer fila para algo, lo que es muy diferente a ir al corazón de la capital nipona y encontrar gente a todas horas. De ahí que digamos de broma que formarse es el “deporte nacional de Tokio”.

2020 ha sido un año raro, difícil, y pónganle todos los adjetivos que quieran. Pero tratando de ser positivos, ¿hay algo que ustedes no extrañen de antes del coronavirus?

De semanas pasadas en pandemia

Definitivamente me he hecho a la idea de que los escritos que tengan que ver con lo que me ha sucedido (y está sucediendo) durante esta pandemia tienen mayor prioridad que los borradores de otros que ya he comenzado y que la lista de temas pendientes por desarrollar. Ni modo. Siento que esta situación extraordinaria requiere que escriba al respecto porque:

  1. Es forma de sacar el estrés que genera estar encerrado en pleno verano. En un verano normal ya habría ido a la playa/albercas con mi hijo, y estaríamos pasándola muy bien yendo a lugares que normalmente acostumbrábamos.
  2. Queda el registro para el futuro de cómo la estábamos pasando en estas fechas. Eso conlleva la esperanza de que todo termine y que podamos volver a como era antes (o algo similar en caso de que no sea posible).

Habiendo dicho lo anterior…

La semana antepasada fue de ésas en donde parece que todo en la chamba va estar tranquilo y que la misma semana va a terminar relativamente tranquila, lo que significa una carga de trabajo habitual… pero no fue así. De repente me hicieron el responsable de dar una presentación técnica a otra empresa, pero en japonés.

Aunque no me ensalzo de mi habilidad en dicho idioma, lo cierto es que es quizá de lo poco que sé que puedo manejar relativamente bien. No obstante, una presentación a una entidad externa implica mucha más preparación, y si los temas son técnicos, la dificultad aumenta. Asustado no estaba, pero sí preocupado porque el tiempo que tenía para hacer la presentación iba a ser muy limitado. En cuanto se tomó la decisión, comencé a trabajar al respecto.

Creo que no hace falta decir que pasé todo el fin de semana antepasado creando diapositivas, y al mismo tiempo una especie de guión en el caso de que me atorara al decir algo en la lengua nipona. Dos ensayos estaban planeados, y aunque es cierto que me basé en una presentación anterior y que las diapositivas podían estar en inglés, pensar todo en japonés, encontrar las expresiones y tecnisimos correctos fue una tarea mucho más demandante de lo que al principio había pensado.

Estar cansado no era tanto problema. Lo que más me dolió fue que no pude jugar nada, pero nada, con mi hijo el grande. Le expliqué lo que estaba pasando y él decía que entendía, pero al final de los días siempre me esperaba despierto con la esperanza de que pudiera jugar con él aunque fuera un rato, y aunque mi rol en su juego fuera totalmente pasivo.

La presentación salió bien, pero dije dos cosas equivocadas que luego tuve que corregir (y disculparme por ellas). Todo parece indicar que sí cumplí con las expectativas que los jefes tenían; la empresa no es japonesa, y aunque hay japoneses laborando, los del área de negocio no cuentan con los conocimientos técnicos necesarios para explicar detalladamente la tecnología que la compañía posee.

Terminé exhausto después de una semana de labor sin descanso. No me quejo, puesto que en este trabajo esos casos son excepciones, no reglas como sería en una empresa tradicional japonesa. Sin embargo, el cansancio no salió hasta un día después de la presentación: trabajé normalmente, pero al final del día de plano estaba “molido”, y al día siguiente supe que no sería productivo por lo que me tomé el día libre… Y ya se la saben lo que es un día libre con dos niños en casa, pero al menos no tenía que preocuparme por el trabajo.

Además de las dos razones expuestas al principio, decidí escribir sobre la presentación porque necesitaba (y creo que sigo necesitando) un poco de apoyo para recobrar autoestima perdida. La verdad es que no estoy en los niveles que estaba hace un año, cuando tenía relativamente poco de haber entrado a trabajar, pero no estoy todavía cerca de los niveles que tenía antes de venir a Tokio. Ya no sé si es la crisis de los 40 aunada con el “power harassment” sufrido en mi primer año en la capital nipona; el caso es que necesito dejar huella de algo que haya salido bien en la chamba para poder voltear a verlo y darme cuenta que no estoy tan tirado a la calle como a veces creo, a pesar de que yo mismo no suelo voltear a ver el pasado. Y como exponía también al principio, la situación que vivimos a nivel mundial tampoco ayuda mucho.

Por lo pronto, denme permiso de darme palmaditas en la espalda, aunque sea por esta vez. Obviamente el trabajo no termina y ya hay que estar listo con lo que sigue, pero siempre es grato disfrutar de las pequeñas victorias ya que ayudan a seguir adelante y a buscar otras actividades más retadoras.

Es un verano muy triste para mí (es mi época favorita del año), pero es momento de aguantar.

2020: estragos

El otro día escuchaba en un podcast una frase que se me hizo interesante: “Quizá por primera vez tenemos el mismo problema en todo el mundo”. Y aunque sea obvio por el hecho de que estamos en una pandemia (ver la etimología del prefijo “pan”), realmente pone en perspectiva el hecho de que en casi cualquier lugar del planeta estamos en las mismas (situaciones más graves en algunas partes) y que todo esto nos vino a dar en la torre, en muchos, muchos sentidos.

Dejando de lado los tintes políticos, a mí lo que más me ha sorprendido de toda esta situación es la variedad de reacciones que me ha tocado ver en diferentes personas. Pero no hablo específicamente ni de pánico ni de valemadrismo puro, sino de todo lo que ha girado en torno al virus, a las historias, relatos, fake news y suposiciones que las personas hacen, ya sea como forma de lidiar con la situación, o quizá simplemente para ponerle un toque diferente al día a día que hoy nos está tocando vivir. Desde el líquido de las rodillas y las torres 5G, hasta “En Japón, el bajo índice de mortalidad por el virus es debido a la superioridad de su gente“, no hace falta mencionar que en todos lados se cuecen habas. Y dentro de todo ese mar de pensamientos y declaraciones figuran también las de gente que minimiza los riesgos y habla del virus como si fueran expertos epidemiólogos.

Decía un amigo de por acá que llegó un momento en el que decidió dejar de ver noticias porque era deprimente, y en un país en donde una gran noticia es saber qué comió un jugador profesional de Shogi de tan solo 17 años, el mar de notas referentes al coronavirus llegó a un punto (en meses anteriores) el que a donde le cambiaras ibas a ver algo referente al coronavirus (con justa razón), y que por más que quisieras estar enterado sí te llegabas a saturar de información.

Entiendo que cada quien es libre de medir el riesgo y, al menos por este lado del mundo, salir a divertirse (porque no estamos en cuarentena), también uno es libre de abstenerse de hacerlo, y de evitar contacto con gente que sí lo hace. No obstante, donde ya no está chido es cuando las acciones de alguien pueden afectar a terceros, y ni siquiera por valemadrismo, sino por una extraña sensación de control ante la infección que viene de no sé dónde. Sí, hay que estar informados, no hay que dejarse llevar por noticias falsas, estamos entrando en una “nueva normalidad”, pero con todavía factores desconocidos respecto al coronavirus, creo (y estoy abierto a correcciones) que es muy arriesgado pensar que uno no se puede infectar, o que de hacerlo, los síntomas serán leves.

A mí no me avergüenza decir que sí estoy asustado con todo esto, mucho más porque tengo a un bebé y a una persona mayor en casa. Sinceramente considero una bendición mi trabajo actual porque me permite trabajar desde casa y porque hasta el momento no ha habido repercursiones en el ámbito económico (noten el “hasta el momento”). No salgo más que para lo esencial. Mas no es que estemos obligados a quedarnos en casa (como ya referí arriba), pero los lugares a donde solía ir, ya sea solo o con mi hijo el mayor, son de los que se consideran de más riesgo: cines, arcadias, museos, etc. Huelga decir que a todos los miembros de mi familia nos ha afectado mucho estar encerrados y que tenemos muchas ganas de salir a vacacionar, a distraernos, a cambiar la rutina que hemos llevado durante varios meses (situación similar a la de mucha gente en otros países). No obstante, hace días me di cuenta de que yo, en especial, tengo mucho estrés y cansancio acumulado, y eso ha estado afectando mi estado de ánimo y mi desempeño en el trabajo. He tratado de distraerme haciendo actividades que me gustan, pero aun así siento que no he logrado deshacerme por completo de la ansiedad que me ha provocado todo esto. Incluso escribir en el blog (los temas que he querido tratar desde hace meses) se me ha hecho pesado. Decidí empezar a escribir esto como forma de motivarme sin necesidad de publicarlo, pero después de haber escrito por un buen rato decidí que era mejor sacarlo a la luz para que quedara plasmado cómo me sentía en estos tiempos, por aquello de ver esto algunos años después, en donde, esperemos, la pandemia haya quedado solo como un amargo recuerdo de un año que no ha pintado para nada bien.

Nota aparte merecen las terribles inundaciones que ha sufrido Japón en el temporal de lluvias de este año.

El resto del año se ve difícil. Espero que todos estén sanos, se cuiden mucho, y estén preparando la mega fiesta cuando, por fin, todo lo que respecta al coronavirus sea cosa del pasado.

 

17 años es una vida

Con todo lo que ha pasado en el mundo en los últimos meses ni siquiera recordé que en abril pasado cumplí 17 años en tierras japonesas. No es que sea necesariamente una fecha que celebrar, pero conforme pasan los años y uno se hace más viejo, volteas a ver lo que hay detrás e invariablemente piensas en todo el tiempo que has pasado fuera del rancho y en las experiencias que has acumulado a lo largo del trayecto.

Cuesta decirlo, pero los años mozos ya quedaron atrás. Por mucho que pudiera intentar ocultarlo (aunque no lo hago), la realidad es que los años de juventud son cosa de la historia, y ahora me acerco más a la época en la que recordar ese periodo trae consigo un baño completo de nostalgia.

En repetidas ocasiones en este blog he mencionado que en realidad yo no me siento un triunfador, ni mucho menos un modelo a seguir. Sí, le he echado muchas ganas a todo, pero también el factor suerte (aunque muchos digan que no existe) ha jugado un papel importante durante mi estancia en el pais nipón. Hay muchas cosas de mi persona que no me gustan, hay otras que estoy intentando cambiar, pero vaya que me está costando trabajo (gracias antiguo jefe…), y hay otras que de plano son ideas mías que no tienen razón de ser. Lo cierto es que, ahora con 41 años, apenas comienzo a comprender lo que significa “la crisis de los 40”, y por qué siento que aplica muy bien a la situación interior que estoy viviendo.

Mi familia es una bendición, nunca lo he negado. No obstante, no puedo dejar de pensar en lo sabias que son las palabras que dicen que uno haga todo lo que quiera hacer e intente todo lo que pueda ANTES de tener familia, pues ya con ella, uno la antepone en cualquer decisión, pues ya no te afecta nada más a ti.

Fukuoka me dio la oportunidad de crecer en un ámbito en el que dudo mucho que hubiera podido tener en México. Llegué de 24 años por acá, pero aun con experiencia laboral (en México y Estados Unidos), inglés, y un buen nivel de japonés, era un pollito recién salido del nido, con muchas ganas de todo pero experiencia en casi nada. Quizá eso ayudó mucho a que mi integración a la cultura japonesa fuera menos dolorosa en comparación con los casos de muchos extranjeros que intentan echar raíces en este país. De hecho, si hay algo de lo que me arrepiento es de no haber tomado decisiones a largo plazo en este entonces, aunque en mi propia defensa ni yo sabía que estaría tanto tiempo por este lado del mundo, mucho menos que aquí me casaría y tendría familia.

Tokio me ha dado la oportunidad de crecer profesionalmente y de cuestionar todo lo referente a mí: desde mi selección de carrera hasta de mi propia existencia. Se oye fatalista, pero no va por ahí: es más bien darse cuenta de la posición que juega uno en la vida de las personas con las que convive y ha convivido; en evaluar lo que uno es y en pensar en qué es lo que viene después. Tengo ya casi 9 años viviendo en la capital japonesa, pero con todo y las comodidades y las opciones que ella ofrece, si tuviera en Fukuoka una opción laboral similar a la que tengo ahora, me mudaría sin pensarlo. Tanto así me atrapó el lugar.

Una plática reciente con una muy buena amiga mexicana tocó el tema de regresar a México. Ella me preguntaba que cuáles serían las condiciones en las que consideraría regresar al rancho, y mi respuesta fue, en resumen, la misma que he comentado aquí muchas veces: regresar a México nunca ha estado fuera de mi lista, pero de momento es algo que no considero ni de forma profesional ni tampoco en lo familiar. Cierto, mis padres y hermanos están allá, pero yo también tengo personas que dependen de mí y he puesto en una balanza las ventajas y desventajas de quedarme aquí así como las de irme de regreso, y en estos momentos se inclina a Japón, aunque eso no quiere decir que así será siempre.

¿Que si Japón ha cambiado algo más en mí en estos años que he estado en Tokio? Hmm… yo no diría que fue Japón, sino más bien la edad y las responsabilidades. Japón ha contribuido en que es el país en donde estoy ahora, y basado en mi experiencia, no quiero en años futuros arrepentirme de lo mismo que mencioné arriba. por lo que he estado tomando decisiones que afectarán al menos a mediano plazo. ¿Retirarme en Japón? No lo sé, pero he tenido que comenzar a moverme por si eso llega a suceder.

Me sigue gustando mucho el anime, el manga y los videojuegos, pero es un hecho que ya no tengo el mismo tiempo que antes para estar al tanto de tooooodo lo que sale nuevo. Medio ando al tanto de la cultura pop de este lado del mundo, pero obviamente no soy un experto y hay gente que está mucho mejor preparada que yo. Además, las generaciones se mueven, los medios cambian. Varias personas me han dicho que por qué no me cambio a X o Y plataforma para tener más “visitas” o “seguidores”, pero yo no veo la necesidad. El blog ha sido mi refugio durante todo el tiempo que ha existido, y bien que mal, me gusta escribir, así que, mientras mis obligaciones familiares y profesionales me lo permitan, aquí seguiré escribiendo. No crean que me he quedado sin temas: me he quedado sin TIEMPO :/, pero de cuando en cuando me doy mis escapadas.

17 años es una vida. Seguramente habrá jóvenes que nacieron el mismo año que yo llegué por acá y ahora están buscando venir a Japón becados… o quizá ya hay algunos por acá.

Changos… ya estoy viejo, pero todavía “la armo”.

5 años 5

No. El título no es error 😀

Obviamente no soy el único al decir que nunca pensé que estaríamos en medio de una pandemia en mayo 2020. Los planes de prácticamente todo el mundo, así como la forma de vivir, han cambiado drásticamente debido al coronavirus… y parece que falta mucho para que se vea la luz al final del túnel.

No obstante, hasta enero de este año todo estaba en relativa normalidad (al menos en Japón), y me pude dar el gusto de llevar a mi hijo a México a que conviviera con su familia de allá en épocas navideñas. Es quizá la memoria más grata que tengo de todo este año que pasó. Parece mentira que fue hace un año cuando pensaba cómo iba a cambiar mi hijo con el kínder. El tiempo simplemente pasó volando.

Entre infinidades de salidas a pasear juntos, una ida al mar en verano que me tomó casi 8 horas de manejo EL MISMO DÍA (gracias tráfico de Tokio), múltiples sesiones de videojuegos, juegos de mesa, juguetes (con las reglas de mi hijo acomodadas de tal manera que él nunca va a perder), regaños y situaciones en las que es inevitable tener que ponerme el sombrero de papá, y ahora con otro hijo al que cuidar y atender, no me cabe la menor duda (y realmente nunca he dudado) que convertirme en padre ha sido una de las mejores experiencias que he tenido en la vida, incluyendo las desveladas, vomitadas, baños de pipípopó al cambiar pañales, y lo mejor, poder hablar en español con mi hijo, que hoy, justo en el momento en el que esto es publicado, cumple 5 años de haber venido a complementar mi vida de un sentimiento que realmente no entendía hasta que lo tuve en mis brazos.

Lo único que sí lamento no haber podido hacer, aunque me queda la conciencia tranquila de que en realidad sí lo tenía planeado y sí me comencé a mover para que se realizara pero el coronavirus vino a deshacer todo, es que todavía mi hijo no sabe andar en bicicleta :/  Bueno, al menos ya sabemos qué va a pasar cuando todo vuelva a la normalidad, porque estoy seguro que de va a volver… en algún momento.

¡Feliz quinto cumpleaños hijo! Quizá nunca vayas a leer esto, pero me siento súper orgulloso de ti por todo lo que eres y por todo lo que sé que serás en el futuro.

Relatos de cuarentena en Japón

Como suele suceder, apenas tengo un respiro y me doy cuenta que otro mes se termina. Estamos en cuarentena (no obligatoria), y aunque no he dejado de trabajar tampoco he salido de casa más que para lo necesario, por lo que se supone que los días tendrían que pasar lentamente… pero no es así.

En los últimos días he pensado mucho en la situación actual y cómo nos está afectando a nosotros como familia y a mí como persona. Creo que el que más la está llevando de perder es mi hijo mayor. Le hace mucha falta el kínder, salir, correr, jugar, ensuciarse, mover el cuerpo… Él de plano no se aburre, pues mientas yo estoy trabajando, mi esposa está atendiendo a mi segundo hijo y mi suegra nos ayuda con labores de la casa, mi hijo mayor se la pasa entre viendo a sus Youtubers favoritos, jugando videojuegos, sacando sus juguetes, y en menor medida, estudiando y haciendo actividades que le han mandado del kínder. El único problema verdadero que tengo con él en este momento es que no se le acaba la pila y hacerlo que se duerma es difícil. Al menos cuando se rinde me pide que leamos algún libro, y hemos estado leyendo historias de Charles Dickens, así que hay fantasmas de por medio y eso hace que le entre una interesante muestra de curiosidad y miedo que hace que al final se quede dormido rápidamente… definitivamente no es cansancio.

Mi esposa se pregunta, al igual que creo que todo el mundo, cuándo se irá a acabar, o más o menos normalizar, todo esto. Japón parece que está jugando a algo porque sus medidas han sido criticadas, y con eso de que el estado de emergencia se acaba el 6 de mayo (en teoría), la gente está pensando si de verdad la próxima semana ya podrá regresar a sus actividades normales. Lo interesante de esto es que hay muchos escépticos, y el gobierno ha estado lanzando indirectas de que el mencionado estado podría alargarse… Incluso se ha estado mencionando la posibilidad de comenzar el año escolar en septiembre, argumentando que, además de esperar que para ese entonces la situación respecto al coronavirus ya esté un poco más estable, sería un paso importante en la globalización de Japón al comenzar el ciclo escolar igual que otros países (los noticieros hacen la comparación directa con Estados Unidos). Pero definitivamente no la tiene fácil: si bien es cierto que esto ayudaría a que los estudiantes no perdieran estos meses en los que no hay clases, la realidad es que habría que cambiar mucho más dentro de la sociedad japonesa para que esto funcione. Un ejemplo directo es el inicio del año fiscal y la época de contrataciones de recién egresados. Se necesitarían muchos cambios de logística para que no hubiera períodos en blanco, porque cambiar el año escolar sin las contrataciones en empresas significaría que los recién graduados tendrían que esperar hasta 8 meses para comenzar a laborar.

El bebé… es el bebé. Llorando, creciendo. A él lo que le importa es estar a gusto y con la panza llena de leche materna 😀

En cuanto a mí…

Continue reading “Relatos de cuarentena en Japón”

El milagro de la vida… por segunda vez

Lo que sigue va a ser medio aburrido para muchos. Quizá sea porque ya me pegó “el viejazo”, la famosa crisis de los 40, o porque desde que me volví padre también me volví mucho más sensible en algunos aspectos que más joven consideraba como “meh”.

Cuando uno está más joven, sentimos que somos invencibles. Muchas veces durante mi adolescencia, en los tiempos en los que era mucho màs mamón de lo que ahora muchos podrían considerar, llegué a pensar que las tragedias (de cualquier tipo) eran algo muy lejano; el típico “a mí no me va a pasar eso”, o “eso está muy lejos de donde estoy”. No me ponía a pensar, ni por un momento, en la mística dualidad de la vida: tan increíble, y a la vez tan frágil. Pensé, e incluso intenté, en el suicidio al menos un par de veces; pensaba en ese entonces: “total, nada se perdería”, “nadie me extrañaría si no estuviera aquí”. Creo que la última vez que sentí deseos de no estar en este mundo fue cuando definitivamente terminamos mi primera novia y yo. Idealicé mucho a una persona y obviamente todo terminó, como normalmente terminan las relaciones platónicas. En ese entonces por supuesto que no lo veía, y culpaba a todo y a todos, y pensé (por un momento breve, pero lo pensé) que lo mejor para todos sería que yo simplemente no estuviera en este mundo.

Idioteces de la ya no tan adolescencia, porque para ese entonces esa etapa ya era cosa del pasado.

Al menos su servidor nunca se puso a pensar en lo que uno tiene cuando vive con sus padres, y todo lo daba por hecho: casa, techo, comida, vestimenta… y en cambio yo no daba nada a cambio, ni siquiera las gracias. Todo lo contrario: exigía. En fin, fue una etapa que en retrospectiva me hace pensar en que, quizá nada más poquito, ya no soy del todo un puberto.

Si bien cuando llegué a Japón sufrí el golpe de vivir y estar completamente solo, eso ayudó a que comprendiera los sacrificios que mis padres hicieron para que llegara hasta acá. Detalles enormes, pero que uno sencillamente no ve por las razones que quieran y gusten. Pero después de eso, lo que me hizo entender todavía más fue cuando nació mi primer hijo, y los casi 5 años que, al momento de escrbiir esto, he pasado criándolo. Ahora siempre digo: si yo con uno ya pido esquina, no sé cómo le hicieron mis papás para tener 4, ni mis abuelos maternos para tener 12, o mis abuelos paternos para tener 21… Digo, está bien que quizá no tenían tele, pero mantener a tanta gente requiere un montón de sacrificios, independientemente de si la vida era más fácil antes que ahora (en el caso de que lo haya sido).

Ayer, el nivel de dificultad en mi quest actual de paternidad subió: nació mi segundo hijo.

Esta vez sí estuve ahí para verlo salir del vientre de su madre. Fue un parto largo y doloroso, pero ni siquiera ver el sufrimiento de mi esposa me quebró. Sin embargo, en cuanto vi al bebé no pude contener las lágrimas. Creo que no hay palabras para describir el momento en el que esa criatura que había estado durante 9 meses dentro de la panza de mi esposa por fin salió a este mundo… en medio de una crisis epidemiológica mundial, pero eso ya es harina de otro costal.

Fue solamente un momento, pero el hecho de ver a mi segundo hijo me hizo pensar al instante en la dicha y la friega que es ser padre y que sin lugar a dudas mis padres vivieron durante tantos años de su vida. Unos segundos bastaron para recordarme lo equivocado que estaba cuando era un escuincle que, si bien podía estar estudiando en la universidad, de la vida real no sabía absolutamente nada. Asimismo, fue suficiente para voltear a ver a mi yo de hace algunos años, cuando me casé y le decía a mi esposa que quería 5 hijos, y que ojalá los tuviera en dos partos: primero 3 y luego dos. Necesito una máquina del tiempo para regresar a ese instante y decirme a mí mismo: “¡Estás pero si bien pendejo!“.

En fin. Ahora siendo un viejo cuarentón y padre de dos niños, me toca comenzar la segunda parte de la paternidad.Les mentiría si les digo que no tengo nada de incertidumbre respecto al futuro, pero al menos ya tengo mucha más determinación que antes.

Aquí sigo.

Ser otaku

El famoso término que desató (y a la fecha creo que sigue desatando) controversia; aquí mismo he mencionado la diferencia de connotaciones que tiene en diferentes países, pero de un tiempo para acá me he puesto a pensar un poco más a fondo en la situación que viven los que son denominados así en Japón, especialmente por los casos de abuso (bullying) que se presentan en este país y por las consecuencias que estos pueden tener.

La gente califica a los otaku de “inadaptados sociales”, de gente “enferma” por vivir solamente para su afición, de vivir en un estado perpetuo de sueño al pretender convivir (y hasta casarse) con personajes ficticios, y de llamar “yome” (literalmente “novia”, pero usado principalmente para nombrar a la esposa de uno); critican su falta de cuidado personal, pobre presentación, y a veces hasta de higiene. Para ser sincero, sí: hay quienes encajan perfectamente en el estereotipo, y por eso muchas veces se piensa que son caso perdido. No obstante, pocas personas realmente se ponen a pensar en el transfondo de las cosas, en lo que hay detrás de la persona que vemos y señalamos como “otaku”. 

Como miembros de una sociedad, por naturaleza buscamos estar en un grupo; necesitamos comunicarnos, conocer otros puntos de vista y expresar el nuestro. Necesitamos “encajar”, y qué mejor si es en algo que te gusta. El problema es que desde el momento que los puntos en común son caricaturas, videojuegos, juegos de mesa o algo que la gente promedio no considere “normal”, automáticamente te conviertes en alguien “raro”, y de ahí se agarran todos para decirte cómo no encajas en el grupo de la “sociedad normal” (cualquiera que ésta sea, y si es que existe). Y esto no es exclusivo de Japón o México.

Alguien a quien le guste el fútbol en demasía puede ser llamado de muchas maneras, pero no necesariamente es un desadaptado social para los demás. ¿Por qué? Porque el fútbol se considera algo “normal”; hay mucha gente a la que le gusta y eso es suficiente para encajar en la sociedad. Ciertamente también hay detractores, pero la forma en la que estos se expresan de los amantes del fútbol no se parece a la que usan los que se quejan de los “otaku”.

La comunidad “otaku”, por muy “desadaptada”, “aislada” o “rara” que pueda ser, no es en realidad tan diferente en esencia a, por ejemplo, los grupos de personas que gustan de la lectura y se juntan para leer, o de las mujeres que gustan de una actividad en común y se juntan para realizarla y hablar al respecto.  Los “otaku”, o al menos la gran mayoría, lo que hacen es lo mismo: buscan encajar en algún lado; su refugio es su afición. Tienen trabajo, lo realizan bien y obtienen ganacias por él, y las usan para alimentar su afición. ¿Excesivo? Sì, y todo en exceso es malo, pero no es tan diferente como el aficionado al fútbol que gasta parte de su sueldo en ir a ver los partidos de su equipo favorito, en comprarse la playera oficial, etc., etc. ¿Que los “otaku” se ven ridículos con sus camisetas de monas chinas? A lo mejor, pero ¿qué hace diferente de traer la playera del Atlas a traer una de Belldandy? La aceptación de la gente.

Estamos en una época donde los que vimos animación japonesa fuera de Japón cuando éramos jóvenes ya tenemos la suficiente edad para comprarnos y darnos gustos que antes eran muy difíciles o de plano no podíamos. Ya muchos de nosotros no somos aprendices o recién egresados, sino personas económicamente activas, con una profesión u oficio, y ya no nos sorprende (o no debería sorprendernos) ver cómo la cultura popular de las caricaturas en general (no nada más las japonesas), los juegos de rol y de mesa, los videojuegos y demás aficiones consideradas raras o “solo para niños” en el pasado ahora están presentes en la vida diaria. Lejos estamos de aquellos días en donde tener una convención, bueno, una pseudo-convención de anime y manga era un evento tan especial y tan raro que simplemente no te podías perder. Ya no tenemos que preocuparnos tanto porque nos vean jugando Magic The Gathering, Yugi-Oh o similares y nos digan que estamos invocando al diablo. Ya no hay comentarios tan seguidos de gente que ve un semidesnudo en una caricatura japonesa y automáticamente la tilda de “pornográfica” y “dañina para los niños”. 

No obstante, la crítica a estas aficiones sigue viva: basta ver las reacciones de la gente ante los e-sports. Los comentarios respecto a las grandes cantidades de dinero que alguien se gana en un torneo “solamente por jugar vieojuegos” son generalmente de menosprecio: “¿Cómo puede ser que un chavo de 16 años se gane 3 millones de dólares solamente por estar de ocioso? “. Y ni se mencione que los videojuegos podrían convertirse en deporte olímpico porque “eso no es deporte. No tiene chiste, no hay muestra de habilidades excelsas”, cuando el tiro es deporte olímpico y podría alegarse que necesita mucha menos coordinación que la que se requiere para poder meter un combo complejo en una situación tensa en la final de un gran torneo de juegos de pelea. Me encantaría ver que uno de los que se quejan de esto se pusiera a jugar y entrenara para ganar un torneo de Street Fighter o de Fortnite, a ver si realmente es tan fácil tener el nivel que se requiere para al menos hacer un papel decente en ellos.

Puedes estar en desacuerdo con los “otaku”. Puede que no te guste lo que a ellos les gusta y puede que no te guste cómo lo expresan (algunos sí se manchan, sobre todo los que se clavan con algo y tratan de que todos vean el mundo con su mismo cristal). Sin embargo, y como en todo, no es que toda la comunidad sea así. En muchos de los casos cada individuo simplemente quiere sentirse parte de un grupo, de una comunidad, y fue en las monas chinas, en los “Nintendos”, en los “Pokemon”, esas cosas “de niños rata”, donde encontraron lo que buscaban. A veces es incluso para llenar un sentimiento de soledad o esconderse de algún factor de su vida que los asusta o los intimida (abuso, falta de atención de los padres, problemas personales en la escuela, etc., etc.), y es ahí donde hay que voltear a ver y donde hay que atacar, y no simplemente señalar a una afición como la causa de un suceso lamentable solamente porque la mayoría no la entiende. No es necesario que todos acepten todo, pero que no aceptes algo no quiere decir que es forzosamente malo o que tengas que ofenderlo. Una cosa es tirarles carro (SMASH NO ES UN JUEGO DE PELEAS), pero otra muy diferente es insultarlos.

¿Que si yo me considero un “otaku”, en la definición correcta de la palabra? No, para nada. Me gustan mis aficiones, trato de disfrutarlas al máximo y he aprendido a aceptar que hay gente que nunca las va a entender o a aceptar, pero no me cierro a opiniones y estoy abierto a discusiones al respecto. Tampoco estoy de acuerdo en que alguien vuelva dañino su gusto, ni que trate de convencer a los demás de que X o Y obra es lo mejor del mundo sin estar dispuesto a discutirlo. La única verdad que no necesita ser discutida es que el mejor Final Fantasy de todos los tiempos es el VI 😀

Al final, creo que se trata de simple tolerancia. Conforme me voy haciendo viejo me doy cuenta de lo simples que son problemas o situaciones a las que me enfrenté en mis años mozos, pero bien dicen que no se experimenta en cabeza ajena y que más sabe el diablo por viejo que por diablo.

¡Feliz 2020!

Ha comenzado el año, y también el 干支 (eto, calendario chino). Es el año del ratón, el animalito que fue lo suficientemente listo para ser el primero en llegar al lugar donde los animales fueron llamados para formar dicho calendario (aunque engañando a la vaca, quien se supone sería la primera).

Estoy seguro que todos ustedes tienen proyectos y própositos para este 2020. No dejen que se queden en ideas o en papel y muévanse para intentar hacerlos realidad. Los sueños grandes toman tiempo, pero si trabajan en ellos, es un hecho que verán resultados tarde o temprano.

Ojalá que este año sea mejor que todos los anteriores, que esté lleno de esperanza y salud, y que si van a venir a Japón avisen para ir a saludarlos.

¡Échenle ganas!

El 2019 en un kanji

Kanji de los años anteriores:

Creo que es tradición mencionar aquí que uno ni cuenta se da cuando es diciembre. No obstante, comparado con el 2018, este año fue muy muy muy diferente. La gente que me vio en persona el año pasado y éste me dice que estoy completamente cambiado; que el año pasado me veía gris, triste, sin mucho ánimo de nada, pero que este año me veía vivo, más alegre y con más ganas de todo.

La razón es obvia: el cambio de trabajo. Si bien la empresa anterior no se acerca ni de chiste a la descrita en Luz, los últimos años ahí fueron desgastantes y tediosos profesionalmente hablando. El nuevo trabajo ha probado ser un gran reto pero un cambio benéfico, y es la base para el kanji que escogí para sintetizar lo acaecido este año.

Este kanji tiene muchos significados, pero por el que lo escogí es “ver claramente”, “brillar intensamente”, “brillante”. Su lectura es “mei”.

Pensé mucho en poner el kanji de “ocupado” (忙) por el poco tiempo que tuve para mis cosas, incluyendo el blog, pero me decidí por éste debido a que una vez que mi ambiente cambió todo fue mucho más claro, y aunque ya tenía mis metas establecidas, ir recobrando la autoconfianza me ha ayudado a expandirlas y a trazar nuevas. No soy alguien nuevo: comienzo a recobrar el yo que era antes, y ¿saben algo? Eso me agrada mucho.

El kanji del año (en todo Japón) fue el que todos se esperaban: 「令」. Hay muchas razones, pero la principal es el cambio de era por el ascenso al trono del nuevo emperador.

El próximo año va a ser divertido porque las olimpiadas se van a celebrar en Tokio, y también porque estoy seguro de que veré algunas caras conocidas por este lado del mundo. Pero lo más importante es que me convertiré en padre por segunda vez y comenzaré de nuevo a escalar la montaña de cuidados de bebé que eso conlleva, aunque creo (y dicen) que será más fácil porque es el segundo. En estos momentos estoy debatiendo conmigo mismo sobre el nombre que le voy a poner.

Como siempre, agradezco mucho a los lectores por su tiempo, por sus comentarios, pero más que nada por su paciencia ante la sequía de publicaciones. El blog no desaparecerá ni está abandonado. Sigo respondiendo mensajes y todavía hay mucho por escribir, aunque ya ande en el cuarto piso.

Deseo que la pasen muy bien lo que resta del año, y que el siguiente esté lleno de éxitos. Reciban todos un fuerte abrazo desde Tokio.