El milagro de la vida… por segunda vez

Lo que sigue va a ser medio aburrido para muchos. Quizá sea porque ya me pegó “el viejazo”, la famosa crisis de los 40, o porque desde que me volví padre también me volví mucho más sensible en algunos aspectos que más joven consideraba como “meh”.

Cuando uno está más joven, sentimos que somos invencibles. Muchas veces durante mi adolescencia, en los tiempos en los que era mucho màs mamón de lo que ahora muchos podrían considerar, llegué a pensar que las tragedias (de cualquier tipo) eran algo muy lejano; el típico “a mí no me va a pasar eso”, o “eso está muy lejos de donde estoy”. No me ponía a pensar, ni por un momento, en la mística dualidad de la vida: tan increíble, y a la vez tan frágil. Pensé, e incluso intenté, en el suicidio al menos un par de veces; pensaba en ese entonces: “total, nada se perdería”, “nadie me extrañaría si no estuviera aquí”. Creo que la última vez que sentí deseos de no estar en este mundo fue cuando definitivamente terminamos mi primera novia y yo. Idealicé mucho a una persona y obviamente todo terminó, como normalmente terminan las relaciones platónicas. En ese entonces por supuesto que no lo veía, y culpaba a todo y a todos, y pensé (por un momento breve, pero lo pensé) que lo mejor para todos sería que yo simplemente no estuviera en este mundo.

Idioteces de la ya no tan adolescencia, porque para ese entonces esa etapa ya era cosa del pasado.

Al menos su servidor nunca se puso a pensar en lo que uno tiene cuando vive con sus padres, y todo lo daba por hecho: casa, techo, comida, vestimenta… y en cambio yo no daba nada a cambio, ni siquiera las gracias. Todo lo contrario: exigía. En fin, fue una etapa que en retrospectiva me hace pensar en que, quizá nada más poquito, ya no soy del todo un puberto.

Si bien cuando llegué a Japón sufrí el golpe de vivir y estar completamente solo, eso ayudó a que comprendiera los sacrificios que mis padres hicieron para que llegara hasta acá. Detalles enormes, pero que uno sencillamente no ve por las razones que quieran y gusten. Pero después de eso, lo que me hizo entender todavía más fue cuando nació mi primer hijo, y los casi 5 años que, al momento de escrbiir esto, he pasado criándolo. Ahora siempre digo: si yo con uno ya pido esquina, no sé cómo le hicieron mis papás para tener 4, ni mis abuelos maternos para tener 12, o mis abuelos paternos para tener 21… Digo, está bien que quizá no tenían tele, pero mantener a tanta gente requiere un montón de sacrificios, independientemente de si la vida era más fácil antes que ahora (en el caso de que lo haya sido).

Ayer, el nivel de dificultad en mi quest actual de paternidad subió: nació mi segundo hijo.

Esta vez sí estuve ahí para verlo salir del vientre de su madre. Fue un parto largo y doloroso, pero ni siquiera ver el sufrimiento de mi esposa me quebró. Sin embargo, en cuanto vi al bebé no pude contener las lágrimas. Creo que no hay palabras para describir el momento en el que esa criatura que había estado durante 9 meses dentro de la panza de mi esposa por fin salió a este mundo… en medio de una crisis epidemiológica mundial, pero eso ya es harina de otro costal.

Fue solamente un momento, pero el hecho de ver a mi segundo hijo me hizo pensar al instante en la dicha y la friega que es ser padre y que sin lugar a dudas mis padres vivieron durante tantos años de su vida. Unos segundos bastaron para recordarme lo equivocado que estaba cuando era un escuincle que, si bien podía estar estudiando en la universidad, de la vida real no sabía absolutamente nada. Asimismo, fue suficiente para voltear a ver a mi yo de hace algunos años, cuando me casé y le decía a mi esposa que quería 5 hijos, y que ojalá los tuviera en dos partos: primero 3 y luego dos. Necesito una máquina del tiempo para regresar a ese instante y decirme a mí mismo: “¡Estás pero si bien pendejo!“.

En fin. Ahora siendo un viejo cuarentón y padre de dos niños, me toca comenzar la segunda parte de la paternidad.Les mentiría si les digo que no tengo nada de incertidumbre respecto al futuro, pero al menos ya tengo mucha más determinación que antes.

Aquí sigo.

“Comida mexicana”

Noten por favor las comillas del título.

Encontrar comida mexicana en Japón no es tan difícil. Perdón, me refiero a “comida mexicana”, es decir, a aquella que los japoneses creen que es mexicana. En resumen: si dice “salsa”, es tan picante como una décima o centésima parte de un dulce de tamarindo con chile, o tiene aguacate, ya califica como comida mexicana.

Muchos se podrán imaginar que la comida Tex-Mex es considerada como mexicana por este lado del mundo. No están equivocados. La comida de ese estilo me gusta, es muy rica, pero no la puedo llamar mexicana. No obstante, digamos que entiendo por qué la gente cree que eso es mexicano. Es como el sushi y la pseudo comida japonesa que se encuentra en México. Claro: hay lugares que son la excepción y en general se acercan muchísimo al sabor y presentación originales, tanto aquí con la comida mexicana como allá con la japonesa.

Pero para todo hay límites.

En la búsqueda de lugares para comer cerca del trabajo llegamos a una calle cerca de la estación de Yotsuya (Tokio) en donde encontramos no uno, ni tres, sino dos restaurantes mexicanos separados tan solo por algunos locales. El de la foto es el primero, llamado “El árbol”, y es el mejor decorado de los dos, al menos por fuera. El otro, al cual no le tomé foto, se llama “Salsa Cabana Bar”, y es mucho más modesto por fuera y por dentro.

El árbol se ve decente por fuera: banderita de México, el clásico sombrero que todos relacionan con México, puerta de madera (que no sé qué tiene que ver con México)… pero en fin: al menos da el gatazo.

No le tomé foto al menú, pero Google es mi amigo:

http://www.elarbol.jp/lunch.html

La verdad, desde que vi el menú sabía que entrar ahí sería un gran error si es que buscaba comida mexicana, pero la insistencia de un par de compañeros de trabajo fue tanta que no hubo opción.

Omitiré describir el interior del lugar; lo único que sí diré al respecto es que es de los pocos lugares que he visto últimamente que permiten a los comensales fumar en las mesas sin tener un área dedicada para ello.

Regresando a la comida, mi sorpresa no pudo ser mayor:


Esto es lo que el árbol vende como comida mexicana. Debo decirles que es la primera vez en mi vida en me sirven arroz blanco estilo japonés y sopa de miso con mi plato principal en un restaurante que se anuncia como de comida mexicana. Huelga decir que mi reacción fue tal, que mis compañeros de trabajo no podían parar de reírse.

El plato es de carne de cerdo guisada que tiene una salsa que remotamente, pero muy remotamente, sabe como a alguna que le pondría en México. En sí no está malo, pero… este… no lo vendan como algo mexicano. En serio.

Ignoro completamente la idea de los dueños. No sé si simplemente quieran etiquetar su negocio como de comida mexicana por la decoración del lugar, o porque tienen algún tipo de nostalgia por México (no les quise preguntar al respecto), pero definitivamente andan bien perdidos en lo que a comida mexicana se refiere.

Sopa de miso… todavía no puedo dejar de estar sorprendido.

El otro lugar, Salsa Cabana Bar, es al que hay que ir. El sabor se asemeja mucho al original, y venden unos frijoles a la charra que hacen que los 1100 yenes que pagas por el platillo a la hora de la comida valga la pena. A ése luego le tomo fotos para hacer comparación.

Como mencioné arriba, no se trata de ser súper quisquilloso con la definición de lo que es comida mexicana. Entiendo por qué la gente considera esto

como una receta decente para hacer tacos, y por qué hasta mis antiguos colegas insistían en que debería de estar muy contento (en ese entonces) porque un Taco Bell abriría en Shibuya, pero la comida en “El árbol” no tiene absolutamente nada que me haga siquiera considerarla como “bueno… al menos lo intentaron”. Estoy seguro que debe haber otra razón por la que sirven comida japonesa etiquetada como mexicana, pero hasta no preguntarle a los dueños, estará difícil saberlo.

Habiendo vivido ya tantos años en Tokio, me parece sorprendente que la mejor comida mexicana que he probado en Japón haya sido en “El borracho”, un restaurante en el centro de Fukuoka con comida realmente mexicana. ¡Hasta tortas ahogadas pude comer ahí! Tepito, en Shimokitazawa, y la fonda de la madrugada en Harajuku quedan en muy honroso segundo lugar.

EVO Japan 2020

Por segunda ocasión tuve la oportunidad de asistir al EVO Japan. El año pasado no me fue posible porque la sede fue en nada más y nada menos que Fukuoka; me habría gustado ir pero no se justificaba el gasto, así que me quedé con las ganas. Sin embargo, este año el evento regresó a Tokio, o mejor dicho, a Chiba (fue en el Makuhari Messe), así que aproveché que puedo llegar al lugar tomando un solo tren (por como hora y media).

Como antecedente, he de mencionar que iba con toda la intención de participar en el torneo de Street Fighter V porque, según yo, ya me había inscrito, pero resultó que a final de cuentas no lo había hecho: al momento de registrarse había que marcar dos lugares y yo solamente marqué uno, por lo que mi registro fue nada más al EVO en general y no en específico a algún torneo :/ Ni modo. Fue mi error. De todas formas acudí con tal de estar presente y apoyar a la comunidad de juegos de pelea.

La gente que me conoce sabe que no soy ajeno al Makuhari Messe puesto que ahí se celebra cada año, entre otros eventos ya también conocidos a nivel internacional, el Tokyo Game Show, al que he asistido sin falta desde hace ya muchos años, aunque ya no hago artículos al respecto porque el evento lamentablemente ha perdido relevancia y lo único relativamente interesante que podría mostrar serían las fotos de las edecanes, y estoy seguro de que ustedes no quieren eso, ¿verdad? 😀

Para los que no estén enterados de qué onda con el EVO, basta decirles que es el torneo de juegos de pelea más prestigioso e importante del mundo. Su sede original es en Las Vegas, en donde cada verano gente de todo el planeta se reúne para probar sus habilidades en diferentes títulos, además de pasarla bien y hacer crecer a la FGC (Fighting Game Community). En resumen, el EVO es como las olimpiadas de los juegos de pelea, con la diferencia de que aquí cualquiera puede participar en los torneos. Además, si le preguntan a personas que jueguen títulos de peleas seguramente al menos van a saber qué es el EVO, y más de alguno les dirá que es la meta de todo jugador de ese género ganar el EVO. Así de grande se ha convertido. Faltaría dar nada más como dato extra que fue precisamente en un EVO donde sucedió el momento más impactante de todos los tiempos en juegos de pelea, y que fue (y continúa siendo) la inspiración de muchos de los jugadores, tanto casuales como profesionales:

Como muchos de los jugadores de pelea más adiestrados son originarios de Japón, y hay una buena cantidad de ellos que no puede hacer el viaje a Estados Unidos, además de pensar en la comunidad asiática al considerar que es más fácil viajar a Japón que cruzar medio mundo para ir a Las Vegas, el creador del torneo decidió crear la versión Japón del evento hace 3 años, y salvo el año pasado que el evento se movió a Kyushu, la respuesta de la comunidad ha sido muy buena, por lo que parece ser que EVO Japan llegó para quedarse.

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Ser otaku

El famoso término que desató (y a la fecha creo que sigue desatando) controversia; aquí mismo he mencionado la diferencia de connotaciones que tiene en diferentes países, pero de un tiempo para acá me he puesto a pensar un poco más a fondo en la situación que viven los que son denominados así en Japón, especialmente por los casos de abuso (bullying) que se presentan en este país y por las consecuencias que estos pueden tener.

La gente califica a los otaku de “inadaptados sociales”, de gente “enferma” por vivir solamente para su afición, de vivir en un estado perpetuo de sueño al pretender convivir (y hasta casarse) con personajes ficticios, y de llamar “yome” (literalmente “novia”, pero usado principalmente para nombrar a la esposa de uno); critican su falta de cuidado personal, pobre presentación, y a veces hasta de higiene. Para ser sincero, sí: hay quienes encajan perfectamente en el estereotipo, y por eso muchas veces se piensa que son caso perdido. No obstante, pocas personas realmente se ponen a pensar en el transfondo de las cosas, en lo que hay detrás de la persona que vemos y señalamos como “otaku”. 

Como miembros de una sociedad, por naturaleza buscamos estar en un grupo; necesitamos comunicarnos, conocer otros puntos de vista y expresar el nuestro. Necesitamos “encajar”, y qué mejor si es en algo que te gusta. El problema es que desde el momento que los puntos en común son caricaturas, videojuegos, juegos de mesa o algo que la gente promedio no considere “normal”, automáticamente te conviertes en alguien “raro”, y de ahí se agarran todos para decirte cómo no encajas en el grupo de la “sociedad normal” (cualquiera que ésta sea, y si es que existe). Y esto no es exclusivo de Japón o México.

Alguien a quien le guste el fútbol en demasía puede ser llamado de muchas maneras, pero no necesariamente es un desadaptado social para los demás. ¿Por qué? Porque el fútbol se considera algo “normal”; hay mucha gente a la que le gusta y eso es suficiente para encajar en la sociedad. Ciertamente también hay detractores, pero la forma en la que estos se expresan de los amantes del fútbol no se parece a la que usan los que se quejan de los “otaku”.

La comunidad “otaku”, por muy “desadaptada”, “aislada” o “rara” que pueda ser, no es en realidad tan diferente en esencia a, por ejemplo, los grupos de personas que gustan de la lectura y se juntan para leer, o de las mujeres que gustan de una actividad en común y se juntan para realizarla y hablar al respecto.  Los “otaku”, o al menos la gran mayoría, lo que hacen es lo mismo: buscan encajar en algún lado; su refugio es su afición. Tienen trabajo, lo realizan bien y obtienen ganacias por él, y las usan para alimentar su afición. ¿Excesivo? Sì, y todo en exceso es malo, pero no es tan diferente como el aficionado al fútbol que gasta parte de su sueldo en ir a ver los partidos de su equipo favorito, en comprarse la playera oficial, etc., etc. ¿Que los “otaku” se ven ridículos con sus camisetas de monas chinas? A lo mejor, pero ¿qué hace diferente de traer la playera del Atlas a traer una de Belldandy? La aceptación de la gente.

Estamos en una época donde los que vimos animación japonesa fuera de Japón cuando éramos jóvenes ya tenemos la suficiente edad para comprarnos y darnos gustos que antes eran muy difíciles o de plano no podíamos. Ya muchos de nosotros no somos aprendices o recién egresados, sino personas económicamente activas, con una profesión u oficio, y ya no nos sorprende (o no debería sorprendernos) ver cómo la cultura popular de las caricaturas en general (no nada más las japonesas), los juegos de rol y de mesa, los videojuegos y demás aficiones consideradas raras o “solo para niños” en el pasado ahora están presentes en la vida diaria. Lejos estamos de aquellos días en donde tener una convención, bueno, una pseudo-convención de anime y manga era un evento tan especial y tan raro que simplemente no te podías perder. Ya no tenemos que preocuparnos tanto porque nos vean jugando Magic The Gathering, Yugi-Oh o similares y nos digan que estamos invocando al diablo. Ya no hay comentarios tan seguidos de gente que ve un semidesnudo en una caricatura japonesa y automáticamente la tilda de “pornográfica” y “dañina para los niños”. 

No obstante, la crítica a estas aficiones sigue viva: basta ver las reacciones de la gente ante los e-sports. Los comentarios respecto a las grandes cantidades de dinero que alguien se gana en un torneo “solamente por jugar vieojuegos” son generalmente de menosprecio: “¿Cómo puede ser que un chavo de 16 años se gane 3 millones de dólares solamente por estar de ocioso? “. Y ni se mencione que los videojuegos podrían convertirse en deporte olímpico porque “eso no es deporte. No tiene chiste, no hay muestra de habilidades excelsas”, cuando el tiro es deporte olímpico y podría alegarse que necesita mucha menos coordinación que la que se requiere para poder meter un combo complejo en una situación tensa en la final de un gran torneo de juegos de pelea. Me encantaría ver que uno de los que se quejan de esto se pusiera a jugar y entrenara para ganar un torneo de Street Fighter o de Fortnite, a ver si realmente es tan fácil tener el nivel que se requiere para al menos hacer un papel decente en ellos.

Puedes estar en desacuerdo con los “otaku”. Puede que no te guste lo que a ellos les gusta y puede que no te guste cómo lo expresan (algunos sí se manchan, sobre todo los que se clavan con algo y tratan de que todos vean el mundo con su mismo cristal). Sin embargo, y como en todo, no es que toda la comunidad sea así. En muchos de los casos cada individuo simplemente quiere sentirse parte de un grupo, de una comunidad, y fue en las monas chinas, en los “Nintendos”, en los “Pokemon”, esas cosas “de niños rata”, donde encontraron lo que buscaban. A veces es incluso para llenar un sentimiento de soledad o esconderse de algún factor de su vida que los asusta o los intimida (abuso, falta de atención de los padres, problemas personales en la escuela, etc., etc.), y es ahí donde hay que voltear a ver y donde hay que atacar, y no simplemente señalar a una afición como la causa de un suceso lamentable solamente porque la mayoría no la entiende. No es necesario que todos acepten todo, pero que no aceptes algo no quiere decir que es forzosamente malo o que tengas que ofenderlo. Una cosa es tirarles carro (SMASH NO ES UN JUEGO DE PELEAS), pero otra muy diferente es insultarlos.

¿Que si yo me considero un “otaku”, en la definición correcta de la palabra? No, para nada. Me gustan mis aficiones, trato de disfrutarlas al máximo y he aprendido a aceptar que hay gente que nunca las va a entender o a aceptar, pero no me cierro a opiniones y estoy abierto a discusiones al respecto. Tampoco estoy de acuerdo en que alguien vuelva dañino su gusto, ni que trate de convencer a los demás de que X o Y obra es lo mejor del mundo sin estar dispuesto a discutirlo. La única verdad que no necesita ser discutida es que el mejor Final Fantasy de todos los tiempos es el VI 😀

Al final, creo que se trata de simple tolerancia. Conforme me voy haciendo viejo me doy cuenta de lo simples que son problemas o situaciones a las que me enfrenté en mis años mozos, pero bien dicen que no se experimenta en cabeza ajena y que más sabe el diablo por viejo que por diablo.

¡Feliz 2020!

Ha comenzado el año, y también el 干支 (eto, calendario chino). Es el año del ratón, el animalito que fue lo suficientemente listo para ser el primero en llegar al lugar donde los animales fueron llamados para formar dicho calendario (aunque engañando a la vaca, quien se supone sería la primera).

Estoy seguro que todos ustedes tienen proyectos y própositos para este 2020. No dejen que se queden en ideas o en papel y muévanse para intentar hacerlos realidad. Los sueños grandes toman tiempo, pero si trabajan en ellos, es un hecho que verán resultados tarde o temprano.

Ojalá que este año sea mejor que todos los anteriores, que esté lleno de esperanza y salud, y que si van a venir a Japón avisen para ir a saludarlos.

¡Échenle ganas!

El 2019 en un kanji

Kanji de los años anteriores:

Creo que es tradición mencionar aquí que uno ni cuenta se da cuando es diciembre. No obstante, comparado con el 2018, este año fue muy muy muy diferente. La gente que me vio en persona el año pasado y éste me dice que estoy completamente cambiado; que el año pasado me veía gris, triste, sin mucho ánimo de nada, pero que este año me veía vivo, más alegre y con más ganas de todo.

La razón es obvia: el cambio de trabajo. Si bien la empresa anterior no se acerca ni de chiste a la descrita en Luz, los últimos años ahí fueron desgastantes y tediosos profesionalmente hablando. El nuevo trabajo ha probado ser un gran reto pero un cambio benéfico, y es la base para el kanji que escogí para sintetizar lo acaecido este año.

Este kanji tiene muchos significados, pero por el que lo escogí es “ver claramente”, “brillar intensamente”, “brillante”. Su lectura es “mei”.

Pensé mucho en poner el kanji de “ocupado” (忙) por el poco tiempo que tuve para mis cosas, incluyendo el blog, pero me decidí por éste debido a que una vez que mi ambiente cambió todo fue mucho más claro, y aunque ya tenía mis metas establecidas, ir recobrando la autoconfianza me ha ayudado a expandirlas y a trazar nuevas. No soy alguien nuevo: comienzo a recobrar el yo que era antes, y ¿saben algo? Eso me agrada mucho.

El kanji del año (en todo Japón) fue el que todos se esperaban: 「令」. Hay muchas razones, pero la principal es el cambio de era por el ascenso al trono del nuevo emperador.

El próximo año va a ser divertido porque las olimpiadas se van a celebrar en Tokio, y también porque estoy seguro de que veré algunas caras conocidas por este lado del mundo. Pero lo más importante es que me convertiré en padre por segunda vez y comenzaré de nuevo a escalar la montaña de cuidados de bebé que eso conlleva, aunque creo (y dicen) que será más fácil porque es el segundo. En estos momentos estoy debatiendo conmigo mismo sobre el nombre que le voy a poner.

Como siempre, agradezco mucho a los lectores por su tiempo, por sus comentarios, pero más que nada por su paciencia ante la sequía de publicaciones. El blog no desaparecerá ni está abandonado. Sigo respondiendo mensajes y todavía hay mucho por escribir, aunque ya ande en el cuarto piso.

Deseo que la pasen muy bien lo que resta del año, y que el siguiente esté lleno de éxitos. Reciban todos un fuerte abrazo desde Tokio.

Mini guía para quienes van a vivir en Japón

Me tardé mucho en escribir esta guía. Según WordPress, hice 39 revisiones del escrito, pero aún creo que no está terminada, y en algunos puntos siento que faltaron referencias. Comencé a escribirla en mayo del año pasado, pero he de mencionar que muchas de las revisiones fueron hechas en una tablet debido a que no tengo laptop, y las pocas veces que tenía tiempo eran fuera de casa. Ya en las últimas utilicé un teclado bluetooth que ayudó mucho a darle velocidad al asunto, aunque con muchos errores de dedo por lo pequeño que es.

En todo caso, no quedé del todo conforme con ella y seguramente estaré haciendo correcciones una vez que tenga acceso a una computadora.

Dejo aquí la liga para aquellos lleguen al blog directamente y no vean las páginas permanentes.

Lo que tienes que saber sobre Japón si vienes a vivir aquí

Acostumbrarse

No hace falta mencionarle a la gente de México que mi rancho (Guadalajara) es una ciudad relativamente grande, aunque se queda corta ante la CDMX. No obstante, al menos las veces que he regresado a visitar a mi familia, cada ez me encuentro con una Guadalajara cambiada, con menos árboles y más carros. A lo mejor es mi impresión y puede ser que esté totalmente equivocado; después de todo tengo más de 16 años de no vivir ahí. Sin embargo, lo que sí recuerdo es que las horas pico eran, desde mis tiempos de estudiante de bachillerato, toda una aventura.

No te extraño para nada
No te extraño para nada

Las idas a la escuela por la mañana eran memorables. Salir de casa a las 6:10 AM, caminar 8-9 cuadras hasta la parada del minibús y que éste pasara completamente atascado pero todavía se frenaba para subir a 2 o 3 pasajeros más que, de forma que hoy que lo pienso es totalmente milagrosa, todavía cabían, era el pan de cada día cuando tu primera clase era a las 7 AM (y lo peor cuando era contabilidad…). Ir colgado de alguna de las puertas servía mejor para despertarte y ponerte 100% alerta antes de llegar a tus labores estudiantiles, pues tenías que ir esquivando postes, árboles, y en el peor de los casos, bicicletas o motocicletas que hasta parece que le jugaban carreras al chofer. Y ahora que lo menciono se me hace increíble que nunca me tocó un accidente en esas circunstancias. Y ni se diga de la gente que iba dentro, estrujada en medio de quién sabe cuántos cuerpos que sufrían el mismo “castigo”. Y pobre del que fuera sentado y tenía que bajarse a la siguiente cuadra; era una tarea titánica.

Todo lo anterior no es raro en ninguna ciudad que se considere “grande”. Estoy seguro que situaciones similares se viven en muchos otros lugares, no solo de México sino también del mundo entero. Y también estoy seguro de que quienes han experimentado esto entenderán el estrés que causa. Pero no hay de otra: si vas en transporte público a la hora en la que la gran mayoría de las personas tienen que moverse de un lado a otro: o bien si agarras tu propio carro y te lanzas a la aventura al mismo tiempo que los otros miles de trabajadores que pensaron lo mismo que tú; o incluso si agarras tu moto o tu bici para poder pasarte entre el tráfico… de la manera que sea vas a sufrir estrés, y eso puede arruinar todo tu día, o al menos reduce la probabilidad de que vaya a ser bueno, porque llegar de malas a tu trabajo significa que vas a tardar más en poder concentrarte y comenzar tu día.

Uno creería que la gente que pasa por todo esto día a día termina acostumbrándose y no le da tanta importancia a los detalles de lo que pasa durante su trayecto a sus labores, pero la realidad es que hay gente que no lo puede tolerar. No hablo de la persona común y corriente que quizá haya tenido una mala mañana antes de salir de casa (eso es quizá mala suerte), sino de aquellos que, a sabiendas de lo que van a vivir terminan su viaje con un mal sabor de boca, o peor aún, inician o se entrometen en una trifulca que trae aún peores consecuencias. El caso es que no es nada fácil.

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En la cuenta regresiva

Solamente quiero dejar registro de que hoy cumplí 41 años. La cuenta regresiva para el retiro, la vejez, el futuro, etc., etc., ha comenzado.

Por muchas razones, este año ha sido muy pesado. Por ratos he sentido que de plano no la libro, pero la terquedad que me caracteriza me ha ayudado a salir adelante. Ha ayudado mucho también el cambio de trabajo.

Con todo, sigo perdiendo cabello 😛

Al tiempo no le voy a ganar, pero hay que agarrar la experiencia que traen consigo los sucesos a los que uno se enfrenta día con día.

Todavía no termino todo lo que quiero escribir aquí, pero estará listo para antes de que termine el año.

Saludos a todos, y gracias por seguir leyéndome.

Celeste

Como ya he mencionado antes, el tiempo que tengo para jugar videojuegos se ha reducido notablemente, siendo la ida y el regreso al/del trabajo la mejor oportunidad para hacerlo, dependiendo claro de que me pueda sentar (lo que no sucede tampoco muy a menudo :/)

Celeste es un juego que me atrapó desde el principio por su jugabilidad, pero después su historia terminó de engancharme por completo, sobre todo porque pasaba por un momento difícil y estaba con la incertidumbre de si me darían el trabajo nuevo o no. La verdad es que no tenía muchas esperanzas, pero tampoco las había perdido por completo, y creo que eso lo vi reflejado en Madeline, la protagonista.

El juego es retador, pero es considerado difícil por un gran número de jugadores. Es un juego de plataformas que, en cierta forma, recuerda a Super Meat Boy. La premisa es simple: eres una chica que sufre de depresión y decide que tiene que escalar la montaña Celeste. Las únicas habilidades que tiene son brincar, agarrarse de paredes por un corto periodo de tiempo, y hacer un “dash” , que es como correr pero lo puede hacer en cualquier dirección e incluso en el aire. Es todo. ¿Suena simple? En realidad lo es, pero conforme el juego avanza te obligará a ser mucho más preciso en la ejecución, y más adelante te enseña movimientos que estaban desde el principio pero que nadie te dijo cómo hacer.

En Celeste se cuenta el número de veces que mueres en un capítulo, y vaya que vas a morir un montón. No obstante, el intervalo entre tu muerte y la siguiente oportunidad es extremadamente corto, por lo que no corta en realidad la fluidez del juego. Además, cuando mueres comienzas nuevamente en la pantalla donde perdiste, por lo que no tienes que preocuparte por tener que volver a hacer algo para llegar a donde estabas. Por si fuera poco, el juego te alienta a “morir”, diciendo que el número de muertes indica que estás en proceso de aprendizaje… y así es.

Algunos niveles  “extra” presentan una dificultad en realidad elevada. El de arriba, por ejemplo, es la parte final del nivel 7-C. ¿Suelo? ¡Eso sería un lujo!

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