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Vivir en un país diferente a donde creciste conlleva muchos retos. El más obvio es, sin duda, el lenguaje. Cierto es que en Japón puedes vivir sin hablar mucho del idioma (o ni una pizca, conocí gente así), pero eso no lo hace más fácil, pues siempre estás dependiendo de alguien para que te saque de cualquier apuro, y por mucho que se diga que los japoneses son muy corteses y siempre están dispuestos a ayudarte, también tienen un límite en lo que pueden hacer por uno.

Pero dejemos el lenguaje a un lado. Sí, es quizá el punto más importante de vivir en otro país, pues así puedes conocer de primera mano lo que está sucediendo a tu alrededor: noticias, alertas de misiles o de terremotos, ofertas en tu supermercado local, etc., etc., pero aquí me quiero enfocar en otro punto que muchas veces ni lo pensamos porque, siendo sinceros, a muy poca gente se le ocurre que le puede pasar: un encuentro cercano con la ley y el crimen.

Como ya lo he comentado en diferentes ocasiones aquí en el blog, y otras tantas en las transmisiones en vivo, Japón es un país con un índice de criminalidad bajo. Tengan en cuenta que eso no significa que aquí no haya crímenes estilo telenovela o novela de misterio escrita por alguna mente torcida, sino que, en teoría, las probabilidades de que algo así pase son mucho menores a las de, por ejemplo, México. Ciertamente se respira un aire de tranquilidad cuando vas caminando por las calles, incluso a la mitad de la noche, y se siente raro (aun después de tantos años viviendo aquí) poder dejar tus cosas en la mesa e ir a pedir una bebida al mostrador de un café sin temor a que se las vayan a robar. “¡Es perfecto!” dirían unos, “¡parece un sueño!”, exclamarían otros. Y aunque sí, debo reconocer que así se siente, eso no quiere decir que no tienes que usar el sentido común en lo que a seguridad se refiere, solamente quiere decir que, en muchos aspectos, puedes estar más tranquilo (y con las noticias que se leen a diario de lo que sucede en México, es lógico que quienes leen esto sobre Japón lo eleven a niveles celestiales).

Así como el crimen es relativamente bajo, Japón se vanagloria de que más del 99% de los crímenes que se reportan son resueltos, es decir, se encuentra y se procesa al culpable. Suena impecable, casi perfecto. Pero aunque por un lado suena bonito, la otra cara de la moneda nos enseña un lado de Japón que muchos no conocen, y otros ruegan no tener que enfrentarlo: su sistema legal.

Aclaro que no soy experto en el tema, y que para consultas más detalladas es mejor buscar en fuentes oficiales, para que no vayan a tomar esto como un “vamos a preguntarle a Manuel cuáles son nuestras opciones si nos pasó esto y esto y esto”. Literalmente no soy abogado, así que por más que lo que escriba aquí suene como que sé mucho del tema, nada supera a una consulta legal con abogados de verdad. Recuerden que esto es solamente informativo. Como nota extra: aunque parezca chistoso que tenga que hacer esa aclaración, en realidad en los últimos meses he recibido correos en los que me hacen preguntas que son totalmente del área legal y que, por ende, no puedo responder. Haber vivido en Japón por más de 14 años (al momento de escribir esto) no implica que sé exactamente cómo se manejan todos los posibles casos. Para eso hay abogados en derecho internacional.

Dicho lo anterior:

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Fcitx en Ubuntu 16.04 después de actualizar

Debido a que escribí en Twitter al respecto, y que en general no tengo que editar mucho cuando escribo cosas técnicas, decidí dejar esto por acá para la posteridad (y a ver si a alguien más le sirve).

Hace unos días, actualicé la máquina que uso en el trabajo. Tenía Ubuntu 14.04 y todo funcionaba bien, pero el día apenas comenzaba y yo estoy súper atorado en el proyecto en el que estoy, por lo que decidí darme un “descanso” y actualizar a 16.04.

Todo estuvo bien, salvo unos archivos de apt. Pero cuando llegué a la configuración del método para escribir (donde agrego lo necesario para escribir en japonés), tuve un problema: ibus no reaccionaba. Pensé que era buena oportunidad de cambiar a fcitx, ya que en casa lo instalé y no medio problemas. No fue el caso en la máquina del trabajo: fcitx funcionaba en la terminal y en algunas otras aplicaciones, pero en Chrome, Firefox o similares, nada. Tampoco en Gedit… y fue eso último que me llevó a pensar que quizás había un problema con esa configuración.

En mi .xsession, tenía configuradas estas 2 variables:


export GTK_IM_MODULE=xim
export QT_IM_MODULE=xim

(que si no hay razón para seguir usando XIM es harina de otro costal). Cambié a:


export GTK_IM_MODULE=fcitx
export QT_IM_MODULE=fcitx
export XMODIFIERS=@im=fcitx

Pero nada…Pasé un buen rato buscando algo de información, pero no daba con algo en concreto. Obviamente había buscando en la información oficial, pero no lo hice de nuevo después de pensar que GTK podría ser el problema.

Me encontré entonces en el FAQ de fcitx:

  • If you are using Ubuntu and upgrade to 12.04 recently, or something werid happens to your system (Due to packager careless, or buggy package manager which can not do upgrade in correct order, for example, pacman), you might notice that gtk.immodules related files doesn’t generate correctly during upgrade. Try uninstall fcitx-frontend-gtk2fcitx-frontend-gtk3 or coressponding package on your system and re-install them to trigger the file generate. Then recheck the input method menu to see whether it have “Fcitx” in the menu or not.

¡Ajá! Yo había actualizado a 16.04, pero los síntomas eran muy similares. Así que hice lo indicado:


$ sudo apt purge fcitx-frontend-gtk2 fcitx-frontend-gtk3

$ sudo apt install fcitx-frontend-gtk2 fcitx-frontend-gtk3

$ fcitx -r &

Ejecuté Gedit y, ¡bien! Ya podía escribir en japonés de nuevo. Pero seguía la prueba final: Google Chrome (o Vivaldi, que también lo uso)

成功!

Pasé día y medio teniendo que escribir en Emacs y copiando y pegando a Chrome cuando tenía que enviar algún correo en japonés. ¡Pero no más! 😀

Título de canción de Spotify en Xmobar

Aunque sé que Xmobar tiene Mpris1 y Mpris2, resulta que no lo instalé con soporte para ninguno, por lo que si quería poner el título de la canción que está siendo reproducida en Spotify, tenía que hacerlo a mano.

Tenía un buen rato de no hacer un script de estos. Quizá haya mejores alternativas, pero para algo que me tomó unos 20 minutos, creo que cumple su objetivo:

#!/bin/bash

spotify_pid=`pgrep spotify | head -1`

if [[ ! -z $spotify_pid ]]; then
   found=false
   while [ "$found" = false ] && IFS= read -r line; do
      pid=`echo $line | awk '{ print $3 }'`
      if [ "$pid" = "$spotify_pid" ]; then
         title=`echo $line | awk '{$1=$2=$3=$4=""; print $0 }' | tr -s ' '`
         echo "Spotify: ${title} | "
         found=true
      fi
   done < <(wmctrl -lp)
fi

El resultado:

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Parece algo muy simple, y muchos pensarán que estoy diciendo algo muy obvio, que no necesita discusión, pero con el paso del tiempo me he percatado cada vez más que muchas personas quieren hacer algo pero no pasan del pensamiento, es decir, no comienzan a actuar para lograr ese fin.

Hace poco me preguntaron en el gato curioso qué tipo de personas toleraba menos, y mi respuesta fue “las que tienen un sueño, pero no hacen ni el menor esfuerzo por alcanzarlo”. Lo he mencionado muchas veces aquí a lo largo de los años, refiriendo ejemplos de gente que conocí en persona o en línea y que me cuenta de lo mucho que les gustaría venir a Japón (incluyendo como idealizan – erróneamente – al país), pero no tienen respuesta cuando les preguntas qué han intentado hacer para lograr esa meta.

Creo firmemente que el problema se origina en el poco o nulo apoyo que tenemos (sí, me incluyo) cuando nos ponemos como objetivo algo grande, que para muchos es imposible. En el ambiente donde me crié no estaba prohibido tener sueños, pero entre familiares, amigos y conocidos se creaba un ambiente de negatividad o incredulidad cuando les comunicabas que estabas haciendo algo fuera de la norma, algo diferente que probablemente llevaría a una meta más grande. ¿Qué es lo que por lo general recibes como respuesta? Expresiones como “es una pérdida de tiempo”, “ni te canses”, “eso no te va a servir”, “se vale soñar”, etc., etc., y por experiencia les digo que eso desanima a cualquiera. Así ni te dan ganas de comenzar a luchar por algo.

Recuerdo una vez que estaba en las arcadias, jugando el recién estrenado Fatal Fury 2 (sí, quizá muchos de ustedes ni siquiera habían nacido :P), había dos muchachos que frecuentaban el lugar y eran buena “reta”; por lo que quieran y gusten, a mí se me ocurrió leer la frase en inglés “Conqer the World” (sic), y eso fue suficiente para que me tiraran carro durante algún tiempo. La frase que uno de ellos mencionó se me quedó grabada: “Si sabes algo es mejor no decir nada, porque no te la vas a acabar con la carrila”.

Con este tipo de ambiente y respuestas, es lógico que a nadie se le ocurra comenzar o intentar algo nuevo. Es parte de nuestra naturaleza sentirnos aceptados, y si no hay gente que tenga las mismas inquietudes que uno, o bien gente que no juzgue lo que otros intentan hacer, nos da miedo emprender la aventura nosotros solos.

No obstante, vale totalmente la pena hacerlo. El sentimiento que te invade cuando por fin logras algún avance, por pequeño que sea, es indescriptible, y he de ser sincero: poder mostrarles tus logros a aquellos que lo único que hicieron fueron “darte el avión” también se siente muy bien.

Aquí un detalle: lo más importante que debemos entender es que no vamos a obtener resultados inmediatamente. Hay personas a las que no les cuesta trabajo intentar algo nuevo, pero desisten rápidamente al ver que los frutos que querían no fueron obtenidos. No hay atajos: hay que comenzar desde cero, buscar rutas y equivocarse un montón. Solamente así es posible avanzar.

Entiendo a la perfección que muchas veces entran factores que están fuera de nuestro alcance, y ante ello no hay mucho por hacer. Con todo, la idea es que por uno no quede: avanzar hasta donde sea posible, y estar preparado para reiniciar al trayecto cuando la situación lo permita. Lo que ahora representa un problema no necesariamente lo hará en el futuro, y si sabemos esperar y estamos preparados para cuando llegue el momento.

Lo anterior aplica a todo: desde cosas tan simples como hacerse bueno en un juego de peleas, hasta algo como conseguir una beca para estudiar en Japón.

¿Por qué todo este rollo psicológico? Porque por tanto estrés que me estaba llegando por todos lados, de repente comencé a caer en el hoyo de “mejor ni le muevo” a varias cosas que tenía planeadas desde hace tiempo. Por un momento olvidé el sentimiento que me hizo aprender japonés e intentar obtener una beca para estudiar por acá, y me estaba comenzando a encerrar en un caparazón que me prometía falsa seguridad.

La situación es mucho menos trágica de lo que se lee, pero aun así me hizo sentarme a reflexionar. Para mí, lo más importante fue recordar que cualquier avance es bueno, pues por lo general suelo minimizar lo que sé y puedo hacer.  Ciertamente el estrés que tengo ahora estará ahí por un rato (es causado por un factor externo que no puedo ignorar), pero al menos ya me siento un poco mejor.

¿Tienes alguna idea o quieres comenzar a estudiar o intentar algo nuevo? ¿Qué te detiene? Si tú no lo haces, nadie lo va a hacer por ti.

 

Tiempo libre… ¿dónde estás?

Ni me había caído el veinte de que ya entramos a la recta final de junio… sabía que no había escrito nada aquí, pero me sorprendió que hubiera ya pasado todo este tiempo desde la última vez.

Escritos a medias, temas en el tintero, sugerencias de los lectores, correos y comentarios sin responder… todo está ahí. Los correos y comentarios ya están respondidos (creo), pero lo demás ahí sigue.

En primavera comencé a tomar un curso en la universidad de Tokio, que aunque es relativamente sencillo porque mucho de eso ya lo estudié, me mandaron del trabajo tanto por el hype de que es en esa universidad, como por una certificación expedida que avala que tomé el curso (y esperemos que diga que sí lo pasé). El punto es que hay mucha práctica y todas las semanas hay tarea. Entonces, el poco tiempo libre que he tenido durante los últimos meses se ha ido principalmente a esas tareas. No es extraño ya quedarme despierto hasta las 2 o 3 am corriendo un experimento, o estar una buena parte del domingo enfrente del monitor tratando de aumentar la precisión de lo que la computadora me regresa. ¿Videojuegos? Solamente a ratos en el tren, y si es que me toca sentarme, pero PS4 no, nada.

Obviamente no es que esté totalmente hasta el cuello de cosas que hacer, pero le doy prioridad a mi familia, y en especial a mi hijo, pues ahora que convivió con la familia de mi esposa por una semana se soltó hablando japonés ya de forma fluída y construyendo frases completas, mientras que de español sigue con frases cortas e incompletas, aunque visiblemente entiende todo lo que le digo y me responde. He notado también que cuando estamos nada más el y yo sin su mamá cerca (digamos, que lo llevé al parque), le da por hablar nada más español e intenta decir más cosas en ese idioma, pero si ve o siente que mi esposa está cerca, se apoya mucho más en japonés. Por tanto, gran parte de mi tiempo libre lo uso para jugar con él, hacer que aprenda más vocabulario y que genere más frases.

Ayer estuve un buen rato jugando a los “monitos”: él fingía que se caía, y yo con una figura de elefante iba a ver si estaba bien y en donde le dolía. Cada vez que fingía caerse decía “¡se cayó!”, y cada vez yo le corregía diciendo “¡me caí!”. Tomó fácil unos 10 intentos hasta que comenzó a decir “¡me caí!” en vez de generar la frase en tercera persona. Es natural que, por la gramática japonesa, intente usar la misma conjugación para todo, pero he notado que poco a poco se está dando cuenta de que en español la forma de decir algo cambia dependiendo del sujeto.

Sí, sé que es una batalla muy difícil al ser solamente yo (auxiliado por libros y YouTube) su única fuente de español, pero no estoy dispuesto a rendirme.

En fin, sigo al pendiente de todo por acá, pero creo que será hasta la segunda semana de julio cuando ya estaré un poco más activo por acá.

Primero las bases

El otro día, después de una acalorada y fuerte discusión amena plática con mi esposa, me hizo reflexionar sobre algo que es muy simple, y sin embargo de repente se me va el avión al respecto.

Caso en cuestión: mi hijo por lo general tiene la costumbre de guardar sus juguetes cuando termina de jugar, pero esa costumbre es intermitente, y mi esposa (y yo, para tal efecto) le indica que tiene que guardar sus cosas cuando no las va a usar. Esta vez en concreto fue una de ésas en las que hizo las cosas a medias, es decir, dejó algunos juguetes tirados. La cuestión es que eran pocos, y en un rincón en los que sinceramente no estorbaban, así que me pareció un poco exagerado que le dijera que tenían que ser todos, y que a fin de cuentas no causaba mayor problema que dejara esos fuera. Error, y no porque ella se enojara al respecto, sino porque estaba dejando pasar algo muy obvio.

Mi idea en sí era que no era completamente necesario recoger todo si no estorbaba; a fin de cuentas, podía hacerlo al siguiente día y nada cambiaría, pero las palabras que mi esposa mencionó retumbaron en mi ser:

Sinceramente, hasta yo creo que podía haber dejado los juguetes ahí, pero la diferencia es que sí habría afectado en algo: el niño todavía no sabe evaluar si algo es suficiente o no; para nosotros es fácil, pero para él no, por tanto primero tiene que aprender a hacer todo como debe de ser. Nosotros somos los maestros ahora, y cuando te toca ser maestro, tienes que enseñarle a los alumnos las cosas como se deben hacer, no a medias, y los alumnos, una vez que comprendan, serán capaces de discernir cuando pueden “tomar atajos”.

Lo dicho: muy obvio,  lo sé. Pero eso me recordó que prácticamente he recomendado eso siempre, y me extrañó no poder aplicarlo en mi hijo de primera instancia. Aunque son analogías algo diferentes, recuerdo que cuando alguien me pregunta cómo estudiar japonés, le digo que lo primero que tiene que hacer es no aprender, leer o escribir, con romaji, por los vicios que eso crea. Sí, el avance es más rápido al inicio, pero llegará el punto en el que el romaji se convertirá en un obstáculo, y si no se libró desde el principio, será mucho más difícil hacerlo después. Igual que cuando alguien me pregunta cómo aprender a programar: normalmente se les cuecen las habas por sentarse enfrente de una computadora, abrir un IDE y comenzar a teclear en algún lenguaje en concreto (últimamente mencionan mucho C#), pero mi primera recomendación es agarrar papel y lápiz, aprender lo que es secuenciación, selección e iteración, y crear algoritmos en papel para resolver problemas matemáticos, primero simples, y después complicados. Uno de los primeros programas que yo hice fue una versión propia (y rarísima) de calcular el factorial de un número: hice un while, y hacía los brincos de 2 en 2; ignoraba qué es la recursividad, así que tenía que salir adelante con lo que sabía.

No es la primera vez que olvido que primero se tiene que aprender lo básico para después poder comenzar a “jugar” con la cosas: la primera vez que intenté estudiar Support Vector Machines yo sentía que era nada más sentarme un ratito a leer y entender el concepto; hasta compré el libro oficial de su creador, según yo para tener la fuente real y comprender a la perfección… y me fui para atrás cuando me di cuenta que no entendía nada, pero nada al respecto, y que para hacerlo tenía que dar marcha atrás a aprender los conceptos básicos que me permitirian entender qué diantres estaba pasando, qué es un kernel, y cuál es la belleza de las SVM (eran tiempos en los que todos creíamos que las SVM iban a salvar al mundo).

Sí, llegará el momento en el que me hijo decidirá dejar sus cosas y su cuarto tirados y evaluará que no le afecta a nadie en ese momento, pero si no aprende que ésa es la excepción y no la regla, entonces la falla será completamente de nosotros, como padres, y en caso concreto de esta ocasión, mía.

Escritos como estos sí me hacen pensar como papá pitufo…

Fugacidad

Hace poco, respondiendo preguntas en el gato curioso, alguien me preguntó si era feliz en Japón. Respondí en su momento,  e incluso mencioné algo similar en mi carta a una relación de 14 años, pero lo consideré buen tema para ahondar un poco más.

Si debo de dar una respuesta concreta, sería invariablemente “no”, pero eso no significa que esté siendo un mártir, que la esté pasando mal por acá o que simplemente no disfrute mi estancia en este país; ese “no” va muy ligado a mi personalidad y a lo que exijo de mí mismo.

Verán: creo que mi respuesta sería “no” independientemente del país en donde estuviera. Siempre estoy buscando hacer un poco más, mejorar en algún aspecto, y rara vez me doy tiempo de saborear lo que he logrado. He aprendido a “bajar la velocidad”, cierto, y esas raras veces de voltear a ver lo logrado han aumentado con el paso de los años (aunque usted no lo crea), pero siempre he sentido que si me detengo, caería en un letargo en el que no me gustaría estar.

No obstante, y de forma irónica, he estado en esos letargos, algunas veces más tiempo del que me gustaría admitir. Y para ser sincero, aunque se siente bien tomarse un descanso y no puedo negar que todo se hace más fácil, a la larga me terminan provocando más estrés una vez que salgo de ellos. Sí, yo y mi personalidad :/

El problema radica en que soy muy exigente conmigo mismo. Aprender a separar lo que sí puedo hacer, lo que sí puedo pero no tengo tiempo de hacer y lo que de plano no puedo hacer tomó tiempo, y creo que todavía estoy en proceso de aceptación. No soy todólogo, ni nunca me he creído uno, pero siempre me ha gustado estar informado o conocer un poco de todo. Lo malo es que luego trato de ir más a fondo en todo, y es ahí cuando digo “ya valió”.

El momento en el que me siento plenamente feliz es cuando consigo algo después de mucho tiempo de haberlo intentado. Es por eso que valoro mucho el conocimiento, porque por lo general no es fácil adquirirlo, pero una vez que lo tienes, lo haces tuyo y lo manejas como quieres, nace ese sentimiento de que todo valió la pena. Vamos, es la recompensa después de un gran esfuerzo. Y sin embargo, esos momentos son efímeros, y antes de que comience a disfrutar de ese sentimiento, ya nació otro de “¿qué sigue?”. Es cansado, no lo niego.

Lo anterior no quiere decir que no disfrute mi estancia en Japón, ni a mi familia, ni a amigos. Todo lo contrario: todos esos son factores que contribuyen a que me sienta bien y a que le eche ganas todos los días. Sin embargo, tengo el “trauma” de que si digo que “soy feliz”, deje de buscar más, tanto para mí como para los que me rodean; de ahí que sienta lo efímero de la felicidad. ¿O quizá debería decir que mi felicidad es estar buscándola siempre?

Japón ha sido, sin lugar a dudas, el reto más grande que he tenido en la vida; y en muchos aspectos lo sigue siendo. Y al igual que hace 15 años, cuando apenas planeaba venir para acá, me enfrento a diferentes obstáculos y me encuentro con comentarios adversos a mi estancia de este lado del charco. Ciertamente estar aquí no es del todo fácil, y día a día te enfrentas con situaciones únicas, o que al menos no vivirías en tu país de origen, pero si todo fuera malo creo que ya habría huído. Y tomen en cuenta que quejarse de Japón no necesariamente significa odiarlo, así como quejarse de México y todo lo que conlleva su situación actual, no significa que se le haga feo.

Por lo pronto, a seguir aprendiendo a balancear las cosas.

Dos años después

Ver a un hijo crecer es una de las dichas más grandes que he encontrado en la vida. Había visto como criaban a muchos niños, desde mis hermanos menores, hasta familiares y vecinos, pero nunca, sinceramente nunca, pensé o me di cuenta de todo lo que conlleva ver a un niño correr y jugar.

Mi papá nunca tuvo paciencia con los niños. Es fecha de que todavía no soporta ver a un niño correr y jugar dentro de la casa. Yo crecí bajo la idea de que, cuando estaba mi papá en casa, no debía de hacer prácticamente nada puesto que sentía que todo le molestaba. Si corría, era “¡no estés corriendo!”; si brincaba, era “¡deja de brincar”; si hablaba porque quería la atención de alguien, era “¡tú cállate!”. No son tan bonitos recuerdos, para ser francos. Cada que iba a la casa de algún amigo o familiar y veía cómo ahí los otros niños corrían y brincaban, me entraba el miedo de que, en cualquier momento, los papás o algún adulto fueran a enojarse.

Ahora que soy padre y que mi hijo ha cumplido dos años, me he percatado de muchos detalles que ignoraba respecto a la crianza de los niños. Gracias al trabajo que tuve en Iizuka de enseñar inglés a niños aprendí a manejarlos y a comunicarme con ellos, y me di cuenta de que en realidad era muy paciente, solamente que no lo quería sacar. Y es que un niño va a correr, va a brincar, va a interrumpirte siempre que quiera atención, va a pedirte tiempo cuando menos lo esperas, porque para esa personita tú eres el mundo, su espacio de seguridad ante tanta cosa desconocida con la que se encuentra día tras día. Tu vida ya no es nada más tuya, sino también de él. Y es ahí donde siento la diferencia en el trato de padres a hijos, y es donde podría entender la actitud que mi papá tomaba hacia nosotros (y actualmente hacia mis sobrinos), pero solamente “podría”, porque definitivamente no comparto esa visión: tener un hijo te cambia la vida, en todas las formas y significados posibles.

Sí, es una “joda”, y sí, hay veces en que quisieras gritar, y ruegas por tener ya ni siquiera un día, sino unos minutos para ti. El estrés se vuelve el pan de cada día porque ya no es nada más el trabajo y tu pareja (con todos los altibajos que ambos tienen), sino que una persona requiere de ti como nadie más lo había requerido en tu vida. Pero dentro de esa “joda” están todos lo momentos mágicos que en un instante hacen que el estrés acumulado, las horas de desvelo que han pasado, la preocupación que tienes cuando ves al niño enfermo, y hasta las lágrimas de desesperación que has derramado cuando todo se te junta y tu hijo algo quiere pero no sabes qué es e intentas entenderlo sin éxito, desaparezcan de la faz de la tierra y sientas como que nunca nada de eso ocurrió. No sé los demás, pero yo estoy inmensamente feliz por esa “joda”, y más aún por esos momentos.

Convertirme en papá ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida, y convertirme en el primer y principal guía que mi hijo tendrá a lo largo de su vida es una gran dicha, Definitivamente no es nada fácil, y hay muchas cosas que hay que adaptar (no voy a decir “sacrificar”), pero al final todo, absolutamente todo, vale la pena.

¡Feliz cumpleaños número dos hijo! Y de nuevo, publicado justo el día y a la hora en la que hace dos años llegaste a nosotros.

Vencí al aventurero

Por fin le gané al aventurero de Bravely Default la semana pasada. La batalla duró aproximadamente una hora.
 
Terminé usando lo siguiente. Todos los personajes nivel 99, y las clases usadas (ambas por personaje) en Master:
 
Agnes: Vampire/White Mage
Tiz: Valkyrie/Freelancer
Edea: Ranger/Freelancer
Ringabel: Freelancer/Performer
 
Agnes pudo haber sido Templar en vez de White Mage (por Rampart), pero White Mage funcionó bien, aunque nada más utilicé un Heal una vez.
 
Mimic fue la llave para ganar la pelea. El chiste es:
 
  • Agnes usa puros debuff en el aventurero especialmente en ataque físico para evitar que su ataque que les pega a todos los elimine. Cuando se necesite curar, White Wind hace un parote (porque cura a todos).
  • Ringabel: Brave x 2, My hero, Mimic. Esto da 2 BP a los demás y deja a Ringabel en -1, pero es soportable.
  • Tiz: Brave x 3, Crescent Moon, Mimic x 2.
  • Edea: Brave x 3, Multiburst, Mimic x 2.
Enjuague y repita. Cuando Agnes esté baja en MP, Tiz o Edea hacen Brave x 3, Ether Turbo a Agnes, Mimic x 2.
Para que lo anterior funcione, los personajes deben de ser capaces de sobrevivir a 2 ataques del aventurero en el mismo round, ya que cuando le bajas más de la mitad hace Brave y su ataque manchado 2 veces, o bien 2 veces Meteo. Con los debuff de Agnes el daño es menor, pero aún así es necesario tener más de 9500 HP por personaje para estar seguro de no morir. ¡Ah! Protección contra Blindness es obligatoria.
 
Al ganar la batalla recibes el item llamado 冒険家の証, “La marca del aventurero”, 0 pq, 0 xp, 0 JP. O sea que la batalla es nada más por gusto, y como en ese dungeon no funcionan teleport ni las teleport stone, aviéntate a regresarte del piso -10 hasta el -1 (pero con 黄泉送り y アラームピアス es relativamente fácil).
 
Después, me lancé a terminar el juego otra vez. Ouroboros da risa de lo fácil que está comparado con el aventurero. Vi el bonito final, y por fin le digo adiós a este juego.
Pero he comenzado ya Bravely Second…

Mi reencuentro con los RPGs

El último título del género que jugué en forma fue el fatídico Final Fantasy XIII. He de reconocer que soy más fan de esa franquicia que de Dragon Quest, aunque recientemente los títulos de ésta última me han llamado mucho la atención (sobre todo ahora que se anunció el XI oficialmente).  No obstante, aun siendo fan de los RPGs desde que estaba chico, me tomó mucho tiempo decidirme a jugar FFXIII… y quedé decepcionado. No he jugado el XIII-2 ni el Lightning Returns, pero dejemos eso de lado. Cierto, más recientemente jugué Final Fantasy Type Zero, pero a ése lo considero más Action-RPG que RPG puro.

Aunque parezca increíble, una de las razones por las que me distancié de los RPG (y concretamente, de los J-RPG) fue el idioma. No que no pudiera leer japonés, pero sí me daba un montón de flojera porque, aunque no me cueste trabajo, no puedo negar que la información que leo en japonés se procesa un poco más lento que la que leo en inglés o en español, lo que significa que me lleva más tiempo leer algo en japonés que en los otros dos idiomas. El entendimiento del idioma nunca lo he considerado un problema para jugar un título, y eso desde hace mucho, incluso desde que estaba en México.

En mi tierra me tocó jugar varios títulos en japonés directamente. Mi primera novia me regaló el juego de Escaflowne de PSOne en japonés; conseguí un título de Magic Knight Rayearth que también disfruté por un rato. Con todo, el primer título que realmente jugué en japonés de principio a fin (y sí, en México) fue Brave Fencer Musashiden.

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La vida de un mexicano en el país del sol naciente.