El cuarto piso

Ya valió madres…

Ustedes perdonarán lo “florido” de la expresión que encabeza este escrito, pero no pude encontrar una que describiera mejor el sentimiento.

Es una tarea titánica resumir lo que ha pasado en una década, sobre todo en una vivida completamente en un lugar tan diferente al del país que te vio nacer y crecer, así que me centraré en lo más importante: decirles que si se les vuelve a ir la pelota a mi jardín ya no se las voy a dar 😛

¡Ah! Qué tiempos aquellos en los que la vida era nada más llegar de la escuela, hacer la tarea y salir a jugar con los de la cuadra, sin importar el riesgo de volar la pelota al jardín de algún vecino y andar buscando forma de recuperarla sin tocarle. Ya llovió, lo sé. Pero regresemos al tema para no mostrar tan descaradamente mi lado senil.

Cuando cumplí 30 años estaba en Guadalajara de viaje justo después de haber ido a una conferencia en el Estado de México. En ese entonces no le di mucha importancia a la fecha puesto que estaba más preocupado acerca de si me podría graduar del doctorado a tiempo o no. Afortunadamente me salió el certificado en una caja de cereal y ¡terminé! (o mejor dicho, me obligaron a terminar). No obstante, aun con el estrés de esos días y la incertidumbre de no saber qué hacer después, el día a día era más fácil. La vida en Iizuka era relativamente tranquila, y después de 5 años de haber vivido ahí me había acostumbrado a lo lento que transcurrre el tiempo ahí.

Ahora que cumplo 40, mucho ha cambiado. Dejando de lado la parte física (arrugas, menos pelo, más dolores musculares, etc., etc.), la pasada década fue de cambios intensos en mi vida y en mi forma de pensar… y en la cantidad de horas que puedo dormir al día. Resumiendo:

  • Dejé la zona de confort llamada “Iizuka” y me lancé a la aventura llamada “Tokio”, lo que profesionalmente hablado ha dejado resultados mixtos.
  • Me amarré casé.
  • Viví en carne propia lo que es estar a punto de perder toda la esperanza por culpa de un trabajo, o mejor dicho, de un jefe totalmente inepto y déspota.
  • Me convertí en padre.
  • Visité por primera vez Europa. Me falta nada más tocar tierra en África para haber visitado “los cinco continentes”.
  • Aprendí a tirar el orgullo con tal de ver caras felices (que valen totalmente la pena).
  • Asistí a mi primer EVO.
  • Conocí gente que en la vida pensé que podría hacerlo.
  • Aunque recientemente con intervalos de inactividad por razones obvias, seguí escribiendo el blog, y gracias a él, he podido conocer  (en persona) de México y otros países.

Cuando estás más joven, te llegas a preguntar cómo las personas de más edad dejan de hacer cosas, se vuelven “aburridas” y se la pasan hablando la mayor parte del tiempo de lo mejor que eran las cosas antes. Disfrutas pensando que a ti nunca te va a pasar, que tú vas a ser cool, la excepción a la regla cuando llegues a esa edad. Y lo curioso es que lo sigues pensando sin darte cuenta de que, poco a poco,  esos cambios se van dando y es muy probable que tú no los percibas, pero puedes estar seguro de que la gente que convive contigo sí. Cuando menos lo piensas, llegaste a una edad que veías lejana, y aunque sí, es cierto que eres diferente y que no caíste en todos los estereotipos de los que alguna vez te quejabas, también lo es el hecho de que muchas de esas características y comportamientos se volvieron parte de ti, no porque tú lo hayas querido, sino que se fueron acoplando a las situaciones que viviste y a las decisiones que tomaste.

Concretamente hablando de ser un mexicano en Japón, no ayuda tampoco el estar entre dos culturas y tratar de estar al tanto de ambas. La gente con la que crecí y era (o sigue siendo) mi amiga, también ha cambiado con el paso de los años, pero a ellos les afectaron sucesos y experiencias diferentes que los que a mí, y por ende no podemos estar en sintonía como lo hacíamos antes. Lo mismo pasa con la familia y hasta con el mismo lugar de nacimiento: todo lo quieres ver como lo dejaste o quieres tratar a la gente (o quienes que te traten) basado en lo que tú has vivido. Obviamente no se puede.

Todo se oye muy dramático, y hasta parece que ya estoy “chocheando”, pero no (al menos no que yo sepa :P). Simplemente quiero entrar en esta década con la mente clara, con plena identificación de lo bueno y lo malo, tanto para disfrutar lo primero como para combatir lo segundo. Y quizá para algunos parezca exagerado o todavía muy rápido, pero es buen momento de ir pensando sobre el legado que quiero dejar, y en general, del futuro a largo (aunque ya ni tanto) plazo. Se vienen decisiones muy pesadas, y no les voy a mentir cuando les digo que seguramente en más de alguna voy a sufrirle, pero no todo será malo, yquiero ese sufrimiento y esas bondades que las decisiones van a traer consigo sean recibidas de la mejor forma posible. Ya no nada más es para mí, ahora soy el arquitecto y director de una familia, y debo considerar todo como tal. Nunca aceptar lo que venga, o “el destino”, sino trabajar para llegar a él y para cambiar las circunstancias que, en este momento, no son buenas. En resumen: debo aprender a amalgamar la mente que tenía hace más de 15 años cuando recién vine a Japón con la mente de ahora que soy padre y jefe de familia, con el “extra” de serlo en un país tan diferente al mío.

Y bueno… después de los párrafos anteriores donde me estoy cortando las venas con galletas de animalitos mientras nieva y hay música de violines acompañando, hay que celebrar que llegué al cuarto piso. No, todavía no quiero mi cocol (pero ya se antoja). No habrá fiesta ni nada parecido ($$$), mas espero al menos darme el gusto de comer algo rico hoy.

Una última cosa: seguirán ganando puntos malos si me hablan de usted. Los acusaré directamente con Santa Claus, el niño Dios, los Santos Reyes o quienes sean que les traigan juguetes en Navidad 😛

¿Sabías que…? – Parte 29

Apenas puedo creer que haya pasado un año desde el último artículo en esta categoría. Según yo, no era tanto… Mejor entremos en el tema.

Mucho se habla del trabajo en Japón: las condiciones, costumbres, famosas horas-nalga, etc., pero algo que es digno de mencionarse es lo siguiente:

¿Sabías que la mayoría de empresas en Japón dan apoyo de transporte a sus empleados, y (aunque con límites) generalmente es suficiente para que ellos no gasten más para moverse de su casa al trabajo (y viceversa)?

Tsuukinteate (apoyo de transporte al lugar de trabajo)

La cuestión aquí es que el apoyo no es obligatorio, pero, al menos en el ámbito laboral una vez que estás fuera de la universidad, no me ha tocado conocer a nadie que tenga que gastar dinero en transporte casa-trabajo-casa. Menciono lo de “una vez que estás fuera de la universidad” porque en los famosos “arubaito” (trabajos de medio tiempo), la situación puede ser diferente.

Ahora bien, la cantidad máxima mensual libre de impuestos que uno puede recibir está dividida principalmente en 2 categorías:

  1. Gente que se transporta en bicicleta o carro. La cantidad máxima depende de la distancia entre la casa y el trabajo).

    ・Menos de 2km: toda la cantidad es gravable.
    ・De 2km a menos de 10km: 4,200 yenes
    ・De 10km a menos de 15km: 7,100 yenes
    ・De 15km a menos de 25km: 12,900 yenes
    ・De 25km a menos de 35km: 18,700 yenes
    ・De 35km a menos 45km: 24,400 yenes
    ・De 45km a menos de 55km: 28,000 yenes
    ・De 55km en adelante: 31,600 yenes

  2. Gente que se transporta en autobús o tren. El límite es 150,000 yenes.

Fuente: Agencia Nacional de Impuestos de Japón (en japonés)

Algunas empresas tratan de que darle apoyo de vivienda a los empleados que viven a menos de 2 km de la empresa, y éste muchas veces se traduce en pagar la mitad de la renta. Así me pasó a mí en mi primer trabajo en Tokio: la empresa presionó mucho para que viviera en un radio de menos de 2 km, lo cual terminó siendo totalmente perjudicial para mí por razones ya expresadas anteriormente. Cuando me mudé de casa antes de renunciar a ese trabajo, me cambiaron el apoyo de vivienda por el de transporte.

En la empresa actual, lo que me dan es justo la cantidad que cuesta el 定期券 (teikiken) de mi casa a la oficina por 6 meses; recibo el apoyo cada medio año. El teikiken es un “boleto” que cubre una la cuota de un punto A a un punto B por una ruta establecida (porque puede haber más de una forma de llegar de A a B, y uno tiene que decidir cuál usará).

Actualmente, el teikiken se registra en una tarjeta electrónica de prepago que se usa en los medios de transporte en Japón. Cada región del país tiene la suya; en Tokio hay 2: Pasmo y Suica. Sin embargo, desde hace algunos años las tarjetas de cualquier región de Japón se pueden usar en todo el país (yo he usado mi Pasmo en los rincones perdidos de Iizuka).

Pasmo con teikiken

Ahora bien, el punto “interesante” del teikiken es que, como cubre la distancia de A a B, lo puedes usar para viajar a cualquier punto entre A y B mientras esté dentro de la ruta elegida para llegar de A a B. Digamos que un domingo quiero ir a X, que está justo a la mitad entre A y B, puedo usar mi teikiken para ir sin necesidad de pagar puesto que el costo ya está dentro de él.

Obviamente hay “trucos” que uno puede hacer al momento de decidir la ruta para el teikiken. Uno de los más comunes es el de maximizar la distancia sin alterar el costo. En muchas ocasiones, ir de un punto A a un punto B cuesta lo mismo que ir a un punto C, que está a una o quizá dos estaciones después de B. La empresa confirma el costo del teikiken de A a B y te da esa cantidad. Al comprar el teikiken, en vez de ponerlo de A a B, lo pones de A a C. Te cuesta lo mismo, y en algunas ocasiones puede ser útil para minimizar costos cuando te toque transportarte a, o desde, C.

Por lo general, las empresas te dan el dinero y tú compras el teikiken. Huelga decir que hay gente que necesita dinero para X cosa urgente y en vez de comprar el teikiken por 6 meses lo compra por 3, usa el dinero restante para lo que necesita, y a los 3 meses lo renueva.

Existe otro “truco”, pero éste sí es más peligroso. Un ex-compañero de trabajo recibía el dinero para su teikiken pero no lo usaba, y en cambio iba al trabajo en bicicleta, a escondidas de la empresa. La empresa en cuestión prohibía ir al trabajo en carro, motocicleta o bicicleta, y en el dado caso de que el compañero causara o fuera parte de un accidente mientras se transportaba al o del trabajo, enfrentaría muchos problemas, y estaría posiblemente encarando una situación de despido. Parece tonto que una empresa prohíba a sus empleados transportarse al trabajo en ese tipo de vehículos, pero la razón es que el tiempo de transporte del y hacia el trabajo pueden ser considerados como parte del mismo, y por ende, en caso de un accidente, la empresa tendría que responder por el empleado, sobre todo en el caso de que un afectado demande indemnizaciones.

Cabe aclarar que aunque el apoyo de transporte se considera parte del sueldo que uno percibe, éste no se toma en cuenta al momento de negociar un sueldo o de decir cuánto ganas en Japón. Está implícito que el sueldo es lo que percibes a lo largo del año sin contar el apoyo a transporte. Por ejemplo, si un trabajo ofrece 5 millones de yenes al año, lo que recibes son esos 5 millones de yenes (menos impuestos) más el apoyo de transporte. Luego, cuando por ejemplo llenas los papeles de un préstamo y tienes que poner cuánto ganas, escribes “5 millones de yenes” nada más.

Como última nota, algo nostálgica, es que en mi trabajo en Iizuka también me daban apoyo de transporte (para la gasolina). La casa estaba a poco más de 2 km de la oficina, y en carro, por los caminos desolados del campo japonés, hacía cuando mucho 5 minutos. ¡Ah! Los buenos tiempos…

Desconectado

¿Qué hay para el blog después de 14 años de vida?

A decir verdad, mucho. El problema radica en el tiempo para poder plasmar todo en palabras. Pero no crean que no he hecho nada al respecto. Tengo, como siempre, varios artículos incompletos que están esperando ser completados y publicados; uno de ellos es de esos largos, pero no sé exactamente qué tanto se vaya a extender.

Como siempre, he estado activo en los comentarios, respondiendo preguntas y agradeciendo el tiempo que brindan en escribirme algo. Se aprecian mucho, de verdad.

¿Qué ha pasado durante este tiempo de sequía en el blog? En resumen: mucho y poco. Ustedes perdonarán la ambivalencia de la respuesta, pero no encuentro mejor manera de expresarlo. Pasó septiembre (tuve que editar esta parte porque se supone que iba a salir algo para los 14 años del blog que se cumplieron en ese mes), fui al Tokyo Game Show otra vez, se acabó el verano (para mi desgracia), hice corajes interminables en el trabajo (y en algunos me tragué mi orgullo temporalmante… ya llegará mi momento), y me puse a analizar mucho mi situación actual, tanto como individuo, profesionista, esposo y padre de familia. Podría recopilar todo en una frase sencilla: “tipo de análisis, de proyecciones y de cambios”.

Por lo anterior, he estado desconectado del mundo sin realmente estarlo. Sí, otra vez con la ambigüedad, pero explico: aunque sí estoy al pendiente de las redes sociales y medio leo respecto a lo que me interesa (videojuegos, tecnología, investigación, etc.), sí me he perdido de noticias “serias” o “importantes” de Japón. Creo que estoy más enterado de lo que pasa en México (incluyendo algunos memes) que de lo que pasa a mi alrededor en Japón. Rara vez veo televisión, lo cual no ayuda, y los trayectos hacia y desde el trabajo siguen igual que antes: sesiones de Netflix, videojuegos o libros. Pero cuando alguien me pregunta algo de lo que supuestamente está sucediendo a mi alrededor, no puedo responder al instante.

Por increíble que parezca, no es culpa nada más del trabajo. Cierto es que las responsabilidades en él han aumentado (y sueldo se ha quedado igual, gracias), sino que además de eso es chocar de frente con la realidad por enésima vez, y darme cuenta de detalles que hasta el momento no eran tan importantes pero que poco a poco van cobrando relevancia.

Una de las cosas que decidí hacer fue tener un espacio real en el que pueda relajarme en casa y pueda jugar videojuegos con mi hijo sin tener que “robarle” la televisión a mi esposa. Parece fácil, pero después de meses (por no decir años) de estar ignorando deshacerme de un montón de tiliches que conservaba más bien por flojera y no tanto por nostalgia, desescombrar el cuarto donde tengo la computadora se ha convertido en todo un reto. Ya verán la diferencia una vez que termine, y no crean que no he comenzado: ya se han ido mangas (algunos regalados, algunos vendidos), un montón, pero montón, de panfletos de las películas a las que iba hace 12-14 años, y están por irse muchos CDs también. Tiré el sofá que compré con Emi hace ya muchos ayeres y que nos acompañó durante tantos años y aventuras desde que estábamos en Fukuoka. Ahora, estoy en busca de otro más pequeño, que cumpla ciertas características, y al mismo tiempo estoy en una eterna pelea entre deshacerme de mi escritorio (y que Emi dice es excesivamente grande) y comprar uno más pequeño, o dejarlo ahí y jugar con el poco espacio que me queda en el ya de por sí reducido cuarto. La cuestión es que ese escritorio sí lo necesito (no es por nostalgia), pero debo ser sincero de que es raro cuando realmente me puedo poner a avanzar en mis proyectos personales en la casa, que es cuando realmente aprovecho la mayoría del espacio que ofrece.

Contrario a lo que algunos pudieran pensar, no me estoy volviendo zombie ni mucho menos. Cierto es que pronto (en menos de un mes al momento de que esto salga publicado) voy a cumplir 40 años (hasta acá se alcanzaron a oír los “ruuuuuco” que más de alguno de ustedes dijo o pensó) y que quizá por la edad ya me preocupan más cosas del futuro, siendo el retiro una de ellas, por mencionar un ejemplo. He estado considerando muchas opciones, qué me conviene más, pero todavía no llego a una decisión concreta. Comentaba sobre esta decisión hace poco más de un año durante una tranmisión en vivo en YouTube, y se acerca el momento de tomarla. De ahí que el tono de las cosas se haya vuelto mucho más serio últimamente. No que no hubieran sido serias antes, sino que hay muchas perspectivas y caminos y tengo que enfocarme en las que valen más la pena para mí y para mi familia.

En lo que al blog respecta, no se ha muerto, ni se morirá (al menos no pronto). Parte del proceso de cambio incluye también encontrar ese tiempo que necesito para sentarme a escribir respecto a situaciones que quiero dejar plasmadas aquí. Además, y como mencioné al principio, sigo activo en los comentarios ya que es más fácil responder a una pregunta en concreto que desarrollar un tema para un escrito. Lo que sí les puedo comentar sobre el blog es que el gasto del hosting ya ha comenzado a pesar. NO voy a poner anuncios ni mucho menos. Lo menciono porque quiero que valga la pena el dinero gastado, y eso se logra escribiendo aquí, por lo que estoy usando eso como fuente de motivación para dedicarle un poco más de tiempo a esto. Eso sí, no me es posible regresar al ritmo de escritura que tenía antes de ser padre, pero estoy consciente de que es parte de la adaptación que tengo que hacer.

Sigo vivo, estoy bien, nada más que más pensativo que de costumbre. 14 años después y el blog también está vivo, y todavía hay mucho que contar.

(Re)creando a un “gamer”

En uno de los escritos resaltados del blog escribí sobre lo importante que los videojuegos han sido para mí, y de cómo me ayudaron en muchas ocasiones durante mis años mozos.

Ese gusto por los videojuegos no disminuyó con el paso del tiempo, y sigue latente aun al momento de escribir esto. Sin embargo, por las obligaciones de la vida real que uno no se puede quitar, el tiempo y la cantidad de títulos que puedo disfrutar es considerablemente menor a la que realmente me gustaría completar. He dejado pasar grandes títulos desde la generación del PS3 (recordar que en Japón el XBox nunca pegó), y ahora con la generación del PS4 ni se diga.

Hace tiempo también comenté sobre cómo poco a poco había comenzado a agarrar ritmo nuevamente gracias a las consolas portátiles, especialmente con los RPG. Mi PSP ha aguantado mucho; mi 3DS sigue en pie, y más recientemente el Switch me ha permitido disfrutar de títulos de generaciones pasadas que simplemente no pude ni siquiera revisar por falta de tiempo (Bayonetta es uno de ellos). Y es que las largas idas y regresos del y hacia el trabajo son la oportunidad perfecta para jugar sin distracciones, siempre y cuando consiga sentarme en los trenes. Jugar en consola se ha convertido en toda una proeza debido a las atenciones que tengo con mi hijo. Sí, tengo mi “tiempo libre” y lo aprovecho, pero definitivamente no es suficiente como para acabarme la librería de títulos que tengo. Últimamente le he dado prioridad a juegos de pelea (que de entrada ya me gustaban desde hace mucho) porque puedo dejar de jugar rápidamente cuando se necesita, incluso si estoy en medio de un encuentro (a lo más hay que esperar un par de minutos), pero ni así es suficiente para poder subir mi nivel como antes lo solía hacer, ya que hay que estudiar framedata, practicar combos y movimientos, y luego si dejas de practicar por un largo periodo de tiempo (digamos un par de semanas) tienes que volver a entrenar tu memoria muscular para poder hacer los movimientos de forma precisa… Creo que se entiende el punto.

Hace algunos meses, mi hijo comenzó a mostrar interés por los videojuegos debido a que varias veces me iba a buscar cuando se despertaba y me encontraba jugando Street Fighter V o Tekken 7. Dejé que usara mi joystick y comenzó a moverle como lo haría un niño de su edad, pero le gustó, y eso fue para mí una señal de que algo podía hacer para que ese interés creciera. No tuve necesidad de pensar mucho: usaría el Famicom Mini.

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Evacuado

El fin de semana del 6 al 8 de julio Japón sufrió por fuertes lluvias que, además de causar daños materiales, lamentablemente también cobraron la vida de muchas personas.

La causa detallada de las lluvias la pueden leer en los diferentes y múltiples artículos que hay en la red. Este escrito no es para esos detalles, sino para describir mi experiencia con esas lluvias.

Se preguntarán: “Si las lluvias fueron al oeste y sur de Japón, ¿cómo fue que te afectaron?”. Y la respuesta es: porque andaba en Fukuoka. Verán: habíamos planeado un viaje en familia a Kyushu/Yamaguchi del viernes al domingo para visitar a la familia de mi esposa. Todo parecía bien hasta el jueves: preparativos listos, todos a dormir temprano para poder salir a buena hora y evitar cualquier tipo de contratiempos.

Llegó el viernes. Ni me imaginaba todo lo que me esperaría ese día.

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Es tuya, ¿verdad?

En el lugar donde vivo tuvimos (todos los inquilinos) una situación con una persona desconocida que vive en el mismo complejo habitacional: la basura. Explico: en muchos lugares donde se deja la basura al aire libre hay redes que se deben poner sobre las bolsas para evitar que los animales (cuervos en este caso) lleguen, las picoteen y dejen el contenido regado en la calle. Alguien no puso la red un par de veces (se ignora si fue la misma persona o no) y amanecimos con un tiradero por toda la calle, situación que a los vecinos de enfrente (como 5 o 6 familias) que tienen casa propia no les agradó del todo y supongo que más de alguno reportó el problema. Hasta aquí todo bien.

Como se suele tratar los problemas por acá, la inmobiliaria puso en todos los buzones una nota en donde se pedía por favor tener cuidado al tirar la basura, haciendo hincapié en poner correctamente la red para que los cuervos no hicieran de las suyas. Digo que “se suele tratar los problemas por acá” porque independientemente de que se sepa quien causó un problema (no nada más éste de la basura), muy rara vez se hace mención directa, y en su lugar, se manda un memorándum a todos por igual, sin importar si están siquiera implicados en la situación. ¿El vecino de arriba hace mucho ruido por la noche? Memorándum a todos recordando que es importante tratar de no hacer ruido por las noches. En resumen: se trata de ser todo lo pasivo-agresivo que se pueda, pero se intenta evitar a toda costa un conflicto directo.

Regresando al tema de la basura, un día por la mañana salí a tirar la mía. Ya había muchas bolsas en el lugar y la red estaba debidamente puesta, pero una bolsa había sido víctima de los cuervos y había basura regada por la calle. Un señor de los que viven enfrente (tendrá unos 70 años más o  menos) estaba barriendo, y estaba visiblemente molesto por la situación. Llego, levanto la red, meto mi bolsa, y en cuanto lo hago el señor me dice, apuntando a la bolsa que ya estaba ahí regada antes de que yo llegara: “Ésa es tuya, ¿verdad?”. No me agarró de sorpresa: desde que vi al “ñor” supe que me iba a decir algo. Respondí: “No señor. Ésta es mi bolsa (apunto la que acabo de dejar), acabo de llegar aquí y la acabo de poner. Ésa no es mía”. El señor me ve de arriba a abajo, no quita su cara de enfado, pero no me puede decir nada más porque no tiene argumentos puesto que él mismo sabía que la basura había sido regada desde antes. Con todo, le digo que al menos pongamos la bolsa rota debajo de la red para evitar que más basura se riegue por la calle. Sin pronunciar palabra alguna va por la bolsa y mientras yo levanto la red él la mete, se da la vuelta y se va a continuar barriendo. Yo emprendo el camino hacia la estación porque ya me iba al trabajo.

¿Por qué esperaba que el señor me dijera algo? Porque mi sentido arácnido me hizo recordar que ante un problema acá hay gente (sobre todo mayor) que tiende a culpar primero a los extranjeros porque es más fácil argumentar que nosotros cometimos un error por no conocer la cultura o costumbres que pensar que un japonés pudo haber obrado mal. Suena exagerado, pero en muchas ocasiones así es, y en foros en internet se ha convertido en un meme entre los extranjeros porque algo similar ocurre en diferentes ámbitos, como en el criminal (en donde mucha gente supone que un extranjero es culpable cuando se comete algún delito y hay comunidad extranjera cerca). Ahora bien: es un meme, sí, pero obviamente no quiere decir que sea así en todos lados, y es menor cuando estás bien integrado en la comunidad en donde vives.

Al final no le di mayor importancia al asunto, pero mentiría si no me sacó una sonrisa el hecho de haberle atinado a lo que iba a pasar.

#JapónEsPerfecto 😛

Confesiones “otaku”

Prepárense, porque este post está lleno de declaraciones que quizá pocos sabían (y muchos no querían saber) sobre mi lado de aficionado a “monas chinas” y videojuegos.

Me subí al tren del 豆 en Twitter (aunque muy tarde, lo reconozco) en el que por cada “like” que le den al tweet que dice que me subo, hay que escribir una “confesión” que tenga que ver con ser “otaku”. Sí: odio ese término porque sé la connotación real, y NADA tiene que ver la que le quieren poner fuera de Japón. No obstante,  debo reconocer que es más fácil de identificar, por eso así la dejé.

No llegué a todos los “like” que recibí (más de 70), pero creo que sí dije lo más importante.

Sin más preámbulos, pásenle a leer:

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3, tres, 三

Honestamente, me es difícil decir si un año ha pasado muy rápida o muy lentamente. Parece que fue ayer cuando estaba escribiendo el segundo escrito de esta lista, y sin embargo, haciendo memoria no puedo dejar de sorprenderme de todo lo que pasó ni del crecimiento que mi hijo ha experimentado durante ese tiempo.

Quizá lo que a mí me causa más asombro es el hecho de que él maneje 2 idiomas como si nada. Bueno, casi. Su japonés es mucho más fluído que su español, pero este último no está tan mal, y me deja impresionado cómo la mente de los niños funciona para que él cometa errores comunes en conjugaciones de verbos irregulares, como “yo sabo”, o “yo me poní los zapatos”, sin que le haya enseñado explícitamente esas palabras.

Con mi hijo creciendo, se ha vuelto mucho más fácil pasar tiempo con él y llevármelo a pasear (nada más nosotros dos): acuarios, zoológicos, arcadias (le encantan Mario Kart y Luigi’s Mansion, aunque últimamente a este último le ha tenido miedo) y hasta karaoke. Debo confesar que la primera vez que salimos juntos sí estaba nervioso, pero después de un día de ver Shinkansen, ir al acuario de Sumida y contemplar el Skytree, la pasé muy bien, y verlo sonreír fue lo mejor de la experiencia. Hasta medallita conmemorativa hicimos. Y de ahí en delante agarré confianza y ahora ya ni es necesario hacer planes para ir a algún lado en específico.

En contraste, algunas situaciones se han vuelto también más complicadas. Por ejemplo, darle de comer toma mucho tiempo, nada más quiere comer lo que le gusta (termina comiéndose todo, pero después de un rato); dormir es otra de ellas, pues poco a poco comienza a poner más resistencia a la hora de hacer la meme porque todo el tiempo quiere jugar. Asimismo, está desarrollando vergüenza, y ahora tarda más en ser él mismo cuando está alguien que no conoce, no quiere que lo cambien en presencia de nadie más, está en la edad del “¿por qué?”, etc., etc.

He de confesar que hay días en los que de plano siento que no me sale nada bien, pero es precisamente en ellos cuando veo a mi hijo jugar y hablarme en español cuando me doy cuenta de que al menos algo no estoy haciendo mal. Y lo corroboro cuando él me pide que juguemos “Super Mario World” (ya lo terminamos), “Yoshi’s Island” (en proceso), “Mega Man X” (también terminado) o “Little Nemo Dream Master” para “ganarle al pingüino malo y a la mantarraya mala” (sus palabras tal cual). También voy a confesar que me da mucho gusto cuando por las mañana se levanta y me ve jugando Street Fighter V y me dice: “Papá, ¿estás jugando Street Fighter?” 😀 He estado jugando con él el Super Street Figher II de Super Famicon, y su personaje favorito es Blanka (ahí le estoy fallando, pero corregiré eso a la brevedad posible :P).

También ha comenzado una nueva batalla: la escuela. Aunque por su edad no pudo entrar al kínder este año, ya está yendo al “pre-kínder”. Todavía no se adapta, pues se la pasa llorando o enojado, pero ahí la llevamos.

Hace tres años tuve la sensación más hermosa de toda mi vida. Hoy, en el tercer cumpleaños de mi hijo, me es grato darme cuenta de que no terminó ahí, sino que ha seguido vigente todo el tiempo.

¡Felicidades en tu tercer cumpleaños hijo! Este año aprenderás a andar en bicicleta 😀

Y ahora, vamos a comer pastel 🙂

Decisiones – 15 años después

Aunque se me pasó la fecha para publicar esto (originalmente iba a salir el 2 de abril), me quise esperar un poco para editar algunas cosas… y como siempre no quedé a gusto con los cambios :/

Últimamente me he puesto a pensar sobre el tiempo que he vivido en Japón, pero de una forma diferente: dándome cuenta de que las jóvenes de 18 años ahora tenían 3 cuando brinqué el charco. Por más joven que uno quiera sentirse, los años siempre están para recordarnos que ya no lo estamos tanto. Y es que el shock es diferente (o de menor intensidad) si piensas “tengo 15 años en Japón” que “los que ahora son mayores de edad en México tenían 3 años cuando yo me vine para acá”… El fregadazo pega fuerte, y aunado a los “regalitos” que trae el estrés de la vida de este lado del mundo, no puedes evitar pensar que, en efecto, los años no pasan en balde.

No crean que me pongo melancólico y dramático por eso. Siempre he pensado que con la edad viene mucha experiencia y que cada época tiene su forma particular de disfrutarse. No obstante, cuando estás entre dos culturas (la que dejaste en tu país y la del país en donde vives) y te das cuenta de que por responsabilidades y compromisos simplemente ya no puedes estar “en la onda”, o mejor dicho “en dos ondas”, el peso se siente más.

Lo anterior se debe sin duda a que, a pesar de que tengo tanto tiempo por acá, realmente siempre había pensado en Japón como un lugar pasajero, que en algún momento iba a dejar. Con todos sus pros y contras, una parte de mí siempre se ha negado a creer que éste es el mejor lugar en el que podría estar. Ahora bien, eso de “el mejor lugar” no necesariamente cumple mis expectativas, pero como ya no estoy solo ya no nada más es lo que yo piense o sienta, sino que tengo que poner en la balanza también lo que los otros miembros de la familia piensan y sienten que es lo mejor. Es como intentar llegar a un acuerdo tácito, tanto con la familia como con uno mismo.

No, no estoy diciendo que ya en definitiva me voy a quedar aquí, sino que poco a poco se acerca la hora de tomar esa decisión, y tengo que considerar todos los factores relevantes para poder hacerlo. Y es ahí cuando realmente añoro la época en la que podías intentar una y mil cosas, y simplemente cambiar de rumbo si algo salía mal. Nunca huír, siempre terminar lo que uno comienza, pero no quedarse en algo más tiempo del necesario. Es ahí donde recuerdo ese sentimiento que tuve cuando vine a Japón por primera vez en 2002, y luego regresé becado en 2003. Y también es ahí donde digo “Sip. De plano me falta mucho para considerarme una persona madura, pero ahora ya no soy joven. En unos meses voy a pasar a ser un ‘cuarentón’. ¿Me va a dar una crisis por eso o de plano ya me está dando y no me quiero dar cuenta?”.

Uy sí, súper profundo todo lo anterior.

Mi hijo crece, y con ello comienzan los planes ya más a futuro. En concreto en este momento: escuela. Todavía le falta un año para entrar al kínder, pero desde ahora tiene que comenzar con actividades que lo prepararán para ese momento, y de preferencia en el lugar en donde queremos que entre. ¿En pocas palabras? $$$. Si me quiero mover de Japón, tiene que pasar en a lo más 3 años a partir de ahora, pero para moverme necesito tener seguridad y estabilidad al lugar donde me vaya a ir; ya no es nada más decir “pues me lanzo y como puro atún en lata y me acomodo en un rincón”. No, no quiero todo en bandeja de plata, pero al menos sí necesito lo esencial para darle la estabilidad que mi familia necesitará en cualquier lugar al que nos movamos.

Pese a que ya lo comenté, aquí lo vuelvo a recalcar: realmente me desanimó mucho lo que pasó hace poco con cierta institución educativa de mi tierra natal, y más porque no es la primera vez que me la aplican de forma similar. Con todo, me ayudó a sacudirme la cabeza y pensar con más calma y seriedad en lo que pasaría si regreso a México. Además, creo que no estoy solo: así como yo, fuera de México hay muchos paisanos (de diferentes profesiones y oficios, muchos de ellos muchísimo mejores que yo) que se preguntan si realmente vale la pena regresar al terruño, especialmente cuando no tienes “palancas” o formas de asegurar un buen puesto, y más con familia… Respeto muchísimo a aquellos que ya tomaron la decisión definitiva de regresar (o ya regresaron y están echándole ganas), así como también respeto muchísimo a aquellos que ya decidieron que están mejor en donde están y, por mucho que amen México, no van a regresar. Cada uno está en su derecho y ni yo ni nadie puede ni debe reprocharles nada, mucho menos aquellos que no tienen idea de lo que uno vive fuera de su país pero se la pasan criticando a los que vivimos fuera, por la razón que ustedes quieran y gusten.

Japón ha sido mi segundo hogar por ya 3 lustros. Hay mucho que no me agrada de aquí, pero es parte de lo que uno tiene que sacrificar por lo que sí le gusta. En contraste, México también tiene muchas cosas buenas, pero las malas ahí están también. Sin duda, no hay país perfecto, y a donde uno vaya y se quede se tiene que acostumbrar.

Mi idea de quedarme en Japón después de que me salió el título de doctor en una caja de cereal terminé el doctorado era porque precisamente sentía que no había terminado aquí. Todo fue muy rápido, y de haber optado por regresar a México en ese entonces me iba a dejar con la idea incómoda de que no terminé mi ciclo aquí, aunque el doctorado estuviera terminado. Incluso cuando regresé de visita a México en 2012 recuerdo que me despedí de mis papás diciendo: “Me voy porque todavía tengo cosas que hacer allá”. Mi vida en Tokio todavía no cumplía un año, y acababa de terminar una de las épocas más difíciles que he tenido en la vida, así que no había ni un gramo de duda en mi decisión. Ahora creo que estoy cerca del punto donde debo cerrar un círculo para abrir otro, y quizá sea aquí mismo, pero ya con una visión a futuro más clara y concreta.

Van 15 años, y algo me dice que todavía faltan más.

La animación japonesa por fin encuenta un lugar en México

Durante la serie de los años maravillosos, y específicamente en la parte 4.5 escrita en 2011, comenté un poco sobre mi afición a la animación japonesa y al mismo tiempo mencioné brevemente la situación que el anime y manga vivían en ese entonces en México (y posiblemente Latinoamérica). Quise retomar el tema debido a los cambios que la afición ha vivido en México en los últimos meses, aunque se han venido cocinando desde hace algunos años.

Es necesario mencionar con detalle (ahora sí) la situación que se vivía en los años 90, tanto para refrescar la mente de los que vivimos esa época como para poner en contexto a las nuevas generaciones que no lo hicieron o que eran muy pequeños para darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Inserten aquí todas las exclamaciones de “¡Ya estás ruco!”, “¡ya llovió!”, “uuuuuuuu” y similares, pues aunque diga que no, esto va a sonar a historias de ésas en las que los niños se sentaban alrededor del abuelo mientras éste las contaba.

Tengan muy en cuenta lo siguiente: todo lo que aquí escribo es enteramente basado en mi percepción y experiencia. Ciertamente no soy la persona más informada al respecto y seguramente hay muchos más que pueden ahondar en alguno de los temas aquí referidos (si no en todos). Además, recuerden que tengo casi 15 años (al momento de escribir esto) viviendo fuera de México, por lo que seguramente se me van a escapar detalles de la situación del medio durante todo ese lapso.

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La vida de un mexicano en el país del sol naciente.