Viajando a México – 4 años después

Había muchas razones para viajar a México después de tanto tiempo, pero hubo 2 en particular que me motivaron a hacerlo aunque la cartera dijera lo contrario: mi familia en México y mi familia de aquí.

La razón era simple: necesitaba ver a mi familia allá y que ellos vieran y conocieran a mi familia acá, en especial a mi hijo, pues a mi ahora esposa la conocen desde la primera vez que la llevé a México, hace casi 7 años… ¡vaya que pasa el tiempo muy rápido! Obviamente hay razones de más peso y de mayor profundidad, pero no vienen al caso en este momento, por lo que las omitiré.

El viaje además sería perfecto para que mi esposa ahora sí experimentara México de forma más “completa”, ya que la vez pasada sí fue de pisa y corre. Ciertamente esta vez tampoco fue una estadía muy larga, pero al menos fue un poco más que la anterior, y como ahora sí nos quedaríamos todo el tiempo en casa de mis padres, tendría la oportunidad de convivir y conocer a mi familia y nuestras costumbres y tradiciones.

Dicho lo anterior, permítanme expresar mis totales y absolutos respetos a quienes viajan en avión con niños de entre 1 y 4 años de edad, en especial a aquellos que recorren grandes distancias en el aire. No importa cuánto te prepares (material y emocionalmente), nunca estarás del todo listo para afrontar la situación. Compré juguetes, cositas para entretener al niño, bajé 100  de sus videos favoritos de Youtube a mi teléfono para poder apaciguarlo en caso de ser necesario; nos aseguramos de tener suficiente de sus botanas favoritas (churritos de camarón y galletas sabor verduras); más pañales de los que humanamente pudiéramos haber pensado llevar en el avión; cambios de ropa; etc. Y es que hay que ver que mantener  entretenido a un niño de esa edad por espacio de 13 horas en un espacio muy reducido es realmente una hazaña que debería registrarse como heroica.  Y ni hablemos del equipaje registrado: 2 mega maletas llenas de ropa y accesorios para él. ¿Mi ropa? Cupo en una mini maleta extra que llevamos, y la de mi esposa igual.

No los aburriré con detalles sobre cómo sobrevivimos el vuelo de Tokio a Houston, pero aunque parezca increíble, el vuelo que nos conectó a Guadalajara fue mucho más pesado, comenzando porque, como buenos mexicanos, no había realmente una fila para subirse en el avión, sino que era algo estilo “métase el que pueda”, hasta que los de la aerolínea pusieron algo de orden. Todavía no llegaba a México y ya me sentía en casa…

Traductor

Si bien es cierto que desde el principio sabía que la traducción sería la principal tarea que realizaría durante mi estancia en México, no imaginaba que pudiera complicarse tanto debido al número de horas que tuve que hacerlo por día, ni a la oleada de modismos, chistes locales, tradiciones y costumbres que de entrada es difícil explicar a alguien ajeno a nuestra cultura. No me dio el famoso “Language stress”, pero a veces el “switch” no cambiaba y me encontraba hablándole en español a mi esposa y en japonés a mi mamá.

Con todo, aunque extenuante, fue una gran experiencia, especialmente pensando en las Olimpiadas de Tokio 2020 y en la cantidad de personas que seguramente querrán contratar mis servicios como traductor y guía. Tarifas no baratas, servicio a la altura.

Algo que me sorprendió fue que no me hicieron ni una de las típicas preguntas de “¿cómo se dice <xyz> en japonés?”.

Choque cultural

Invariablemente, cuando alguien sale de su país después de mucho tiempo de no hacerlo, se enfrenta con costumbres y tradiciones totalmente diferentes a las propias, especialmente entre países con tantos contrastes entre sí como México y Japón. Esta vez le tocó a mí esposa, y vaya que sí le pegó en algunos aspectos.

Primero, algo que no tiene que ver con los países: el número de personas con las que se convive diariamente. En Japón muy rara vez tenemos visita entre semana, y por lo general los fines de semana los pasamos en familia (los 3), a menos de que vayamos a ver a alguien o alguien venga de visita a la casa. Por ende, reina el silencio alrededor. ¿En mi casa en México? Mis papás, mis hermanas, mis sobrinos, y las visitas esporádicas que son tan comunes tenían a mi esposa con la mente ocupada todo el tiempo, porque además de intentar hablar y entender español, recordar los nombres de quienes nos honraban con su presencia y estar despierta hasta después de las 11 pm, aunado al hecho de estar al pendiente del niño, hacían que cada día fuera divertido y movido, pero también muy cansado. Los primeros días fueron muy pesados para ella, pero afortunadamente terminó “medio acostumbrándose” (porque en realidad no había de otra, je je).

Después, la comida. Perdón, la gloriosa comida mexicana. Aunque ella ha probado algunos platillos hechos en Japón, y algunos en México la primera vez que fuimos hace 7 años, ésta fue la primera vez que realmente se encontró con nuestra gastronomía mañana, tarde y noche. ¿El resultado? Le gusta, pero considera que la forma de condimentar y sazonar es excesiva, puesto que los sabores en Japón generalmente son muy suaves, mientras que nuestra comida se caracteriza por tener sabores más “pesados” o “profundos”.

Lo que de plano no pudo soportar fue comer tunas y guayabas, y en general cualquier fruta cuyas semillas nosotros nos comemos sin darle mayor importancia. Mi papá le dio a probar tunas y dijo que le había gustado el sabor… pero cuando era el momento de pasarse las semillas, me preguntó que dónde las podía poner. Mi señor padre soltó una carcajada, peló otra tuna y me la dio entera, y me dijo “enséñale cómo se comen”. Acto seguido, procedí a degustar la mencionada fruta, acción.que no me tomó ni un minuto, y cuando hube finalizado le mostré que, en efecto, también había ingerido las semillas.

Luego, las calles. Para los que no están familiarizados con mi ciudad, Guadalajara se caracteriza por siempre recibir a la gente con los baches abiertos, y esta vez no fue la excepción. Emi se encontró con calles muy descuidadas, pozos, los tan odiados topes (que son casi inexistentes por acá), y de pilón, un caos vial en diferentes partes de la ciudad por las obras de la línea 3 del tren ligero. Ahí sí ni cómo ayudar a mi rancho.

Según ella, las calles se ven muy mal por 3 razones:

  1. Los baches.
  2. El graffiti.
  3. Que prácticamente nadie lava su coche.

Con excepción de la número 3, en las otras estoy de acuerdo, pero ninguna es algo nuevo para mí. Fue una mezcla de nostalgia y tristeza ver que la ciudad no ha cambiado tanto como habría pensado. No obstante, me causaba mucha risa cada que mi esposa decía “hay que decirle al camionero/carro enfrente de nosotros que lo lave para que se vea bonito”.

Otra punto que también le sorprendió fue la existencia de los “viene-viene”, especialmente en los estacionamientos de algunos centros comerciales. Decía que en sí no proporcionaban ningún servicio y que nada más cuando ibas de salida llegaban a “echarte aguas” (decir que tuvieras cuidado) y a ver si les dabas una moneda.

Sin embargo, lo que definitivamente más le impactó fue lo mismo que hace 7 años: la marcada diferencia de clases que hay en México, y el hecho de que se puede observar en casi cualquier lugar. A ella se le hace increíble que haya centros comerciales como en Japón, donde la gente gasta miles de pesos, y justo afuera de ellos haya gente pidiendo limosna. Surrealista, es la expresión.

Dicho lo anterior, ella dice que le encanta la unión familiar y el espíritu de camaradería que existe en México, y que es algo que en Japón simplemente no existe. Ella comenta que Japón y México son como dos extremos opuestos, y que sería muy bueno para ambos países encontrar un punto medio.

Otros

Me gustaría tener mucho más que contar aquí, pero la realidad es que, por la naturaleza del viaje y el poco tiempo que duraría, no tuve mucha movilidad ni espacios libres que dedicar, incluso miembros de la familia, mucho menos a amigos. Como en realidad no avisé a mucha gente por la misma razón, la.sorpresa invadió a propios y extraños cuando supieron que estaba en mi país.

No vi a todos los miembros de la familia, ni tampoco a todos los amigos que quería ver; después de todo, uno es el que va de vacaciones y ellos tienen sus planes y horarios ya establecidos, por lo que si yo no me puedo ajustar a ellos es difícil que los vea, y lo es más con el tiempo reducido.

Aunque no voy a mencionar directamente a quiénes vi y a quiénes no, sí tengo que referir explícitamente a un amigo que puso un pretexto enorme para no retarme en Street Fighter V. Esa pelea que no sucedió será su carrilla al menos hasta que nos volvamos a ver en persona, y según él, será dentro de poco porque tiene planeado venir a Japón el próximo año. A ver si es cierto y no se le olvida actualizar el Steam, je je.

Con todo, me dio mucho gusto ver a las personas que pude ver. Le quedé mal a muchos otros por la falta de tiempo, pero ellos saben que la siguiente vez seguro se hace.

La “tragedia”

Salimos de Japón con 3 maletas, casi todas con puras cosas del bebé, pero una en especial con artículos desechables, como pañales, pañuelos, etc, por lo que estábamos seguros que esa maleta se vaciaría por completo y podríamos usarla para llenarla de cosas para traernos (léase “comida”). Y en efecto la maleta se vació, por lo que un par de días antes de regresar nos fuimos de compras a un Walmart para surtirnos de todo lo que pudiéramos.

Sin lugar a dudas, fue el momento que más disfruté del viaje: agarrando cosas como niños en juguetería, pensando en cómo cocinaríamos tal o cual cosa… diversión total. Llenamos el carrito, pagamos todo, lo subimos al carro, y de regreso a la casa. Parecía que todo saldría bien.

Gran error.

Se nos escapó un pequeño detalle: no contábamos con la cantidad de regalos que le habían hecho al bebé. ¿Teníamos una maleta vacía? Bien, porque nos harían falta 2 más. Al momento de empacar, tuvimos que pedir prestadas otras 2 maletas para poder meter lo básico, y eso no contaba todo lo que habíamos comprado. No había que e pensar nada: los regalos tenían prioridad absoluta (la gente usó su tiempo y dinero para nosotros, y estamos sumamente agradecidos por eso), así que, con la pena, tuvimos que seleccionar estrictamente lo que queríamos traernos de comida.

Para no hacerles el cuento más largo de lo que ya es hasta este punto, sólo mencionaré que se quedaron en México 2/3 de lo que compramos de comida. Mi hermana y mi sobrina no daban creidoa todo lo que estábamos dejando, y me decían que me metiera cosas hasta debajo de los calzones con tal de que me las llevara. Ya íbamos prácticamente llenos, y considerando que la única báscula disponible era la misma que compramos hace 7 años para pesar el equipaje, no podíamos arriesgarnos a llenar las maletas al tope y después encontrarnos en el aeropuerto con que se pasaban del límite.

¿Me dolió dejar todo eso? Sí, mucho. No obstante, sé que nada se desperdiciará porque mi familia se comerá todo gustosamente.

Lo único que puedo decir al respecto de lo que me traje es:

  • Ya se me están acabando los gansitos.
  • Las pica fresas volaron.
  • Tomaré ChocoMilk de Pancho Pantera por un rato.
  • Los tamales de La Costeña serán una aberración, pero cuando estás en un país donde los tamales no existen hacen que sepan a gloria.
  • Lo único de chilorio que me traje es sagrado… Se terminará en una sentada 🙁
  • No traje paletas Coronado.

Para terminar

Siendo sincero, aunque me dio mucho gusto regresar a mi país después de más de 4 años de no hacerlo, esta vez no fue tan placentera como las anteriores, y era de esperarse: ya no viajo solo, sino con familia, y el motivo principal del viaje tampoco era exactamente ir a vacacionar, por lo que, como escribí arriba, ya estaba más o menos mentalizado sobre cómo sería la aventura.

Aprendí mucho, aunque no parezca. Cuando uno viaja con niños la experiencia es totalmente diferente, y la dificultad crece cuando el viaje es muy largo. Creo que lo más desafiante fue perder el vuelo de conexión al regresar a Japón (nota mental: nunca volver a hacer escala en Houston) y haber sido enviados a otra ciudad en Estados Unidos y de ahí a brincar de avión a Tokio, en asientos que obviamente no eran los mejores para ir con un bebé y con un vuelo casi lleno que impedía pedir un cambio.

Quiero agradecer a mi familia por todas las atenciones recibidas,  ara conmigo y para con mi familia. También quiero decirle “gracias” a los amigos que fueron a verme, a los que pude ver aunque fuera por poco tiempo. No tienen idea de lo que significa para mí el hecho de poder hablarles y convivir como cuando estábamos en la prepa o universidad aun después de tanto tiempo.  Me faltaron personas por ver y platicar, pero seguro pronto habrá otra oportunidad para encontrarnos.