Saludar

Desde pequeños nos enseñan a saludar, y se nos recuerda que es una acción casi casi obligatoria cuando llegas a algún lugar, cuando te encuentras con alguien, conocido, etc. Es cortesía simple, pero muy efectiva; por tanto, estamos tan acostumbrados a saludar y ser saludados, que cuando alguien no lo hace inmediatamente resalta de los demás, y puede cambiar el trato que se recibe de otros.

Saludar no cuesta nada. Son a lo mucho 3 palabras: desde un simple “¡hola!” hasta algo como “¡muy buenos días!”. No es que se nos vaya a ir el aliento si lo hacemos.

En Japón, esa cortesía (y hasta podría decir “educación”) también existe. Desde pequeños se les enseña a los niños a decir “hola” y “adiós”, y poco a poco se van introduciendo otros saludos y expresiones similares (como “itadakimasu” y “gochisou sama deshita” al comenzar y terminar de comer respectivamente), y también se reprende a los niños que omiten el saludo por alguna razón. En resumen, no cambia mucho con lo que nos enseñan en México (y casi seguro puedo decir que en muchos otros países es similar).

Como mencioné arriba, saludar es tan  que suena raro cuando alguien no lo hace. Pero en Japón, hay gente que omite el saludo de manera normal, y en algunas ocasiones hasta es aceptado (aunque sea de dientes para afuera).

¿Quieren que algo me ponga de malas? Que alguien omita un saludo en donde a ojos vistas es necesario y esperado es una de las razones que pueden llegar a hacerlo. Pero no crean que me refiero a que a alguien se le olvide saludar porque está ocupado, distraído, o alguna otra razón que demuestre que no es deliberada la omisión (porque a mí me pasa seguido que ando “en la lela” y de repente no saludo o no me doy cuenta), sino a las veces en las que alguien, por voluntad propia, simplemente no saluda.

He tenido algunas experiencias amargas al respecto, específicamente en algunos de los lugares en los que he trabajado de este lado del mundo.

Primero, debo aclarar que, aunque a mí no se me hace excusa, los que ocupan puestos importantes en las empresas por acá generalmente no saludan a los esclavos empleados de menor rango a menos que tengan un trato directo con ellos. Como que ser jefe te pone en un pedestal en donde, por causas misteriosas que un pobre mortal como yo nunca podrá comprender, te es imposible emitir un par de palabras de cortesía… qué sé yo. Pero bueno…

Desde que estaba en la empresa anterior, se me hacía tan raro que la gente que llegaba a trabajar no saludara, y simplemente llegara, se sentara y comenzara a hacer como que trabajaba. Era para mí rudo, de mal gusto, y razón suficiente para no querer entablar conversación con tales personas. ¿Lo curioso? Que de repente te comenzaban a hablar bien, como si nada hubiera pasado. Y no hablo de jefes ni altos rangos, sino de mortales como yo que tenían que aguantar la presión que el yugo del nivel superior en la escala jerárquica de la típica empresa japonesa imponía. A tal grado llegó mi sorpresa y disgusto, que una en una de las reuniones para ir a beber voluntariamente a fuerzas tuve que sacar el tema a la luz y preguntar directamente cuál era la razón por la que varios llegaba o se iban sin emitir ningún tipo de saludo. La respuesta que recibí me dejó igual de perplejo: “porque todos andan de malas por venir a trabajar”… Órale. Digo, no es que yo fuera a laborar diariamente con una sonrisa en la boca ni con la idea de que mi trabajo iba a cambiar al mundo, al menos en esa empresa, pero eso es totalmente independiente de llegar y simplemente decir “hola” a los que se sientan cerca de ti o a los que tienes que ver al pasar para llegar a la parte de escritorio que te toca (porque no en todas las empresas tienes escritorio propio).

En la empresa actual ha sucedido lo mismo: gente que se sienta justo enfrente de mí y no saluda ni cuando llega ni cuando se va. ¡Ah! Pero aquí hay algo diferente: a los que se sientan a su lado sí los saluda con una sonrisa. Recuerden, estamos hablando de empleados comunes, del mismo rango. De nuevo, a ponerme de malas de a gratis (sí, yo sé que nadie me manda). Pasé después por 3 etapas en le proceso de entender cuál es su problema:

  1. Preguntar directamente a los jefes si es común. Aquí obviamente jugué la carta de “soy un pobre extranjero que no entiende las costumbres japonesas”. No tuvo éxito obviamente, pues me dijeron lo que ustedes y yo ya sabemos: eso depende de cada persona y no es regla de la empresa saludar a los demás. De hecho, eso me puso a pensar que si fuera regla seguramente todos saludarían a todos, aunque fuera un saludo por demás hipócrita.
  2. Ser yo el que saludaba cuando ellos llegaban. Y con voz firme para que no dijeran que no me habían escuchado. Está táctica medio funcionó, y el colega finlandés terminó aplicándola también. No obstante, me cansó después de un tiempo al ver que mi esfuerzo estaba siendo en vano, pues de ellos no nacía saludarme ni siquiera para evitar que yo emitiera alguna palabra (seguro se enfadaron, pero ya ven la “cortesía” japonesa).
  3. Aceptación. Sí, yo sé que nunca vamos a ser amigos, pero por lo visto tampoco buenos compañeros de trabajo. ¿Hay que trabajar con ellos? Va. Hacemos las cosas, hablamos todo lo que tenemos que hablar cuando hay que hacerlo, y cada quien en su rollo después.

Pero no esperen que todo sea en torno al trabajo. También hay vecinos que sobresalen por su rudeza explícita. Ya comentaré con más detalle en otro escrito, pero sí quiero mencionar el caso particular de un vecino.

La persona en cuestión ha de tener unos 40 y algo años. Me lo encuentro más de lo que quisiera porque su lugar de estacionamiento es exactamente junto al mío; por supuesto que lo saludo cada vez no nada más por cortesía, sino para llevar la fiesta en paz y que no vaya a salir con que el extranjero es el que no saluda, se haga chisme en el vecindario y luego las consecuencias recaigan en mi esposa. Pero, ¿que creen? El sujeto no me regresa el saludo. Me ve a los ojos, no muestra ningún tipo de sensación y se sigue de largo. Y así ha sido siempre, no importa si me lo encuentro cerca del carro, en la entrada del lugar o donde dejamos las bicicletas.

Había pensado ya ignorarlo. Total, su esposa medio me regresa el saludo cuando me la encuentro, pero no quería rendirme. Pensaba que quizás tenía miedo de que le sacara plática en inglés si es que me saludaba o respondía mi saludo… pero nada. Sin embargo, el otro día me dio la pauta para ya no tomarlo en cuenta en absoluto:

Mi esposa y yo veníamos regresando de hacer algunas compras y tuvimos la “fortuna” de encontrarnos en el estacionamiento con la persona en cuestión. Procedimos a saludarlo, y el procedió a ignorarnos y pasar de largo. Error… A mí me puede ignorar lo que quiera, pero ignorar a mi esposa de esa forma no, y conociendo que el sujeto es típico hombre japonés (cuando sale con su esposa ella siempre camina detrás de él), me imagino que en su diccionario de modales no está escrito que hay que saludar a las mujeres. Por la razón que quieran y gusten, ya no voy a gastar mi saliva en saludarlo. Uno trata de ser buen vecino y llevar la fiesta en paz, y si para él eso implica no cruzar palabra con nosotros, mejor; una preocupación menos. Con todo, me pregunto qué pasará por su mentes cuando escucha que lo saludan.

Estoy seguro que, mientras esté en este país, me seguiré encontrando con la situación aquí descrita una y otra vez. Debo aprender a lidiar con ella y a aceptar que una de las razones no es ser extranjero, sino simplemente gente que considera que un saludo no se debe responder. “Los buenos días a nadie se le niegan”, diría mi abuela si viviera, aunque creo que si hubiera tenido la oportunidad de venir a Japón le daría algo al enterarse de lo que este escrito expone.