Un año después

Un año parece eterno, y durante él pueden suceder muchas cosas, pero cuando tu vida cambia por completo y estás todos los días al pendiente de algo, o de alguien, parece como si todo hubiera sucedido en un instante.

Los primeros meses del año pasado eran de expectación. Sabía que me convertiría en padre, y creía que sabía lo que eso significaba (me daría cuenta después de que no), pero conforme la fecha se acercaba, cada vez estaba más nervioso. Y mi primera preocupación no era todavía el día en que naciera mi primer hijo, sino que existía la posibilidad de que no llegara a tiempo para recibirlo.

Emi y yo decidimos que el niño naciera en Iizuka, por diferentes razones, pero la que más peso tenía era que quería estar cerca de su familia cuando eso sucediera, además de que en Tokio, no le gustaría estar sola cuando tuviera que ir al hospital o en caso de una emergencia, puesto que era muy probable que yo estuviera en el trabajo y no llegara a tiempo. Necesitábamos que alguien estuviera siempre al pendiente, y como mi familia está mucho, pero mucho más lejos que la de ella, la decisión era obvia.

No es raro que las japonesas decidan dar a luz en su lugar de origen. A esto se le llama 里帰り出産 (satogaeri shussan). Emi tenía su clínica y médico asignado por acá, pero también ya había reservado, con muchos meses de anticipación, su lugar en el hospital donde daría a luz en su tierra natal. Curiosamente, era el mismo lugar que en el que Emi vino al mundo. El médico de ese lugar le aconsejó regresar a Iizuka aproximadamente mes y medio antes de la fecha programada, y así hicimos los planes.

Sinceramente, ignoro si una persona de casi 8 meses de embarazo puede viajar en avión, pero entre dimes y diretes, y por recomendación de mi suegra, nos aventuramos a regresar a Fukuoka en Shinkansen, idea que a Emi no le agradaba del todo pero yo no estaba en contra; la razón es que el viaje toma más de 5 horas, y aunque es muy placentero y puedes ir viendo diferentes paisajes de Japón, pasar 5 horas así era algo que Emi quería evitar de ser posible; después de todo, era un viaje que ya habíamos hecho 4 años atrás, cuando decidí probar suerte en la capital nipona. El caso es que el viaje transcurrió sin mucho problema. Yo tenía casi un año de no regresar a Fukuoka, pero esta vez, no era por turismo ni por ver a mis amigos allá.

Regresé a Tokio, a estar de nuevo solo durante al menos un mes. Sin embargo, esta vez era muy diferente. Emi me dejó con el mensaje: “Aprovecha este periodo que estarás solo, porque será el último que tengas en mucho tiempo. Sal, diviértete, haz lo que quieras y disfruta tu tiempo”. Sí, de entrada todo eso suena muy bien, pero vives con la expectativa de que, aunque tienes una vaga idea de cómo serán las cosas después, realmente no lo sabes hasta que el momento llega.

Avisé en el trabajo que, en el momento que recibiera la llamada de que mi hijo iba a nacer, desparecería del lugar y no me iban a ver al menos en una semana. El mánager de ese entonces era bastante flexible y me aseguró que no habría ningún problema, pero honestamente a mí lo que menos me importaría en ese momento era si estábamos en medio de algo importante o no; mi prioridad era una, y una sóla, y si la empresa no lo comprendía, qué pena por ellos.

Por mucho que quisiera haber hecho durante ese mes, tenía que medirme debido a una cuestión: $$$. El número de viajes que tendría que hacer entre Tokio y Fukuoka, lo que habría que pagar de hospital, lo que se necesitaría para el bebé, más los gastos comunes de la casa… ustedes saben. Lo bueno es que aunque un parto en Japón es extremadamente caro, el gobierno cubre hasta 420,000 yenes de él, por lo que solamente tienes que pagar la diferencia que el hospital te cobre, y eso depende de la calidad del mismo; podemos pensar en diferencias entre 80,000 y 150,000 yenes en promedio. Saquen cuentas entonces de cuánto cuesta realmente un parto por acá; cierto es que terminas pagando “poco”, pero de todas formas en un billete. Ahora bien: tengan en cuenta de que tengo mucho fuera de México e ignoro por completo cuánto cuesta un parto por allá. Como fuera, los gastos estarían ahí, por lo que tenía que ser precavido. No obstante, sí debo reconocer que fue un mes y medio como de ensueño; no es que no sintiera la falta de Emi ni que no me pegara llegar a la casa y que nadie estuviera para recibirme, pero sabía que al final de ese periodo comenzaría uno totalmente nuevo y diferente.

¿Miedo? No, pero sí incertidumbre. ¿Yo como papá? Por más que lo intentaba, no podía imaginarlo. Me emocionaba muchísimo la idea de tener un hijo, pero al mismo tiempo pensaba en cómo cambiaría mi vida, mi día a día, cuando él estuviera aquí.

El día en el que el bebé estaba programado estuve muy nervioso, esperando en cualquier momento la llamada diciéndome que Emi iba en camino al hospital. Llevaba en la mochila siempre un cambio extra de ropa por si tenía que salirme disparado del trabajo con rumbo al aeropuerto. Serían como las 2 pm cuando recibí llamada de Emi. “Ya estuvo, de aquí me voy al aeropuerto”, pensé, pero ella me dijo que iba camino al hospital y que me llamaría una vez que le confirmaran que ya se iba a quedar ahí. Era miércoles, y aunque tenía cosas que hacer en el trabajo, ya no podía concentrarme más. Como a la media hora volvió a entrar una llamada de Emi: “falsa alarma”.

El siguiente fue algo muy similar: Emi en camino al hospital, yo esperando llamada definitiva, y a fin de cuentas “todavía no”. Hablaba con ella todos los días al regresar a casa, y ése no fue la excepción. Decía que sentía un leve dolor, pero que no era de parto, así que todavía faltaba.

15 de mayo, viernes. Otro día en el que estuve concentrado a medias en la oficina. Emi me decía que tenía dolor, pero se había ido a caminar un rato, y alegaba que no era de parto, porque “esos dolían más”… El día transcurrió sin mayores noticias, pero por la noche me dijo que no podríamos hablar por internet como siempre lo hacíamos porque el dolor sí era ya más intenso… pero se negaba a ir al hospital porque “los dolores de parto deben doler más”. Así es: como le habían dicho que los dolores de parto realmente dolían mucho y no se podía ni levantar ni mover, ella seguía pensando que todavía no era el momento. “Bueno. A como vamos seguro va a nacer a principios de la siguiente semana” me dije a mí mismo. Confié en el juicio de Emi y procedí a cenar y a tratar de relajarme después del día en el trabajo.

Me dispuse a seguir la aventura de Final Fantasy Type-0, pensando en que me bañaría hasta justo antes de irme a dormir. La sesión de juego iba bien. El plan era dejar de jugar a la media noche, bañarme y dormir.  Ustedes se podrán imaginar que, estando solo, no necesariamente limpiaba diario la casa, y ese día no era la excepción. Lo único que sí había hecho diligentemente era lavar la ropa siempre llegando del trabajo cada dos días (que la ropa permaneciera en el suelo después de que se secara es otra historia). La sesión de juego iba bien, y decidí meterme a bañar antes, para poder seguir jugando hasta que me diera sueño y así irme a dormir sin contratiempos. Quién sabe si fue el destino, pero haber lavado ropa y haberme bañado antes de lo planeado fueron muy buenas decisiones.

11:20 pm. El teléfono suena. Es Emi. Contesto y lo único que me dice es “estoy en el hospital, ya va a nacer. No vas a alcanzar a recibirlo”. “¿EEEEEEEEEEEEHHHHHHHHHHHHHH?” Fue mi respuesta. “A ver cómo le hago, pero ahora mismo salgo de la casa”. Agarré lo primero que encontré en el bulto de ropa que estaba en el piso, tomé el teléfono y antes de apagar el Playstation tomé una foto para recordar el día y la hora de a qué hora estaba saliendo de casa:

última

Salí de la casa justo a las 11:30 pm. Sabía que no había forma de ir a Fukuoka esa noche, pero como el aeropuerto está muy lejos, si me quedaba en casa hasta la siguiente mañana no podría salir en el primer vuelo porque simplemente no llegaba a la hora por más que lo intentara. No lo pensé mucho, y mi reacción fue acercarme lo más posible al aeropuerto, pasar unas horas en un café internet y tomar el primer tren de la mañana para alcanzar el primer vuelo disponible. Pero corría el riesgo de no poder ni siquiera llegar a Ikebukuro por la hora. Tomé la bicicleta y pedaleé como si de ello dependiera mi vida; creo que nunca había llegado tan rápido al estacionamiento de bicicletas ni corrido después tan rápido a la estación, ni siquiera cuando de eso dependía llegar a tiempo al trabajo.

Mi buena suerte continuaba: llegué justo a tomar el último tren con rumbo a Ikebukuro. Llegaría a las 12:25 am, y de ahí tenía que correr a la línea JR a alcanzar el último tren con destino a Hamamatsu-cho, que es la estación de donde sale el monorriel con destino al aeropuerto de Haneda. Sin embargo, temía no encontrar un lugar donde quedarme, así que en lo que llegaba a Ikebukuro tuve tiempo de decidir quedarme en Akihabara, puesto que conocía el lugar y sabía que había cafés internet de sobra.

Todo salió como esperaba, y pasada la 1 am arribé a la otrora meca de la electrónica en Japón, y ahora meca del anime y los videojuegos. Pero Akihabara cambia por completo de noche, incluso más que cuando las tiendas normales cierran pero quedan abiertas las arcadias y los lugares para comer rápido. Corrí al primer lugar que vi y me pude quedar ahí hasta las 4, ya que a partir de las 4:20 ya había trenes. Intenté dormir, pero creo que en total pegué las pestañas como media hora, por el miedo de quedarme profundamente dormido y perder el tren. Había puesto 4 alarmas, todas con 5 minutos de diferencia. Tenía que tomar a toda costa el primer tren.

4 am. Despierto y dirigiéndome a la estación. Había podido comprar por internet un lugar en el vuelo de las 6:35 am, que de los primeros en salir con rumbo a Fukuoka; sólo era cuestión de llegar. No me importó el precio (carísimo). Lo que quería era estar ahí tan pronto como fuera posible. Durante la noche no recibí ningún mensaje ni de Emi ni de su familia, por lo que todavía tenía esperanzas de llegar a tiempo aun cuando sabía perfectamente que la travesía era larga, porque una cosa es llegar al aeropuerto de Fukuoka y otra es moverse de ahí a Iizuka.

En la sala de espera, yo lo único que pedía era poder estar presente en el momento en el que mi primer hijo llegara al mundo. Abordé el avión con esa esperanza; puse el teléfono en modo de vuelo, y a volar por hora y media.

Llegué al aeropuerto de Fukuoka pasadas de las 8 am. Aquel aeropuerto que me había recibido como estudiante extranjero 12 años atrás ahora lo hacía para verme convertido en padre. Bajé del avión y mientras reactivaba la señal del teléfono corría con rumbo a los paraderos, pero mi intención no era ni tomar el tren ni un autobús, sino subirme a un taxi y pedirle que fuera al centro de Iizuka lo más rápido posible, viaje que tomaría en promedio una hora. ¿Caro? Sí, sin dudarlo. Nunca me había aventurado a ir de Fukuoka a Iizuka en taxi, pero sabía más o menos en cuánto rondaba la tarifa gracias a que algunos conocidos ya la habían hecho. ¿Me importaba? Para nada. Lo que quería era llegar rápido.

La siguiente vez que vi mi teléfono tenía 6 llamadas perdidas: dos de mi suegra y 4 de mi cuñado. Pero eso no era todo: también había un par de mensajes de Emi. “Ya nació. El bebé y la mamá estamos bien. Te esperamos”.

No lo había conseguido.

Me detuve un minuto a respirar profundo. Mientras volaba por el cielo de Japón me había convertido en padre y apenas me estaba enterando. Había fallado en mi intento por estar presente cuando mi hijo saliera del vientre de su mamá… Pero no era momento de sentirse triste. ¡Para nada! Una nueva vida me esperaba y yo tenía que ir a su encuentro tan pronto como me fuera posible.

En el paradero de taxis, hablé con el primer chofer que encontré:

  • “¿Para dónde vas?”
  • “¿Cuánto me sale más o menos el viaje hasta el centro de Iizuka? Me urge llegar.”
  • “Hmmm… yo creo que el taxímetro va a marcar unos 9000 yenes.”
  • “¿Seguro?”
  • “Totalmente. Es más, se ve que traes prisa. Súbete. Si se pasa de 9000, lo dejamos en 9000”.
  • “¡Vámonos!”

No podía contener la emoción y el chofer, al verme tan nervioso y ya sabiendo que podía hablarme en japonés, me preguntó que de dónde era y qué iba a hacer a Iizuka. Le respondí que yo había vivido en Iizuka por 8 años y medio, y justo hacía unos minutos me había convertido en padre. Él me felicitó y me dijo “vámonos por el camino de paga para llegar más rápido. La tarifa de paso corre por mi cuenta”.

Llegué a mi destino. El taxímetro marcó 8500 yenes. Le di las gracias al chofer y él me felicitó y me dijo que me fuera a ver a mi familia. Corrí a la entrada del hospital, que estaba en un lugar por el que había pasado muchas veces en el pasado pero nunca me había percatado de él. Justo antes de llegar me encontré a mi suegra saliendo del lugar. Me vio, sonrió y me dijo “¡Muchas felicidades!”. “¡Muchas gracias! ¿Dónde está el cuarto de Emi?” le respondí, y ella me dijo que todavía estaba en la sala de parto. Entré como rayo al lugar y pedí verla de inmediato. En efecto: estaba en la sala de parto, recuperando fuerzas de lo que fue una labor de parto extenuante.

No pude contener las lágrimas, pero lo primero que le dije fue que me disculpara porque no había podido llegar a tiempo. Ella, con voz notablemente cansada, me dijo que no me preocupara, que ella me había avisado muy tarde y que no había nada que hubiera podido hacer para haber llegado la noche anterior. “¿A qué hora nació?” pregunté, “6:33 am”. ¡No lo podía creer! A la hora que el avión casi despegaba mi hijo había llegado al mundo. Me había faltado muy poco. Pero después vino el relato de lo que fue una larga noche:

Emi llegó al hospital y me llamó a las 11:20 pm. De ahí a sala de parto, pero el bebé no nació hasta las 6:33 am. Fue parto natural, pero, según me cuenta, fue cansadísimo porque el bebé no salía, y los dolores eran cada vez más intensos y frecuentes, pero nada hasta esa hora. Resulta ser que los dolores que Emi tenía desde la mañana del día anterior eran de parto, pero ella no lo creía porque el dolor no la doblaba ni era algo que no pudiera aguantar. Al momento de que llegó al hospital tenía dilatación de 10 cm, y según me dicen eso es cuando ya viene el bebé.

Mi suegra había salido a comprarme el desayuno, y regresó con un montón de pollo KFC. Comí con calma, pues me habían dicho que Emi iba a tardar en ser pasada a cuarto. Le había avisado a mi familia y a algunos amigos, y recibí llamadas de felicitaciones. Había salido a tomar una foto del cielo por petición de Emi (estaba nublado)…

Sí, todo muy bien, pero ¿dónde estaba mi hijo?. Entre una cosa y otra pasaron varias horas hasta que por fin pude tenerlo en mis manos. Fue entonces cuando el mundo cambió, y cuando la mente hizo click y activó el switch de “ahora sí, eres papá”.

No encuentro palabras para describir lo que sentí en ese momento, pero lo que mencioné en el párrafo anterior es lo más cercano: el mundo cambió en ese instante. Y con ello, mi vida entera.

Fue muy duro tener que dejar a mi esposa e hijo una semana después. Yo tenía que regresar a Tokio pero ellos se quedarían en Fukuoka por un par de meses. La siguiente vez que vería a mi hijo en persona sería hasta junio, y de ahí hasta julio, el día que me trajera de regreso a la familia completa, pero el tiempo pasó volando y apenas me dio tiempo de hacer los preparativos necesarios para recibir en Tokio al nuevo miembro de la familia.

A partir de ahí, comenzó la verdadera aventura, que hoy cumple un año. Veo todo lo que ha pasado en tan poco tiempo, y sí, parece un instante, pero siento que es una eternidad, sobre todo por los ajustes que dieron nuestras vidas (mía y de Emi) al convertirnos en padres. Mucho estrés, sí, pero muchas muchas satisfacciones. Hemos tenido que aprender mucho, ya que estamos solos por acá; la familia de Emi está en Fukuoka, la mía en México, No tenemos tiempo para nosotros, pero ahí la vamos librando.

Ver a mi hijo crecer, aprender a identificar cosas, a voltearse de panza, a balbucear, a comenzar a arrastrarse y luego a gatear, a entender palabras en español y japonés, a jugar con sus juguetes y con cualquier cosa que le pongas, al llorar porque algo no le gusta, a aprender el sentimiento de enojo cuando algo no le parece, a comenzar a desarrollar gustos, a emocionarse por escuchar canciones infantiles en español, a desvelarnos y cansarnos porque él no se duerme y nosotros estamos como zombies diarios, a que gradualmenta vaya comiendo diferentes alimentos, a que le encante el pan, a que se coma sus primeras galletas, a que sepa identificar a los cuervos, a los pandas, a las jirafas, a los anpanman, a que pase de odio a amor por que lo metan a bañar, a llorar a pecho abierto porque odia la carreola, a reir y darme la mano porque lo paseo en la cangurera, a sonreírle a la ñora que vivía abajo para evitar conflictos por el ruido, a sacarnos sustos por reacciones secundarias de una vacuna, a tener fiebre y llevarlo al hospital en la madrugada, a que pierda el balance y se caiga al querer sentarse, a comenzar a imitar lo que Emi o yo hacemos, a enseñarme a que un momento con él es mucho más importante que una sesión de juego en el Playstation, a darle luz a mi vida y enseñarme lo que es el amor incondicional de padre hijo, es, sin lugar a dudas, la mejor de todas las experiencias que he tenido en la vida. Sí: ha sido difícil, retador en ciertos momentos, estresante en otros, pero a final de cuentas, maravilloso. Ahora sí, entiendo lo que significa cuando te dicen que un hijo te cambia la vida por completo. No mentían, tenían razón.

Apenas vamos comenzando, pero hasta el momento, la nueva aventura ha sido mucho mejor de lo que esperaba.

¡Felicidades hijo! Y muchas gracias por haber llegado a nuestras vidas, hoy hace exactamente un año (esto se publicará justo a la hora en que naciste).

Sé que algún día leerás esto.