Sobre el sistema educativo en Japón

Hace unos días me topé con esta TED Talk:

Me quedé pensando en algo que ya he mencionado antes aquí en el blog: la creencia de que un título universitario o una vida académica ejemplar es siempre la llave del éxito.

No se puede quitar el mérito al estudio, y a que cuanto más conozcamos mejor preparados estaremos para enfrentar los problemas y situaciones que se presenten en el futuro. Sin embargo, lo que menciona Sir Ken Robinson en su plática tiene mucho sentido, y si lo comparamos con la situación en Japón, tiene aún más.

Muchas de las preguntas que recibo con frecuencia de los lectores del blog y de la gente que me conoce y contacta por Twitter (por Facebook no lo hagan, es muy probable que no les responda porque no veo el mensaje) tienen que ver con la educación de este lado del charco. La mayoría, si no es que todas, tienen la idea de que la calidad educativa en Japón es de las mejores del mundo, y que por ello los japoneses salen “muy bien preparados”; no obstante, la realidad no es como la pintan.

En Japón, la universidad de la que hayas egresado tiene mucho peso en cómo la gente te percibe y te trata. Si eres estudiante o egresado de la Universidad de Tokyo, automáticamente estás en el rango de “eres muy inteligente”, “estás en otro nivel”, etc; si tu alma máter es una universidad como Keio o Waseda, también estás en el rango “élite”. De ahí, poco a poco vas encontrando universidades que le llegan al nivel, o de plano están en el rango de “Ah sí. La universidad de XYZ”.

Con lo anterior obviamente no quiero decir que todas las demás universidades son malas; de hecho, yo egresé de un instituto de tecnología en Kyushu. A lo que voy es que la institución en donde realizaste tus estudios te pone una etiqueta que  es reconocida, o totalmente desconocida,  a lo largo y ancho del país, y que de una forma u otra afecta a la primera selección de trabajos a la que puedes aspirar como recién egresado.

Ingresar a la universidad en Japón no es fácil, y mucho menos lo es entrar a una de las de rango “superior”. El camino es largo y difícil, y muchas veces ya ha sido decidido desde mucho antes de que el propio alumno tenga uso de razón. Pongamos como ejemplo la universidad de Tokio, pero primero, hablemos del proceso general para entrar a la universidad en general.

En Japón, existe un examen central (llamado lógicamente “National Center Test for University Admissions, 大学入試センター試験), el cual sirve para medir la capacidad de los aspirantes a entrar a la universidades. Lo interesante aquí es que así como hay universidades que sólo usan esos resultados para admitir o rechazar candidatos, existen otras (como la de Tokio o Kioto) que los usan para seleccionar a los candidatos a realizar un segundo examen (propio de la institución), y con base en esos resultados decidir a los admitidos. O sea que ciertas universidades, para conservar su prestigio, hacen el proceso de admisión más complicado.

Todo bien hasta aquí, pero lo que no se menciona es que para estar preparado para el examen hay que asistir a unas escuelas especiales, llamadas “juku” (塾), que son como escuelas vespertinas/nocturnas a las que los estudiantes ingresan (obviamente pagando) para estudiar más después de clases. Aquí muchos dirán: “¡Wow! ¡Estudian un montón!”, pero es aquí donde hay que poner atención: la necesidad de los juku nace de las deficiencias del sistema educativo japonés: si bien es cierto que hay que echarle ganas y que hay que estudiar y practicar por cuenta propia, la realidad es que la calidad de lo que se enseña en las escuelas japonesas no es del todo suficiente para poder hacerle frente a ese examen.

Cuando trabajaba dando clases de inglés en primarias y secundarias, me di cuenta de que lo importante para los japoneses es terminar el programa de estudios a toda costa. No importa si los estudiantes entienden o no, el chiste es decir que el programa se cumplió como se tenía planeado, y aunado al hecho de que no se puede reprobar a nadie durante la educación básica (primaria y secundaria), muchos conocimientos básicos no quedan reafirmados de la forma que deberían.

Ahora bien, aunque en la preparatoria ya existe el famoso fantasma del 留年 (ryunen, o sea, reprobar), los estudiantes tienen que subir una pendiente por demás pronunciada para estar a tono al final del 3er. año, que es cuando presentarán el examen de admisión. ¿Dónde obtienen los conocimientos necesarios? ¿Dónde preguntan las dudas que tienen respecto a varios temas? En los juku, y eso es lo que justifica su existencia.

Aunque es cierto que los estudiantes tienen la libertad de preguntar en clase lo que no entiendan, la realidad es que ni los maestros lo alientan, y el sentido de “voy a causar que la clase se retrase. Mejor me quedo callado(a) y pregunto en el juku” se agudiza. Vean por ejemplo el siguiente comercial de uno:

https://www.youtube.com/watch?v=SFMY3dNbhA4

Sí. Está en japonés, pero creo que se transmite la idea que quiero comunicar.  Lo que vende de un juku es el trato directo con el estudiante, la promesa de “un maestro por alumno” para así poder preguntar con toda libertad todo lo que no quede claro. Además, los juku se hacen de más fama (y por ende, de más clientes) publicando los números de sus estudiantes admitidos a universidades, especialmente si es una universidad élite. De ahí que un padre de familia puede ver que X juku logró que N cantidad de estudiantes (aunque sea 1) entrara a la universidad Y, y con base en eso decida que su hijo entre ahí, o muchas veces también los mismos estudiantes son los que exigen entrar a un juku en específico movido por esos reportes de resultados.

Existen padres de familia que deciden la trayectoria de la educación de sus hijos desde antes siquiera de que estos entren al kínder. Como padre de familia, uno busca darle lo mejor a sus hijos, pero como que decidir todo con años de anticipación limita las opciones que el niño puede tener.

Sir Ken Robinson menciona en su charla un ejemplo de una niña que tiene problemas de atención en la escuela, pero un especialista le dice que no es un problema, que la niña es una bailarina nata y que lo mejor es que la lleve a una escuela de baile, porque ahí es donde podrá sacar todo su potencial. Y eso es algo que no se promueve para nada en la sociedad japonesa, y bajo lo que Sir Ken Robinson refiere, tampoco en muchos otros países: la escuela no siempre alienta el desarrollo de habilidades individuales, y se centra más bien en preparar a los estudiantes a entrar a un mundo controlado, a ser obedientes y a forzarlos dentro de un esquema que no necesariamente funciona para todos.

He mencionado en entradas anteriores que lo que aprendes en la universidad Japón es nada más para decir que estudiaste, y las empresas adoran contratar gente sin experiencia para poder entrenarlos a su conveniencia, gastando dinero en entrenar a los nuevos miembros (recién egresados) durante 6 meses o un año, en donde además de enseñarles las políticas de la empresa, les enseñan conocimientos básicos que, bajo mi punto de vista,  se supone deberían haber obtenido durante sus estudios. Y aun después de haber ingresado a una compañía, en algunos casos son sus miembros los que deciden lo que una persona dentro de sus instalaciones hará, incluso si es algo completamente diferente a lo que esa persona estudió. Sé de casos de gente graduada de maestría en ingeniería, con conocimientos de programación, que terminan en el área de ventas porque así se lo asignaron. ¿Inconformidad? A veces. Cierto es que hay quienes no aceptan la situación e intentan encontrar algo diferente, pero muchos siguen el camino que les impusieron simplemente por la seguridad del empleo (y si es compañía grande conocida nacional o internacionalmente, mejor, pues así también pueden ser considerados élite).

¿Funciona? Sí, pero sólo dentro de la burbuja llamada Japón, en un ambiente controlado. Sin embargo, con la globalización como tema de moda desde hace algunos años, y Japón intentando abrirse al mundo, poco a poco el país se ha dado cuenta de que su sistema educativo no le garantiza que los miembros de su sociedad puedan competir en un ambiente internacional, y está esforzándose por cambiar todo su esquema en los próximos años, porque por fin ha visto que algo necesita cambiar.

  • Japón piensa deshacerse por completo del examen central y aplicar en cambio una prueba de aptitud, la cual podría presentarse varias veces durante el año, lo que reduciría increíblemente la enorme presión que sufren los que presentan el examen central, ya que si no lo pasas, entras en el selecto grupo de gente llamada 浪人 (ronin), y tendrás que esperar hasta el siguiente año.
  • El estudio del idioma inglés toma cada vez más fuerza en el sistema educativo japonés. Ahora se piensa enseñar desde los primeros años de primaria.

Con todo, es muy notable que hay muchos otros detalles que modificar. Por ejemplo, la forma de encontrar trabajo para los que están por egresar de la universidad es extremadamente lineal, y muchas empresas no están dispuestas a modificar sus reglas: existen casos en los que jóvenes japoneses van a estudiar al extranjero, y al regresar a Japón y graduarse a tiempo se encuentran con que no los aceptan en muchos lugares porque “no buscaron trabajo como los demás”, o “no lo hicieron a tiempo”. ¿Qué esperanzas le dan entonces a japoneses que van a empaparse del mundo exterior para regresar y tratar de aplicar cambios en su sociedad?

En todos lados se cuecen habas, eso es indudable. Quizá mucho de lo expuesto aquí pueda ser aplicado (con algunas modificaciones) a lo que sucede en México. No obstante, y habiendo mencionado en muchas ocasiones que en nuestro rancho hay muchísimo talento, es importante recalcar que no somos ni debemos sentirnos menos ante ningún otro país, porque, en mayor o menor medida, tenemos lo necesario para hacerles frente y estar a su nivel. Sí, México tiene sus problemas, y habrá quien saque los resultados de la prueba PISA para mostrar que Japón está en los primeros lugares y que México ni cerca está de pisarle los talones; habrá otros que saquen la situación con los profesores en paro, etc., etc., pero volvemos a lo mismo: tener un alto desempeño académico no necesariamente implica que se tendrá éxito en la vida. Ser japonés no necesariamente implica estar “bien preparado”; eso depende de cada persona, no de una universidad o un país determinado.

Al final del día, lo que cuenta es sentirse a gusto con lo que uno haga. Una persona a la que le gusta lo que hace ve su trabajo como un deleite, no como una obligación, y su mismo trabajo hablará por sí mismo y será su carta de recomendación para conseguir objetivos todavía más grandes.