Kioto, de pisa y corre

La semana pasada me mandaron del trabajo a Kioto, justo como sucedió el año pasado.

La última vez que fui a Kioto de paseo fue hace 4 años, cuando todavía vivía en Fukuoka. Fue la primera vez que experimenté viajar en un autobús nocturno en Japón, y aunque es muy barato, comprendí que no aguanto uno de esos más de 4 horas.

De trabajo fui el año pasado también, aunque a otra área de la ciudad. Esta vez, me tocó muy cerca de Nara, por lo que el hotel fue reservado en esa prefectura.

 

En sí lo que hay que hacer de trabajo no tiene gran ciencia, pero el problema es que a veces la comunicación entre la empresa y el lugar a donde voy (por lo general universidades) a veces no es la adecuada y se genera caos y hasta pequeños conflictos con los encargados del lugar.

A fin de cuentas todo terminó bien, y el segundo día tuve oportunidad de ver a una amiga que solía vivir en Iizuka pero ahora está en Kioto. Primero, fui yo solo al 建仁寺 (Kenninji):

Después nos dirigimos al templo Yasaka a platicar y ver las sakura, puesto que estamos en época de Hanami. Fue grato verla, sobre todo porque hasta hace medio año ella estaba viviendo en Chile. Lo malo es que no pude tomar muchas fotos porque se me acabó la pila del celular 🙁

Para regresar del templo Yasaka a la estación de Kioto la ruta más rápida era por autobús. Sabía que no tenía cambio para pagar, pero no me preocupé porque traía mi PASMO (tarjeta de pago electrónico) con la que podía cubrir el costo del transporte (230 yenes). El camión iba atascado, pero era sólo aguantar un rato antes de llegar. Mi sorpresa fue grande cuando el chofer me dijo que no se podía pagar con PASMO; para colmo de males, la máquina para cambiar dinero dentro del autobús acepta sólo billetes de 1000 yenes y yo nada más traía uno de 10,000. Revisé las moneditas y a duras penas completaba 150 yenes. En corto: no podía pagar.

Normalmente, lo que se hace en este tipo de situaciones es pedirle al chofer la información de dónde poder ir a pagar después, ya sea a una ventanilla de la compañía de autobuses, una cuenta del banco, etc., así que fue lo que le sugerí. El chofer me vio y el siguiente diálogo ocurrió:

Chofer: “¿Volverás a subirte a un autobús en Kioto mañana?
Yo: “No. Ya voy de regreso”.
C: “¿Vendrás pronto de regreso a Kioto?”
Yo: “Sinceramente, no creo. La vez pasada que vine fue hace un año”.
C: “Bueno. Mete esos 150 yenes que traes en la máquina. Los 80 yenes que te hacen falta los pagas la próxima vez que vengas a Kioto. Le explicas al chofer la situación y pagas 80 yenes más de lo que vayas a pagar esa vez”.
Yo: “¡Muchas gracias! Claro que lo haré”.

Y así por fin pude bajar del camión.

Ahora bien, en este punto muchos pensarán “¡Se la aplicaste!”, y realmente sería muy sencillo simplemente caminar, subir al tren y olvidar el asunto. Cierto: son nada más 80 yenes, pero la acción del chofer al permitirme pagar “la próxima vez”, lo que sería el clásico “ahí pa’ la otra” en México, me pareció un buen gesto, sobre todo por su amabilidad y su actitud. Como no tenía reservado todavía el boleto del Shinkansen, decidí salir 30 minutos después, correr a comer algo para cambiar dinero, y dirigirme a la parada de autobuses. Al primero que llegó le expliqué lo sucedido, le di los 80 yenes, me agradeció el gesto, y yo emprendí mi camino de regreso a Tokio, si quieren no después de haber hecho una súper acción de honestidad, pero al menos sí con la conciencia más tranquila.

Sinceramente, me hubiera gustado mucho tener al menos otro día para volver a visitar los templos más famosos del lugar, pero como que últimamente el tiempo libre y yo no nos llevamos muy bien que digamos. Afortunadamente ya varias cosas se calmaron (la prueba es que tuve tiempo de escribir esto) y espero darme una escapada en la ya cercana semana dorada.

Para finalizar, el video que pude tomar cuando iba en camino al templo Yasaka. Éste fue el culpable de que la pila muriera. La idea era continuar grabando dentro del templo, pero no hubo forma de recargarlo hasta que fue demasiado tarde.