Los años maravillosos – Parte 5

El final del sueño

Regresamos a Osaka al día siguiente. Solamente quedaban unas clases y después había que preparase para el viaje de regreso. El día que todos queríamos que no llegara ya estaba cerca.

El momento llegó: hubo una ceremonia formal y pequeño refrigerio. 2 semanas se habían ido volando. Algunos incluso planeaban no subirse al avión y quedarse de incógnitos en Japón; otros habían conseguido entrevistarse con profesores de universidades para ir formando una relación que podría ser útil en el futuro; otros cuantos tenían familia en Japón y habían aprovechado el viaje para visitarla. En fin, cada quien hizo su historia.

Yevgeniya, la chica Uzbekistana, para que no queden con la duda, llevaba un vestido P-R-E-C-I-O-S-O, que la hacía ver todavía más hermosa y sexy de lo que para mí ya era. ¿Se nota que yo andaba en las nubes?

Después de las formalidades, seguía la fiesta de verdad. No hubo ni siquiera necesidad de ponernos de acuerdo: todos fuimos directamente al piso del karaoke; cantamos, bailamos, conversamos, algunos lloraron. Estuvimos despiertos hasta muy tarde, y era de esperarse porque nadie quería que la noche terminara. De ahí salimos a la playa y jugamos con fuegos artificiales. El viaje terminaría al día siguiente para la mayoría, excepto para 2 personas: la chica de Georgia y yo. No había vuelos en ese día, por lo que tendríamos que pasar una noche más en las instalaciones. Así que yo no mi me preocupé por hacer maletas esa noche. Tendría todo el día siguiente para hacerlo.

Antes de retirarnos a nuestros aposentos, las chicas rusas (incluyendo Uzbekistán) me invitaron al puente que estaba cerca del edificio donde nos quedábamos. Ahí, me enseñaron una tradición que consiste en ponerse de espaldas al puente y lanzar una moneda al agua. Se supone que si lo deseas con fervor, el rito te “permite” regresar a ese lugar y volverte a encontrar con la gente. A mí el lugar no me importaba, pero vaya que me encantaba la idea de poder ver a esta nena.

Casi con seguridad puedo decir que nadie durmió esa noche. Después de todo, habría tiempo de sobra para dormir en el avión. Por la mañana el lobby se llenó de maletas. Todos preparaban su regreso. Me despedí de las personas con las que conviví más: una chica de Canadá, una de Mongolia, un chico de Brasil, uno de Rusia, uno de Turquía, uno de Siria, las chicas de Rusia, por supuestísimo que las de Uzbekistán, una chica de Rumania, una de Argentina y una de Paraguay. ¿Y a que no adivinan qué despedida fue la que me dolió más? Sí, creo que ni hace falta mencionarlo. Todavía recuerdo su rostro alejándose en el vehículo que la llevaba al aeropuerto, aventando besos a todos y despidiéndose.

El instituto quedó con poca gente. Pasé el día haciendo maletas. Al día siguiente la chica de Georgia y yo le decíamos adiós al lugar que nos alojó por 2 semanas, en el que vivimos un sueño y se crearon muchos recuerdos invaluables. Cuando recibí los boletos, también me dieron instrucciones de que debía comprar el boleto del autobús que me llevaría del aeropuerto de Haneda (a donde llegaba el vuelo) al de Narita (desde donde salía el vuelo a la ciudad de México). Llegué al aeropuerto de Kansai, hice el check in, y abordé el avión. Justo al momento de despegar y de ver como el edificio del instituto se iba haciendo más y más pequeño, me juré a mí mismo que volvería a Japón de alguna manera.

El viaje de regreso a México estuvo tranquilo, pero el clima nos impidió aterrizar en el aeropuerto del DF y el vuelo fue desviado temporalmente a Guadalajara. Obviamente yo me quería bajar ahí, pero como era vuelo internacional no era posible, por lo que estuvimos en el aeropuerto de mi ciudad unas 2 horas estancados. Despegamos, llegamos al DF ya muy tarde (cerca de las 11 pm) y JAL ya nos tenía listos hotel, desayuno y transporte, puesto que varios perdimos los vuelos de conexión. A mí me habían asignado uno alrededor de las 11 am del siguiente día, así que un taxi me llevó al hotel Nikko, en donde medio intenté dormir.

A la mañana siguiente desperté, desayuné y un taxi me llevó al aeropuerto. Tomé el vuelo, y en una hora aproximadamente ya estaba de regreso en mi tierra. Mi papá me estaba esperando. Estaba de nuevo en mi país, pero mi mente y mi corazón se habían quedado en Japón, aunque este último quizá voló un poco más y se había ido hasta Uzbekistán.

Pueden ver las fotos que tomé de este viaje en la galería.

No fue la última vez que supe de Yevgeniya; y todavía hay mucho qué contar sobre lo que me pasó antes de saber que me darían la beca y lo que hice entre el fin de este viaje y mi partida a Japón ya como becario, pero eso se escribirá en la parte 6 de estos relatos.

P.D.: Hace poco, el chico de Siria hizo un grupo de Facebook para buscar a los que fuimos a este viaje. Hay muchas caras conocidas por ahí, aunque todavía falta mucha gente por encontrar.