Los años maravillosos – Parte 5

¡Japón!

Desperté muy temprano a la mañana siguiente. Prendí la televisión y… ¡todo estaba en japonés! (qué raro, ¿no? ペロリ); pero cuando abrí la ventana y vi el paisaje por fin reaccioné: realmente había llegado… realmente estaba en Japón. No estaba soñando, sino viviendo mi sueño. Me esperaban 2 semanas mágicas, y las quería vivir con la mayor intensidad posible.

Me cambié de ropa y fui al comedor a desayunar. La noche anterior me habían dado una tarjeta que contenía dinero electrónico que solamente se podía usar ahí. Por más que trato de recordar qué desayuné nomás no lo logro. El caso es que desayuné algo, je. Lo siguiente era conocer a los otros participantes, las personas con las que conviviría por las siguiente 2 semanas.

Había gente de países que en mi vida había oído nombrar en ese entonces (como Georgia o Myanmar), pero como éramos unos 80 más o menos, obviamente no todos convivieron con todos. Yo traté de hacer plática con todos los que pude, pero ya saben que invariablemente te llevas mejor con algunos; en mi caso conviví más con gente de Brasil, Canadá, Turquía, Uzbekistán, Rusia, Georgia, Siria, Argentina y Rumania. Y claro, había unas nenas que hacía que se te cayera la baba de lo lindas que estaban. Lo más curioso, y al mismo tiempo interesante, es que siendo casi todos de países diferentes, el idioma que más se usaba entre nosotros era el japonés. Solamente en casos cuando gente del mismo país, o gente que tenía como lengua materna el mismo idioma conversaba entre sí, era cuando el idioma cambiaba. Cierto: algunas veces se usaba inglés, pero eran pocas y contadas.

El programa consiste en tomar diversas clases de cultura japonesa por la mañana y después tener las tardes libres. Había viajes programados a otros lugares de Japón, pero serían casi todos entre el final de la primera semana y el inicio de la segunda.

Las clases estaban también divididas, pero había también clases comunes a las que todos debían asistir. Sinceramente no recuerdo todas las que tomé, pero una en particular me viene a la memoria: clase de dialecto de Kansai (関西弁, kansai ben). Sabía de la existencia de los dialectos en japonés, pero nunca en sí había sabido la diferencia. Lejos de que simples palabras que cambian o inflexiones diferentes en los verbos, el ejemplo de la conversación (muy famosa y usada como broma) entre 2 personas de Osaka respecto a los perros chow chow me dejó con cara de O.O al no entender prácticamente nada de lo que decían.

A: ちゃうちゃうちゃう? (chau chau chau? – Es un chow chow, ¿verdad?)

B: ちゃうちゃう、ちゃうちゃうちゃう。 (chau chau, chau chau chau. – No, no. No es un chow chow).

También tuve clases de caligrafía, gramática, aikido… en fín, de todo un poco para conocer más sobre la cultura del país en el que estábamos.

Como mencioné arriba, por lo general las tardes eran libres, y aprovechábamos para salir y conocer los alrededores. La fundación nos prestaba bicicletas, y como las instalaciones están al lado del mar, andar en bicicleta por la playa o una simple caminata vespertina era mágico. De hecho, para ir a la tienda de autoservicio más cercana era necesario caminar unos 10 minutos, ya que estaba al lado de la estación de tren.

Las noches fueron punto y aparte. El piso 3 estaba destinado exclusivamente a auditorio, salón de eventos y karaoke, por lo que podía ser usado la 24 horas sin ningún problema. Está de más decir que se convirtió en el lugar de reunión de todas las noches; se armaron fiestas donde había bebidas de diferentes países, karaoke al por mayor, baile y, en general, un muy buen ambiente.

La primera vez que salí una tarde fue como al 2do. o 3er. día, cuando supe que la película más nueva del estudio Ghibli (Neko no ongaeshi) se estaba proyectando en los cines. Le pregunté a la persona de la recepción cómo podía llegar a la parte central de Osaka y dónde podía encontrar un cine. Me dijo que no había necesidad de ir hasta la parte central ya que una pequeña ciudad cerca de ahí tenía cine y justamente tenían en cartelera la película que quería ver. Ni tardo ni perezoso fui en bicicleta hasta la estación, abordé el tren y seguí las instrucciones que me habían dado. Llegué al cine sin muchos problemas, y para mi fortuna llegué justo 10 minutos antes de que comenzara la siguiente función de la película). Todavía no habían pasado ni 3 días y el viaje ya pintaba genial.

Una vez la película se hubo terminado era hora de regresar. Me dirigí a la estación de tren y me puse a buscar cuál era el que tenía que tomar. Le pregunté a un chavo como de unos 13 años y amablemente me dijo cuál tren era el correcto, pero después me dijo algo que no comprendí en ese entonces. No le tomé importancia y me dispuse a abordar, cuando de repente el mismo chavo me toma de la mano y me lleva corriendo hacia los vagones de atrás. No sabía qué pasaba puesto que había tomado el tren correcto, pero después de abordar en los vagones de la parte de atrás y escuchar el anuncio en el tren me di cuenta de la situación: el mismo tren se dividiría en 2 en una determinada estación; la parte del frente tendría un destino y la de atrás otro, que era a dónde yo quería ir. El chavo intentó decirme que debía tomar el tren pero por la parte de atrás, y en ese entonces mi japonés no fue suficiente para comprenderle al instante. Por poco me perdía, pero gracias a él pude regresar a las instalaciones de la fundación.

Homestay

El programa también incluía pasar 2 días y una noche con una familia típica japonesa. Eso fue casi al finalizar la primera semana. La que me asignaron a mí era una pareja ya mayor que vivía en un área más centrica de Osaka: la familia Kaji (梶).

Después de que el señor pasó por mí en su carro (y de no salir de mi asombro por ver el volante del carro del lado derecho), estuvimos conversando en japonés acerca de mi vida, de qué hacía, qué me había parecido Japón hasta ese momento, y si quería ir a un lugar en específico. Mi respuesta fue casi instantánea: でんでんタウン (Den Den Town, el “Akihabara” de Osaka). Aparte de llamarme la atención, necesitaba desesperadamente comprar una cámara digital debido a que no había llevado cámara para el viaje y las fotos que había tomado de los lugares a donde ya habíamos ido (castillo de Osaka, acuario, etc.) fueron con cámaras desechables. El señor Kaji amablemente me dijo que me llevaría al día siguiente a Den Den Town. “¡Sí!” me alegré en silencio.

La casa de la familia Kaji era grande para los estándares japoneses. La señora Kaji me recibió muy bien. Estuvimos conversando, viendo el sumo, y después el señor me llevó a un museo y a ver unos festivales locales que se estaban celebrando en esas fechas. De regreso fue la hora de tomar un baño. Me explicaron cómo debía bañarme, y vaya que disfruté mi primera vez en un 風呂 (furo, una tina de baño). Huelga decir que debido al calor, al terminar de bañarme ya estaba empapado en sudor.

El día terminó con un cuarto de tatami (una especie de estera que se usa en cuartos tradicionales japoneses) para mí solo; el futón (una colchoneta que se pone en el piso y se usa para dormir) ya estaba listo y al lado había un ventilador, totalmente necesario para poder sobrevivir la noche.

Al día siguiente me llevaron a Den Den Town, y el señor Kanji intercedió por mí para regatear el precio de la cámara que quería comprar. Me había enamorado de una Sony Cybershot de poderosos 2 megapixeles. Le compré una memory stick de 64 MB y lo que pagué por eso fueron, después de la regateada (y de enterarme que se puede regatear en las grandes tiendas de electrónica en Japón), 55,000 yenes. No traía tanto dinero, pero pude pagar con mi tarjeta de débito de Bital (inserte aquí sus comentarios respecto a que ya estoy viejo ペロリ). Y ya con mi cámara y con ganas de explorar el lugar por mi cuenta, el señor Kaji regresó a casa y me dio instrucciones de cómo llegar de regreso, ya que debía recoger mis cosas y él me tenía que llevar de regreso a las instalaciones de la fundación. Incluso la noche anterior él me había preparado un mapa y las instrucciones de cómo llegar de Den Den Town a su casa. Quería que usara mi japonés y mi espíritu aventurero, y lo consiguió. No tuve ningún contratiempo para llegar a su casa después de pasear un buen rato por Den Den Town y sus alrededores.

La despedida fue normal, sin lágrimas, pero sí con apretones de manos y abrazos. El señor Kaji continuó enviándome tarjetas de año nuevo hasta México durante 2 o 3 años. pero después ya no supe más de él. Espero que esté bien y que siga tan energético y lleno de vida como cuando lo conocí.