Los años maravillosos – Parte 4

Ingeniero – Parte 1

Una vez que la carrera terminó, obtuve mi título y mi puesto de tiempo completo en la empresa en la que trabajaba desde 5to. semestre. Como ya mencioné, el lugar me encantaba; la gente me trataba como un igual, sin importar que era el más joven. Todo pintó bien en los primeros años que estuve ahí, pero todo el encanto se vino abajo cuando a la compañía llegó la hija de uno de los dueños, quien al momento se convirtió en mi jefa.

No voy a mencionar nombres porque no es mi intención “quemar” a nadie; sin embargo, sí voy a externar mi opinión respecto a la labor que mi jefa desempeñaba: mala. Uno no se cree sabelotodo, pero ella distaba mucho de saber lo esencial para el puesto que ostentaba, y no lo decía nada más yo, ya que tenía un compañero que pensaba justo igual. Chocábamos en la forma de pensar y de hacer las cosas, y todo era notorio que le faltaban conocimientos básicos… y que yo prácticamente se lo decía directamente.

Para no hacerles el cuento largo, me enteré por terceros, aunque era por demás obvio, que ella no estaba contenta conmigo y que buscaba la forma de “hacerme renunciar”. El problema es que no tenía queja de mi trabajo (sus palabras, no las mías) y si me despedía sería de forma injustificada, lo que obligaría a la empresa a pagarme indemnización, vacaciones, aguinaldo, etc., etc. Por tanto, usó el mejor recurso que tenía, el más lógico, y el que seguramente le daría resultado: dejarme sin hacer nada.

La cantidad de trabajo que comencé a tener se redujo notablemente, al grado que había días que realmente no hacía nada más que revisar la base de datos y mis programas en Lotus Notes; perdía el tiempo en el BBS o hasta en el MUD, situación que al principio no me molestaba en lo absoluto, pero que poco a poco me llegó a aburrir y desesperar. El objetivo estaba logrado: me sentía estancado, y ése fue mi motivo principal para renunciar.

Hablé directamente con ella y le mencioné que me sentía estancado, que si seguía en la empresa de esta forma no me desarrollaría personal ni profesionalmente, y que por eso, acorde a mi contrato, le avisaba con 30 días de anticipación que renunciaba a mi puesto. Ella lo tomó con calma (era lo que esperaba) y me dijo que estaba bien, y que me daba permiso de, en el mes que me quedaba en la compañía, usara el tiempo para buscar otro trabajo… En ese momento no reaccioné, pero después pensé: ¿qué empresa te paga un mes de salario por ir prácticamente a buscar tu nuevo trabajo? Sí, es cierto, tenia pendientitos con Lotus Notes, pero nada del otro mundo ni que tomara un mes para resolverse. Tenía que dejar la empresa que me había abrigado por 3 años y medio, y en la que nunca había tenido ni un sólo problema de ninguna índole. Fué difícil de procesar, pero al mismo tiempo sentí que era un paso que necesitaba dar.

Muchos excompañeros de la empresa me preguntaron, una vez que ya estaba fuera, que si odiaba a esa mujer. Mi respuesta fue que no, pero que sí me había sentido mal por tener que dejar mi trabajo por influencia suya. Quizá era buena para otras actividades, pero para ser jefa del departamento donde yo estaba, sinceramente sentía que le faltaba. En fin, cada quien le hace la lucha como puede y ésa es la forma que ella escogió. Quién sabe que fue de ella después, pero ojalá que haya mejorado y que haya sido exitosa.

Como colofón al capítulo de mi primer trabajo, años después me enteré, por un rumor, que esa empresa había quebrado, siendo que llevaba más de 10 años de existencia, y que los clientes eran compañías grandes y establecidas. Para mi fortuna, yo quedé en los mejores términos con mis antiguos jefes y con los dueños; todos ellos son personas muy amigables, inteligentes y respetuosas. Siempre me trataron de la mejor manera, y siempre les estaré agradecido por la oportunidad que me dieron de estar ahí. Aprendí mucho, no nada más sobre mi área, sino sobre el ambiente de trabajo y cómo llevar esas relaciones para evitar problemas o malentendidos. Ojalá que algún día pueda reunirme con ellos y tomarme un café mientras conversamos.

Durante mi estancia en la empresa, decidí no postular para la beca en el año 2000, tanto porque me gustaba mi trabajo, como porque no me sentía todavía totalmente preparado como ingeniero para poder disfrutar o soportar una maestría.